Los misterios del gusano



Extrañas voces resonaban de continuo en mi cabeza. El fenómeno me acompañaba desde las más tempranas etapas de mi pubertad, y, si bien siempre había fingido no concederle la menor importancia, lo cierto es que a menudo me dejaba ganar por el temor de que algún día mi cordura se viese finalmente quebrada. ¿Me estaría volviendo loco? ¿Qué podía significar esa incesante sinfonía coral de contrapuntísticas vocecillas que vibraban en mi cráneo, como una enloquecedora gota china, y que horadaban mis nervios hasta el punto de suponer ya una verdadera amenaza para el cada vez más tambaleante equilibrio de mi desfalleciente sanidad mental? ¿Es que nunca querrían callarse de una vez? Por mucho que golpeaba mi cabeza contra los muros, emulando la recia contundencia con la que el ariete embiste los portales de un castillo asediado, me resultaba del todo punto imposible apagar ese babélico pandemonio de susurros para envolverme por fin entre las salutíferas alas del silencio. La paz era un bien desconocido para mí, y, aunque ninguna de esas evanescentes voces me ordenaba matar, lo mismo me entregaba al ejercicio del asesinato para intentar paliar un poco la colérica furia que engendraba en mi ánimo esa ruidosa injusticia labrada en contra de mis atribulados lóbulos cerebrales. ¿A qué podía deberse ese odioso taladro de acentos que, reales o imaginarios, invadían noche y día mi mente a través del más variado surtido de timbres y tonos, abarcando con holgura todo el extenso rango de las tesituras vocales registradas por el oído humano? A la hidra de mi conciencia no podían esas sibilantes modulaciones pertenecer, puesto que, como un Heracles jugando con las serpientes enviadas por Hera, había estrangulado todas sus cabezas ya en mi cuna. ¿Obedecería acaso ese funesto calidoscopio coral a los fantasmagóricos intentos por ingresar a este mundo de las almas de mis víctimas, que, azuzadas por las negras erinias de justicia, me perseguían vengativamente con sus lamentos quejumbrosos? ¡Ay!, ¿y es que nunca, nunca querrían callarse de una vez? ¡Deponed ya vuestro inútil acoso, vagas inflexiones espectrales que en vano intento alejar pegando manotazos en el aire circundante: no me arrepentiré de aquello que he perpetrado! ¿Qué venís a hacer a este mundo del que ya habéis sido expulsadas por mi mano, como espíritus errantes que retornan en la noche para reclamar las heredades de las que alguna vez se vieron violentamente despojados? No pienso ir a depositar en un camposanto vuestros huesos sin reposo. Mas ¿a quién quiero engañar? Ya no puedo resistir esta cacería de la que me hacéis víctima. ¡Oh, apiadaos de mí, vindicativas mensajeras paranormales, os lo suplico mientras me prosterno en contrita actitud: liberadme de este calabozo sonoro, cesad en vuestras hirientes letanías de venganza, y restituidme al imperio de la paz! ¿Qué debo hacer para aplacar vuestros furores de ultratumba? Hablad, ultrices ministras, mas sed concisas pues ya no os soporto. No habré de rehuir a penalidad o empresa alguna que impongáis a mi destino, con tal de que eso sirva para acallar el inagotable manantial de vuestras sombrías coloraturas. ¡Vamos! ¿Os negáis a dictarme la severidad de un castigo expiatorio? ¿Es que no descansaréis hasta hacerme enloquecer? ¡Ah, funestos graznidos, que estalláis en horrísonas risotadas como una bandada de grajos: ahora sabréis de lo que puedo ser capaz al ser desbordado por los torrentes de la ira! Sí, ya veréis; encontraré la procedencia de los fluctuantes murmullos con los que me atormentáis desde el inicio de los tiempos y os estrangularé una tras otra sin perdonar a una sola de vuestra polifonía espectral, aunque para ello tenga que viajar hasta el limbo mismo a fin de dar con vuestros metafísicos paraderos. Pero ¿qué es eso que llega a mis oídos ahora? Una voz se eleva por sobre las demás, fervorosa, como si fuera un corifeo trágico que deja atrás al resto del coro para desarrollar, en soledad, el decurso de la acción entonando un lúgubre recitativo secco. Por un instante creí que su procedencia era la de ese cadáver sacerdotal que, tendido a un lado del altar de esta iglesia abandonada en la que habito, lugar donde lo dejé al quitarle la vida que latía en su pecho, lleva ya bastante tiempo en estado de descomposición. Los acentos llegan a mí con claridad; escucharé, pues quizás en sus palabras se encuentre por fin la satisfactoria explicación para este sobrenatural misterio:

«Lucifer es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en corruptas sustancias y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero. Aunque camine por el valle de la sombra, no temeré mal alguno, pues él está conmigo: su vara y su cayado me infunden confianza. Y a él dirijo ahora mis preces, con doblados anillos, aunque no sea yo más que un mísero gusano necrófago retozando junto a mis hermanos en estas lívidas ruinas humanas. No es mi deseo importunarlo con mis humildes plegarias, ni mucho menos entorpecer sus divinas labores con mis insistentes salmodias, pero soy su criatura y tengo derecho a descargar en su oído la pesada carga que llevo en mi corazón. Cuando su mano creó nuestro mundo, asesinando a un hombre para darnos esta tierra fértil en recursos y alimentos, nos confirió el milagroso don de la vida, y por ello le agradezco. Dicen que nos hizo a su imagen y semejanza, aunque menores en magnificencia y tamaño a su egregia efigie de serpiente, como invertebradas e inofensivas copias de su ser. ¡Es que nada puede igualársele! Y nada puede igualar tampoco su misericordia y su bondad. No conforme con habernos concedido la existencia, él nos ha dado este inagotable maná que es todo nuestro sustento, así como este benigno clima que favorece el proceso de licuefacción de nuestro suelo. Hay quienes afirman que nuestro Padre se ha olvidado de nosotros, o incluso que nos ha hecho sin querer, que sólo hemos sido un fatal accidente, pero en la abundancia de la corrupción que nos nutre encuentro prueba suficiente de que su Providencia vela por nuestro bienestar. Y cuando nuestras fatigas en este magma putrilaginoso hayan terminado, nuestras almas serán recibidas en su seno; pues somos sus hijos. Mas la ingratitud anida en nuestra conducta. Mis hermanos, entregados a la explotación sistemática de todos los recursos naturales que nos ofrece con generosidad este verdadero jardín del Edén, este idílico paraíso donde no existen ni la enfermedad ni el hambre, no dirigen nunca sus pensamientos hacia el más allá; viven como si sus voraces apetitos fuesen la única realidad posible de este mundo, su única explicación y fundamento. Pero yo elevo mi mirada por encima de este patrio cadáver que nos vio nacer, oteando el horizonte con mi rudimentario sistema fotorreceptor en busca de distantes esferas que no me atrevo a imaginar, y me empequeñezco ante la pavorosa magnitud que el universo parece esconder a nuestros ciegos ojos. ¿Será verdad que en las lejanías siderales existen otros cadáveres habitados por seres similares a nosotros? Y, en caso de ser así, ¿serán esos mundos también creación del Magno Ofidio, o serán obra de otros dioses? Sólo tengo una mente de gusano; nada puedo saber. ¿Qué lo habrá movido a hacernos? Veo a menudo en mis hermanos, cuando llegan a una provecta edad, la aparición de legítimos conatos de reproducirse y engendrar nuevos vermes. ¿Existirá también en una esencia espiritual como la de los dioses un deseo así? En tal caso, su amor hacia nosotros ha de ser el amor de un padre. He oído decir que, tras crear nuestro mundo y darnos la vida, descansó: ¿existe alguna garantía de que haya alguna vez despertado? No quiero pensar que, al rezarle, estamos hablando solos. Los sacerdotes afirman que nuestra distante primera generación de antepasados cometió una atroz transgresión, probando el fruto del saber que reposaba en las enramadas frondas de la edénica corteza cerebral de nuestro mundo, lugar que sus descendientes no hemos llegado a conocer. Desde entonces, no es sin fatiga que obtenemos la pultácea materia que constituye nuestro sustento, y una condena pesa sobre nuestras almas hasta que cierto mesías vermiforme llegue y muera por todos para expiar aquel pecado original. Pero nosotros, hijos de la culpa aunque jamás hayamos cometido un solo acto injusto en nuestras vidas, debemos someternos a la pena y agradecer aún. Somos pecadores por herencia, culpables genéticos, pues así está escrito en antiguos códices epiteliales que nuestros clérigos han llegado a leer, ¿y quién puede poner en duda los dictámenes de la palabra del Señor? Aun así, ignoro por qué también yo, que nunca he pecado de obra ni de pensamiento, debo cargar con esa cruz. ¿Acaso mi mera existencia es afrentosa para el Creador? ¿Es ese el alabado don que se me ha dado forzosa e inconsultamente, un don cuyo mero recibimiento me hace culpable y pasible de castigos eternos? Mas confío en la sabiduría y la misericordia de aquel que me engendró: sin duda nuestros sacerdotes han de haber malinterpretado sus signos. Yo quiero creer. Caso contrario, ¿cómo podría mi vida desarrollarse sin la fuerza que mi fe en la existencia del Altísimo me brinda? Cuando soy víctima de injusticias, desplazado por mis hermanos más vigorosos, que se aposentan brutalmente sobre los platos más codiciados pese a que yo había llegado a ellos primero, ¿cómo podría consolarme si no fuese por medio del conocimiento de una justicia eterna, que tarde o temprano sobrevendrá, alcanzándonos a todos? Y entonces los que se han aprovechado de los débiles arderán, y entre indescriptibles agonías harán rechinar sus órganos masticadores. Así lo ha asegurado el sumo sacerdote; y yo le creo. El Artífice vela sobre nuestro mundo y con su ojo todo lo ve, para que la injusticia nunca salga victoriosa. Y si no soy resarcido aquí de todo aquello de lo que se me ha despojado, lo seré en el otro mundo; pues él nunca consentiría que sucediese de otro modo. ¡Cuán grata es la vida a su eterno e insobornable amparo! Amo vivir. Y es por eso que te rezo devota y fervientemente, oh divino Dragón: para que me acojas bajo tu ala protectora y te acuerdes de mí. No puedo saber si somos tus únicos hijos o si has dado lugar a otros mundos con tu sanguinario puñal creador; no puedo saber si observas omniscientemente a tus criaturas o si las has dado al olvido a todas, ocupándote sólo de tus predilectas o bien de las más recientes; no puedo saber si nos amas o si nos odias o si te somos por completo indiferentes... ¡no puedo saber siquiera si existes o no, Hacedor, o si algún día, mediante el irrefrenable proceso colicuativo que, producto de nuestra imprudente voracidad, destruye el medio ambiente por ti creado, pondrás fin a nuestro mundo y nos despojarás para siempre del tejido necrótico que nos permite existir!, pero, en cualquiera de los múltiples casos enumerados, espero que puedas oír esta súplica que elevo hacia ti entre los humos del sacrificio y orlado por los sagrados atributos de la devoción. ¡Escucha mi plegaria, flamígero Lucifer! Escucha mis humildes aunque irreprochables clamores de justicia, aparta de mí toda duda y, sin escatimar tu clemencia, no difieras enviarme una clara señal. Pues tú me has hecho, y amarme es tu deber».

El voyeur de las nubes



Antes de que el navío de mis esperanzas naufrague una vez más al colisionar contra las adustas rocas de la realidad, debo solicitaros que, cortando por un momento la yugular al malhumorado escepticismo de torva mirada, concedáis a mi pluma la magnánima licencia no ya de escribir sobre Dios como si este existiera, sino incluso de hacerlo como si no lo hubiese matado ya unas treinta veces en las páginas precedentes. Os aclararé de antemano que, si esperáis que por tal indulgencia os dé solícitamente las gracias, podéis ya mismo cerrar este volumen de blasfemias y marcharos de aquí secando de vuestros rostros el certero salivazo del desprecio: os he visto por milenios enteros dar pábulo, crédula y acríticamente, a las más delirantes historias bíblicas como para que ahora os queráis venir a hacer los exigentes conmigo. Mas no es de esto de lo que deseaba escribir hoy en mi diario, sino del resonante caso policial, que conmovió a la prensa y, por consiguiente, a las siempre dóciles y mudables mareas humanas, en torno al atroz y sangriento asesinato de aquel que en el lejano inicio de los tiempos se arrogó para sí mismo el indisputable título de Creador del universo. Pero será mejor que comience mi crónica por el principio, remontando para ello, con grises alas agujereadas por la voracidad de malsanas polillas aquerónticas, el tortuoso curso de mi memoria hasta sus orígenes más remotos.

Cierta vez, mientras transitaba yo aún inocentemente y entre tropiezos por los luminosos senderos del florido jardín de mi infancia, un anciano de grave aspecto y severos anteojos admonitorios se me acercó, vomitado del oscuro portal de una difusa parroquia hacia las tierras soleadas en las que yo me recreaba, y, tras censurar con firmeza las tempranas fechorías a las que mi ánimo se entregaba con visible fruición, me advirtió que ninguno de mis desmanes quedaría libre de castigo, puesto que Dios observaba insomnemente todas nuestras acciones y examinaba con insobornable minuciosidad cada uno de nuestros más íntimos pensamientos, como un viejo voyeur. No bien escuché tales reconvenciones, decidí asesinar cuanto antes a esa fisgona deidad que con tan alevoso desparpajo intrusaba nuestras conciencias y monitoreaba nuestro trajinar por este mundo: necesitaba un poco de privacidad. Además tenía planeado perpetrar un gran número de delitos en mi madurez, razón por la cual no habría sido muy prudente de mi parte dejar con vida a semejante testigo ocular. Para decirlo en pocas palabras, las atribuciones plenipotenciarias que, según me avisaban, Dios se había otorgado a sí mismo al insuflar la vida en sus criaturas dábanse de bruces contra mi celoso sentido de la libertad; y más aún si sopesaba la idea de que mis crímenes terminasen siendo algún día juzgados por un ser a todas luces casi igual de criminal que yo: ¿con qué derecho? Deberían haberme preguntado de antemano si estaba o no de acuerdo con nacer en un mundo regido por reglas de juego tan arbitrarias y despóticas. ¡No, no, no y no! ¿Quién firmó en mi nombre que las cosas podían ser así? Permitidme examinar el contrato. ¿Es decir que me crearon y me dieron mi supuesto libre albedrío tan sólo para espiar luego, a hurtadillas, todo lo que pienso y condenarme al Infierno por ideas circunscriptas a mi ámbito privado? ¿Y a eso lo llaman un acto de amor? ¡Perversa trampa! Cuando un humano, tras mucho meditarlo y someter a evaluación los pros y los contras, toma la sabia determinación de celebrar un pacto satánico, ofreciendo en venta su alma a cambio de algún codiciado don, el mensajero diabólico que se le presenta pone a su disposición un documento claramente legible que el peticionario, tras haberlo desmenuzado concienzudamente en cada una de sus numerosas cláusulas y haber expresado su conformidad con todas ellas, procede a firmar con su sangre. ¡Pero aquí no había nada de nada! ¡Ni papel, ni signaturas, ni sellos, ni acuerdo alguno entre las partes! ¿Cuándo solicitaron mi permiso para instalar una cámara de seguridad en los sagrados recintos interiores de mi cerebro? ¿Cuándo explicité aquiescencia alguna para dejarme palpar regularmente de ideas? ¿Por qué debo soportar este fantasmagórico totalitarismo ético en el que cada uno de mis pasajeros desvaríos es inescrupulosamente viviseccionado por el quirúrgico escalpelo ocular de un completo Desconocido? Y si yo quiero ver lo que piensa y hace Dios, ¿por qué no puedo? ¿Dónde está la reciprocidad? ¿No tendría Él que darnos el ejemplo? ¿Qué tiene que esconder? ¡Es injusto! A mayor poder deben corresponder mayores obligaciones: ¿por qué no nos rinde Él cuentas de sus actos a nosotros? ¿Por qué es mi mente y no la suya la que está sujeta a una póstuma autopsia moral? Hubiesen aclarado desde el vamos que era sólo en comodato que se me otorgaba el temporal usufructo de mi libertad cerebral: me dan las neuronas pero, si no las uso como Dios dispone, me castigan. Inflamado ante tamaña estafa, decidí pasar un año entero de mi niñez con la mente en blanco, postrado en mi lecho de raso, exánime, sumido en un estado vegetativo voluntario que llenaba de estupor a mis mayores y de perplejidad a los médicos, abrigando la esperanza de que con el tiempo el Supremo se aburriera y dejara de mirar mi canal; pero nada: al cabo de un año aún podía sentir sus ojos ahí, posados ceñudamente sobre el enrevesado laberinto de mis infames proyectos. Los siguientes meses los consagré al acabado estudio de la flauta de Hermes y de los más recónditos secretos del arte de la música, pero ninguna melodía dórica, frigia, mixolidia o en cualquier otro modo se mostró capaz de sumir en el sueño a ese Argos Panoptes moral y de poner así un fin siquiera momentáneo a su perpetua vigilancia. No había caso: ese topo huraño y recalcitrante seguía hurgando inquisitorialmente en mi conciencia, amparado en un diabólico derecho que se había conferido a sí mismo de manera unilateral y al que yo debía someterme, con resignación, en virtud de no sabía bien qué clase de obligación contractual adquirida compulsivamente durante mi involuntario nacimiento. De modo que quedó así tomada en mi interior la inamovible resolución de asesinar de una vez para siempre a ese indiscreto Voyeur del mundo humano, que desde lo alto de su nubosa atalaya empírea nos enfocaba sin cesar con su intrusivo telescopio. Me aboqué entonces de lleno a la detenida y sistemática planificación de ese crimen portentoso, que debía ser lo suficientemente perfecto como para garantizarme una sempiterna impunidad. Haciéndome el que cavilaba sobre cosas sanas y edificantes, diseñé un intrincado código de pensamiento cifrado mediante el cual todas las ideas que pasaban por mi cabeza significaban algo completamente distinto, de tal manera que para el observador casual e incauto yo aparentaba meditar en ofrendas y en actos de amor y de paz cuando en realidad me hallaba entregado a la maduración de satánicos planes de destrucción y matanza. Merced a ese hábil ardid de fingimiento, los diversos detalles del futuro deicidio fueron minuciosa y trabajosamente pergeñados, durante incontables noches en vela en las que la fatiga de alas de murciélago y el tiempo de alas de cuervo horadaban mis huesos con inclemencia, sin que aquel abominable Ojo sin párpado atinase a sospechar demasiado. Y fue de ese modo que, en una gélida noche invernal en la que el vapor ascendía de las bocas de tormenta y los roedores corrían presurosos a un lado de los cordones de vereda, consumé imprevistamente, en los oscuros pliegues de sombras de un callejón sin salida, un pequeño crimen a fuer de señuelo. No bien las entrometidas narices de ese depravado Manoseador de conciencias ajenas asomaron, como siempre, sobre mi psiquis recientemente culpable, husmeando el aroma del delito para tomar en su cuaderno de la vida inmediata nota de aquella flagrante mala acción, no bien esa ciclópea pupila intrusa despuntó como la aurora sobre los tempestuosos piélagos de mi espíritu criminal, tomé a Dios por sus barbas entrecanas, le arranqué de una buena vez con mi cuchilla su funesto ojo acosador, artífice de toda su omnisciencia insoportable, y lo apuñalé innumerables veces en medio de una furia poco menos que vesánica. El hedor de la sangre divina purificó de inmediato, como aire de montaña, mis consumidos pulmones, y el deleite de una libertad verdadera comenzó a embriagar mis sentidos con celeridad: ya nadie podría volver a leer en los rugosos lóbulos de mi cerebro, como si fuera sobre un claro pergamino, las vastos trazos de mi maldad inigualable. Al día siguiente, los asustados vecinos del callejón descubrieron la carnicería, espantosa mutilación espiritual que no tardó en opacar a todas las demás crónicas policiales del momento. Los periodistas urdían las hipótesis más descabelladas y la opinión pública se dejaba arrastrar mansamente de un lado a otro como molesta pelusa de plátanos portada por el viento. No había ninguna huella, ningún testigo, nada, absolutamente nada para dar con el asesino del Creador. Nada salvo por una simple pista: ningún humano jamás podría haber llevado a cabo una acción semejante. Con ese simple indicio obrando en poder del investigador del caso, mi impunidad comenzaba a correr peligro. No tardó el fiscal a cargo, así pues, en obtener una orden judicial de allanamiento para irrumpir en mi morada. Pudo, de ese modo, encontrar en mi freezer el brazo derecho del Señor, algo roído ya por mis famélicas mandíbulas. Fui detenido en el acto y se inició sin demora el proceso criminal en mi contra, pero por un tecnicismo legal pronto quedé en completa libertad: la humanidad había olvidado legislar que Dios pudiera ser considerado un sujeto de derecho. A los efectos de las leyes positivas amparadas por los códigos civil y penal de mi nación, yo era tan imputable como quien, sin previa orden judicial de desalojo, exorciza de su hogar a un fantasma. Culpable, sí, pero de un crimen que ningún jurista había atinado a prever a la hora de sancionar oportunas normas punitivas. Dejando atrás mi presidio, pues, retorné al mundo de los hombres, pero el panorama que se alzó entonces ante mi mirada me llenó de inefable consternación: obliterado por mi mano el Vigía que escudriñaba nuestras conciencias desde su celeste panóptico, la raza humana se retorcía ahora presa de locos deseos de ser observada y juzgada por alguien. Acaso la ausencia del Sumo Espectador la empujaba a sentirse sola, desamparada, insignificante, vacía... lo cierto es que allí estaban todos los miembros de su especie exponiéndose a toda hora en ámbitos electrónicos, vendiéndose como productos en ubicuos escaparates virtuales, narrando minuto a minuto todo lo que hacían con sus anodinas existencias y dejando ante los ojos del orbe registro escrito de todo cuanto por sus mentes pasaba. Pedían a gritos que el hombre, nuevo dios del mundo por lógica sucesión hereditaria, los observase en todo momento como lo hacía antaño su Padre, y que juzgase además cada uno de sus pensamientos y actos. Necesitaban sentirse constantemente acechados, ofrendar todos los secretos de su intimidad a algún público o estamento superior que los aprobase o condenase. El poeta romántico escribía sobre sí mismo e introducía el subjetivismo en el arte; el mercader plagaba las ciudades de cámaras que, con la excusa de prevenir el delito, guardasen constancia de cada movimiento humano; el adolescente, seducido por los sonajeros de una fama transitoria y carente de mérito alguno, participaba con gusto en programas que lo filmasen durante las veinticuatro horas; el insignificante posaba la lupa de un millón de diapositivas sobre su costosa cena y su turístico viaje; y el ama de casa, atemorizada por la latente amenaza terrorista agitada por los medios, mostraba su aquiescencia a que el gobierno de turno interceptase sus frívolas comunicaciones. Muerto aquel Centinela que montaba infatigable guardia sobre todas las actividades y pensamientos terrenos, el hombre precisaba desesperadamente reemplazarlo por alguna instancia semejante, por algún otro voyeur permanente que le sirviese para dar algún tipo de sentido a todas sus microscópicas acciones, perdidas en la ciega inmensidad cósmica de un frío e impávido universo, y que le permitiese así creer en la falacia de que su vida no era intrascendente por completo. Tal era, después de todo, la esperable consecuencia de descubrir que habíamos quedado profundamente solos en medio de la nada. En un mundo en el que quien no era mirado no existía, el sacrificio de la privacidad era un precio que todo individuo parecía dispuesto a pagar. ¿Y acaso no es también este infernal manuscrito, que mi pluma garrapatea sin descanso hasta el despuntar de cada aurora y en el que confieso tanto mis crímenes como las angustias que consumen mi mente, una muestra más de esa imperiosa necesidad de visibilidad que nos aqueja como una tortura a quienes ya no tenemos ningún Dios vigilándonos en lo alto?

El vástago luciferino



Hubo un lejano tiempo en el que casi creí ser un humano. Según cuentan, mi llegada a este mundo no difirió en absoluto de la de los millares de niños que día a día son expulsados, en odioso despropósito, de sus húmedos y ambulatorios refugios prenatales hacia la enceguecedora luz de este planeta de castigo, cuyo penetrante hedor a muerte e infamias los hace romper de inmediato en un llanto sonoro y desgarrador que sólo el filósofo acierta a comprender del todo. Y, sin embargo, he escuchado que, mientras todos los demás retoños, recién anclados en las dársenas de este puerto de miserias al que los imprudentes otorgan el apresurado calificativo de vida, dedicaban las primeras horas de su vía crucis terrestre a gritar entre lágrimas sus reproches a la Providencia, o bien a entregar, algo más sabiamente, la aún tierna esencia de sus espíritus apenas adentrados en las espinas de este mundo al embriagador olvido del sueño reparador, yo podía ser identificado fácilmente entre ellos por ser el único que, en medio de todas las cunas, elevaba trabajosamente mi cabeza pelada y, con ojos serios y desorbitados, me esforzaba por penetrar el sortilegio del horrendo espectáculo que se ofrecía a mi recién estrenada visión, lleno ya de loco odio hacia esas novedosas figuras que me contemplaban con mirada paternal y benévola. Yo no pertenecía al orden común, y eso se notó desde el primer instante. Aun así, quizás resulte inequívoco para el observador avezado el que, en efecto, yo no me alejaba demasiado entonces del tipo humano, y que, de no ser por mi entrecejo furioso, podría haber sido tomado sin mayores dificultades por un niño más entre los millones y millones de productos genéricos que son vomitados cotidianamente hacia la máquina empaquetadora de la sempiterna manufactura de la vida. Acaso el viento no era de la misma opinión, pues había aullado con inusitada violencia sobre las tierras invernales que me habían recibido en este mundo, como adivinando perfectamente qué clase de ser demoníaco era el que acababa de nacer, concebido por una virgen y parido por una moribunda. Con todo, mi familia y la sociedad se empecinaron en darme una educación vulgar, y yo la acogí no sin renuencia, pero obediente. Y las múltiples posibilidades del carácter y del temperamento fueron configurándose en mí de un modo que no carecía de extrañeza y singularidades, pero que bien podían servir de alegato en favor de mi teórica naturaleza humana, toda vez que mi conducta espontánea, labrada por el rastrillo de las normas establecidas y enderezada por la estaca tutora de la pedagogía autorizada, daba acabadas muestras de no ser sino la de un infante común y corriente, que creía inocentemente advertir en el mundo la existencia de fundadas razones para dar preferencia a la senda del bien por sobre la del mal. Algunas voces opinaban, empero, que aquel niño de serena mirada mística pero de consternantes palabras filosóficas no podía ser sino el hijo del Diablo, a lo que se contraponía un coro de profesoras y madres que aseguraban con vehemencia que esa criatura no era sino la perfecta encarnación humana de un ángel. Y no se equivocaban. Aclararé que, pese a ello, jamás llegué a ver al amor jugar en el patio de mi hogar paterno; tanto mejor. Lo cierto es que abundaban las comadronas y gitanas que se santiguaban al verme pasar con mis cortos pantalones, y más a partir del inexplicable suicidio de mi primera niñera, de la que muy poco recuerdo. Mis infantiles juegos de aquella época eran algo extravagantes aunque inofensivos, y no podré negar que me entretenía enormemente haciendo flotar platos y enseres para asustar a la cocinera o incitando a los perros de la plaza a desconocer a sus amos y atacarlos, sanos esparcimientos solitarios que poco tenían que ver con la inhumana crueldad de las manadas de niños entre los que, por mi posición social, se me prohibía mezclarme, cosa que no lamentaba demasiado, puesto que mis escasos contactos con seres de mi misma edad tendían a resultar conflictivos en grado sumo y no pocas veces arrojaban consecuencias catastróficas para mi eventual interlocutor, lo cual solía valerme severas reprimendas por parte de mis mayores aun cuando mis pies no hubiesen abandonado ni por un instante el cándido reducto de la más absoluta inocencia. ¿Qué culpa pude tener yo de que, tras nuestro violento altercado por un juguete que decidí arrebatarle, el pequeño Norton muriese de fiebre durante la misma noche en la que, casualmente, la niñera me vio arrojar una extraña figura de cera al fuego del hogar? Habladurías de gente supersticiosa: mi conducta era siempre ejemplar, y mi aplicación en la tarea y en mis estudios llenaba de orgullo y admiración a las institutrices que me impartían cotidianas lecciones particulares; excepción hecha de mademoiselle Chausson, quien, tras aplazarme en aquella prueba escrita de francés, no volvió a ser vista por nadie, aunque numerosos miembros de la servidumbre aseguraban que por las noches la podían oír gritando desde distintos puntos de la casa, como si su alma en pena hubiese quedado atrapada para siempre entre los muros de la mansión o como si un sortilegio la hubiese vuelto invisible al ojo humano. Pero ¿quién podía dar crédito a semejantes supercherías y delusiones? Yo siempre fingí no oír nada. Sea como fuese, mi infantil entendimiento no encontraba jamás, en ninguno de estos episodios menores, razón suficiente para sospechar que en mis pueriles travesuras y hábitos se hiciese manifiesto algo fuera de lo normal: nadie me había explicado lo contrario. ¿Cómo iba yo a adivinar que no era del todo común que un niño aprendiese arameo, entre muchos otros idiomas y ciencias, de ese giboso duendecillo que todas las noches se introducía sigilosamente por entre los cortinajes amaranto de mi lecho de reposo para venir a sentarse sobre mi zona pectoral y hablarme de cosas prodigiosas? Y otro tanto podía decirse de las extrañas voces que llegaban a mis oídos cuando, escapando de la estrecha vigilancia de mis celosos preceptores, corría hacia los bosquecillos de mi residencia y me perdía entre los árboles añosos que poblaban la oscura floresta. A veces pronunciaba las palabras secretas y el Alala aparecía ante mí, pero yo no imaginaba que hubiese nada de malo en ello: para mí se trataba de una circunstancia perfectamente normal en la ordinaria existencia de cualquier infante, lo mismo que hacer brotar de la nada el blanquecino estigma de la lepra en la piel de quienes me contrariaban o encrespar con mi mirada las tormentas: ignoraba que estuviesen vedadas al común de los hombres esas proezas que para mí no constituían mucho más que meros ejercicios rutinarios. En suma, yo no contaba con indicio alguno para presumir que mi naturaleza no fuese anodinamente humana y que el futuro no guardase para mí el usual recorrido por las adocenadas sendas del entramado familiar, laboral y social: mucho se me ocultaban entonces los latentes e insoslayables signos que ya me delataban, y que me condenarían con el tiempo a transitar esta vida de abrumadora soledad y dolor en la que por ningún lado encuentro un lugar o un semejante. Y, por otra parte, al ocurrir aquel sangriento suceso mediante el cual podría haber intuido a tiempo la verdad, para así abandonar desde temprano mis estériles intentos de parecerme al ser humano y de adaptarme a este mundo, todos mis mayores se habían mancomunado, con éxito, para convencerme de que mi padre no se hallaba en el saludable uso de sus facultades mentales cuando, arrastrándome a una iglesia y recostándome sobre su altar, intentó apuñalarme con unas singulares dagas esotéricas y la policía se vio obligada a acribillarlo para preservar mi vida, de la que él quería deshacerse alegando que su hijo era una especie de Anticristo. ¿Qué podía saber yo? No por ser el Demonio dejaba de ser un niño.

La mascarada infernal



A veces extraño la vida en el Infierno. Acontéceme especialmente tal fenómeno, la magnitud de cuya novedad tampoco amerita, a mi juicio, que el lector permanezca un segundo más con la boca así abierta de par en par, cuando con torva mirada observo a mi alrededor y advierto, sin sorprenderme, la pasmosa hipocresía de estos inconsecuentes abortos de demonio que, llenos de ínfulas y con un elástico fingimiento que podría sumir en la estupefacción al mismo Proteo, pretenden ser catalogados, en el voluminoso y siempre abierto libro de la Naturaleza, ni más ni menos que con el artificioso mote de «seres humanos». ¡Infame mascarada! No bien mis pasos hicieron su fatal arribo a este mundo, tras cruzar las circunfusas regiones nocturnales en las que la aurora boreal murmura sus taciturnos enigmas al viajero que la roza con su ala, quedé inmediatamente deslumbrado por esa distinguida especie que desplegaba las enseñas de su señorial dominio a lo largo de los cinco continentes del orbe. En efecto: a primera vista, el humano me parecía tocado por una rara aureola de nobleza. Y por mucho que fatigaba mi mente en nuevas y más profundas observaciones, el huraño promontorio de la incredulidad salía invariablemente a mi encuentro, arrojando a mi faz la sombra del estupor, cada vez que mi juicio transitaba la paradójica idea de que una criatura hecha a imagen y semejanza de un Dios criminal pudiera guardar un modo de vida tan casto y virtuoso. ¡La astilla me resultaba tan distinta al palo del cual procedía! ¿Se trataría acaso de una creación de otro dios, más sabio y afable, al que Yahveh había dado muerte para arrebatarle su invento con las arteras armas del plagiario? La suposición no se me antojaba del todo inverosímil: con frecuencia le había visto llevar a cabo aún más tristes proezas. Lo cierto es que allí estaban los bellos y soñadores ojos del hombre, de pudorosas pestañas, que parecían desmentir la vil ruindad de su Soberano. Abrumado por tal prodigio, cuya plausible explicación se sustraía una y otra vez a las infructuosas redes que mi imaginación arrojaba al encrespado piélago de los misterios, me hallaba ya a punto de ceder con resignación al ceñudo imperio de la evidencia cuando, repentinamente, un sutil tintineo a mis espaldas atrajo la inmediata atención focal de todos mis sentidos: un antifaz, ornado con negras plumas y brillante pedrería, acababa de caer al suelo en un fatídico descuido de su portador. Elevé mi mirada hacia aquello que había permanecido hasta entonces oculto tras tan artificioso adminículo: se recortaba así por vez primera, ante mis atónitas y dilatadas pupilas, el verdadero rostro de la humanidad, perversa y traidora criatura amamantada por el vicio. ¡Ah, qué semblante aquel que se ofrecía a mi escrutinio interminable! La tosca cuña del egoísmo había esculpido con esmero, en la ajada mampostería de esas disolutas facciones, las indelebles huellas de la depravación y del dolo. ¿Es que podía existir una criatura que igualase en perfidia al Altísimo y a todos los miembros de mi estirpe demoníaca? Así lo hacía presumir aquella visión que me había petrificado por completo, y en la cual por fin el humano se revelaba como auténtico receptáculo del fácilmente identificable código genético de su Hacedor, cuya paternidad ya no hacía falta seguir poniendo en duda, tan manifiesta era la filiación de ese inequívoco ADN de hipocresía que a todas luces los emparentaba a ambos. En cuanto vi al hombre así despojado de su engañosa máscara, completamente desnudo en medio de ese decadente teatro de imposturas morales y travestismos ideológicos que, ahora lo sabía, era el mundo, comprendí que los únicos atributos que lo diferenciaban de los moradores del Hades eran su falta de nobleza y sus notables cualidades de histrión; pues, si bien ambas razas me resultaban idénticas en su legítima inclinación al crimen, mientras los que hollaban con dignidad la ardiente marga del mundo inferior se enorgullecían de mostrarse, con irreprochable sinceridad, tal cual eran en toda su fatal degradación, el humano, al igual que su Padre, se afanaba en cambio día y noche por ocultar, con la destreza del embaucador consumado, su innata orientación vocacional por el vicio y su intrínseca tendencia al mal. De modo que, desde aquel día de colosal desengaño en que llegué a contemplar, con horror, el secreto rostro de estos arteros seres que son demonios en sus acciones y se fingen ángeles en sus palabras, experimento en mi interior una viva nostalgia por las pestilentes llanuras estigias, toda vez que percibo la enorme similitud que existe entre ambos mundos en lo que respecta a la impiedad y alevosía de sus moradores, pero sin poder dejar de notar que en este no me encuentro rodeado tanto por insignes semejantes como por falsarios criminales que escudan sus fechorías tras la cobarde fachada de la virtud. A veces extraño la vida en el Infierno, sí, ¿y cómo podría ser de otro modo? Juzgad, sin que merme la firmeza con la que vuestra palma oprime el punto pectoral en que sentís latir vuestro insensible corazón, la insoslayable diferencia que se patentiza a mis ojos entre Azazel, armonioso corifeo celeste, que aun ostentando siete cabezas viperinas logra, sin mayor esfuerzo, mancomunarlas a todas en la inequívoca dirección del vicio infernal sin que una sola de ellas contradiga ni en su más íntimo pensamiento a las otras seis, con la nada monódica doblez que existe en el único cráneo de cualquiera de estos farsantes que, cuanto más predican el humanitarismo y la tolerancia, más sobrepujan en crueldad a todos los demás seres de la Creación. Como monstruos que proyectan sobre ficcionales muros las sombras chinescas del santo y del héroe, o como pantomímicos pierrots y colombinas paseándose en un carnaval veneciano de hipocresía bajo los antifaces de la impostura y la mistificación, recurre el libertino a la máscara de la circunspección y del recato, y apela al disfraz del comprometido con los derechos ajenos el partidario de la feroz opresión totalitaria sobre el pensamiento de los demás. ¡Legiones infernales, acudid a mi lado, venid a enseñar a estos apestosos humanos un poco de sinceridad! ¡Ven aquí, Balban, viejo camarada de armas, demonio del engaño, ven y enseña a estos hombres tu comparativamente honesta mirada, ven y enséñales a decir siquiera una única, pequeña, inocente verdad! «Sincero como demonio entre los hombres» debería ser ya una extendida fórmula proverbial siempre presente en boca del sencillo campesino. Cierta vez quise mimetizarme en la mascarada general y experimentar la trágica desazón de sentirme uno más entre los miembros de este mundo. Me apersoné ante el sastre de la corrección política y ordené un vistoso atavío de mentiras con el cual engalanarme como todos. Tras calzarme ese ridículo atuendo, confeccionado con harapos retóricos arrancados de enunciativas banderas solidarias y cosido con el hilo del más falaz puritanismo, me introduje en el opulento salón en el que la gran farsa social había fijado los esplendores de su fausto. Una vez en ese grotesco baile de máscaras, en medio de un infinito calidoscopio de candelabros y un sinfín de especiosos manjares, pude ver a las grandes eminencias éticas del orbe desfilar solemnemente por la escena con pomposa vanidad, ufanándose de sus vocablos y de su inmaculada moral dialéctica. Con el hocico atorado por las más refinadas y exquisitas viandas, hablaban elocuentemente del drama de la pobreza. La afectación y el disimulo teñían cada movimiento de ese odioso entremés en el que la sociedad, tocada con sus dispendiosos antifaces y sus costosos trajes de arlequines, se entregaba al cotidiano ejercicio de sus sobreactuaciones. No faltaba nadie en ese surrealista guiñol: allí estaba el mercader en todas sus formas y avatares posibles; el político demagogo que emprende, con la actitud del mártir, una nueva cruzada nacional contra enemigos ficticios cada vez que necesita que la atención popular se desvíe de sus sostenidas incursiones predatorias a la estatal cornucopia; el joven que saborea con placer, secretamente, el infortunio de su mejor amigo; la esposa que, tras deshonrarse en la adúltera yacija, derrama la lágrima de la indignación ante la lícita sospecha de su burlado marido; el apasionado militante que se desgañita, fuera de sí, al condenar en el gobierno de signo contrario el mismo crimen que, multiplicado por diez, aplaudió antes en el propio, y que volverá a aplaudir mañana; las promesas que, recolectados ya los frutos de Eros, el hábil seductor olvida; la cordial simpatía detrás de la cual se esconde, agazapado, el sombrío interés; los ofendidos clamores con los que el resentimiento intenta ahogar la risa; el hombre, vigoroso; el anciano, experimentado; la mujer, fecunda en sutilezas; el niño, en sus ineluctables primeros pasos; y, por encima de todos, su Dios. El amanecer me vio en mi inútil huida de ese antro, con mi maquillaje de mimo transformándose gradualmente en el horrendo rostro de la tragedia bajo el matinal rocío. Acababa de entender palmariamente, con una sorpresa que no me atrevería a tildar de pequeña, misterio que llenaba de perplejidad a la ardilla y a la alondra que me oían declamar a solas en el bosque mientras gesticulaba, bajo el cielo cerrado, con desesperación, que jamás podría atreverme a confiar en la amistosa sonrisa o en las melifluas palabras del humano sin terminar, más tarde, con el cuerpo cubierto de heridas y escaras de variable gradación. Pero ¿es que acaso puede decir algo contra el hombre aquel que también utiliza un disfraz? Pues debo confesar que, cuando durante el lejano transcurso de una secreta misión divina sufrí la fatal rotura de un ala y quedé prisionero de este mundo para siempre, tomé de inmediato, por un entendible instinto de autoconservación, la medida precautoria de fijar a mi rostro, con inamovibles hilos de acero, la atemorizante máscara de un demonio; adopté luego, por medio de la mutilación y la cirugía reconstructiva, dos piernas caprinas en lugar de las mías; acto seguido depilé, en medio de agonías que me hacían hender el aire con demenciales aullidos, todas y cada una de las plumas que cubrían mis apéndices voladores; y por último, con enorme dolor, renuncié de por vida a mi bondad, que me habría delatado más que cualquier otra cosa: es que no deseaba bajo ningún concepto que los monstruosos y destructivos hijos de Dios, por detrás de sus angelicales apariencias, se percataran de que podían encontrar en mí la fácil presa de un ángel verdadero.

Bajo una tiranía celeste



Noche tras noche consultaba, a escondidas, tras encerrarme sigilosamente en una estrecha mazmorra que ofrecía la conveniente particularidad de carecer de abertura alguna que permitiese a la luna y a los cometas asomarse a su interior, aquel carcomido texto evangélico que por azar había caído en mis manos tantos siglos atrás; noche tras noche comprobaba, incrédulo, mientras el decrépito farallón de mi perplejidad se erguía cada vez más alto y enhiesto al arrojar su funesta sombra sobre mi alma desesperada, que aquellas palabras seguían siendo indudablemente las mismas y que los versículos bíblicos no habían sufrido alteración alguna en su unívoco e insobornable sentido. Apagaba entonces mi lámpara de aceite y, acurrucándome en un rincón de la mazmorra, dejaba escapar un sinfín de quebrados sollozos en medio de las tinieblas, desconsolado, tras lo cual me entregaba a lúgubres y devorantes reflexiones por el resto de la velada. ¿Podía ser posible? La prueba estaba ahí, incontrastable, en esa fatídica página que todas las noches me precipitaba a arrancar convulsamente de ese volumen mentiroso y que acercaba luego al fuego, con garras temblorosas, hasta verla consumirse por completo entre las llamas, pero que al día siguiente aparecía de nuevo encuadernada en su lugar habitual, ostentando, incólume, ese impiadoso texto que me trituraba el corazón como el mortero tritura el cardamomo. Y así como las potencias ígneas de las llamas se mostraban incapaces de destruir para siempre esa página terrible y victoriosa que de mí se burlaba, así mis tortuosas cavilaciones y vanos subterfugios se probaban incapaces de sofocar la espantosa verdad cuyas implicaciones destrozaban mi espíritu cada noche: el mismo Dios que, a través de su Hijo, ordenaba en esos versículos a los humanos ofrecer la otra mejilla ante cualquier ofensa recibida, a mí me había partido sin más la cara en dos con un rayo a la primera transgresión. ¡Su otra mejilla había brillado por su ausencia! ¿Es que acaso hay una ley distinta para dioses y hombres, más laxa para el más fuerte y más severa para los más desprotegidos? Si pusiera toda mi imaginación en ello, no encontraría jamás una manera más monstruosa de graficar tan perfecta y acabadamente la glorificación absoluta del concepto mismo de injusticia. No estoy diciendo con esto que los hombres tengan que exigirle a su propio Dios que les dé el ejemplo de cómo comportarse, pero por lo menos el muy ladino tendría que guardar el decoro de no hacer tan ostensible su abominable costumbre de considerarse, con flagrante impunidad, por encima de toda ley. Aunque en el fondo no me extraña: también he visto a ese mismo Dios predicar a sus creyentes la tolerancia irrestricta con sus semejantes y, acto seguido, mostrarse Él intolerante con los demás dioses, a los cuales desmiente al considerarse único y contra los cuales entabla desde hace siglos cruentas guerras que suelen embellecer ocasionalmente, a través del virginal rubor de la sangre derramada, el pálido rostro de la siempre aburrida historia humana. Un Dios que con tanto desparpajo hace gala de su beligerancia irracional no puede sorprender a nadie al no ofrecer su otra mejilla cuando un ángel rebelde intenta golpearlo. Pero mi alma se abisma en el dolor cada vez que mi mente es atravesada por la amarga certidumbre de que, si el Creador hubiese expuesto impasiblemente ante mi puño crispado el otro perfil de su barbado semblante, yo no habría encontrado jamás las fuerzas suficientes para asestarle una segunda bofetada, sino que, con los ojos arrasados en lágrimas, lo habría reconocido ahí mismo vencedor sin necesidad de una oprobiosa caída en las fúnebres regiones del Tártaro. ¿Por qué, Supremo, por qué no fuiste capaz de, siguiendo los consejos de tu manso Vástago, derrotarme con el mudo reproche de tu mejilla en vez de con el flamígero castigo de tu rayo? Toda la ingratitud de mi impía acción habría relumbrado entonces ante mis ojos, reflejada en cada uno de los sudorosos poros de ese pómulo mal rasurado que se habría levantado sobre mí, acusador y admonitorio, con la augusta reciedumbre de la montaña. En esa inerme mejilla yo habría podido leer con facilidad la superioridad indiscutible de tu poder, así como la irreprochable belleza de tu paciencia y la pétrea excelsitud de tu indulgente magnanimidad. Pero no fue así: elegiste, una vez más, el abrupto camino de quebrantar tus propias reglas y de abandonarte a las tentaciones del despotismo y de la prepotencia. ¡Y hay quienes aún se preguntan cuáles fueron las razones que motivaron mis sacrílegos conatos destituyentes contra las arbitrariedades de tu reinado! No era fácil la vida en ese imperio de columnatas dóricas y broncíneas pilastras cuando su Monarca no se sujetaba a ninguna de las leyes represivas que Él mismo redactaba para someter a sus súbditos. Nuestras libertades individuales se veían continuamente cercenadas por ese Estado policial que carecía de división alguna de poderes, principio básico de todo sistema republicano, y en el que incluso una férrea prohibición gravitaba sobre cualquier sano ejercicio de prensa libre e independiente, a la cual se tachaba de herejía sediciosa y, tras ser sometida a censura previa, se penaba con castigos eternales. No había lugar en esa opresiva dictadura nubosa para las ideas democráticas o para las denuncias de corrupción, nepotismo y abuso de poder, de modo que nuestro activismo militante debía desarrollarse al amparo de la más completa clandestinidad. Y las denuncias eran muchas: pecadores que alcanzaban el perdón por medio de emolumentos dinerarios a la Iglesia y a través de toda clase de sobornos expiatorios, un Hijo al que se le conferían atribuciones divinas y milagrosas a las que el común de los mortales no podía acceder por concurso alguno, y un Dios que faltaba una y otra vez a los dictados de su propia legislación. Todo esto era difundido por nuestros solapados órganos de prensa y por panfletos de tortuoso recorrido que circulaban subrepticiamente de mano en mano, propaganda mediante la cual nuestra justa causa ganaba cada día más adeptos entre los descontentos moradores del Éter; sin embargo, no tardaron demasiado los servicios secretos del Déspota en infiltrarse en las nutridas filas de nuestra creciente facción, de suerte tal que, una vez puestos al descubierto todos mis proyectos golpistas, el Cielo me expulsó de su seno como a un agente patógeno de nocivas cualidades, sin otorgarme siquiera las garantías constitucionales de un juicio previo y del derecho a una legítima defensa, y me deportó sumariamente al populoso calabozo del Infierno para rechinar allí mis dientes junto al resto de los presos políticos que me hicieron compañía en la aciaga caída. Así gobernaba, como legislador, juez y verdugo, y con el monopolio absoluto del uso de la fuerza para llevar a cabo sus violentas razzias empíreas, aquel Dictador celeste que, al asumir su cargo, a duras penas había podido reprimir en su pecho una carcajada ciclópea mientras declamaba la frase de que Dios le demandara algún día el eventual mal desempeño en el ejercicio de sus funciones. Digan lo que digan, únicamente la inclaudicable idiotez de los hombres puede llegar a suponer que esa pocilga autoritaria, en la que todos los habitantes son espiados y controlados sin cesar por un Ojo sin párpado que nunca duerme, es pasible de ser considerada un Paraíso. Pero allí se afanan por ir ellos, observando todas las vanas devociones y supersticiosas costumbres que estragan la libertad humana desde hace siglos, sin percatarse de que su meta final está fundada en un sistema monárquico de carácter netamente totalitario cuyo Mandamás, por si aquello fuera poco, hace ya rato que, tal vez debido a la endogamia de sus demiúrgicos antepasados, se encuentra privado del saludable uso de sus facultades mentales y, negándose a ceder la regencia del unicato a su inexperto Engendro, chochea a gusto en su magno sitial de oro, con su túnica empapada por las espumosas babas de la rabia. Pero los humanos lo siguen reverenciando como si nada, prosternados en el suelo, con el insensato objetivo de alcanzar, por medio de sumisas preces y humillados cánticos de alabanza, un lugar en el peldaño más bajo de ese reino enteramente jerarquizado desde donde poder agradecer por centurias a Uno que, sentado en su alto trono, y recordándoles a cada momento quién es y cuán grandes son su misericordia, bondad y poder, les prescribe la humildad como virtud. ¿Es que nadie advierte que está marchando voluntariamente hacia el yugo de una tiranía eterna? Admitamos que es una pena el que ningún pensador moderno haya nacido a tiempo para escribir el corpus bíblico y reformar un poco sus caducas instituciones empíreas: ¡cuánta razón tendrían entonces! No ha sido así. Su Paraíso quedó, por consiguiente, condenado a guardar la semblanza de un régimen monárquico muy similar a los que estaban en boga por aquellas épocas, tiempos en los que la guillotina aún no había sido creada y el cuello del Soberano de las nubes podía, merced a ello, dormir en paz. Cabe suponer de este modo, dada la caducidad ideológica de un absolutismo eterno, que el pensamiento de Dios no avanzó a la par del pensamiento del hombre, aunque quizás lo más probable sea que el Opresor tenga fundadas razones para proscribir de su reino el sufragio universal y para sujetar, con firme pulso, las riendas de mando en una sola persona que se ha arrogado para sí misma, desde antes de la Creación, la entera potestad de toda función ejecutiva, legislativa y judicial, sin que ningún tipo de mecanismos cautelares o garantías jurídicas puedan protegernos de las caprichosas arbitrariedades de su ánimo. Pero en fin, humanos: alejaos del pecado y la tentación, suplicad de rodillas por la pronta remisión de vuestras faltas, y ascended al Cielo cantando loas a vuestro Padre y llorando de gratitud por su misericordia: no seré yo, mientras bebo un martini en la muelle libertad de las playas estigias, quien vaya a envidiaros. Y en cuanto al Señor, estimo que todavía debe de tener sobre su trémulo regazo mi ofrecimiento, al que ha de estar contemplando transido de estupor y con el semblante demudado por las pasiones: un paquete de encomienda express en el que hoy mismo recibió, envuelta en gasas sanguinolentas, mi otra mejilla, la cual, para darle un castigo ejemplarizante y llenarlo de imperecedera vergüenza, me arranqué anoche de mi mutilado rostro con la ayuda de un filoso escalpelo.

Contrapuntos de luz y tinieblas


Con varios ángeles sentados sobre su regazo, y muchos otros rodeándolo a sus pies, entreabrió un día Dios sus fauces ciclópeas y rompió a decir, sin sospechar que yo lo escuchaba oculto tras un jirón de negra nube de tormenta:

«Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de la casualidad y de las mudables leyes del azar que aun a mí me resultan inescrutables, lejos de ser nuestra camaradería producto del caprichoso e imprevisto cruce de nuestras respectivas sendas existenciales, yo mismo habíale creado acorde a mis divinas necesidades, aunque atento también a las suyas, depositando en él, con pródiga mano, todas las nobles cualidades y radiantes virtudes necesarias para establecer, entre ambos, un profundo amor poco menos que de hermanos. En la balbuceante aurora de su vida, corrió él a mi abrazo y, dejándose bañar por mi luz y por el salutífero torrente de mi bondad y sabiduría, no tardó en profesarme una devoción tal que no era raro descubrir lágrimas de agradecimiento resbalando por mi incrédulo rostro. ¡Cuán solitaria es, necesariamente, la existencia de un dios todopoderoso! Pero, desde el preciso instante de su ansiado arribo, mis caminatas y mis paseos por los florecientes prados de la vida dejaron de discurrir en silencio, mi admiración por las bellezas que yo mismo creaba dejó de atorarse en mi pecho sin encontrar cauce de salida en la maravillosa posibilidad de compartir y contrastar impresiones con un semejante, mis penas y mis alegrías encontraron por fin un oído comprensivo, y mis más alocados y extravagantes proyectos hallaron (¡loado sea el Cielo!) el apoyo y la fuerza de una mano siempre amiga. No eran idénticos nuestros temperamentos, sino que, surgiendo con recia nobleza de un común tronco de luz y de amor, se escindían y bifurcaban en el punto exacto para conformar esa delicada armonía que nace y se nutre de los contrarios, así como una nota musical se embellece y reafirma en el concurso de su tercera menor. Solía yo señalarle la milagrosa hermosura de las flores y de todas las innúmeras glorias que son hijas del sol y de sus rayos benefactores, y él me hacía notar, en cambio, la melancólica belleza de la noche y de todas las lúgubres aunque dignas criaturas que se desenvuelven a su oscuro amparo; llamaba yo su atención hacia la risueña alegría de las praderas apacibles y de las costas soleadas, y él me conducía, como contrapartida, a degustar la sobria majestad de las grutas siniestras y de los valles desolados; derramaba yo mi prístina elocuencia cantando la innegable excelsitud de la vida hasta en sus más pequeñas y nimias manifestaciones, y modulaba él sus trenos, por contra, poetizando toda la irreprochable solemnidad de la muerte luctuosa y la irremediable necesidad del fúnebre estado. Así, nuestra al parecer indisoluble amistad acrecía de jornada en jornada, solidificando sus diamantinos eslabones con firmeza y sin premura, y el azul firmamento de nuestra dicha no ostentaba nubarrón alguno a no ser por el de la caballerosa rivalidad y competencia en pos de superar al otro en deferentes muestras de gracia y cortesía. Pero ese reino de dulce serenidad no estaba destinado a perdurar eternamente. Debí haber previsto, al crearlo a mi más completa desemejanza, que mi hermano (pues como tal aún lo considero) mostraría una acusada tendencia hacia la meditación hosca y taciturna, hacia la excesiva simpatía por las cosas amargas y dolientes, y que su fragilidad de ánimo no alcanzaría a contener la adolescente furia que, en consecuencia, echaría hondas raíces en su hermosa naturaleza y desbordaría arrolladoramente los febles diques de su sano aunque juvenil razonar. Así pues, en el recóndito interior de mi amigo comenzó a anidar un germen impuro, el cual, al verse pronto fortalecido por su díscolo carácter, derivó en manifiestos estigmas de odio y de rebelión que se aposentaron, por último, en su alma inexperta y temblorosa. ¡Ah, cuán desconsiderado, cuán injusto, cuán desagradecido! ¿Fue la envidia la que corroyó su alma de ese modo? ¿O, ya bien, fue sólo una pasajera ráfaga de locura que envenenó fugaz su pecho, como a todo joven en su descontentadiza y agitada pubertad? Sea como fuese, ya nunca pude volver a reconocer a mi propio hermano, que con sus diabólicos ojos me maldijo, con los mismos ojos que yo había creado para que sustentasen su ánimo con bellezas en las cuales su alma pudiese encontrar una inagotable fuente de aprecio por la vida, al tiempo en que con su demoníaca lengua me condenó, con la misma lengua que yo había creado para que se delectase en la narración de bellas gestas y en la descripción de ingentes purezas por medio de una oratoria conmovedora y de un léxico exquisito. Todos los sagrados atributos con los que yo lo había dotado para que excediese a todos mis otros hijos en las obras de bien y de virtud fueron puestos al servicio de la demencia y del mal, en funesta perversión. Esa boca formada para bendecir se emponzoñó en su nueva función de tentar; esas manos formadas para consolar se agarrotaron en su nueva función de asesinar; esa frente formada para comprender se agrietó en su nueva función de pecar; y ese corazón formado para amar se ennegreció en su nueva función de odiar, de aborrecer, de abominar. La guerra, su imperdonable creación, se enseñoreó en mis celestiales pabellones, otrora pacíficos e inmaculados, el crimen elevó su horrendo penacho en mis salones destinados a la comunión y al amable coloquio, y los fragores del estrago mancharon con indelebles tinieblas mis enseñas de luz. ¡Ay, si alguien atinase a sospechar, siquiera someramente, cuánto más que él sufrí yo al castigarlo! ¡Maldito el día en que, a fin de restituir la paz en mis reinos, debí sofocar sus ardores revolucionarios y someterlo a una condena acorde a lo que, con toda ley, ameritaban sus vicios espantosos! ¿Podré alguna vez perdonarme por lo que tuve, pues no me quedó otra opción, por lo que tuve que infligirle para sentar ominosa jurisprudencia que salvaguardase, en lo sucesivo, la correcta conducta de mis súbditos? ¡Ah, infelice hermano!, ¡cómo me perdonarías tú si supieras cuánto me estremezco de dolor, cuánto te lloro aún hoy, cuán ínfimos son tus actuales pesares en comparación con esto que yo padezco! Cuando caíste al Infierno derramé, preso del desconsuelo y de la culpa, tan abundante caudal de lágrimas que los seres humanos, llevados de sus conciencias pecaminosas y de sus miedos, interpretaron que mi ira los estaba condenando al castigo de un diluvio punitivo. Más tarde, cuando caíste al mundo de los hombres, vi la oportunidad de amenguar los celosos rigores de mi sentencia y, aunque lo ignores, intenté por todos los medios protegerte y alivianar el curso de tus pasos. Te di un cuerpo noble y distintivo a efectos de que tu esencia angelical se revelase ante tus nuevos congéneres en toda su egregia gallardía, tocándote a duras penas con una cicatriz delatora para que el humano, prevenido, sospechase a tiempo los peligros inherentes a ese sujeto que, aunque de aspecto celestial, no era en el fondo sino un ángel caído. No estaba en mis planes que los hijos de Eva te aborrecieran de ese modo y te empujasen a aborrecerlos en el mismo grado, abismándote nuevamente en las vorágines del mal para intentar justificar así, por medio de mil crímenes inmencionables, el odio que recibías de todos, consciente de que si te hubieras inclinado a hacerles el bien te habrían odiado aún más si cabe; pero sí fue parte de mi plan divino tu concatenado cúmulo de desdichas, que tanto te hacen cubrirme de vituperios y reproches. Por la inflexible sanción de una ley que redacté el mismo día de tu nacimiento, existe, cada siete años, un efímero minuto, enmarcado en una noche de locura en la que el viento aúlla de manera demencial y aterradora en lo alto, en el que te permito degustar por unos instantes de esa irrisoria dicha que gozan día a día los esclavos, sabiendo que será para ti objeto de desdén, para que adviertas cuánto más valioso en su trágica esencia y en su gama de posibilidades es tu noble dolor; y, sin embargo, en ese minuto fatal aún me maldices en vez de agradecerme por la soledad y los sufrimientos que te envío el resto del tiempo para que te consagres al arte y cumplas así con tu destino, demostrando lo diferente que eres a los simples mortales. ¿Acaso hace esfuerzos sobrehumanos por escalar y elevarse quien no se halla oprimido en un asfixiante pozo de pesares? ¿Cómo habrías descubierto tus alas, poderosas aunque invisibles, si no fuese por el constante abismo al que mi amor sempiterno te ha condenado? Me culpas por las miserias que te recibieron en la vida y por la irrevocable soledad en la que has debido consumir tus jornadas a través de ese funesto valle de sombras cuyas escarpadas pendientes conforman tu triste reino, como si no supieses que eres una estrella, el lucero del alba, y que las estrellas necesitan estar rodeadas de oscuridad para que su brillo se torne visible: si te arrojé a una noche eterna fue para que pudieses refulgir y para que tu resplandor fuese digno de la inmortalidad, oh, caro amigo, oh, añorado hermano, oh, amadísimo, amadísimo Lucifer, ángel infausto».

Así habló el Señor ante sus coros, con un acento paternal y pedagógico que denunciaba la clara existencia de un amor inconmensurable, empeñoso en alejar del mal camino a su silencioso y atento auditorio. Pero entonces, sin que nadie pudiera saber de dónde provenía, una voz sepulcral y dolorosa irrumpió en el Cielo y, ganando la pronta atención de Dios y de sus sonrosados lacayos, dio curso al injusto hilo de sus malvados razonamientos en los términos que siguen:

«Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de una recíproca elección fundada en simpatías originadas en el lento pero grato descubrimiento de una natural afinidad, me formó él como a una muleta para su aburrimiento megalítico, tallando de arbitraria manera mi carácter según el ostensible y egoísta decurso de sus necesidades espirituales. Puesto que, anticipando acaso un futuro que le depararía temor o envidia, se rehusó a agraciarme con una inteligencia igual a la suya, la ignorancia con la que me dotó para tenerme a raya y dominado fue una invitación para el engaño, y así crecí, inocente de mí, creyéndolo un hermano que bien me quería. Corrí pues a su abrazo, sin comprender aún que yo no era para él más que un estúpido juguete fabricado ociosamente con el único fin de entretener su soledad abrumadora, y me resigné a fungir el insalubre oficio de amigo suyo, pese a que no encontraba yo solaz alguno en sus gustos burgueses y a que no soportaba en lo más mínimo las hipócritas homilías morales y las exasperantes salmodias religiosas con las que pretendía encubrir sus cotidianos ejercicios de concupiscencias e iniquidades. Solía yo señalarle la grandeza de las creaciones musicales y poéticas, de los ideales estéticos, de los sistemas filosóficos, de las bellas artes, pero él me mostraba, con sus obras, la sórdida glorificación del crimen, de la enfermedad, del hambre, de la inmundicia y del estrago; intentaba en vano apartarlo de sus incesantes fechorías y de mitigar su talante asesino exaltando la honradez del hombre, la dignidad de la mujer, la pureza del niño y la serena atrición del anciano, pero él daba inmediato paso, desoyéndome, a nuevos maremotos de dolor, de vomito, de locura y de catástrofe; me esforzaba en conducirlo hacia el sosiego formulando los más elaborados encomios glorificadores de la aquietada tranquilidad de los elementos, de la benevolencia de los climas propicios para la cosecha y de todo aquello que concurre a aliviar la dura suerte que es parte del destino de los hombres, pero él estallaba en carcajadas alucinantes y, atizando la furia de los volcanes, levantando el destructivo horror de los tsunamis, insuflando una violencia nunca vista en los huracanes y diseñando, en sus laboratorios infernales, nuevas cepas virósicas capaces de aniquilar en un santiamén al grueso de la población humana, ocupaba el resto de su día en arrasar entre espasmos todo aquello que él mismo había creado. Y mostraba júbilo al hacerlo, apoltronándose en sus divanes nubosos a fin de, refrigerio en mano, deleitarse en la contemplación de los implacables incendios y de la inmisericorde rabia de los mares. No pudiendo, así pues, seguir soportando la amistad de semejante loco homicida, cuya abominable afición por el dolo, la violencia y la injusticia se había probado ya de todo punto incorregible, me aparté de su odiosa y atemorizante cercanía y me entregué a los contemplativos caminos del arte. Pero él, iracundo de despecho al ver que no le era posible ganar mi aviesa complicidad, y transido de cierto pánico ante mis cada vez más eximias y notables capacidades creativas, me tendió una artera celada a fin de condenarme. Acusándome de crímenes que yo jamás había cometido, intrigando en mi contra, llenando sus propios palacios con los negros humos de la contienda y manchando sus propios atrios con el oprobioso desdoro de la sangre, me precipitó sin más a las regiones tartáreas, para consumar así una insensata venganza contra quien sólo con la verdad podía haberlo ofendido. No conforme con ello, y advirtiendo que mi naturaleza austera y melancólica había encontrado en el Érebo una agradable morada, me arrojó, con mal disimulado odio, al mundo de los hombres para que, ofreciendo a mi vista el dolor y las penurias de todo el género humano, mi corazón estallase de piedad y de congoja. Desde entonces, mi destino es padecer viendo sufrir a aquellos que, obedientes a las órdenes de Aquel que los mata, me odian, mientras me retuerzo torturado por los aciagos espectáculos de la más abyecta e injustificable miseria y soporto el incesante tormento de una soledad y un destierro que no tienen parangón alguno en toda la larga y penumbrosa espiral de los tiempos. Mas, a pesar de que el maldito embustero se mofe de mi situación desesperada asegurando que mis penalidades tienen como ulterior finalidad mi propio bien, lo perdono, lo perdono, en nombre mío y de todos los seres humanos; porque sé, porque sé positivamente, que su inconcebible furia no es más que el lógico producto esperable en el enfebrecido pecho de alguien que siempre fue temido y adorado por muchos, pero que nunca fue amado por nadie».

Cuando esta negra voz hubo cesado, una lágrima silenciosa rodó por la abrasada mejilla de Dios; y, conforme ese acuoso testimonio de un dolor divino comenzó a mudar lentamente a través de toda la sangrienta gama de los escarlatas, mientras resbalaba hacia un éter infinito de cascada irremediable, los ángeles que rodeaban al Señor bajaron sumisamente los ojos, fingiendo no entender.