<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706</id><updated>2011-09-01T15:33:11.130-03:00</updated><title type='text'>Diario de un demonio</title><subtitle type='html'>Diario de un demonio que, según se cuenta, cayó entre los hombres tras iniciar una segunda rebelión en el mismo Infierno, esta vez ni más ni menos que contra Satán... si es que Satán y él eran realmente dos demonios distintos...</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>35</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-1352856964708673588</id><published>2011-08-14T22:52:00.013-03:00</published><updated>2011-08-15T14:16:58.181-03:00</updated><title type='text'>Contrapuntos de luz y tinieblas</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-D5y3Eykbx44/Tkgr591QKwI/AAAAAAAAAh0/r93hGhR5MUQ/s1600/dore-luz-tinieblas.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img border="0" height="318" src="http://3.bp.blogspot.com/-D5y3Eykbx44/Tkgr591QKwI/AAAAAAAAAh0/r93hGhR5MUQ/s320/dore-luz-tinieblas.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Con varios ángeles sentados sobre su regazo, y muchos otros rodeándolo a sus pies, entreabrió un día Dios sus fauces ciclópeas y rompió a decir, sin sospechar que yo lo escuchaba oculto tras un jirón de negra nube de tormenta: «Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de la casualidad y de las mudables leyes del azar que aun a mí me resultan inescrutables, lejos de ser nuestra camaradería producto del caprichoso e imprevisto cruce de nuestras respectivas sendas existenciales, yo mismo habíale creado acorde a mis divinas necesidades, aunque atento también a las suyas, depositando en él, con pródiga mano, todas las nobles cualidades y radiantes virtudes necesarias para establecer, entre ambos, un profundo amor poco menos que de hermanos. En la balbuceante aurora de su vida, corrió él a mi abrazo y, dejándose bañar por mi luz y por el salutífero torrente de mi bondad y mi sabiduría, no tardó en profesarme una devoción tal que no era raro descubrir lágrimas de agradecimiento resbalando por mi incrédulo rostro. ¡Cuán solitaria es, necesariamente, la existencia de un dios todopoderoso! Pero, desde el preciso instante de su ansiado arribo, mis caminatas y mis paseos por los florecientes prados de la vida dejaron de discurrir en silencio, mi admiración por las bellezas que yo mismo creaba dejó de atorarse en mi pecho sin encontrar cauce de salida en la maravillosa posibilidad de compartir y contrastar impresiones, mis penas y mis alegrías encontraron por fin un oído comprensivo, y mis más alocados y extravagantes proyectos hallaron, loado sea el Cielo, el apoyo y la fuerza de una mano siempre amiga. No eran idénticos nuestros temperamentos, sino que, surgiendo con recia nobleza de un común tronco de luz y de amor, se escindían y bifurcaban en el punto exacto para conformar esa delicada armonía que nace y se nutre de los contrarios, así como una nota musical se embellece y reafirma en el concurso de su tercera menor. Solía yo señalarle la milagrosa hermosura de las flores y de todas las innúmeras glorias que son hijas del sol y de sus rayos benefactores, y él me hacía notar, a cambio, la melancólica  belleza de la noche y de todas las lúgubres aunque dignas criaturas que se desenvuelven a su oscuro amparo; llamaba yo su atención hacia la risueña alegría de las praderas apacibles y de las costas soleadas, y él me conducía, a cambio, a degustar la sobria majestad de las grutas siniestras y de los valles desolados; derramaba yo mi prístina elocuencia cantando la innegable excelsitud de la vida hasta en sus más pequeñas y nimias manifestaciones, y modulaba él sus trenos, a cambio, poetizando toda la irreprochable solemnidad de la muerte luctuosa y la irremediable necesidad del fúnebre estado. Así, nuestra al parecer indisoluble amistad acrecía de jornada en jornada, solidificando sus diamantinos eslabones con firmeza y sin premura, y el azul firmamento de nuestra dicha no ostentaba nubarrón alguno a no ser por el de la caballerosa rivalidad y competencia en pos de superar al otro en deferentes muestras de gracia y cortesía. Pero ese reino de dulce serenidad no estaba destinado a perdurar eternamente. Debí haber previsto, al crearlo a mi completa desemejanza, que mi hermano (pues como tal aún lo considero) mostraría una acusada tendencia hacia la meditación hosca y taciturna, hacia la excesiva simpatía por las cosas amargas y dolientes, y que su fragilidad de ánimo no alcanzaría a contener la adolescente furia que echaría hondas raíces en su hermosa naturaleza, desbordando arrolladoramente los febles diques de su sano aunque juvenil razonar. Así pues, en el recóndito interior de mi amigo comenzó a anidar un germen impuro, el cual, viéndose pronto fortalecido por su díscolo carácter, derivó en manifiestos estigmas de odio y de rebelión que se aposentaron, por último, en su alma inexperta y temblorosa. ¡Ah, cuán desconsiderado, cuán injusto, cuán desagradecido! ¿Fue la envidia la que corroyó su alma de ese modo? ¿O, ya bien, fue sólo una pasajera ráfaga de locura la que envenenó así su pecho, como a todo joven en su descontentadiza y agitada pubertad? Sea como fuere, ya nunca pude volver a reconocer a mi propio hermano, que con sus diabólicos ojos me maldijo... con los mismos ojos que yo había creado para que sustentasen su ánimo con bellezas en las cuales su alma pudiese encontrar una inagotable fuente de aprecio por la vida, al tiempo en que con su demoníaca lengua me condenó... con la misma lengua que yo había creado para que se delectase en la narración de bellas gestas y en la descripción de ingentes purezas por medio de una oratoria conmovedora y un léxico exquisito. Todos los sagrados atributos con los que yo lo había dotado para que excediese a todos mis otros hijos en las obras de bien y de virtud fueron puestos al servicio de la demencia y del mal, en funesta perversión. Esa boca formada para bendecir se emponzoñó en su nueva función de tentar; esas manos formadas para consolar se agarrotaron en su nueva función de asesinar; esa frente formada para comprender se agrietó en su nueva función de pecar; y ese corazón formado para amar se ennegreció en su nueva función de odiar, de aborrecer, de abominar. La guerra, su imperdonable creación, se enseñoreó en mis celestiales pabellones, otrora pacíficos e inmaculados, el crimen elevó su horrendo penacho en mis salones destinados a la comunión y al amable coloquio, y los fragores del estrago mancharon mis enseñas de luz con sus indelebles tinieblas. ¡Ay, si alguien atinase a sospechar, siquiera someramente, cuánto más que él sufrí yo al castigarlo! ¡Maldito el día en que, a fin de restituir la paz en mis reinos, debí sofocar sus ardores revolucionarios y someterlo a una condena acorde a lo que, con toda ley, ameritaban sus vicios espantosos! ¿Podré alguna vez perdonarme por lo que tuve, pues no me quedó otra opción, por lo que tuve que infligirle para sentar ominosa jurisprudencia que salvaguardase, en lo sucesivo, la correcta conducta de mis súbditos? ¡Ah, infelice hermano!, ¡cómo me perdonarías tú si supieras cuánto me estremezco de dolor, cuánto te lloro aún hoy, cuán ínfimos son tus actuales pesares en comparación con esto que yo padezco! Cuando caíste al Infierno derramé, preso del desconsuelo y de la culpa, tan abundante caudal de lágrimas que los seres humanos, llevados de sus conciencias pecaminosas y de sus miedos, interpretaron que mi ira los estaba condenando al castigo de un diluvio punitorio. Más tarde, cuando caíste al mundo de los hombres, vi la oportunidad de amenguar los celosos rigores de mi sentencia y, aunque lo ignores, intenté por todos los medios protegerte y alivianar el curso de tus pasos. Te di un cuerpo noble y distintivo a efectos de que tu esencia angelical se revelase ante tus nuevos congéneres en toda su noble gallardía, tocándote a duras penas con una cicatriz delatora para que el humano, prevenido, sospechase a tiempo los peligros inherentes a ese sujeto que, aunque de aspecto celestial, no era en el fondo sino un ángel caído. No estaba en mis planes que los hijos de Eva te aborrecieran de ese modo y te empujasen a aborrecerlos en el mismo grado, abismándote nuevamente en las vorágines del mal para intentar justificar así, por medio de mil crímenes inmencionables, el odio que recibías de todos, consciente de que si te hubieras inclinado a hacerles el bien te habrían odiado aún más si cabe; pero sí fue parte de mi plan divino tu concatenado cúmulo de desdichas, que tanto te hacen cubrirme de vituperios y reproches. Por la inflexible sanción de una ley que redacté el mismo día de tu nacimiento, existe, cada siete años, un efímero minuto, enmarcado en una noche de locura en la que el viento aúlla de manera demencial y aterradora en lo alto, en el que codicias secretamente la alegre vida de los corderos y los esclavos, si bien finges desdeñarla, endiosando tu dolor; y sin embargo, en ese minuto fatal, me maldices en vez de agradecerme por la soledad y los sufrimientos que te envío para que te consagres al arte y cumplas así con tu destino, demostrando lo diferente que eres a los simples mortales. ¿Acaso hace esfuerzos sobrehumanos por escalar y elevarse quien no se halla oprimido en un asfixiante pozo de pesares? ¿Cómo habrías descubierto tus alas, poderosas aunque invisibles, si no fuese por el constante abismo al que mi amor sempiterno te ha condenado? Me culpas por las miserias que te recibieron en la vida y por la irrevocable soledad en la que has debido consumir tus jornadas a través de ese funesto valle de sombras cuyas escarpadas pendientes conforman tu triste reino, como si no supieses que eres una estrella, el lucero del alba, y que las estrellas necesitan estar rodeadas de oscuridad para que su brillo se torne visible: si te arrojé a una noche eterna fue para que pudieses refulgir y para que tu resplandor fuese digno de la inmortalidad, oh caro amigo, oh añorado hermano, oh amadísimo, amadísimo Lucifer, ángel infausto». Así habló el Señor ante sus coros, con un acento paternal y pedagógico que denunciaba la clara existencia de un amor inconmensurable, empeñoso en alejar del mal camino a su silencioso y atento auditorio. Pero entonces, sin que nadie pudiera saber de dónde provenía, una voz sepulcral y dolorosa irrumpió en el Cielo y, ganando la pronta atención de Dios y de sus sonrosados lacayos, dio curso al injusto hilo de sus malvados razonamientos en los términos que siguen: «Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de una recíproca elección fundada en simpatías originadas en el lento pero grato descubrimiento de una natural afinidad, me formó él como a una muleta para su aburrimiento megalítico, tallando de arbitraria manera mi carácter según el ostensible y egoísta decurso de sus necesidades espirituales. Puesto que, anticipando acaso un futuro que le depararía temor o envidia, se rehusó a agraciarme con una inteligencia igual a la suya, la ignorancia con la que me dotó para tenerme a raya y dominado fue una invitación para el engaño, y así crecí, inocente de mí, creyéndolo un hermano que me quería bien. Corrí pues a su abrazo, sin comprender aún que yo no era para él más que un estúpido juguete fabricado ociosamente con el único fin de entretener su soledad abrumadora, y me resigné a fungir el insalubre oficio de amigo suyo, pese a que no encontraba yo solaz alguno en sus gustos burgueses y a que no soportaba en lo más mínimo las hipócritas homilías morales y las exasperantes salmodias religiosas con las que pretendía encubrir sus cotidianos ejercicios de concupiscencias e iniquidades. Solía yo señalarle la grandeza de las creaciones musicales y poéticas, de los ideales estéticos, de los sistemas filosóficos, de las bellas artes, pero él me mostraba, con sus obras, la sórdida glorificación del crimen, de la enfermedad, de la inmundicia y del estrago; intentaba en vano apartarlo de sus incesantes fechorías y de mitigar su talante asesino exaltando la honradez del hombre, la dignidad de la mujer, la pureza del niño y la serena atrición del anciano, pero él daba inmediato curso, desoyéndome, a nuevos maremotos de dolor, de vomito, de locura y de catástrofe; me esforzaba en conducirlo hacia el sosiego formulando los más elaborados encomios glorificadores de la aquietada tranquilidad de los elementos, de la benevolencia de los climas propicios para la cosecha, y de todo aquello que concurre a aliviar la dura suerte que es parte del destino de los hombres, pero él estallaba en carcajadas alucinantes y, atizando la furia de los volcanes, levantando el destructivo horror de los tsunamis, insuflando una violencia nunca vista en los huracanes, y diseñando en sus infernales laboratorios nuevas cepas virósicas capaces de aniquilar en un santiamén al grueso de la población humana, ocupaba el resto de su día en arrasar entre espasmos todo aquello que él mismo había creado. Y mostraba júbilo al hacerlo, apoltronándose en sus divanes nubosos a fin de, cerveza en mano, deleitarse en la contemplación de los implacables incendios y de la inmisericorde rabia de los mares. No pudiendo, así pues, seguir soportando la amistad de semejante loco homicida, cuya deleznable afición por el dolo, la violencia y la injusticia se había probado ya de todo punto incorregible, me aparté de su odiosa y atemorizante cercanía y me entregué a los contemplativos caminos del arte. Pero él, iracundo de despecho al ver que no le era posible ganar mi aviesa complicidad, y transido de cierto pánico ante mis cada vez más eximias y notables capacidades creativas, me tendió una artera celada a fin de condenarme. Acusándome de crímenes que yo jamás había cometido, intrigando en mi contra, llenando sus propios palacios con los negros humos de la contienda, y manchando sus propios atrios con el oprobioso desdoro de la sangre, me precipitó a las regiones tartáreas, consumando así una insensata venganza ante quien sólo con la verdad podía haberlo ofendido. No conforme con ello, y advirtiendo que mi naturaleza austera y melancólica había encontrado en el Érebo una agradable morada, me arrojó, con mal disimulado odio, al mundo de los hombres para que, ofreciendo a mi vista el dolor y las penurias de todo el género humano, mi corazón estallase de piedad y de congoja. Desde entonces, mi destino es sufrir viendo sufrir a aquellos que, obedientes a las órdenes de aquel que los mata, me odian, mientras me retuerzo torturado por los aciagos espectáculos de la más abyecta e injustificable miseria y soporto el incesante tormento de una soledad y un destierro que no tienen parangón alguno en toda la larga y penumbrosa espiral de los tiempos. Y, a pesar de que el maldito embustero se mofe de mi situación desesperada asegurando que mis cuitas tienen como fin mi propio bien, lo perdono, lo perdono, en nombre mío y de todos los seres humanos, porque sé, porque sé positivamente, que su inconcebible furia no es más que el lógico producto esperable en el enfebrecido pecho de alguien que siempre fue temido y adorado por muchos, pero que nunca fue amado por nadie». Cuando esta negra voz hubo cesado, una lágrima silenciosa rodó por la abrasada mejilla de Dios; y, conforme ese acuoso testimonio de un dolor divino comenzó a mudar lentamente a través de toda la sangrienta gama de los escarlatas, mientras resbalaba hacia un éter infinito de cascada irremediable, los ángeles que rodeaban al Señor bajaron sumisamente los ojos, fingiendo no entender.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-1352856964708673588?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2011/08/contrapuntos-de-luz-y-tinieblas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1352856964708673588'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1352856964708673588'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2011/08/contrapuntos-de-luz-y-tinieblas.html' title='Contrapuntos de luz y tinieblas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-D5y3Eykbx44/Tkgr591QKwI/AAAAAAAAAh0/r93hGhR5MUQ/s72-c/dore-luz-tinieblas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-1801899310189887171</id><published>2011-04-24T15:32:00.012-03:00</published><updated>2011-08-14T01:30:31.106-03:00</updated><title type='text'>Nocturno aullido de una deidad abrumada</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-6ke9SXkyDTQ/TbRflnAIJKI/AAAAAAAAAfo/1ZgLDcSKifA/s1600/Abbei+im+Eichwald.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img border="0" height="251" src="http://3.bp.blogspot.com/-6ke9SXkyDTQ/TbRflnAIJKI/AAAAAAAAAfo/1ZgLDcSKifA/s320/Abbei+im+Eichwald.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Mucho se engañan quienes, al abismar vanamente la sonda de sus gratuitas elucubraciones en las vorágines psicológicas que pudieron o no dar origen a la augusta rebelión que, centurias ha, encabecé en el firmamento contra el dominio soberano de mi Vencedor, extraen la precipitada conclusión de que alguna vez abrigó mi ánimo el desventurado propósito de erigir mi sombrío visaje en la efigie de un nuevo dios. ¿Acaso no llegó jamás, a ninguno de estos presuntos doctores de la psiquis y exploradores del alma, la noticia de lo solitaria, lo fatigosamente triste y solitaria que puede llegar a ser la inextricable condición de divinidad suprema? Así como el rey envidia la libertad de sus vasallos, libertad para cantar, libertad para reír, libertad para llorar, libertad para inspirar afecto a sus semejantes antes que temor, así un dios, necesariamente, envidia a las inocentes y despreocupadas criaturas de su propia creación, y sueña, en su sueño eterno que da curso a nuevos mundos e insufla incipientes destellos en miríadas de soles nonatos, con que su poder se incremente alguna vez lo suficiente como para alcanzar la mirífica capacidad de crear dioses de su misma talla antes que hombres y bestias, de modo tal que le sea posible perder entre ellos todo atributo divino y ser uno más en una comunidad de deidades que puedan considerarlo un opaco e intrascendente igual. ¿Qué mayor dicha puede haber para un dios que la de dejar de ser un dios, siquiera por un instante, el suficiente para robar la fugaz aunque imborrable sonrisa de la alegre y rústica inocencia? Lejos de mí la insensata locura (y no es sino un demente quien empuña la pluma del desvarío sobre estos pergaminos amarillentos) de aspirar a revestirme en los deslumbrantes fulgores de un demiurgo hecho para la adoración. Y sin embargo, ni aun siendo apenas un demonio he podido sustraerme a esta lacerante condena que resulta, evidentemente, por completo desconocida a los vacuos mortales que, bajo el manifiesto amparo de una imbecilidad y un apresuramiento poco menos que loables, se atreven a juzgar mi conducta. ¡Nunca quise ser un objeto de culto, una voz de trueno, el camino de una nueva ética, la débil sombra de un ideal superior! No: me bastaba con encontrar un igual. ¿Es que acaso no lo entendéis? Me tocó en desgracia ser el más noble y egregio de los arcángeles celestiales, venerado por mis hermanos, favorito de mi Creador; si me rebelé contra todo, si asomé mi rostro maldito a los negros y exiciales pozos del pecado, si mancillé mis manos con sangre y manché mi corazón con sombra, fue únicamente para rebajarme, para destruirme, para obliterarme, en la esperanza de encontrar, en los inframundos de la desesperación y del oprobio, la inestimable mirada silenciosa de un semejante que me considerase como tal. Pero el artero Celeste, no ignorando en lo absoluto los verdaderos y secretos motivos de mi sublevación satánica, determinó que sería tan sabio cuan magistralmente avieso añadir, a mi aciaga caída, la refinada perversidad de condenarme a seguir destacándome y descollando entre mis camaradas, ahora en el mal y en la podredumbre de un alma en tinieblas como otrora en el bien y en la refulgente gloria de un espíritu en arrobadora bienaventuranza. De ese modo, mi maldición quedó meticulosamente configurada: sólo restaba que yo saliese a su aniquilador encuentro... y no fue mucho lo que tardé en pisar el cepo y caer en la trampa. Al iniciar mis vagabundeos entre los hijos de la tierra, encontré de inmediato que un altísimo porcentaje de éstos, criados en extrañas religiones o carentes de alguna, me tributaban el incienso de la más completa indiferencia; de los restantes, de quienes llegaban a saber de mi existencia, de quienes creían en el demonio, prácticamente todos optaban por aborrecerme, como después de todo era de esperarse en sumisos y gregarios corderos hechos a imagen y semejanza de mi insulso Antagonista. Así, odiado por todos cuantos llegaban a anoticiarse de mi fatídica realidad, me sentí muy satisfecho de mí mismo; y sin embargo, mi alma incomunicada aún había menester de un semejante a quien hacer partícipe de tan grandes hazañas, alguien que comprendiese las vicisitudes de mi facilidad para engendrar el odio a mi paso. Concebí, pues, la posibilidad de arroparme en los espíritus renegados, las almas en pena y en delirio, los sujetos díscolos que se atreviesen a seguir mi camino de rebelión y de estrago. Comencé a buscarlos a través de las regiones nocturnas y de las gélidas desolaciones citadinas, hasta que finalmente di con ellos, entregados a sus ritos satánicos en el bostezo de decrépitas capillas abandonadas de Dios. Aunque pocos, invocaban mi nombre en éxtasis infernal, en místicos raptos de inusitada coloratura blasfematoria, de modo que acudí a ellos con céleres pasos. ¡Ay!, lejos se hallaba mi vetusto engranaje neuronal de imaginar que mi inflexible ruina había sido astutamente labrada por una adusta Providencia llena de odio y de rencor eternos hacia mi persona: los satanistas no suponían un eco de mi pena, un séquito capaz de comprender mi solitaria miseria, sino que dibujaban ante mí la innoble silueta del prosternado adorador. Sí, era tal vez para sentirse halagado, pero ¡de qué sirven los adoradores a aquel que ante todo busca comprensión! Ansiaba yo sumergirme en las gratificantes aguas del diálogo y de la confluencia de pareceres, mas ellos se limitaban a rezarme; deseaba entablar las edificantes y enriquecedoras escaramuzas del intercambio de ideas en la comunión de la encendida aunque amena disputa dialéctica, mas ellos se limitaban a darme la razón en todo cuanto mis labios proferían; anhelaba experimentar por vez primera la placentera cordialidad y el arrebatador transporte de la cercanía y similitud entre semejantes, mas ellos se sentían intimidados por la presencia de aquel a quien consideraban un dios y, temiendo ser juzgados por mi severa mirada, se sustraían a mis ojos soberanos o se refugiaban en la temblorosa postura de la prosternación suplicante. Incapaces de verme en un plano de igualdad que les confiriese la suficiente seguridad como para cultivar conmigo las indolentes mieles del trato amistoso, esta intimidación en la que los sumían mi intelecto y mi carácter pesaba sobre sus ánimos como un acónito paralizante. ¡Nadie atinaba a comprender que yo no era sino el ser más caído y abyecto de todo el universo, y que sólo en su vesánica inversión de valores, necios, podían llegar a considerarme un superior y a situarme en la cima de pirámide jerárquica alguna! Amargas eran las raíces destinadas a mi paladar atribulado: atemorizar hasta la exasperación y la huida a los escasos sujetos de los que podía atreverme a esperar un símil de interacción exenta de todo tipo de animosidad belicosa. Muy por dichoso me habría tenido si tan sólo hubiese podido ataviarme alguna vez en la engañosa apariencia de un ángel menor, en la de un chocarrero e inofensivo demonio familiar, a fin de ponerme incógnitamente al servicio de alguna bruja espantosa y  desalmada pero aún capaz de pasar cada tanto su leprosa mano sobre mi negro pelaje de gato diabólico; mas tal atributo jamás me fue concedido: mis feroces cicatrices y la fatalidad de mi funesta mirada siempre ostentaron la rara cualidad de lograr delatarme ante todos, como si sólo a mí pudiesen pertenecer tales trazas aterradoras. Y así, maldito entre los mortales y aun entre los hijos de los mortales, enaltecido en el culto pero rechazado en mi persona, buscado en la plegaria pero evitado en el diálogo, adorado en mi efigie pero rehuido en mi sombra, sembrando admiración pero incapaz de cosechar vínculo alguno o de traducir en simpatía esa devoción infranqueable, como un poseso vagué por los más distantes rincones del orbe, gritándole al vacío con mi arte desgarrado, pero encontrando cada vez que ese arte me era por demás insuficiente y que la pena se escurría prontamente de entre sus trémulas manos para volver así a caer sobre mi alma, sobre el océano. Y entonces cifré todas mis esperanzas en mis antiguos compañeros de caída, que hacía tanto me habían visto partir del Érebo en solitario vuelo y que sin duda aguardaban todavía mi melancólico regreso; mas no tardé en verificar que también entre ellos, a pesar de mi humanización degradante, seguía cundiendo triunfante el indecoroso hábito de la idolatría, y que no sólo no brotaban entre sus hordas y falanges ni semejantes ni compañía, sino que, peor aún, todo cuanto podían ofrecerme era el penoso espectáculo del tosco y desmañado imitador. Pero para imitaciones me bastaba con el espejo, idéntico a mí en su superficie, pero disímil y carente de vida en su frío interior de cristal trabajado. Sólo me quedaba, pues, una única solución posible: en un mundo de adoradores y esclavos, mi sola salvación se centraba en imitarlos yo a ellos... en hallar, a mi vez, un dios. ¡Caer de rodillas: ésa era la cuestión! Pero, para poder entregarme a los salutíferos e igualadores hábitos de las costumbres religiosas, menester era contar con algo en lo cual creer, algo digno ante lo cual inclinarme. ¿En qué creían los otros? Divisé, con mis ojos enrojecidos e insomnes desde el comienzo de los tiempos elípticos y alucinantes del cosmos, a la humanidad, allá lejos, entre las brumas de los fanatismos ciegos e ignominiosos: muchos se arrodillaban ante mi Enemigo, unos pocos lo hacían ante mí, pero los más (y a cada minuto su número se incrementaba de manera exponencial y aterradora) encontraban más cuesta abajo y propicia para su hedonismo la cómoda opción de inclinarse ante la humanidad misma, en insensata deificación de un microbio. ¿Sería yo capaz de adorar el progreso del hombre? Ante la sola idea, comencé a reír; no pudiendo refrenar el súbito ataque de carcajadas, mi tentación corrió parejas con el grotesco de la idea que había suscitado mi hilaridad, y la concavidad misma del universo se llenó prontamente con los ecos reverberantes de las resonantes risotadas mefistofélicas que proferían mis entrañas. Durante incontables noches boreales, me fue del todo imposible detener las convulsiones de ese acceso de estrepitoso júbilo; pero, al término de éstas, descubrí que, en esas lóbregas planicies de hielos perpetuos que me circundaban, había hecho insólita aparición una hiena, atraída sin duda por la curiosidad que a su ánimo transmitirían mis demenciales carcajadas. Según me fue posible constatar de inmediato, ella también reía, con una maldad divina que habría sido capaz de enamorar a los santos y de embriagar a los ángeles si unos y otros hubiesen tenido alguna vez un corazón siquiera la mitad de grande y de misericordioso que el que había fijado en mi pecho su morada. La bestia salvaje se sentó entonces a mi lado, con una mueca sardónica tocando su semblante filosófico. Y fue entonces que lo supe, mientras la enfebrecida sonrisa de mi rostro se trocaba por una máscara de congoja exquisitamente ornada por el perlado icor de la pena: finalmente, alguien en este mundo se había acercado a mí sin reparos; finalmente, alguien en este mundo me había comprendido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-1801899310189887171?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2011/04/nocturno-aullido-de-una-deidad-abrumada.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1801899310189887171'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1801899310189887171'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2011/04/nocturno-aullido-de-una-deidad-abrumada.html' title='Nocturno aullido de una deidad abrumada'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-6ke9SXkyDTQ/TbRflnAIJKI/AAAAAAAAAfo/1ZgLDcSKifA/s72-c/Abbei+im+Eichwald.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-4316407825482520157</id><published>2010-12-04T17:17:00.012-03:00</published><updated>2010-12-04T17:36:13.585-03:00</updated><title type='text'>Amuleto de calamidades</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TPqXWjqH6CI/AAAAAAAAAbI/WKxf7GIkrZw/s1600/hoestkveld.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TPqXWjqH6CI/AAAAAAAAAbI/WKxf7GIkrZw/s320/hoestkveld.jpg" width="255" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Desde el preciso instante en que este mundo, con pálido semblante y temblorosos brazos, me recibió en las putrefactas dársenas de la vida, pestilentes aguas en las que anclé violentamente, ya acompañado de incipientes preguntas existenciales y precoces llantos, que la suerte se encapricha en mostrárseme siempre adversa y ceñuda, cual una doncella de alta alcurnia que desplegase todo el esplendoroso plumaje de su hosca aspereza ante un humilde pretendiente de baja cuna. Quizás se deba a que unas extrañas deidades de la noche me quieren artista y pensador y por ello procuran, con empeño, tanto que los solicitados dones de la fortuna me sean invariablemente esquivos como que mi destino discurra, de manera incesante, en profundos abismos de sombra de los que sólo se puede escapar, entre perennes fatigas y sufrimientos, por la trenzada escala de seda que nos presta el arte más desesperado; o quizás se deba a que unos bondadosos dioses protectores de la raza humana, conociendo los peligros que encierro, mancomunan sus más desalados esfuerzos en pos de sabotearme. Pero, cualquiera sea la razón, el infortunio que me acompaña como mi sombra desde la más temprana infancia no ha dejado de asombrar a los silenciosos planetas que, cada vez que elevo al cielo mi mirada taciturna y resignada, esconden, tras los muros de las distintas casas zodiacales, toda la vergüenza de su desolador sentimiento de culpa. No daré ejemplos concretos ni me pondré a narrar todas las desgracias que me han perseguido, como famélicas harpías de fúnebres alas agujereadas, desde los primeros minutos de mi vida, pero sí diré que es ya tradición extendida, entre los gatos negros de la ciudad, la leyenda de un misterioso sujeto de oscuros atavíos que deambula de noche por el silente laberinto urbano; según los gatos se van transmitiendo solemnemente de generación en generación, si este extraño ser vestido de negro se cruza por delante de alguno de ellos, las más despiadadas desgracias persiguen durante siete de sus nueve vidas al desdichado felino que se topó con el errabundo caminante: es ésta la razón por la cual, cada vez que los gatos grises, los gatos solitarios, los gatos meditabundos, los gatos que sueñan en los muros y los gatos que conocen el secreto sentido de la vida ven los siniestros contornos de mi silueta acercándose a sus narices, se vuelcan de inmediato a fugas confusas y desesperadas, o trepan a los tejados con velocidad, o dan no sé cuántos pasos caminando hacia atrás mientras maúllan no se sabe qué mágico ensalmo de propiedades aparentemente virtuosas que obra a fuer de contra-hechizo salvador. Cuando paso por debajo de una escalera, el primer incauto que se sube a ella queda automáticamente condenado por los hados a padecer trece años de infortunio, al cabo de los cuales muere. Si una pareja de enamorados se sienta delante mío en los teatros o en el transporte público, a los pocos días ven marchitarse para siempre, bajo el frío granizo de los malentendidos y el inclemente sol del odio, los verdes lazos de hiedra y siemprevivas que los unían en estrecho vínculo amoroso. Muy en boga estuvo, entre los suicidas algo temerosos de la pólvora y de la soga, la costumbre de proponerse hacerme un bien, sabiendo que, de sólo intentar favorecerme en algún aspecto, su suerte quedaba echada y su deceso era cuestión de horas. Espantosas brujas y siniestros hechiceros de todos los rincones del orbe llevan años intentando conseguir siquiera unos pocos cabellos míos a efectos de conferir mayor poder y virulencia a sus negros filtros y pócimas. Desde la funesta noche de mi aciago nacimiento, un atónito Murphy, célebre legislador de fatalidades, debe sentarse a redactar, con infatigable pluma, unas quince o veinte leyes nuevas por jornada a medida que me voy dando de bruces con ellas en mi accidentado trajín cotidiano. Carece para mí de significado el ominoso martes 13, cuyo concatenado tren de contratiempos y desgracias se confunde y mimetiza entre los que idénticamente me acosan durante todos los restantes días del año. En breve: soy un amuleto de calamidades, y quien me posea o tenga cerca será desdichado. ¿Cuál es el funesto misterio que signa de tan catastrófica manera, sumiéndola entre perennes sombras de locura y de odio, mi existencia toda? ¿Acaso los planetas, envidiosos de los insoslayables influjos de mi demoníaco poder, formaron, en infame conciliábulo, un aterrador coro de blasfemias para echarme todos de consuno mal de ojo al nacer? ¿Acaso un inescrutable Dios de la burla y del sarcasmo me somete a todas estas pruebas e infortunios para constatar si, tras atravesar las distintas fases de su perversa conducta y los diversos avatares de su inmortal rencor, sigo aún, con inocente y candoroso pecho, amándolo tal y como, en mi infancia, mis mayores me prescribieron que lo hiciera a pesar de todo? ¿O será la noción del karma una terrible realidad y, como todo parece indicarlo, yo he sido un político o un abogado en mi vida precedente? Esto último podría explicarlo todo, pero mi naturaleza se rebela ante la injusticia de una religión que propugna la idea de que la cuenta de todos los banquetes y placeres con los que algunos humanos se castigan sin remordimiento en su vida la pagan los pobres tontos que heredan luego esos espíritus resacosos. No quiero vivir en un mundo tan mal hecho: el sistema tiene que ser cambiado. Y, si no se puede, en vez de pagar la cuenta aprovechemos el crédito y sigamos derrochando con dadivosa mano nosotros, tal como mi ya célebre teoría del karma inverso lo propone. Cuando un hombre, que no ha hecho nada para merecerlo, advierte que, bajo la forma de enfermedades, pobreza, soledad, insultos, desengaños y otros tipos de cambio similares, lleva ya años pagando miríadas de deudas e intereses por desconocidos crímenes que jamás ha cometido, comprende de pronto la necesidad de hacer algo extremadamente maligno para ganarse semejantes castigos por mérito propio y poder así justificarlos. De esa guisa obré yo, que había nacido angelical y bueno, lanzándome en mi adolescencia, de manera precipitada, a la espantosamente vertiginosa carrera del mal. Catálogos enteros de pecados antiguos y novedosos me saludaron, y con asombro contemplaron mi satánica capacidad para engrosar sus filas con nuevas creaciones de cuño propio; extremas y violentas acciones me tuvieron como ineludible protagonista, y ciudades enteras sangraron y humearon, en mi cada vez más terrible nombre, bajo el flagelo de mi ira y la espada de mi cólera, mientras el grito de una humanidad ultrajada ascendía, impotente, en medio de la noche; los ángeles, mis antiguos hermanos, lloraron amargamente sus lágrimas de ópalo iridiscente y sus lágrimas de cristal helado mientras me observaban desde las nubes, sin poder evitar dirigir cada tanto, por sobre sus hombros, tímidas y suplicantes miradas a un Creador que permanecía pensativo y silencioso, con el rostro cruzado de lado a lado por el inclemente latigazo de la preocupación y del miedo, al tiempo en que, en el Infierno, crecían la envidia y los vanos intentos por emularme entre los demás demonios. Mas, una vez que mis manos estuvieron lo suficientemente empapadas en los aguardentosos océanos del vicio, una vez que mi corazón estuvo lo suficientemente embebido en los intoxicantes néctares del estrago, mi suerte cambió por completo, y la fortuna comenzó a sonreírme sin atisbo alguno de decoro o recato. Todas las empresas y proyectos pergeñados por mi imaginación empezaron a llegar invariablemente a buen puerto, mi capital comenzó a incrementarse solo, las mujeres más bellas y deliciosas comenzaron a frecuentarme, la humanidad que siempre me odió no tardó mucho en decidir aceptarme, los más encumbrados cargos de la poderosa maquinaria estatal fueron depositados a mis pies, los negocios más espurios y suculentos fueron sometidos a mi laudo, el sol despuntó finalmente para mí, y las teorías del marqués de Sade sobre la virtud y el vicio volvieron a confirmarse. Y es de ese modo que hoy, que dispongo de sobrado tiempo para el ocio gracias a mi nueva fortuna, puedo hablar sobre mi mala suerte y mi habilidad para, volviéndome un pillo redomado, legársela a los futuros derechohabientes de mi alma; pero, y recuerden esto siempre, oh infectos humanos, mis crímenes no han sido para mí más que un mecanismo de defensa, un mecanismo de defensa absoluta y estrictamente necesario.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-4316407825482520157?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/12/amuleto-de-calamidades.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/4316407825482520157'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/4316407825482520157'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/12/amuleto-de-calamidades.html' title='Amuleto de calamidades'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TPqXWjqH6CI/AAAAAAAAAbI/WKxf7GIkrZw/s72-c/hoestkveld.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-5888228112075007337</id><published>2010-06-18T16:01:00.003-03:00</published><updated>2010-06-18T16:56:59.238-03:00</updated><title type='text'>Mitologías aquerónticas</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TBvCwucZPCI/AAAAAAAAAVA/Phc8Ip0GIYY/s1600/Autumn+Morning.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 212px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TBvCwucZPCI/AAAAAAAAAVA/Phc8Ip0GIYY/s320/Autumn+Morning.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5484191113610345506" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Desdichados de aquellos muertos en vida que, embutidos en los fúnebres caparazones de sus absorbentes intereses rutinarios, y con su campo visual restringido por las tiránicas anteojeras de un materialismo idiotizante, pululan ciega y apresuradamente por el grisáceo entramado urbano de la vetusta ciudad que, en virtud del irritante enfado que las numerosas altanerías de sus disolutos y procaces moradores causan desde tiempos inmemoriales a los dioses mayores, fue sentenciada por éstos a la funesta desgracia de parir un demonio, que ahora escribe estas líneas, y de darle cobijo hasta edad avanzada; desdichados de ellos, sí, pues, al no contar con unos ojos clarividentes y ávidos de poesía y maravilla como los míos, ignoran todas y cada una de las diversas presencias mitológicas y del inagotable abanico de sucesos asombrosos que prestan (asaz hipócrita sería negarlo) algo de belleza a la sórdida osamenta de concreto que compone la pestilente metrópolis portuaria en cuyo pútrido seno discurre, como un agónico gemido que nunca cesa, el monótono cauce de sus intrascendentes periplos existenciales. Pero yo, que he visto, y que sé, repasaré ahora, para intentar consolar un poco a mi alma, que busca reponerse de sus náuseas dado que acaba de asistir, una vez más, al horripilante espectáculo de la siempre diversa pero siempre repugnante configuración del rostro humano, máscara derretida por el enfermizo fuego de las pasiones más inconfesables sobre una calavera llena de egoísmo y de malicia, repasaré ahora, séame lícito el epítome, algunos de los mitos e historias que nutren, con su melancólica sabiduría otoñal, el misterioso pasado de esta vaporosa urbe que eleva hacia un inclemente cielo revestido de perennes grises sus tristes moradas y sus derruidos monumentos consagrados al olvido mientras se acurruca, temblorosa, junto a las infaustas márgenes de un perezoso Aqueronte de aguas condenadas y leprosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imagino que ninguna divinidad podrá manifestar la más leve sombra de despecho si mi pluma se inclina a comenzar su crónica por aquella aciaga historia, que tanto ha hecho ya llorar a generaciones enteras de almas sensibles, y que tanto hará aún llorar a otras, del semáforo cuya luz nunca cambiaba. En un recóndito barrio de las periferias metropolitanas, zona de calles lúgubres y de casas mayoritariamente bajas, vivía hace mucho tiempo una humilde doncella, la inigualable hermosura y esbeltez de cuyo garbo concitaba la admiración y el elogio de todos los que posaban alguna vez sus ojos sobre ella, y la sencillez y nobleza de cuyas desprendidas acciones le granjeaban la bendición y el amor de todo el vecindario. Pero aconteció que, durante cierta noche de invierno, la muchacha se vio compelida a abandonar, a una hora intempestiva, el seguro refugio de su hogar tras recibir el urgente llamado de una anciana vecina cuyo frágil estado de salud le hacía requerir, como en muchas otras ocasiones, la invalorable ayuda de la doncella a la cabecera de su lecho. Envuelta en una capa a fin de combatir el frío del insalubre clima, la joven partió, solitaria, hacia la morada de la anciana, apretando su ágil y leve paso en medio de las sombras nocturnas de las húmedas callejas; mas, cuando la muchacha se hallaba ya en las cercanías del parque arbolado que debía cruzar para llegar a destino, un rostro depravado salió súbitamente a su encuentro, clavando pronto lúbricas miradas en la virgen inocencia del ángel que había hecho tan extraña aparición ante sus bestiales ojos. A continuación, no bien el abyecto sátiro se lanzó en pos de la doncella como un halcón famélico lo haría sobre una tierna paloma, una frenética persecución tuvo lugar, mientras la ciudad entera, abandonada al reposo, permanecía indiferente entre los mullidos brazos del apacible sueño; exhausta por la carrera, con el corazón saltándosele del pecho, y ya al borde de la más extrema desesperación, la muchacha, cayendo de rodillas en una esquina ante la despiadada mirada de su verdugo, invocó en su ayuda a todas las divinidades y dríades urbanas protectoras de la juventud, las cuales oyeron sus votos conmovidas e intercedieron ante las diosas de la polución por ella. Éstas, mostrándose propicias, decidieron proteger la virtud de la muchacha acorralada en tan espantoso trance, y así fue que, frustrando las salaces intenciones del confundido violador, la metamorfosearon inmediatamente en un semáforo, el cual, desde entonces, se yergue en esa esquina sin que ninguna autoridad gubernamental acierte a determinar quién fue el que lo puso allí. Mas el semáforo, que alberga en su interior el alma de la joven aún traumada y aterrada, llena de culpa y de dolor, permanece siempre en rojo, para congoja de Desórdeos, el ruidoso dios del tránsito, y para impaciente furor de las interminables filas de vehículos que esperan día y noche por una luz verde que nunca llegará. Nadie conoce con exactitud la ubicación de esa esquina, mas es tradición ahora que todo aquel conductor que espera durante horas frente a un semáforo en vano, aguardando infructuosamente a que el rubor de una virgen consumida por la vergüenza dé paso al amarillo del perdón y al verde de la esperanza, adivina al fin lo que sucede, se persigna, maldice los numerosos ejemplos de la maldad humana, fuente siempre de lamentables consecuencias, pone marcha atrás, y esa noche, al elevar sus plegarias al cielo, pide por el descanso del alma de la doncella ultrajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Innúmeras son las legendarias transformaciones, desconocidas por Ovidio, que tuvieron lugar, al igual que la recién narrada, entre los vastos pliegues de este dédalo urbano, como por ejemplo la de aquel vagabundo, veterano de guerra sumido en la miseria, que había sido arrastrado por el alcohol a la insensata locura de creer que tenía por misión dirigir el tránsito, con su silbato, frente a una vía en la que no había barrera, hasta que, tristemente empujado, por su constante embriaguez, a ser embestido él mismo por el tren de cuyas arrolladoras cornamentas protegía a todo el mundo, fue transformado por los dioses, que no pudieron evitar apiadarse al conocer su infortunada historia, en una nueva barrera que es hoy profusamente elogiada por su inigualable vocación de servicio y su cronométrica precisión de corte; pero, estando seguro de que habré de tratar otras notables metamorfosis más adelante en mi crónica, prefiero enfocarme ahora, ya que he mencionado al veloz ciempiés de acero, en la perturbadora leyenda de esa brumosa bocina, oída por muchos en la noche, de un tren fantasmal que nadie puede ver. Cuentan que todos los solitarios transeúntes que vagabundean pensativos y cabizbajos por la ciudad, mientras albergan en su pecho algún deseo funesto o meditan alguna mala acción, escuchan súbitamente, al estar por cruzar un paso a nivel, la sonora advertencia de un tren que se aproxima; deteniéndose mecánicamente para dar prioridad a la temible e irrefrenable marcha de la máquina, levantan con resignada lentitud la cabeza y hacen girar entonces vanamente sus contrariados ojos en torno a un tenebroso paisaje vacío, sitio del cual, sin embargo, la bocina inequívocamente ha procedido, y en toda cuya extensión sólo alcanzan a ver los vapores de la noche meciéndose fantasmagóricamente en diáfanas volutas sobre una árida desolación de rieles y yuyos. Aterrados, los viandantes ahuyentan inmediatamente las aladas sombras de sus deshonestas cavilaciones y dirigen a toda prisa sus tambaleantes pasos hacia la iglesia más cercana, en cuyo confesionario caen pesadamente de rodillas para descargar toda la negrura de sus pecaminosos corazones ante la severa mirada del párroco, que asiente con su cabeza mientras escucha, comprendiendo lo que ha sucedido. Pero hay quienes dicen que no es la bocina de un tren espectral la que produce este singular fenómeno, sino que se trata de la poderosa trompeta de un ángel de justicia, que con su apocalíptico clarín se ocupa celosamente de mantener apartados de las sendas del mal a los hombres, en una eterna tarea que Dios le ha encomendado como castigo por haber osado interceder una vez por el perdón de mis pecados, si bien no faltan tampoco quienes aseguran que ese sonido, que muchos tímpanos insensibles interpretan y decodifican como de índole ferroviaria, es en realidad la maléfica carcajada de Satán, que, oculto entre las malezas, celebra al ver que las filas de sus súbditos se incrementan con un alma más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no sólo la maldad y el remordimiento anidan en el pecho de los solitarios, sino también, aunque en raras ocasiones, la tragedia y el amor, como bien puede atestiguarlo la historia de aquel poeta bisoño que moraba en ese altillo frecuentado por murciélagos desde el cual, según se decía, era posible escuchar todo lo que sucedía en cualquier punto, no importa cuán distante, de la ciudad. Este taciturno y sufriente poeta, inmerso entre sus cuartillas y sus libros, y siempre encerrado entre los carcomidos tablones de su destartalada buhardilla, soñaba día y noche en medio de esa babel de calidoscópicos sonidos que le llegaban desde los más remotos puntos de la insensible urbe que lo ignoraba, a él, a él que había escuchado las desdichas de todos, y que había tomado parte, secretamente, en las lágrimas de cada uno de sus conciudadanos. Pero esos sueños que eran todo su sustento se vieron drásticamente interrumpidos, para dar paso a más vastos y deliciosos mundos oníricos, en cuanto oyó por vez primera las cautivantes notas de un misterioso piano que sonaba apagadamente en la distancia, la dulzura de cuyo fraseo delataba que era ejecutado por una melancólica muchacha de la que el poeta no pudo evitar enamorarse en sus fantasías. Abandonando su altillo, el joven comenzó a vagar al azar por las calles, bajo las desnudas ramas de los árboles, persiguiendo esas delicadas melodías que llegaban fragmentariamente a sus oídos empujadas por la brisa y que a los pocos pasos se perdían de nuevo; finalmente, tras varios días de búsqueda, el mapa de su procedencia se fue clarificando en su mente y pudo así dar con la mansión en ruinas, cubierta de hiedra y rodeada por un amplio parque lleno de rosales, de cuyo interior brotaban los cautivantes arpegios y las desoladoras semifusas del emotivo piano. Desde ese día, el poeta comenzó a visitar religiosamente esa casona, ante cuya puerta se quedaba extasiado durante horas, con el alma perdida en esas envolventes sonatas que conmovían y estremecían su atribulado corazón. Con el tiempo, se atrevió al fin a depositar en el buzón una tímida epístola amorosa, a la cual siguieron otra y otra, todas dirigidas a la joven sin nombre que había hechizado su mundo de sueños como jamás ninguna otra cosa podría haberlo hecho. Los vecinos de la mansión, sabiendo de qué se trataba, no osaban comunicarle al muchacho, temiendo que perdiese la razón al enterarse, que la joven que tocaba ese piano había muerto hacía años, y que no era sino su fantasma el que perturbaba a todo el barrio con sus fúnebres composiciones pianísticas. Mas el poeta, habiendo visto ya innumerables veces la silueta de sílfide de su amada asomándose por un instante a la ventana, seguía enviando misivas, cada vez más desesperado por la falta de respuesta, hasta que, loco ya de pasión y de sufrimiento, se suicidó cierto atardecer de agosto frente a la impasible puerta del jardín de la ejecutante. Conmiserativo por el trágico destino del joven, y suficientemente familiarizado con el mal de amores, el dios tutelar de la ciudad, Wennus, decidió metamorfosear al muerto en un cartel colgante, al que suspendió sobre el portal, a fin de que el alma del ardiente poeta pudiese seguir oyendo por siempre el melancólico piano de la muerta, para responderle luego con su chirrido metálico al ser balanceado por los vientos del invierno, chirrido que, expresando los lamentos de un amante, fastidia desde entonces a la pianista, que comete gruesos errores y descuidos en su otrora perfecta ejecución y, algo apenada, a menudo se reprocha por haber desdeñado a su pretendiente. Ya que nadie se atreverá nunca a decirlo, permítaseme expresar que, aun cuando algún día esta ciudad desaparezca y sólo queden de ella ruinas, o verdes campos salpicados aquí y allí por algún que otro escombro, sin vestigio alguno del altillo, de la mansión o del cartel de la puerta, el piano de la muerta y el chirrido metálico de su amante seguirán entremezclando sus tristes voces, por los siglos de los siglos, entre las ululantes hebras del viento apesadumbrado y quejoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ya que lo eterno es motivo de nuestros pensamientos, mencionemos ahora la luctuosa historia, conocida por pocos, aunque no por ello menos verídica, de la terrible condena que cayó sobre el ucraniano errante. Quien quiera que haya atravesado el epicentro del tumor urbanístico un día viernes, durante el horario en el que las uniformes muchedumbres abandonan sus cubículos laborales y se apresuran a disfrutar anteladamente del merecido recreo del descanso sabático, habrá comprobado, en su propia carne, lo que es soportar toda la crudeza del fatídico e inexorable estancamiento propio de un embotellamiento asfixiante. Habituados a este tipo de situaciones, los automovilistas nativos de la ciudad, devenidos ya en filósofos, afrontan su destino con semblante resignado, mientras dirigen vagas plegarias a Desórdeos y le ofrendan el dulce incienso de sus religiosos caños de escape; mas el forastero recién llegado, atascado de golpe en ese novedoso maremágnum vehicular, cae presa de la desesperación y se transforma prontamente en un sujeto pasible de cometer cualquier tipo de locura. Tal lo que le sucedió a cierto taxista ucraniano, que, viéndose por primera vez atorado más allá de toda ayuda divina en ese horizontal embudo multitudinario de monstruos alimentados a base de combustible, juró por el Diablo que saldría de ese trance sin jamás cambiar de carril ni pedir paso, así tuviese que esperar hasta el día del Juicio Final para hacerlo. Rápido de reflejos, el Maligno tomó su palabra, de modo que, desde entonces, el ucraniano está condenado a circular para siempre en su taxi fantasma por los sórdidos laberintos de asfalto, perseguido en perpetua e indeclinable cacería por los más feroces y pétreos embotellamientos, entre jaurías de ensordecedoras bocinas y miríadas de vehículos que, abatiéndose sobre él como aves de rapiña, no le dan un segundo de respiro, y así deberá seguir errando, eternamente, hasta que el hechizo que signa su existencia se rompa, para lo cual debe conseguir una pasajera que no pueda abandonar su charla y acepte acompañarlo en su taxi por cien años y un día, momento en el que el ucraniano recobrará al fin su añorada libertad y podrá hallar reposo para sus huesos milenarios. Pero también es digno de mención que, si la persona que sube al taxi está completamente libre de pecado, la tarifa final del viaje estipulada por Satán para ese desafortunado pasajero no es ni más ni menos que su propia alma, motivo por el cual hay muchos avisados que, con prudente advertencia, antes de subir a un taxi constatan fehacientemente, escrutando las ojeras y el cetrino semblante del conductor, que su chofer no resulte ser un fantasma. Mucho contrasta la historia del ucraniano errante con la de aquel colectivero al que una diosa, que recorría la ciudad bajo el aspecto de una fugitiva, le concedió el don de la juventud eterna por haberse detenido para permitirle subir en una esquina en la que su línea carecía de parada; claro está que, siendo este colectivero un humilde trabajador de carácter noble y sencillo, no fue poco lo que sufrió al ver envejecer a su mujer y a sus hijos mientras él permanecía siempre joven, con su cutis acariciado por las gráciles ninfas de la tersura, todo lo cual determinó que el pobre hombre optase, a la larga, por quitarse la vida: es que tales dones suelen resultar de mayor provecho en individuos pérfidos e inescrupulosos que en almas bellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero será mejor que hable ya de ese dios que, en un extraño culto, recibe, por parte de los hombres, sus adoradores, todo tipo de ofrendas y sacrificios tributados en la forma de un interminable cúmulo de sustancias contaminantes y de desechos de todo tipo; me refiero al dios del río Achueles, divinidad de fétido y verdoso corazón corroído por el odio que empuja sus tóxicas aguas hacia el río Argénteo, el cual también tiene su culto de heces e inmundicias, pero que sabe mantener un poco más límpido y bravío su corazón indomable. Historiadores que acostumbran escribir bajo el efecto de drogas sedativas aseguran que, hace varios siglos, el río Achueles supo ser cristalino y sonriente, y que una alegre población de colonos gustaba de bañar sus vigorosos miembros en sus aguas; pero entonces llegó el progreso del hombre y, con él, todas las palabras hermosas con las que los políticos encandilan a las masas ignaras, de modo que el río conoció la mugre, y su sonrisa se fue opacando bajo todo tipo de residuos fabriles y de fluidos anómalos, y los hombres ya no corrían a nadar en él pues debían palidecer trabajando en las sombrías y ceñudas fábricas, para alborozo de todos los chamanes ideológicos que dicen soñar con un mundo mejor. Y así, el alma del río se fue pudriendo, y el veneno del resentimiento hizo presa en él; los peces fueron los primeros en notarlo, y no fue mucho lo que tardaron en alejarse todos de consuno para perderse en las distantes aguas de los mares, prefiriendo arriesgarse a ser devorados por desconocidos escualos antes que ser mancillados por la degradante corrupción del hombre. No contentos con esa destrucción, los habitantes del puerto decidieron que había llegado la hora de contaminar también las aguas del Argénteo, y de igual modo se le empezó a rendir culto, pero el audaz río, en complicidad con la sudestada, a menudo devuelve, enfurecido, sus sucias aguas a los moradores de la ciudad, desbordando los arroyos que le son afluentes, e inunda así sus barrios bajos; mas los hombres, arrodillados ante la diosa de la razón, que sacrifica a millones de víctimas diarias en todo el mundo, prefieren, en vez de ofrecer cincuenta doncellas y cincuenta mancebos al río para aplacar, como antaño, su ira, maldecir al intendente de turno sin jamás pedir perdón a la deidad acuática ni dar muestras de arrepentimiento alguno; y tal vez hagan mejor así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Seguirá alguien leyendo todavía este extraño florilegio de prodigios urbanos? Si tal individuo existe, sin duda ha de tratarse de un artista, y, puesto que su alma ha de ser la de un soñador, la historia que me apresto a narrar ahora no le resultará desconocida, pues ya habrá visto, con sus propios ojos, la espectral cabeza de un albañil posándose sobre los muros o flotando misteriosamente por la ciudad. Todos aquellos devotos de salir a caminar pensativamente por las calles desiertas en medio del silencio de la noche, habituados a hacer abstracción del mundo circundante y a extraviarse en el secreto entramado de sus ensueños más recónditos, han sido arrancados alguna vez de sus bucólicas fantasías y devueltos a la realidad, con un salto y un estremecimiento de pánico, por el repentino ladrido de un perro que, asomado a la vereda tras las rejas de la casa en la que fungía como fiel guardián, logró sorprenderlos y aturdirlos. Pero hay algunos caminantes, si bien son los menos, que una vez en sus vidas han conocido un terror mucho mayor al ser asaltados, tras un instante en el que apartaron, aún sumidos en embriagantes cavilaciones, sus ojos de las baldosas del suelo, por la súbita aparición de una muda cabeza que, a la misma altura de sus rostros, los miraba fijamente y les hacía inexplicables señas. Narran crédulas pero fidedignas ancianas que, en épocas en las que la ciudad apenas si alcanzaba el status de aldea, existía cierta casona en la que un señor de alcurnia aposentaba con pompa y ostentación los reales ducados de sus grandes emporios. Tenía este hombre una hija adolescente que era célebre por su inigualable belleza, y que había sido educada con dedicación y esmero a fin de que pudiese alcanzar un matrimonio capaz de acrecentar satisfactoriamente las riquezas de su codicioso padre. Al solo efecto de presentar finalmente a su hija ante lo más granado de la alta sociedad, el adinerado magnate decidió organizar un importante baile, razón por la cual, entre otras cosas, ordenó que se llevasen a cabo ciertas refacciones edilicias en la fastuosa mansión. Pero aconteció que, entre la cuadrilla de obreros y restauradores contratados para realizar dichas tareas, se contaba un albañil algo entrado en años que, aunque delgado, ofrecía un aspecto general bastante desagradable, lo cual a menudo le valía las burlas de sus compañeros y el desprecio de las damas. Difícilmente podría alguno de ellos haber imaginado que, detrás de su escasez de dientes, de su rala calvicie, de su piel pringosa y de sus cejas hirsutas, se escondía, con injustificada aunque comprensible timidez, un alma que había sido agraciada, por esas hadas lunares que visitan a veces las cunas de algunos infantes predestinados, con todos los inestimables dones que la imaginación, la inteligencia y la sabiduría pueden reclamar como propios. Nadie sabe cómo sucedió, pero, de algún modo, la hija del acaudalado dueño de la mansión alcanzó a percibir la belleza intelectual de ese humilde albañil, de suerte que pronto nació, inevitable y arrolladora, entre esas dos desparejas existencias, la violenta chispa del romance. Sin poder dar crédito a los crecientes rumores y murmuraciones, el padre puso a su hija bajo estricta vigilancia, y, aunque los enamorados eran hábiles en sus maniobras, el determinante hallazgo de ciertas cartas de ardiente tenor resultó suficiente para despejar todas las dudas de un progenitor consternado y furioso. Sin perder un instante, dio precisas instrucciones a sus sicarios para que se deshiciesen del albañil de manera discreta pero suficientemente cruel. El calloso trabajador fue, pues, golpeado, vejado, torturado y humillado de manera tal que, una vez más, como tantas otras, los demonios, llegando en bandadas desde el Hades, debieron tomar nota para aprender del hombre el perfeccionamiento en las difíciles artes del ultraje, el vituperio y el estrago. Como corolario de tanta horrorosa insensatez, se decidió que no tenía ya mucho sentido que la cabeza y el cuerpo del albañil permaneciesen unidos por más tiempo en una sola pieza, y robustas manos provistas de desafilados machetes procedieron a consumar la odiosa operación de desguace. Dejando esos escombros humanos a un lado, llegó el turno de la pala, que se abocó a su faena con tanto celo que, cuando los esbirros del tirano fueron a arrojar las ruinas mortales del albañil a la fosa, advirtieron, atónitos, que la cabeza faltaba. Esa misma noche, se dice, tuvieron lugar los primeros síntomas de la locura del magnate, que comenzó a asegurar que era perseguido por una cabeza que flotaba por los pasillos de la casa y que lo acosaba a toda hora. Y lo mismo les sucedía a todos sus secuaces: así, unos murieron gritando en un manicomio, mientras agitaban sus brazos para mantener alejado algo invisible que aparentemente veían en el aire; otros lo hicieron mascando precipitadamente las amargas bayas del suicidio, desesperados; y los más, como el señor de la mansión, pisaron la barca de Caronte a raíz de fallas cardíacas provocadas por el pánico, si bien se sabe que sus cadáveres, al ser hallados, mostraban raras marcas de lacerantes mordidas en el rostro. Y desde entonces, esa misma cabeza, la cabeza del albañil, es avistada a menudo surcando, taciturnamente, el aire de la ciudad como un silencioso cometa, o recortando fantasmagóricamente su pálida calvicie contra el cielo nocturno, lo cual genera a veces la ilusión de que se trata de la misma luna que desciende lentamente hacia las ventanas de los hogares para observar más de cerca y con mayor detenimiento las enigmáticas costumbres de los hombres. Pero esta cabeza espectral no se muestra a cualquiera: hay quienes dicen que su aparición vaticina algún suceso funesto para aquel que es visitado por ella, pero otros afirman, y yo les creo, que el verla es prueba segura de que uno conocerá pronto al amor de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Posiblemente alguien se pregunte qué sucedió con la hija del magnate, pero, para hablar de desgracias y tribulaciones padecidas por doncellas custodiadas por padres celosos, prefiero introducirme en la mucho más turbadora historia que da marco a la célebre leyenda de la moto sin jinete (tal el nombre con el que, inexplicablemente, pasó a la fama el mito, pese a que de lo que puede carecer un ciclomotor no es de un jinete sino de un motociclista). Todo comenzó cuando al padre de una hermosa doncella le fue augurada la inquietante profecía, encontrada en el horóscopo de un chicle, de que su nieto habría de darle muerte. Tras mucho meditarlo, el padre tomó la determinación de encerrar para siempre a su hija en el altillo de la casa, bajo siete llaves, a fin de que ningún hombre tuviese jamás posibilidad alguna de seducirla y de producir en su vientre el milagro de la vida. Pero sucedió que el dios Wennus, que siempre se hacía mantener actualizado por sus duendecillos sobre el paradero de las distintas beldades ciudadanas, estaba ya al tanto de todo, de modo que, codiciando la inmaculada belleza de la joven, se transformó urgentemente en contaminación ambiental y, escapando del caño de escape de un vehículo, logró filtrarse por la ventana del altillo para alcanzar así, de incógnito, el delicioso lecho de la infortunada cautiva. Teniendo bajo su mando toda una organización de contraespionaje formada por un nutrido séquito de duendecillos propios, Aairas, la celosa esposa de Wennus, no tardó en enterarse de la triste hazaña de su incorregible marido, razón por la cual urdió la estrategia de apersonarse bajo el aspecto de una gitana en la casa de este crédulo hombre para hacerle saber que su hija estaba encinta; pero el dios, anticipando la hábil maniobra, puso en libertad a la muchacha, la cual al poco tiempo dio a luz un retoño. Explotando de ira, Aairas la de blanco cuello resolvió acabar con la vida de ambos, pero Wennus el Asfáltida, temiendo lo peor, transformó a la joven madre en una moto y a su hijo en un casco, razonando que tal metamorfosis sería suficiente para burlar la perspicacia de su mujer; mucho se engañaba, pues ésta, desenmascarando de inmediato, como siempre, los ridículos manejos de su esposo, envió a uno de sus ángeles para que, disfrazado de policía y convenientemente motorizado, persiguiese a la muchacha de alta cilindrada a fin de extenderle una elevadísima multa espiritual. De modo que, desde entonces, la moto recorre, sin jinete y con sólo un misterioso casco sobre su asiento, la ciudad incansablemente, acosada por un ángel uniformado que, siempre en pos de ella, nunca cejará en su misión de condenar las almas de un hijo y de una madre. Es así que muchos peatones se han visto ya sorprendidos por el consternante espectáculo de una motocicleta que anda sola y que se desliza velozmente sobre el húmedo empedrado, pasando frente a sus estupefactas narices, con un agente celeste siempre detrás, tal como seguirá haciéndolo por toda la larga eternidad sin poder gozar jamás de un solo instante de reposo, pues tanto perseguida como persecutor disponen de un mágico combustible que nunca se consume. En las noches lluviosas de mayo, el hombre soñoliento puede oír, desde su lecho, que por la calle pasa cierta moto que hace sonar desesperadamente una bocina de quebrados acentos: se trata del desolado lamento de la muchacha, que con sus atiplados aullidos ruega al dios, su antiguo amante, que intervenga por ella y por el fruto de su unión, librándolos a ambos del horrible sortilegio… pero Wennus observa el furioso ceño de Aairas la tormentosa, y tiene miedo. Cabe destacar, como principal moraleja de esta historia, que el oráculo de la goma de mascar presagió la muerte del anciano de manera totalmente infundada, lo cual no era, empero, demasiado imprevisible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas, a fin de ahuyentar un poco la indignación que este último detalle produce, demos paso a la maravilla que encierra la no menos desgarradora tradición de esa legendaria criatura que, pletórica de misterio y de inhumana fortaleza, tanto conmueve a mi alma cada vez que mis ojos perciben su extrañísima silueta recortándose sobre el horizonte de una calle desierta. Todas las noches, del oscuro bostezo de un puente inmundo, emerge un ser mitológico, mitad hombre, mitad carro, que, como un monstruo de proporciones inabarcables, marcado por las mil cicatrices espirituales de un terrible pasado, comienza a desplazarse por el entresijo urbano a fin de juntar cartones y remover, para subsistir, la basura que criaturas más afortunadas depositan frente a sus cerrados y firmemente aherrojados portales de fría indiferencia. Los gatos, él lo sabe, le aborrecen tanto como las diosas de la ventura, toda vez que este ser los despoja de sus viejos dominios y, disponiendo como propios de los residuos que la estirpe felina había sabido conquistar para sí tras siglos de cruentas batallas contra tribus enemigas, genera en sus ojos amarillos un rencor que, aunque disimulado tras una afectada pose de dignidad y desdén, no morirá sino con la existencia misma del nuevo amo de las bolsas. Así de solitario, así de sombrío, a duras penas animado por un valiente corazón capaz de sobrellevar cualquier fatiga, discurre el afanoso mundo del carrotauro, mientras empuja su existencia de fragmentos y de escombros a través de las adoquinadas curvas de melancólicas callejuelas dormidas que prefieren ignorarlo. Su resignada tristeza, que sólo en mí evoca la admiración, cosecha a menudo las burlas de los humanos, que lo suponen una leyenda e, incluso, ríen con desprecio cuando alguien menciona su nombre. Pero el carrotauro sigue marchando, mientras amargas lágrimas surcan en silencio su arrugado rostro, sin osar emitir reproche alguno hacia las mudas viviendas que lo observan hostiles y recelosas, mostrándole ceñudos frontispicios en los que la hospitalidad nunca podría tener morada y arrojándole hediondos despojos al tiempo en que alimentan con regalo a sus perros y mascotas, con lo cual intentan recordarle que su naturaleza no es para ellas más que la de un monstruo. Amigo mío, yo comprendo tu soledad y tu miseria, y jamás he recibido del hombre mejores ofrendas que las que hayas podido sacar hasta ahora tú de su mano avara y temblorosa; sigue adelante, pues, sin nunca detenerte, manteniendo siempre vigorosas tus dos pezuñas delanteras y tus dos ruedas traseras, y cumple así con el secreto destino que te fue impuesto por un hado impiadoso mientras yo combato a la monstruosa hidra ideológica que, tras fundirse en impuros abrazos con el negro dios del asfalto, te dio esta terrible vida que padeces y deploras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero dejemos a este noble ser seguir trabajando, y continuemos con nuestro inolvidable periplo mitológico. Inagotable es el vasto acervo de leyendas que podría seguir narrando a lo largo de centurias, adentrándome, entre otras miles, en la historia del laberinto de Chas, en la de las hamadríades de Melián, en la de los trasgos de las baldosas flojas que en los días de lluvia se divierten manchando los pantalones de los transeúntes, en la de la glorieta de los amantes fantasma, en la del niño flautista de ojos deformes, en la de la pálida banshee del edificio bancario, en la del bandoneón reptante, en la de aquella fuente en la que a menudo una diosa alada se sienta a llorar, o en la de los dos castillos rivales de Devoto, el del hada negra y el del hada blanca, pero finalizaré mi ya excesivamente extensa crónica hablando por vez primera de unas taciturnas pero benevolentes deidades a las que los hombres, sumidos en el ingrato materialismo de sus negros corazones, jamás rezan. Muchos humanos han visto ya, llenos de estupor y sin poder dar crédito al inaudito portento al que sus ojos asistían, el extraño fenómeno, perfectamente documentado, de un individuo de negros atavíos a cuyo paso, mientras vaga errante por la ciudad en las noches frías y azotadas por vientos furiosos, todos los faroles de la calle van opacando sus brillos y sumiéndose en las tinieblas, a fin de evitar alumbrarle, para volver luego, no bien el sombrío ser se ha alejado lo suficiente, a encenderse y seguir brillando como de costumbre, a no ser que adviertan que el individuo en cuestión se apresta a perpetrar algún nuevo crimen, momento en el cual todas las luces comienzan a arder de pronto con inusitados fulgores para denunciar su presencia a los ojos del hombre y para intentar delatarle ante el impotente brazo de la ley siempre burlada. Sabed que se trata de mí, y de la terrible maldición que me han impuesto las ninfas de los faroles, ninfas de bellísimos rasgos que dan vida a esas largas constelaciones callejeras y que, como un vapor, juegan en torno a sus luces en las noches de llovizna, o bien, durante las vigilias estivales, forman jocundas rondas y danzan incansablemente, alrededor de su vasta pléyade de focos, asumiendo la caprichosa apariencia de lumínicos halos. Hace ya muchos años, en negros tiempos que mi memoria ha casi olvidado, me enamoré yo profundamente de una de estas ninfas; sus resplandecientes contornos habían logrado seducir mi ávida mirada, y el misterio de su existencia de sincera alegría inflamaba, por su contraste con mi desolador destino de penumbras, mi curiosidad y mi deseo. De modo que todas las noches me dirigía religiosamente a su farol con el objeto de embriagarme en sus pálidos fulgores y de cortejarla, mas la ninfa me era renuente y no ponía mayores reparos en manifestarme abiertamente todo su desprecio. Yo no cejaba en mis vanos empeños, y pasaba veladas enteras hablándole, con conmovedora elocuencia, de la imperiosa necesidad que mi espantosa noche interior tenía de un simple rayo de luz, luz que ella ofrecía despreocupadamente hasta a los más indignos de los hombres; por toda respuesta, la cruel ninfa se divertía atizando el fuego de mis celos al dejarse besar solícitamente por pilosas polillas nocturnas y otros inconcebibles bichos nocturnales, lo cual tenía por todo efecto que mi indeclinable pasión se viese desgarradoramente acrecentada. Así jugó durante meses con mi corazón el perverso numen, dándome a veces engañosas señales y esperanzas para luego rechazarme nuevamente, hasta que, durante cierta noche otoñal, rompí, furioso, su lumbre con un certero adoquinazo. Inesperadamente, el cadáver de la ninfa se materializó al pie del farol, revelando todo el horror de la muerte ante mis paralizados ojos; espantado por la imperdonable acción que yo mismo, según mi confundido raciocinio empezaba a entender de a poco, había llevado a cabo en un fugaz arrebato de locura y de despecho, tomé ese diáfano cuerpo en mis brazos, lloré amargamente sobre él, besando con desesperado arrepentimiento la etérea belleza de sus miembros exánimes, y lo conduje finalmente, en una lúgubre procesión funeral, a un parque cercano en el cual lo enterré al pie de un ciprés que ahora se ha vuelto sagrado, y al que peregrino todas las noches a fin de regar sus raíces con el rocío de mis desconsolados llantos. Y es ésta la razón por la cual, desde entonces, todos los faroles, perfectamente enterados de mi crimen atroz, apagan uno tras otro, enojados, sus fulgores en cuanto me acerco a ellos, para prenderlos luego a mis espaldas de manera tal que siempre que camine por la ciudad lo haga en tinieblas, toda vez que las ninfas faróleas, eternamente bondadosas con el hombre que busca su camino y con la anciana que teme al malhechor que se ampara en las sombras, han decretado, con inapelable justicia, un irrevocable castigo en mi contra según el cual ya nunca más volverá ninguna de ellas a alumbrar mis solitarios y abominables pasos de demonio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-5888228112075007337?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/06/mitologias-aqueronticas.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/5888228112075007337'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/5888228112075007337'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/06/mitologias-aqueronticas.html' title='Mitologías aquerónticas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TBvCwucZPCI/AAAAAAAAAVA/Phc8Ip0GIYY/s72-c/Autumn+Morning.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-5918329215234826292</id><published>2010-04-24T21:13:00.029-03:00</published><updated>2010-04-25T21:58:56.106-03:00</updated><title type='text'>Víctima de una posesión angelical</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S9OJk1gxNsI/AAAAAAAAAU0/51RlaLDkT4c/s1600/luca_giordano.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 210px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S9OJk1gxNsI/AAAAAAAAAU0/51RlaLDkT4c/s320/luca_giordano.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5463862038863361730" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Un paño húmedo cubre mi frente, aún presa de unos leves vestigios de temperatura febril. Me repongo, en lenta convalecencia, de una de las enfermedades más complicadas y peligrosas que mi minado organismo haya debido afrontar alguna vez. ¡Y pensar que, como tantos otros crímenes geniales, de refinadísima factura, esta dolencia que acaba de atacarme fue en sus orígenes una creación más de mi perverso intelecto, siempre diligente para elucubrar nuevos ardides de sofisticada venganza contra aquel obeso Dios que, más amigo de mercaderes que de guerreros, nos privó para toda la eternidad de los orgullosos yelmos empenachados, de los briosos corceles de combate y de toda la adrenalina de la guerra, por la cual aún suspiramos, confinándonos innecesariamente en la carcelaria concavidad de las sulfurosas marismas tartáreas! Pues sí, no puedo dejar de reconocer, en lúgubre jactancia y demencial vanagloria, que fui yo el talentoso artista del pecado, el diestro escultor de vicios asombrosos, que concibió por vez primera la satánica argucia de conducir a los hombres a la condenación y a la locura, y de sembrar el terror y el caos a su alrededor, a través de la intrincada técnica de poseer sus espíritus y hacer luego de sus cuerpos indefensos una rústica aunque prontamente corrompida morada para nuestras negras esencias infernales. ¡Cómo reía y me solazaba en aquellos sanos ejercicios primerizos en los que adiestraba, gozoso, una malignidad cada vez más curtida y afilada que no tardaría en dominar, con irreprochable maestría, todos los trucos y secretos del difícil arte de la posesión satánica! Retorcer a las víctimas de dolor, contorsionar sus miembros más allá de las posibilidades de sus articulaciones, maldecir en sorprendentes lenguas por medio de sus incultas bocas, vomitar sangre, manifestar siniestros estigmas, levitar, generar una fuerza sobrehumana a partir de débiles miembros, iniciar toscos cerebros en las arduas prácticas de la telekinesis... sí, lleva años alcanzar el perfecto dominio de tan aparatosas aunque exquisitas técnicas de martirio y de maldad, pero, genio y figura, no fue mucho lo que tardé en volverme un consumado maestro en el acabado control de tan complejas cuestiones. Pronto mis camaradas abandonaron raudamente la gris y pesada monotonía letárgica de las márgenes de la laguna estigia y, abocándose sin demora al aprendizaje sistemático de las extravagantes sutilezas de mi nuevo arte, se volvieron hábiles en él y, en no demasiado tiempo, preñaron la tierra entera de blasfemias e iniquidades, dejando caer el vino de la demencia y de la rabia por doquier. Bastante fue el trabajo y los dolores de cabeza que causamos a sacerdotes y a fuerzas celestiales, que en vano intentaban combatir contra los desconocidos e inconcebibles mecanismos de infernal posesión por medio de los cuales estragábamos la paz de las comunidades; pero, como sucede con todo, en cuanto nuestro genial artilugio de perversidad perdió la frescura de su primigenia novedad el entusiasmo fue decayendo paulatinamente hasta que, unos siglos después del cenit de su furor, acaecido en la comarca de Loudun, el ejercicio de las posesiones demoníacas fue cesando hasta alcanzar el negro ocaso de una completa desaparición en el olvidado cajón de los juguetes gastados. Fue entonces, calculo, cuando, ya más serenos, aquellos de entre mis enemigos plumíferos que siempre mostraron un talante más científico que el resto de sus congéneres pudieron aplicarse de lleno al concienzudo estudio de mi sistema hasta alcanzar finalmente, alborozados, el secreto. Entonces, malditos sean ellos, como lo soy yo, apuntaron contra mí mismo las máquinas surgidas de mi propio ingenio y, dándome a probar de mi propia medicina, pasaron a la acción: tres querubines y once serafines entraron en mi cuerpo, instalándose cómodamente en las espaciosas cavernas de mi alma acogedora. Poco es lo que recuerdo de aquellos aciagos días de lucha sin cuartel, pero los aislados detalles que estoy en condiciones de rememorar atormentan sin piedad mi contrariada conciencia de demonio, llenándome de espanto y de dolor. Nefastas imágenes y sensaciones vuelven a mí: los ángeles de castigo me toman por sorpresa y, mientras me debato infructuosamente, van posesionando una a una mis facultades y el dominio de mi propia voluntad. Toda mi maldad se ve transmutada en un súmmum de acciones nobles y de una insoportablemente melosa amabilidad de temperamento, mientras que mis facciones se van embelleciendo brutalmente, mi frente se despeja, mis ojos cobran el brillo de una sublime inocencia, dorados bucles se mecen sobre la redondez de mis hombros, mi mueca de eterno odio se ve trocada por una deliciosa sonrisa de piedad. Los humanos que me conocen asisten perplejos a mi súbito cambio y a la creciente actividad de mis buenas acciones, que generan universal estupor. Se me ve frecuentar los templos, y se asegura que en ellos causa asombro y arrobamiento el fervor y la dulzura de mi seráfica voz, que se destaca por sobre todas las del resto de la feligresía en medio de los devotos coros eclesiásticos. Los sacerdotes comienzan a manifestar ciertos resquemores, cuando no abierta vergüenza, al predicar sus opacos y perimidos sermones ante mi divina aureola celestial, y pronto me hacen saber que desean comulgar recibiendo la hostia de mis propias manos, bajo la inigualable blancura de cuyos dedos apenas si se adivina la tímida presencia de unas delicadas venas azules. De todos los rincones del verano, las aves más melodiosas y etéreas acuden a posarse un instante sobre mis hombros y a tomar su alimento de mis labios, mientras que los más puros e inocentes niños, de redondos y acaramelados ojos, tironean con loco amor de las túnicas de aquel cuya sonrisa les resulta tan contagiosa. Inagotables procesiones de mujeres extasiadas en místico rapto se acercan, con sus cabellos cubiertos de cenizas, a mí, ardiendo en deseos de banquetear sus ojos siquiera una vez en mi excelsa figura y de recrear sus pupilas en mi aura adorable, mientras que verdaderas marejadas de enfermos y dolientes peregrinan desde todos los puntos del orbe para suplicar de rodillas la imposición de mis salutíferas manos sobre sus frentes abrasadas, menesterosas de un poco de salud y de paz; no son dignos de que entre en sus moradas, pero una palabra mía basta para sanarlos. Cuando mi boca se entreabre para musitar alguna novedosa y edificante parábola, el mar enmudece entre las rocas, y las estrellas en el firmamento dejan de temblar. Se dice que mis gorjeos celestiales pueden detener la lava de los volcanes, y que las más negras y amenazantes tormentas se disipan para disolverse en magníficos arco iris apenas esbozo la leve sombra de una sonrisa. Las madres enloquecen ante el vehemente pensamiento de tenerme como yerno, mientras sus ruborizadas hijas bajan los ojos ante mí, ya sin poder contener por más tiempo sus sueños ardorosos; entre tanto, yo multiplico sin cesar los panes para millares de discípulos que me rodean noche y día, y cuyas filas, que nunca dejan de engrosarse, se nutren de todas las naciones. ¿Y quién puede permanecer indiferente ante los interminables raudales de amor que se derraman inagotablemente sobre el universo, en doradas cascadas, desde los cálidos y muníficos recovecos de mi tierno y sensible corazón? La enseñanza juega y danza alegremente en mi profunda mirada, y la compasión es siempre la firma distintiva de mi carácter. Por todas partes se habla, con emoción y reverencia, en graves tonos que a menudo se tornan algo trémulos y quebradizos, de mí. Ante tan escandaloso cuadro de situación, las legiones infernales, incrédulas primero, pronto atónitas, no tardan en enterarse de todo y así resuelven, en un encendido y desesperado concilio celebrado en los vastos recintos del Pandemonio, acudir de inmediato a Max von Sydow para que deje su partida de ajedrez y proceda a exorcizarme sin más demora. Se me apresa y se me conduce a un desmoronado monasterio en ruinas, donde el rito habrá de tener lugar; una vez en él, se me coloca sobre un altar y los exorcistas encargados de la ceremonia proceden. Mientras me rocían con sangre de niño recién nacido, de mi boca manan copiosas plétoras de agua bendita que me purifican al tiempo en que pronuncio en arameo, con mis carnosos labios angelicales, rojos como las más exquisitas granadas de Jordania, los más dulces salmos de perdón y de esperanza. Ante el horror de Astaroth y Mechizael, mi cabeza gira vertiginosamente como un trompo, una y otra vez, sin dar respiro, trescientos sesenta grados sobre su propio eje, siempre en el sentido de las agujas del reloj; cuando de pronto se detiene, mi mirada es tan bella que hace suspirar a los más feroces y reincidentes criminales y enternece a las fieras más temidas y peligrosas de la selva, que se recuestan entonces dócilmente ante el hombre, amansadas. Las blasfemias más depravadas y los asesinatos más atroces no sirven de nada para amortiguar mi levitación, que inspira el triste canto de hermosísimas sirenas sentadas en ignorados roquedales y lleva a los bosquecillos y a las enramadas una límpida atmósfera de paz. Negras brujas y siniestros hechiceros ocultos son convocados a la cabecera de mi lecho a fin de que agoten el caudal de sus impías ciencias en mi espíritu trastornado, pero al punto se alejan, ellas con los hábitos, tonsurados ellos, a predicar la salvación y a practicar la caridad peregrinando por los más distantes puntos de la tierra. Desahuciados al ver que todos los intentos de exorcismo fracasan, mis compañeros de armas bajan por un instante la guardia a fin de celebrar consejo y examinar, conforme la más prudente experiencia lo sugiera, los pasos a seguir; sin perder tiempo, sacando provecho de la inesperada oportunidad concedida por la fortuna de la ocasión, me doy a la fuga y pongo en marcha mis presurosos pies descalzos hacia las alturas del monte Sinaí. Los animales del bosque, junto a multitudes de campesinos, siguen mis pasos envueltos en místicos y armónicos murmullos, mientras la naturaleza entera sonríe al verme pasar. Entonces, hallándome ya en las inmediaciones del Horeb, sale súbitamente a mi cruce un hediondo camello sobre el cual una humilde anciana ofrece particulares mercancías; el singular espectáculo que se abre ante mis ojos sugiere a mi mente la idea de un nuevo pecado, un pecado tan genial, un pecado tan novedoso e impensado, que ni todos los ángeles que habitan en mi interior pueden impedirme ponerlo en práctica. La lucha que sigue es tremenda, pero la maldad de mi talento resulta excesiva para tan insignificantes contendientes, cuyo nombre es Legión. Al ejecutar el nuevo crimen, nacido de una simple chispa del pérfido pedernal de mis musas facinerosas, siempre prestas al dolo, querubines y serafines huyen, en confusión y tumulto, de mí, aunque saliendo un poco estropeados de mi interior, y se refugian en una salvaje piara de cerdos, que al punto se despeña; al poco tiempo, esos ángeles que habían hecho de mi derruido cuerpo su albergue morirían de un cáncer misterioso. Entre tanto, los cielos se encapotan, el horror hace presa en hombres y bestias, que se matan entre sí en frenética estampida, y el trueno entona sus salmos de odio y de conquista sobre todos; mi frente se agrieta, mi ceño se oscurece, mis labios se contraen en sardónica mueca, mis dorados rizos se marchitan a una demoníaca calvicie rodeada de negros pelos chamuscados por el rayo, y el poder de mil malhechores vuelve a sacudir con su fuerza mi brazo impiadoso. Regreso victorioso a mi negra torre, mientras el mundo entero llora, desconsoladamente, por los siglos de los siglos, mi luctuosa pérdida. Eso ha sido todo; los ángeles ya no volverán a atreverse a hacer raros experimentos y a robarme mis monumentales ideas, copiando mis avanzadas técnicas de hackeo corporal e intentando plagiar mi soberana maldad: mis espinosas sendas no están hechas para pies tan delicados. Y yo, por mi parte, ya he vuelto a ser el mismo de siempre, pero, aunque nadie sea capaz de suponerlo, aunque el secreto permanezca oculto a los ojos del sol, de Dios y de la luna, desde entonces guardo solemnemente entre mis más íntimas y ocultas pertenencias un terrible talismán  que a menudo, lleno de espanto y terror, y siempre atento a que nadie esté espiándome, me detengo a contemplar, en noches en las que me siento demasiado solo, demasiado hastiado de estar condenado, por decretos de un destino que no fui yo quien firmó, a hacer siempre, irrevocablemente, el mal; una reliquia que llena de lágrimas mis ojos cuando la evoco, un objeto cuya sola visión me hace sacudir de manera espasmódica durante horas. Sí, desde entonces te guardo y te contemplo, desde entonces te temo y te odio, desde entonces te adoro y te desprecio, pues en tus hebras se encierra para siempre todo el dolor de un alma desgarrada, de un alma maldita por el universo entero, de un alma que ya no tiene salvación... ¡de un alma a la que alguna vez perteneciste, oh, maldito mechón de angelicales cabellos de oro!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-5918329215234826292?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/04/victima-de-una-posesion-angelical.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/5918329215234826292'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/5918329215234826292'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/04/victima-de-una-posesion-angelical.html' title='Víctima de una posesión angelical'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S9OJk1gxNsI/AAAAAAAAAU0/51RlaLDkT4c/s72-c/luca_giordano.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3188616721705443597</id><published>2010-04-19T19:10:00.061-03:00</published><updated>2010-04-21T15:43:12.491-03:00</updated><title type='text'>Besando el negro hálito de la Muerte</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S8zVqWF8j7I/AAAAAAAAAUQ/inlwfkWJ8f8/s1600/rethel.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 300px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S8zVqWF8j7I/AAAAAAAAAUQ/inlwfkWJ8f8/s320/rethel.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5461975371555311538" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Soy un ser aislado, desterrado del mundo de los hombres, y maldito para siempre por ese refulgente astro que oficia de sacerdote del reino de la luz. Mis noches (pues ya no hay días para mí) transcurren lenta y angustiosamente inexorables en las perpetuas penumbras de mi desolada guarida, que tiene por únicos penates a la miseria y el dolor. Y mientras las ínfimas criaturas diurnas cumplen con sus menesteres de labor y de recreo, mientras disfrutan de sus apacibles jornadas en la fatiga del trabajo y en la recompensa del amor, en la solitaria preocupación por el sustento y en el alegre tumulto de la causa común, yo, inmóvil en mi antro, no puedo apartar ni por un instante mis ojos de las negras órbitas de la Muerte, la cual, sentada frente a mí, es mi única compañía en este aterrador universo de sombras cuyo nocturno reino se enseñorea en mi húmedo y descascarado cubil de ermitaño. No podría decir, pese a lo muy a menudo que abrumo a mi mente con sofisticados aunque infructuosos cálculos matemáticos para al fin extraviarme en intrincadísimos laberintos de derivadas y diferenciales, cuántos años llevo así, encerrado en esta lúgubre y silenciosa cámara de torturas mientras el odioso sonido de las inocentes y gozosas risas del rebaño humano ascienden hasta el alto tragaluz de mi sombría torre, pero es posible que ya hayan pasado centurias desde el primer instante en que la Muerte se sentó frente a mí y me paralizó de este modo con su hueca si bien fascinante y horrorosa mirada de desolación. Ambos permanecemos así, enfrentados en el mismo estado de rígida catalepsia, aguardando a que sea el otro quien ejecute el primer movimiento, mientras la mohosa y alada quietud de siglos y milenios de sombras caen desde la nada sobre los consumidos huesos de nuestra quebrantada realidad. Mi atenazado cuerpo se encuentra ya cubierto por una espesa capa de polvo y telarañas, e ignoro si a esta altura me sería aún posible volver a moverme si alguna vez lo llegase a intentar; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Mi orgullosa dignidad me impide llorar o hasta mostrar encono y frustración  frente a la lacerante situación de la que soy víctima, pero incontrastables pruebas me han hecho ya comprender que, aun cuando me permitiese a mí mismo hacerlo, la facultad de derramar lágrimas se ha perdido para siempre en mí al tiempo en que las fuentes de la vida quedaban irremisiblemente secas en mi interior. Muerte, sé que a veces tu espíritu errabundo se lleva la vida de los numerosos humanos que habitan la tierra, la vida de todos esos que ríen ahora, y hasta me inclinaría a creer que algún día tus alas surcarán poderosas y pestilentes los cielos y te los llevarás a todos, pero sólo a mí me torturas de este modo bajo un reloj que ha quedado para siempre detenido en alguna hora de un pasado irrecuperable y remoto. ¿Existe alguna razón para este castigo con el que me atormentas? Así me atrevo a esperarlo, aunque por las dudas, sabiendo desde el mismo día de mi fatídico nacimiento que todo tipo de calamidades se abatirían inclementes e injustificadas sobre mí, he dedicado mi vida entera a desarrollar una suerte de karma inverso, haciendo todo el mal posible a fin de poder así explicar el mal que, bien lo sabía, no tardaría en padecer yo. Pues lo he logrado: no me faltan atroces e infamantes motivos para tenerte sentada frente a mí mientras te relames tu carencia de labios, ansiosa por mi vida y por mi sangre. Sí, he cometido suficiente cantidad de maldades y de hechos dolosos como para merecer esto, ¡y qué poco me parece, gracias a ello, el castigo!; mas no por eso dejo de sufrirlo. Y conste que te digo esto lleno de un audaz orgullo que recuerda demasiado a la demencia; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Así es, Muerte, nos conocemos muy bien el uno al otro desde mi misma infancia, tú cuya familiaridad fue el gran legado que mi madre me dejó al partir... ¿es que acaso puedo violar ley sagrada alguna si te otorgo el nombre de hermana? Tú has acunado mi inquieta mente desde mi más temprana niñez, llenándola de preguntas que me surgían en medio de las sombras de los rincones de mi estancia o en la soledad de los bosquecillos a los que me escapaba, y fuiste la compañera de todos mis vagabundeos y fantasías desde que te conocí en aquel abierto ataúd. ¿Me enamoré entonces de ti? No podría asegurarlo, pero la ominosa sombra de tus grises alas cubre todas las agrietadas escenas que pueblan la atestada biblioteca de mis remembranzas. Y así como crecí tomado de tu mano fraternal, aprendiendo de ti todos los secretos de la filosofía y apartándome de los alegres y populosos senderos de los hombres para transitar solitario por tu lóbrego camino de fúnebres cipreses, así te transformé más tarde en la única diosa de mi aciago mundo y te di un lugar de privilegio entre las impenetrables arcadas y deslumbrantes columnatas de mi derruido olimpo personal. Miríadas sumaron las víctimas que te ofrecí en sangrientos y humeantes altares de sacrificio, intentando aplacar por medio de ellas tu furia vengativa, convirtiéndome en tu más leal y efectivo arzobispo de holocaustos, estragando la humanidad entera con mis asesinatos despiadados a fin de que me perdonases y me dejases vivir el mayor tiempo posible, pero tus ojos nunca me abandonaron, ni esa mueca de deseo que siempre me insufló tanto pavor. Entonces, desagradecido de mí, quise olvidarte; me abalancé a las festividades y a los grandes salones, intentando mimetizar mis negros atavíos entre las coloridas risas y danzas de los insensatos, mas no tardaba en descubrir que, entre los especiosos manjares y las bebidas espumantes, aún tus fijos ojos me acechaban; me revolqué en el libertinaje, ahogando mi miedo en los placeres y sofocando mis inquietudes en los engañosos hechizos del acto genitivo, pero por detrás de los desnudos y voluptuosos hombros de mis queridas tu negra mirada asomaba para clavarse impiadosa sobre mí; salí a recorrer el mundo, ansiando hallar el secreto de la vida en la esterilidad del desierto y de la tundra o en la exuberancia de la selva y de la taiga, pero los tumultuosos oleajes de los océanos no dejaban de recordarme tu nombre, y la luna que gobierna las mareas posaba sus gélidos ojos, tan parecidos a los tuyos, en mi encogido corazón; me inicié en los misterios del arte, deseoso de perder en la más pura contemplación toda mi conciencia, pero en cada nueva página que mi pluma escribía tus contornos eran retratados con mayor fidelidad, mientras que cada melodía concebida por mi mente mecía a mi alma en tus agonías para aplastarla entre las más estremecedoras frases inconclusas y disonancias irresueltas; me aboqué a la febrilidad del trabajo adictivo y de una vida mediocre y unidimensional, carente de espiritualidad alguna y rodeada por las vacuas y empalagosas satisfacciones inmediatas procuradas por insulsos artefactos tecnológicos, pero te me aparecías en sueños, engalanada por tus más ricas prendas, que me hablaban en el olvidado lenguaje de la belleza, y sonriendo sardónicamente sobre el basural al que estaba arrojando mi vida desperdiciada, hasta que me despertaba entre agónicos gritos de terror que estremecían en sus lechos a las pocas criaturas que aún conservaban algo de inocencia y sabían de ti. Asumiendo finalmente que me sería imposible escapar de tu mirada, decidí buscarte resueltamente; me alisté en la guerra, exponiendo mi cuerpo al filo del acero y al fragor del más encarnizado combate, pero huías de mí con más velocidad que mis enemigos, en cuyos rostros grababas, severa, tu frío signo mientras caían, segados como el trigo, a mis pies; concebí la blasfema idea de tener hijos, para generar futura muerte al dar nueva vida y multiplicar así tu reino, pero, como una novia celosa, apartaste a todas las mujeres de mí y, haciéndome a tu imagen y semejanza, me otorgaste esa rara belleza que en el mundo se conoce como &lt;span style="font-style: italic;"&gt;fealdad&lt;/span&gt;; me sometí a la intemperancia de los elementos, alejándome del calor social para padecer privaciones en los sitios desolados, pero tu perro el hambre me fue esquivo y los bosques me aceptaron como propio y me dieron sustento y armas para sobrevivir; me interné en las solitarias sendas del suicida, pedregoso camino que con pasos titubeantes han transitado tantos valientes sabios con anterioridad a mí, pero en los mismos portales de la liberación me abrazaste y me obligaste a volver para aún vivir, para aún sufrir. Ya sin esperanzas, me encerré en esta negra torre con el objetivo de entablar diálogo contigo, mas en tu silencio inquebrantable sólo he podido hasta ahora escuchar, vagamente, aunque una y otra vez, una y otra vez, por los siglos de los siglos, la aterradora palabra &lt;span style="font-style: italic;"&gt;eternidad&lt;/span&gt;; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. ¿Te dignarás alguna vez a decirme, verdadera hermana de mi alma, por qué me has perseguido por todos mis caminos, por qué has sido mi guía y mi sombra en todos los parajes, por qué, olvidada del resto de los mortales, has decidido cohabitar de esta manera conmigo, marcándome desde mi negro nacimiento como a uno de tus favoritos? ¿Acaso he nacido sólo para cumplir alguna misión que tu inescrutable sabiduría me reserva? Dime, Muerte... ¿quién eres? Dime, Muerte... ¿quién, quién soy yo? ¿Y qué es la vida, quién fue el idiota que se atrevió a crearla, quién fue el insensato que, lleno de odio, la inoculó en mí, en mí, que nunca la pedí? Gracias, pero le ruego que para la próxima se la guarde: la vida sólo me ha servido para conocerte a ti. ¿Eres la única realidad de este mundo gris? Permaneces en silencio aún, nada dices, nada, nada salvo &lt;span style="font-style: italic;"&gt;eternidad&lt;/span&gt;. Déjame salir de esta postración, erinia de ajado semblante, déjame olvidar mi quebrado pasado, déjame ser uno más, un insecto más merodeando en torno a las marchitas flores de esa sociedad que nace y perece sin siquiera notarlo; quita tu marca de mi frente, deshaz todo el mal que me has hecho al apartarme de la vida y de los vivos, y déjame disfrutar por un instante, por un solo instante siquiera, de saber qué se siente, siendo, no ser. ¿Has escuchado mi vana súplica?; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. No sabría yo decir si eres un castigo o una bendición que se me dio a mí y sólo a mí de entre todos los seres de la tierra... sólo sé que eres todo lo que tengo, y todo lo que puedo dar. ¿Me dejarás apartar mis ojos de ti al menos por un fugaz y efímero momento para volverlos hacia la vida y formarme así una idea, siquiera vaga, de cuán poco vale lo que me ha sido negado, lo que he perdido para siempre, lo que no he podido ni podré conocer? ¿Qué es lo que hay del otro lado de mi ventana, debajo, en esas soleadas lejanías que jamás podré pisar; qué es lo que hace reír así a la humanidad, mientras yo sólo  sufro contemplándote a ti sin cesar? Has arrasado mi vida, pero te perdono: me siento más cómodo aquí, en las tinieblas, siempre solo, siempre olvidado, despreciado por todos... ¿me dejarás besarte antes de morir?, sólo he conocido el abrazo de las sombras. Devuélveme las lágrimas, y déjame llorar sobre tu esquelético hombro: no es que vaya a hacerlo, pero al menos quiero saber que la posibilidad no me está vedada; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Muchos años has ya habitado aquí en mi morada, Muerte: tómame de la mano y llévame a la tuya, ya sea bajo tierra, o en el glaciar, o en la montaña ignorada, donde mi cuerpo sirva de pasto a los cuervos y no de regocijo a los hombres que me odian pues en mi frente reconocen tu señal. Vamos, vayamos juntos a la tierra de sombras y de sepulcros que aguarda por todos, pero especialmente por mí; me he levantado, y veo que me imitas. Muerte, Muerte, Muerte, ¿por qué me miras de esa terrible manera? Siempre te he amado, yo sólo de entre todos los mortales, ¿acaso puedes ignorarlo? Te he buscado frenéticamente, te he tratado de olvidar, te he tributado millares de ofrendas y votos, te he cantado, he gritado tu nombre una y otra vez desesperado. ¿No sabes acaso lo que es el amor? Pues yo no, pero de nadie lo aceptaría salvo de ti. Magnéticamente, acercas tus labios a mi boca, y yo no puedo resistirme... nos besaremos al fin: era quizás nuestro destino; diremos ahora juntos, en silencio, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;eternidad&lt;/span&gt;... ¡Muerte, Muerte, Muerte!, ¿a dónde te has ido, por qué has huido, por qué me has dejado vivir? He besado un espejo, sólo un frío espejo, lo único que he tenido todo este tiempo, todos estos interminables siglos, frente a mis pasmados ojos, que ahora dejan caer tenues lágrimas, que ahora pueden al fin llorar; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3188616721705443597?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/04/besando-el-negro-halito-de-la-muerte.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3188616721705443597'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3188616721705443597'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2010/04/besando-el-negro-halito-de-la-muerte.html' title='Besando el negro hálito de la Muerte'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S8zVqWF8j7I/AAAAAAAAAUQ/inlwfkWJ8f8/s72-c/rethel.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-436414880749764164</id><published>2009-12-25T19:07:00.055-03:00</published><updated>2010-01-20T15:26:27.964-03:00</updated><title type='text'>Imprecaciones de un hijo de la noche</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SzU34tyk7RI/AAAAAAAAAS8/5414VF4t2O0/s1600-h/satan19.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 259px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SzU34tyk7RI/AAAAAAAAAS8/5414VF4t2O0/s320/satan19.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5419299174114192658" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;La sensibilidad estética de mi alma se desangra nuevamente, como sucede con regular puntualidad desde que la razón tiene uso de mí, entre (las musas perdonen la descarnada aunque punible rudeza de mis excesivamente gráficas palabras) vómitos de coágulos escarlata y arcadas del más urente dolor. Es que ya a mis ojos se ofrece el nefando cuadro del breve aunque intolerable plazo anual en que la humanidad, con toda la viscosa cohesión que le es tan característica desde siempre, se precipita, en monolítico conjunto, hacia la alegre intrascendencia y frivolidad de unas insensatas ceremonias festivas que, renovándose año tras año como un gris ritual sin esperanza que es acatado sumisa y obedientemente por toda la exangüe masa del universal rebaño carente de talento y personalidad (aunque más carente aún de toda noción sobre esa misma carencia), me llenan de confusa repulsión y me obligan, para no sucumbir en medio del asco, a encerrarme entre las decrépitas murallas fortificadas de los torreones de mi más aséptica indiferencia. Simposios, estruendos, obsequios y un inagotable muestrario de fatídicos adornos alusivos al nacimiento de aquel nazareno que, aunque su tergiversada y parcial versión de la historia no lo registre, muy cerca de la muerte estuvo al enfrentarme en el campo de batalla, cuando todos los arcángeles corrieron a él e hicieron chocar, no sin suerte, sus seis espadas de luz contra mi temido tridente de llamas, son sólo algunos de los sonajeros con los cuales la pueril idiocia de los hombres es exitosamente embobada en estas fechas a fin de mancomunarlos en una única saturnalia universal de artificiosa y resonante estupidez. Y, sin embargo, en estas épocas en las que toda la potencia activa de mi odio debería focalizarse, de manera homogénea y concentrada, en el incoherente e insoportable espíritu de las fiestas felices del hombre, que no advierte que su miseria siguió siendo siempre la misma a pesar del sucesivo recambio dodecamestral de los almanaques que colgó para registrarla, otras preocupaciones más urgentes y legítimamente inmediatas la dispersan, sin que yo pueda evitarlo, hacia una problemática que me aqueja con mayor intensidad y con un desagrado para nada menor. Y es que el comienzo del estío, apogeo de aquel gran enemigo mío llamado Helios, que se abate sobre nuestro hemisferio secundado por toda su grosera corte de rayos luminosos y calores agobiantes, es un tiempo de perenne lucha y desazón para mí, hijo del invierno y de la noche como soy. Varios adolescentes, sin duda, se verán ahora atraídos a mi escrito imaginando que odio al Sol pues soy un vampiro, acaso alguno de esos vampiros juveniles y televisivos que, insultando la memoria de Max Schreck y Klaus Kinski, se lavan los colmillos con el más promisorio dentífrico de triple acción y que tanto agradan a esas multitudes de púberes que quisieran no ser parte de la sociedad que los ha hecho a su imagen y semejanza y a la que no tardarán ya muchos años más en abrazar reconciliados: que se desengañen, pues ya sabéis que la sola idea de probar la sangre de un repugnante humano, más aún, de morder un cuello sucio y sudoroso, puede ser para mí causal suficiente de intoxicación lesiva y mortal. No, jamás me alimentaré ni de hombres ni de arroz, podéis creerme. Mi guerra contra Febo no es similar a la de mi viejo camarada Nosferatu, con quien tantas víctimas hemos apostado jugando a los dados en las monótonas noches transilvanas, sino de otra índole, tan singular que es digna de formar parte de este diario infame cuyas sueltas páginas se apilan bajo la piedra filosofal en cuya búsqueda tantos alquimistas consumieron su vida sin saber que yo la empleaba de mero pisapapeles: he aquí a continuación, pues, la sucinta relación de mi eterna enemistad con el Sol y el verano, estación que detesto pues su tórrido clima embota mis facultades mentales y su menor extensión nocturna roba tiempo a mis crímenes espeluznantes y a mis negras labores. Cuentan que tuve una madre (advertiréis fácilmente que digo esto con suma vergüenza, pues nada me enferma más que la impura idea de que mi ácido desoxirribonucleico contenga al menos un puñado de cromosomas humanos). Según crónicas de la época, que figuran sólo en libros venenosos cuyos títulos será mejor que calle puesto que sus contenidos podrían fulminar la razón del lector (y necesito de esa razón para que entienda lo que aún escribiré de aquí al final de mi estrofa), cuando mi madre se hallaba encinta de mí, y conste que me concibió siendo virgen, Apolo la atacó con toda su poderosa escuadra de rayos a fin de aniquilar cuanto antes la terrible amenaza nocturna que se desarrollaba en su vientre, el cual, según todos los vaticinios, portaba a un peligroso heraldo de la noche eterna. Lejos de lograr su cometido, el invierno austral me vio nacer en una gélida víspera en la que el Sol se escondió antes de hora, temeroso de mi funesta llegada a este mundo; no obstante, aquellas primeras hostilidades rindieron tardíamente sus frutos, puesto que, al poco tiempo, mi madre murió de cáncer de piel: la guerra había comenzado. Y mientras aquel primer daño colateral de nuestra desatada beligerancia era sepultado para siempre bajo una silente losa de mármol, yo alcé mi vista hacia el dorado Arquero con rencor y, en un deletéreo susurro, proferí tremendos juramentos de tiniebla y de venganza que estremecieron el orden planetario: no por el asesinato de mi madre, hecho que a fin de cuentas no me molestaba tanto (siempre dije que morir fue lo mejor que mi progenitora hizo por mí, además de que no desconozco el que un hombre sin madre, aunque su temprana costumbre de libertad e independencia pueda resultar asaz peligrosa para cualquier relación, cotiza mucho mejor en la bolsa de valores femenina), sino porque bien comprendía yo que, al matarla, sus flechas habían ido dirigidas contra mi corazón, y, si bien no lo habían logrado herir pues se hallaba tallado en roca viva, mejor aún, en roca muerta, siempre fui de juzgar las acciones por su intención, clara y contundente, y no por su resultado, a menudo equívoco. Terminado mi juramento, los siete hijos del Sol, aterrados por mis negras palabras de muerte, se dieron a la fuga ante mi mirada y ya nunca más me fue posible verlos con claridad: es desde entonces que soy daltónico y que la irisada belleza de los colores y de sus sutiles cromatismos se encuentra vedada a mis ojos. Lejos de considerar esto una nueva afrenta, aunque de índole más bien pintoresca, reí sardónicamente en lo alto de las montañas: no ignoro que los colores son sólo un engaño más del cerebro humano, producto de esa luz que es una breve chispa en la historia del cosmos y que, por lo tanto, muy pronto volverá a ser consumida para siempre en el reino del caos y la eterna noche (pues, a diferencia de la oscuridad, que existe desde antes del big-bang y que existirá después del fin de todo, la luz es mortal, bien lo sé). De ese modo, cuando el hombre se burla de mí porque no distingo los numerosos tonos que dan alegría y brillo a este mundo, más me burlo yo de él a causa de que, mientras sus ojos se dejan engañar por lo superficial y transitorio, yo sólo creo en las realidades inmutables del universo: con la luz apagada, todas las cosas son de color negro. Entonces, que el humano se afane cuanto quiera por memorizarse los nombres de los colores que percibirá durante tan sólo un efímero puñado de años; yo, en cambio, aprenderé a ver en la oscuridad y a diferenciar entre toda la vasta y bella gama de matices del negro que el ojo humano no discierne, y que es lo que tendremos que contemplar en nuestras agusanadas tumbas para siempre: cuando la noche eterna llegue, ya veremos quién se encontrará mejor preparado. Y la noche eterna llegará, en efecto, pues no de otro modo habrá de terminar mi colosal y titánica batalla contra el fulgurante Hiperión, que disipa las sombras de mi amada y que destierra por seis meses a mi nivoso padre a su habitual y solitario exilio en los fiordos de Islandia. Sí, falcónido Ra, es a ti a quien hablo erguido solitario sobre este promontorio de roca granítica, a ti que, lejos de querer herirme como cuando en mi niñez tus calores sofocantes alteraban mi baja presión sanguínea y teñían de vertiginoso carmesí mi vista, te ocultas tras los velos de Nefele, encandilado sin duda por la infernal negrura de mis lóbregos ojos que lastiman tu mirada y la anegan en dolorosas lágrimas: no temas, pues no es aún el momento de mi golpe. Aprende de mí, que, pese a que, en virtud de mis genéticamente hereditarios lunares de muerte, tengo terminantemente prohibida, por todos los ministros de la ciencia dermatológica, la funesta exposición a tus afilados dardos bajo pena de inevitable óbito, te enfrento, no obstante, cara a cara sin temor. No me verás huir y arrastrarme hacia las sombras como a un simple vampiro o demonio lucífugo, sino que deberás soportar el trueno de mi gallarda voz y enfrentar, con más arrojo del que has mostrado hasta ahora, una guerra de igual a igual contra un poder que bien puedes advertir que no se deja arredrar fácilmente por las insignificantes heridas que tus rayos no dejan de provocarle en su epidermis. Pero no hace falta que, turbado, corras a esconderte tras esas nubes que, como obedientes hijas engendradas por ti en el vientre del Océano, se apresuran a interponerse entre su padre y mi reconocida maldad, pues hoy sólo estoy aquí para reprocharte, casi con la misma urbana cordialidad con la que un caro amigo te amonestaría por una simple trapisonda, por los numerosos servicios que prestas a esa deleznable raza de la que eres en parte patriarca y guía, lo cual es fielmente testimoniado por el candoroso tributo que, como a un dios paternal, nunca han dejado de rendirte, bajo distintos nombres, todos sus pueblos. ¿Es que acaso no notas que al donarles, con tu luz diurna, el tiempo suficiente de trabajo para que fructifiquen y no se extingan, al dar sazón a sus frutos y hacer crecer sus mieses, al dar vida a su ganado y alegrar sus mugrientos apiñamientos vacacionales junto al salobre mar, no logras sino fomentar sus medios para el vicio y para la propagación de una especie que no ha resultado hasta ahora sino dañosa para el ulcerado planeta que orbita en torno a tu abultada cintura de inconsumible llama? El hombre es el cáncer de la Tierra, y tú eres, como lo fuiste con mi progenitora, el agente catalizador de dicha enfermedad. ¿Es que no te avergüenza, siquiera cuando las demás especies maternalmente engendradas por este globo azulado, cuando congrios, gavilanes, almejas, escuerzos, libélulas, marsopas, tigres, canguros, bisontes, poetas, equinos, caimanes, lechiguanas, lémures, salamanquesas, manta rayas, pelícanos parricidas, faisanes, bichos canasto, chotacabras, escualos y marjores levantan sus ojos llenos de inocente aunque contrariada pureza hacia ti, saber que eres el eterno mecenas de la enviciada y codiciosa raza de bestias que lo aniquila todo a su paso y que a ninguno de ellos perdona? Sol, hazme la guerra a mí si quieres, soy un contendiente digno de tu poder y apenas si he notado los pequeños rasguños que me has logrado infligir hasta ahora, pero devuelve la libertad a la oprimida fauna de este mundo, no sigas nutriendo al hombre, su sangriento tirano. Y te lo digo yo, que soy mil veces más sangriento y tres mil veces más tirano que él, pero que al menos no soy cobardemente hipócrita, y me reconozco malvado (aunque admito que mi maldad no es natural e ingénita como la del humano, sino un mero mecanismo de defensa para justificar mi caída y el odio que despierto a lo largo y ancho de los cielos y del orbe) (no pienses cosas íntimas de ese tenor, demonio escritor, pues por lo general luego aparecen redactadas entre paréntesis y pueden ser leídas por pupilas profanas, que no las entenderían y que se mofarían de ellas, si bien sé que prefieres con holgura ver que se ríen de ti antes que ver que se te parecen) (te dije que dejaras de pensar en voz alta, que tus cavilaciones se escuchan: ¡basta ya de paréntesis!) (¡maldito seas, vuelve a tomar tu pluma y sigue escribiendo sin pensar en nada, o advertirán que te estás peleando contigo mismo!) (no te lo diré más: al próximo paréntesis te apuñalo). Como te decía, Febo, tú que, al prestar tu brillante carro a Faetón, fuiste el primer padre cuyo hijo le chocó el auto, mira cuál será el hombre al que, pese a sus constantes pulsiones auto-destructivas y a sus cismáticas dudas hamletianas entre abocarse a asesinar a todas las razas de la tierra o abocarse a terminar con su propia especie, amamantas, que, en vez de aspirar a superarse a sí mismo, ascendiendo un par de grados evolutivos por medio de la selección natural, tal como sabiamente hacen los mosquitos al perfeccionar sus asombrosas técnicas de resistencia en su lucha sin cuartel contra los insecticidas, se ha provisto, a través de la farmacéutica y de las ciencias terapéuticas, de innúmeros medicamentos y panaceas para prolongar lo más posible su actual estado de enfermedad y miseria, perpetuando así su calamitoso hoy y comprometiendo un promisorio y más saludable mañana; mira cuál será, que, en vez de levantar, como yo, la mirada hacia los infinitos firmamentos nocturnos para apreciar la belleza inmortal de las matemáticas, que nacieron antes que el hombre y que morirán después que él, prefiere buscarla en el barato papel de los diarios, hundiendo sus ávidos ojos en esos números pequeños y banales de las economías regionales, quizás atemorizado, en la conciencia de su propia finitud, por esas cifras abstractas e inabarcables que en los cielos nos hablan de la inmortalidad y que hacen encanecer con terror a contadores y amas de casa por igual; mira cuál será, que, no bien un hombre ecuánime hace gala de su buen sentido en alguna sentencia irreprochable y positiva, un belicoso enjambre de mujeres modernas rodeadas de sumisos vasallos sale a denunciarlo por el atroz crimen de un supuesto machismo reaccionario, cuando el machismo es tan sólo el nombre que el feminismo le puso a la naturaleza misma y al sentido común para estigmatizarlos y fundamentar sus deseos de pervertirlos, ignorando que, si convenciésemos a las abejas de lo muy machista que resulta el que la reina se encargue sólo de tener hijos, poco sería el tiempo que tardaríamos en no poder seguir disfrutando de la dulce miel, y no mucho más el que tomaría a los ecologistas salir a llorar la extinción de esas austeras arquitectas de panales; mira cuál será, que, mientras una mitad de la humanidad se afana por salvar la vida de las ballenas, la otra mitad, si es que no la misma, lucha denodadamente por propiciar legislativamente el aborto de los vástagos de su propia especie, cosa que anhelo que logren pronto pues no soporto que sigan naciendo semejantes monstruos, en tanto que la otra mitad, si es que no también la misma, se aboca febrilmente a la búsqueda de vacunas genocidas con las cuales aniquilar inmisericordemente a la indefensa comunidad de los virus mortales, diminuto pueblo que, aparentemente en virtud de su ínfimo tamaño y simpatía o de su poca capacidad de lobby, tiene, arbitrariamente, menos derecho a la vida que el fornido cachalote y sus hermanas, las cuales, dado que muchas veces se suicidan masivamente encallando en las playas, acaso fatigadas de surcar los océanos melancólicamente desde hace millares de años, y prefiriendo quizás, pues, dejarse cazar por los nobles discípulos de Ahab a fin de desaparecer y eludir de ese modo la inexorabilidad de su periplo interminable, necesitan ser comprendidas antes que salvadas intrusivamente por el vitalismo egoísta de la mediocridad humana; mira cuál será, que... ¡Pero basta! ¿Con todo lo que te he dicho de los habitantes de este mundo sigues sin avergonzarte de proveerles innecesarios raudales de luz y de templar benignamente sus climas, favoreciendo en su estirpe una vida que ellos mismos desprecian y que conducen a todo vapor hacia su estancamiento y ocaso, Febo obstinado? Veo que al fin el rubor se abate sobre tus mejillas, y que contagias a las nubes del horizonte con el furioso escarlata de tu ignominia. Muy bien, parece que has escuchado y comprendido todas y cada una de mis palabras, puesto que ahora te escondes, cabizbajo y taciturno, abochornado y al borde del llanto, bajo las distantes olas oceánicas, allí donde las aguas agitadas se unen a ese firmamento que se oscurece con velocidad. Has desaparecido, herido sin duda por la mortal saeta de mis palabras fundamentadas y poderosas: que te sirva de lección, divinidad infame. Medita durante las próximas horas todas estas verdades que te he dicho, y ya veremos si tienes rostro para volver a asomarte mañana al amanecer por los prados del este. Sol, tú fuiste el que inició esta guerra: no te quejes ahora si, en legítima defensa, te he propinado tan colosal humillación. Lo máximo que puedo hacer para mitigar tu derrota sin atenuantes, oh hermano de Eos, es asegurarte que, cada vez que fustigues a tus corceles en el hemisferio opuesto, sintiendo dolores aterradores en tu carne viva, y yo me encuentre, en medio de la gélida noche de invierno, leyendo plácidamente frente a los crepitantes leños de mi chimenea, tendré la cortés benevolencia de no pisar demasiado tu flamígera piel, ampliamente extendida, bajo mi aún ensangrentado cuchillo de peletero, entre la lumbre del hogar y mi apoltronado sillón turquesa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-436414880749764164?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/12/imprecaciones-de-un-hijo-de-la-noche.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/436414880749764164'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/436414880749764164'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/12/imprecaciones-de-un-hijo-de-la-noche.html' title='Imprecaciones de un hijo de la noche'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SzU34tyk7RI/AAAAAAAAAS8/5414VF4t2O0/s72-c/satan19.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-7200818821885252400</id><published>2009-12-01T02:03:00.028-03:00</published><updated>2009-12-01T22:19:11.967-03:00</updated><title type='text'>La aciaga historia del cíclope del altillo</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SxSj3NZkrvI/AAAAAAAAASw/tWvfgtvw9Po/s1600/redon_cyclop.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 263px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SxSj3NZkrvI/AAAAAAAAASw/tWvfgtvw9Po/s320/redon_cyclop.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5410129221263863538" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;¿Podrá jamás alguno de esos deleznables mamíferos bípedos cuya naturaleza es tan inverosímilmente débil y viciosa que, no bien se apiñan en sociedades un tanto numerosas, han menester, a diferencia de la manada de antílopes o de la jauría canina, del dictado de férreas leyes, secundadas por las filosas espadas de los guardianes de la justicia, a fin de regular sus conductas y no despedazarse ni esquilmarse entre ellos tan a menudo como quisieran, podrá jamás alguno de esos especímenes, repito, pues ya las frondosas ramificaciones de mis impenetrables frases comienzan a cruzarse, como siempre, al otro lado del no tan caudaloso río de lo racionalmente inteligible de tal modo que considero más prudente retrotraerme sin disimulo a la raíz de la oración antes que seguir avanzando, podrá jamás alguno comprender, siquiera vagamente, qué es lo que se siente aullar noche tras noche de manera desesperada y sin sentido, en la soledad del inexpugnable encierro en un sucio altillo, durante años muy difícilmente computables en los que el único rostro que cada tanto nos observa compasivamente es el de una luna que se asoma tras unos barrotes herrumbrosos y sombríos ante los que nuestra alma retrocede aterrada? ¿Podrá alguno no ya comprender, pero siquiera imaginar ese horror, esa soledad, esa desesperación, esa locura de sueños rotos y de esperanzas mutiladas? ¿Podrá alguno llegar a otear con escudriñadora mirada lo que realmente yace en los abismos del alma de un monstruo que, al buscar el afecto de quienes no se le parecen, sólo engendra un terror de muerte y el más demencial aborrecimiento a su alrededor? ¿Podrá alguno entender por qué el Minotauro asesinaba, entre lágrimas, a las doncellas que gritaban al verle en su laberinto, cuando él sólo ansiaba hablarles y manifestarles sus legítimos sentimientos de ternura? Tales eran algunas de las preguntas que me formulaba sin cesar en los bosques desolados, entre violentas aunque mudas gesticulaciones que llamaban la atención de todas las perplejas aves que poblaban la foresta, tras conocer la aciaga historia de Etelvandro, historia que aún me produce escalofríos y me desgarra el alma hasta el punto de que no puedo permanecer un minuto más sin transcribirla, aunque lleno de espanto y con una pluma temblorosa, en este diario que ha sondeado ya a menudo las más profundas sentinas del dolor y del sufrimiento pero, según me dice el corazón, jamás hasta honduras tan pasmosas. Por eso, preparaos, abortos de Dios, pues lo que vais a leer a continuación, mientras me aparto del estilo y los temas que suelen poblar mi manuscrito sangriento, es algo que podría helar vuestras almas y llevaros al suicidio inmediato si no fuese porque vuestra bestialidad os imposibilitará comprender ni la más sutil sombra de una sola de las aleccionadoras palabras que enhebran este tremendo drama. Os empezaré comunicando sin más preámbulos que, entre los acaudalados muros de una mansión señorial en la cual el primer acto de esta sublime tragedia encuentra su marco, una célebre dinastía familiar vivió durante siglos una envidiable historia de dicha y prosperidad, transmitiendo de una generación a otra no sólo el apellido sino también, con él, el éxito y la bienaventuranza. Al morir el último patriarca que esa familia tuvo antes de la presente narración, su heredero, uno de los más agraciados vástagos de esa noble alcurnia, contrajo nupcias, como era ya usual en su linaje, con una de sus bellísimas primas. La felicidad coronó esa unión, y no fue mucho lo que tardaron en ser bendecidos con la dulce espera de un retoño en el cual, pues no de otro modo podía esperarse, enormes expectativas fueron depositadas. Pero, entonces, la sombra de la fatalidad hizo su funesta aparición sobre ese antiguo terruño, pues aconteció que el hijo de este matrimonio nació con manifiestas anomalías físicas que sumieron en el estupor y aun en el horror a quienes asistieron a la parturienta, y que bien podía decirse que alcanzaban con holgura la magnitud de lo directamente monstruoso. Comenzó a murmurarse que ese infante era hijo del demonio, aunque puedo afirmar que no era tal el caso, y gran parte de la servidumbre se negó a seguir prestando servicio en esa casa en la que hasta entonces sólo habían encontrado comodidades y excelente trato, casa sobre la que así caía la sombra de una extraña maldición. La inenarrable abominación fue amamantada por una nodriza ciega, y, habiéndosela bautizado clandestinamente, pues el párroco oficial no quiso reconocerla como hija de Dios, con el nombre de Etelvandro, se la confinó a un altillo de la mansión, donde poco a poco, mediante la sucesiva aparición de hijos hermosos que sanaron esta primer herida de sus padres llenándolos de orgullo y satisfacción y restituyendo a la mansión a su antiguo esplendor, fue olvidada por todos, salvo por un anciano criado que se ocupó de su educación hasta que fue la muerte, y no la dueña de casa, la que tocó la campana para llamarle. Nada más se supo entonces de la espantosa criatura por unos años (si bien no cabía duda de que alguien se ocupaba diariamente de alcanzarle alimentos por la trampilla), hasta que las fuerzas de la adolescencia irrumpieron en su palpitante pecho, no exento de pasiones. Desde ese momento, por las noches empezaron a escucharse alaridos desgarradores y espantosos, que llenaban de horror a los transeúntes que los oían surgir de las inescrutables tinieblas que se demoraban entre las altas enramadas que rodeaban la decrépita mansión. Se decía que esos gritos sólo podían ser proferidos por un demonio nocturno que elevaba sus satánicos clamores al diablo, y que ni en las cercanías del viejo manicomio la noche se veía perturbada de tal modo por los estridentes coros de lunáticos. Los padres de la criatura fingían no oír nada, pero, cuando los pequeños hermanos del engendro inquirían por la procedencia de esos gritos que alcanzaban a escuchar desde el ala opuesta de la residencia, los progenitores del desdichado monstruo palidecían. Yo mismo, cierta vez que caminaba en la noche para inspirarme en la belleza del silencio y las sombras, pude sentir cómo, en la lejanía, dichos aullidos rasgaban el aire nocturno hasta llegar a mis oídos, aunque imaginé que se trataría tan sólo de un idiota al que alguna familia perversa tendría encadenado en una húmeda buhardilla: no podía siquiera atisbar aún las maravillosas bellezas e innúmeras perfecciones morales que el alma de Etelvandro encerraba, como relucientes gemas, en su interior. Pues sí: el ser que así perturbaba con sus aterradores alaridos el sueño de todos los mortales en varias millas a la redonda, intentando ser oído por alguien que lo liberase de su encierro físico y, sobre todo, de su encierro espiritual, era un ser que, tras una monstruosa apariencia, escondía todas las bellezas que pueden caber en un alma sin que el mismo Dios, al verla, pueda evitar ruborizarse por la secreta vergüenza de sus propios actos pecaminosos. Un ser de luz, de amor y de sabiduría había sido engendrado por esa ingrata familia que, llevada por los preceptos del mundo de las apariencias, había dado con los huesos de la poesía en un calabozo para malhechores; y todo ese cúmulo de amor sufría de una manera inconcebible para nosotros, animales egoístas, la infranqueable barrera material que su confinamiento suponía a la hora de desear brindar afecto a sus semejantes, semejantes que, por otra parte, bien lo sabía él, jamás lo habrían reconocido como tal, razón por la cual sus gritos nocturnos, que más parecían provenir de los pulmones de una bestia semi-humana que golpeaba su cabeza contra los muros descascarados de una sombría habitación, fueran tan sólo, en el fondo, la desesperada expresión de un dolor que ningún mortal de los que respiran hoy día en este frívolo mundo moderno podría jamás llegar a comprender. Etelvandro tenía sueños, sí, luminosas imágenes sobre las cuales nunca dejaba de caer la sombra de los barrotes que lo separaban para siempre del mundo mortal, y, a causa de ello, no tardó en forjar en su alma las aptitudes del verdadero artista, componiendo incansablemente, en los soledosos recovecos de su mente, pasmosas sinfonías capaces de transmitir con cada acorde todo el dolor conocido por el hombre, fugas que habrían dejado sin aliento a los más respetados académicos, y sonatas cuyas exquisitas melodías habrían conmovido al mundo entero hasta formar un nuevo océano de lágrimas, tan vasto como el Atlántico, si tan sólo hubiese tenido papel para escribirlas y, de ese modo, inmortalizarlas; y qué decir de sus poemas, verdaderas joyas de la épica que habrían llevado a Homero a replantearse varios pasajes y enfoques, pero de los que nunca pudo dejar constancia escrita salvo en los pliegues de su alma dolorida, aunque una sola de sus estrofas habría bastado para testimoniar que Etelvandro fue sin duda el más grande y genial artista que el universo jamás conociera, lo cual da acabada idea de la enorme pérdida que supone el que ninguna de sus obras jamás llegase a abandonar el tierno y cálido refugio de su fecundo y melifluo cerebro. Mas su arte, que con nadie podía compartir, no le hacía del todo feliz, y, aunque era consciente de que algunos nacieron para gozar de la belleza y otros sólo para crearla, aún deseaba abandonar su estrecha celda, y aún, aún seguía aullando. Fue entonces cuando un terrible incendio, producto de un rayo divino, devoró la casi totalidad de la mansión en una conflagración atroz que aún hoy es recordada por los más memoriosos de los lugareños. Mientras los moradores de la vivienda y los vecinos de la zona luchaban denodadamente contra las llamas, nadie tuvo tiempo de advertir que, de entre ellas, surgía, para perderse sigilosamente entre las sombras de los bosques de la colina trasera, la monstruosa figura de una criatura que, como un niño asustado, escapaba de la insaciable voracidad del fuego cruel. De ese modo, Etelvandro encontró su libertad y empezó a caminar por el mundo; pero el escape de su antigua prisión, lejos de ser un regalo del cielo, no tardó en confirmársele como un nuevo tormento, millones de veces más cruel que el anterior. Donde quiera que nuestro héroe asomase su nariz, el horror hacía veloz acto de presencia entre los circunstanciales testigos de su patente fealdad, y, junto a él, el loco odio que la cobarde ignorancia muestra siempre hacia todo lo distinto y desconocido. No fueron pocas las veces en las que el desgraciado monstruo estuvo a punto de perder su vida, aunque, lejos de llenarse de rencor y resentimiento hacia quienes le aborrecían de tal modo, su mayor temor pronto fue el de causar molestias a los demás con la insultante presencia de su deformidad. ¡Ah, cómo le hubiese amado el mundo si le hubiese conocido! Pero, al ver su rostro, nadie, absolutamente nadie, ni aun los niños, dudaba que sería más prudente asesinarlo que atreverse a conocerlo, riesgosa tarea acaso propia de una raza más fuerte y bella que la humana. Así, transitando por los sitios desolados, escondiéndose, temeroso, del rostro del hombre, siempre más monstruoso que el suyo, siempre huraño, acercándose a las ciudades sólo de cuando en cuando para, enfundado entre negros paños que ocultaban por completo sus facciones de cualquier indiscreta mirada, garantizarse, por medio del más tímido latrocinio de comestibles, su sustento, Etelvandro se abrió paso por el globo, siempre ansiando ser escuchado, siempre ansiando ser amado, siempre ansiando rodearse de niños para jugar inocentemente con ellos y llenarlos de valiosas enseñanzas, pero siempre solo y aborrecido, siempre señalado y denunciado, siempre estigmatizado y perseguido. Ni Kaspar Hauser ni el hombre elefante pudieron jamás imaginar sufrir una décima parte de lo que su refinadísimo intelecto y su purísimo corazón padecían; y algunas noches, en los bosques más negros y olvidados, o en las costas solitarias y barridas por vientos enloquecedores, sus aullidos se volvieron a oír como antaño, pero ahora más impregnados de llanto, más faltos de respuestas, más desolados, más carentes de esperanzas. Es que, bien lo sabía él, en el calabozo había podido al menos soñar con una salida, con un mundo desconocido y con el amor que podría hallar en él, pero ahora, en ese mismo mundo, y ya vedada para siempre la posibilidad del amor, no podía soñar más que con volver al calabozo para probar, cosa vana, si sería posible, encerrado nuevamente en él, recuperar aquellos antiguos sueños, tan bellos comparados con todo cuanto le circundaba y hería ahora. Pero no: los sueños eran para Etelvandro cosa del pasado, mientras todo el peso de una realidad ineluctable lo hundía en el lodo de la desesperación, negra charca desde la cual se debatía agónicamente extendiendo sus manos hacia lo alto. Comprendió, finalmente, que la muerte era lo único que podía salvarlo de tan cruda situación, por lo cual meditó un crimen, un crimen aborrecible que le garantizaría, unido a su monstruosa apariencia, la ejecución inmediata en una plaza pública. Ya que la humanidad no podía amarle, era necesario que la culpabilidad de esa vida destruida cayera sobre todos los hombres, que su sangre salpicara todas las conciencias de los mortales que no supieron reconocer en él al nuevo mesías; sí, era necesario que le crucificasen y que cada gota de su sudor y de sus heridas fuese una nueva afrenta en el rostro del universo. Se dirigió, pues, hacia una aldea que entonces divisó cerca de las extraviadas sendas de su azaroso vagabundear; mas, no bien hubo alcanzado sus cabañas más periféricas, un campesino le abordó en términos amistosos, preguntándole por su nombre y procedencia. Al mirarlo, advirtió que el campesino tenía un solo ojo en el medio de su rostro. Pronto se encontró, sin entender cómo, gozando de toda la hospitalidad de esa alma caritativa, sentado a una mesa rebosante de manjares, y con asombro descubrió, atónito, que tanto la mujer como las hijas de ese hombre contaban, también, con un ojo único que se entronizaba, victorioso, bajo el sereno dosel de una frente llena de sabiduría. No tardó en comprender que había llegado a la ignorada aldea de los cíclopes, y que entre ellos él no era ya un monstruo, sino uno más, un igual, alguien con quien se podía intercambiar amablemente pareceres y a quien se podía tributar el afectuoso trato del amor. Arduos esfuerzos le costó vencer su natural timidez, pero finalmente pudo comunicarse de manera más o menos satisfactoria con sus nuevos semejantes; al poco tiempo, contaba con un empleo y una vivienda, y destacaba entre todos los cíclopes por la increíble belleza de su alma y por su sabiduría sin igual, beneficiada por su largo recorrido a través de las más renombradas ciudades del orbe; admirado, idolatrado, solicitado de continuo por las amabilidades del sexo opuesto, él mantuvo su humildad como si no mereciese nada de todo ello, o como si desconfiase de ese súbito vuelco del destino, sin atreverse a gozar de su cambio de suerte y del mundo de felicidad que se abría ante él tras un camino tan lleno de fatigas y dolores; mas, con el tiempo, accedió a la idea de aceptar en matrimonio a una de las dulces hijas del campesino que moraba en las afueras de la aldea. El sol de la vida despuntaba así, aunque tardíamente, en la desdichada existencia del cíclope del altillo, y él se aprestaba a darle la bienvenida en los dorados pórticos de su dócil y afable corazón cuando Polifemo, cíclope lleno de envidia hacia él y de rencor porque se hallaba ciego y despreciado, lo apuñaló por la espalda y puso fin de ese modo, catastrófico y cruel, al mísero periplo terreno del monstruo. Mucho agonizó Etelvandro, el tiempo suficiente como para comprender, sobre el charco que iba formando su propia sangre, la terrible burla que el destino le había jugado; y aun así murió lleno de amor y agradecimiento a la vida, contemplando la belleza del sol que poco a poco se nublaba ante su mirada, y perdonando a su asesino, a quien supo comprender y al cual tendió una mano amiga a la hora de expirar. Oh, Etelvandro, tú que yaces en esta tumba solitaria que, de cara al Adriático, visito yo todos los veranos, yo, que me reiría de la sola idea de visitar el sepulcro de mi propia madre: sé que en tu corazón perdonaste a toda la humanidad que te despreció y destruyó de tal modo, y es por eso, es por eso que sigo sufriendo y viniendo año tras año, en un peregrinaje que ya se ha vuelto parte religiosa de mi vida, a llorar aquí... porque sé, Etelvandro, y toda mi naturaleza arde en rebelión cuando pienso en ello, sé que jamás la superficial y monstruosa humanidad podría haberte perdonado alguna vez a ti.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-7200818821885252400?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/12/la-aciaga-historia-del-ciclope-del.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7200818821885252400'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7200818821885252400'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/12/la-aciaga-historia-del-ciclope-del.html' title='La aciaga historia del cíclope del altillo'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SxSj3NZkrvI/AAAAAAAAASw/tWvfgtvw9Po/s72-c/redon_cyclop.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2203240654698469789</id><published>2009-10-06T13:38:00.014-03:00</published><updated>2009-10-06T21:45:15.647-03:00</updated><title type='text'>Funesta decrepitud de un alma derruida</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sstymii2MKI/AAAAAAAAAR4/2R75WyeAwT8/s1600-h/espa%C3%B1oleto.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 286px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sstymii2MKI/AAAAAAAAAR4/2R75WyeAwT8/s320/espa%C3%B1oleto.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5389527385512489122" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Tras tantos siglos de jactarme impunemente de mi maldad asombrosa, tras tantas páginas blasonando de mi indiscutible pericia para llevar a cabo las más aberrantes acciones delictivas y violentas, de mi rara maestría para ejecutar con la más fría de las sangres actos capaces de aterrar aun a los más calculadores y sofisticados artistas del crimen, de perpetrar estragos con los que he devuelto al mundo, en inverso karma, todas y cada una de las ya difícilmente numerables cicatrices que cubren copiosamente, formando una suerte de complicado mapa cartográfico pródigo en accidentes, la casi totalidad de mi arrasado envoltorio terreno, creo que ya es al fin hora de que comunique a este diario, sin atisbo alguno de culpa, en sublime e inesperada confesión, que, así como soy extremo para el mal, idénticamente extremo resulto, a decir verdad, para el bien, alejándome por igual en ambas direcciones, hasta alcanzar periferias casi equidistantemente remotas del inclinado eje de la elíptica órbita moral, de la monótona mediocridad del hombre, el cual, en general, sólo puede ostentar como maldad un poco de perverso y codicioso materialismo egoísta, o ya bien una débil esclavitud a los abruptos mandatos de una lascivia bestial y vejatoria, y, como bondad, un diminuto muestrario de acciones interesadas apenas espolvoreadas con el torpe disimulo proporcionado por las bellas, aunque odiosas para mí, palabras que suelen poblar los acotados diccionarios del humanitarismo solidario. En efecto, el mundo no se divide entre hombres buenos y malos, puesto que, en su estremecedora opacidad, los habitantes de este globo nunca llegan a ser acabadamente ni lo uno ni lo otro; no, el mundo se divide entre seres vulgares y seres excepcionales, y estos últimos suelen comportarse de manera extrema tanto para el bien como para el mal, siendo que, a sus conciencias, sendas direcciones se les hacen más o menos lo mismo, ambas se hallan similarmente cerca de sus extravagantes vagabundeos, y con ambas aterran a los hombres mediocres por igual. La única ética del talentoso, si es que la tiene, no puede ser sino meramente estética, y bueno es recordar que, cuando las alas del arte nos alejan de los humanos, siempre mostramos más empeño en hacer infinita la distancia de separación y diferenciación entre nosotros y ellos que en estimar juiciosamente hacia qué lado somos conducidos. Pues bien, establecido esto, y admitido que tengo tanta facilidad para remontarme a las despejadas alturas del sacrificio desinteresado y de los gólgotas sangrientos como para hundirme en los refinados abismos del mal por el mal, os llenaré ya mismo de estupor hablándoos sin más preámbulos de una buena acción que he llevado a cabo, orgullosamente, en estos extraños días de nieve y de nostalgia. Fatigaba cierta noche mis pasos en torno a las humanas madrigueras, tratando inútilmente de comprender, asomando mis incógnitos ojos al horrendo calor de los sonrientes y amistosos ventanales familiares, el misterio de la paz hogareña que nunca me fue dado conocer, cuando advertí de pronto la presencia de una extraña silueta que, alejándose por la vereda opuesta, caminaba lentamente bajo el silencio de los faroles que alargaban su sombra hasta transformarla en una caricatura de la muerte. No tardé en comprender que se trataba de un viejo miserable, del cual los transeúntes se alejaban sobreactuando disgusto, y ante el cual algunos incluso emprendían extrañas fugas como si hubiesen visto al mismo diablo, lo cual no podía ser pues, dado que yo lo seguía semioculto y a bastante distancia, les habría resultado imposible distinguir con claridad mis facciones. Viendo, pues, que el anciano era, cual si de un hermano mío se tratase, objeto de rechazo por parte de toda la humanidad, la cual no vacilaba en arrojarlo fuera de todos los pórticos y de cerrar inmisericordemente frente a su apesadumbrado y suplicante rostro tanto el rústico ventanuco del aldeano como la broncínea puerta del poderoso, negándole protección de los elementos y descanso a sus extenuados huesos, no pude evitar el acto reflejo de correr hacia él a fin de ofrecerle albergue en mi humilde morada, en la cual había decidido agasajarlo espléndidamente compartiendo con él los secos y escasos mendrugos de pan que eran todo mi sustento. Entonces, no bien hube llegado a su lado y le hube transmitido la idea de poner a su entero servicio toda la pobre hospitalidad que se hallaba en mis magros recursos brindar, el anciano volteó su rostro afable hacia mí y, en ese instante de sorpresa y estupefacción que jamás podré olvidar, entendí súbitamente todo, mientras mis ojos sulfurosos no tardaban en recibir una inyección de lágrimas que ponía ansiado fin a otro milenio de horrorosa sequía pregonado por las rojizas osamentas de reses que yacían sobre el árido desierto amarillo de mis insomnes escleróticas: el canoso caminante al que todos los humanos rehuían con tanto horror, y al que sólo yo aceptaba recibir entre mis cuatro paredes, era la vejez. ¿Por qué, caro amigo, los hombres desprecian de tal modo tu barba y tu cayado y ansían ser eternamente víctimas de los tropiezos de la juventud? ¿Por qué, queriendo vanamente hacer girar en sentido contrario las insobornables agujas del tiempo, se aferran con uñas y dientes a su perenne inexperiencia, a una belleza marchita que nunca fue del todo bella sin el adorno de la sabiduría, y a todos los atributos más fútiles y carnales del inmaduro estado, mientras falsean cuentas, llenando de matices rubí las castas mejillas de las silenciosas matemáticas, para quitarse años sin advertir que más horroroso es intentar disimular inocultables arrugas con una cifra baja que sorprender dando una alta edad a una fresca lozanía? Mas poco me importa lo que los mortales, pusilánimes criaturas que temen verte en el espejo, hagan, mientras abusan de cruciales cirugías, afeites y pomadas; sólo puedo afirmar que yo, oh vejez, te daré una exultante bienvenida en mi humana choza y aspiraré a, como el castillo medieval, embellecerme únicamente por medio de tus dones. Sí, a ti te invoco, anciano venerable, que con tu humilde bastón tranquilamente podrías desafiar a la guadaña si no fuese porque ya conoces demasiado bien la vida; tú que añoras los viejos tiempos en los que eras respetado por tu saber y tus consejos, ya entre celtas, japoneses o dogones, y adviertes con dolor cómo los usos democráticos, para los cuales la opinión más autorizada vale tanto como la mentira aviesa y la petulante ignorancia, han degradado tu voz al mismo nivel que la del joven cuya lamentable inexperiencia es fuente de una vociferante y segura soberbia; tú que llenas de espanto a aquellos que no han sabido disfrutar su existencia y que sienten que se les escurre de las manos, no habiendo cumplido su ciclo, o que, solicitados por un monótono sentimiento voluptuoso, no se resignan a que los dones de la fortuna tengan término, pero que aún infundes más pavor en aquellos otros que, envidiosos de la aparente aunque engañosa dicha ajena, sueñan febrilmente, como jugadores compulsivos, con tener un cambio de suerte si les otorgas aún una tirada más de dados; tú que sólo eres aceptado con contento y sin pueriles rebeliones por quienes se han despedido prematuramente de la vida, habiéndola comprendido; tú cuyo cambiante rostro, a veces de abismo, a veces de fauno hastiado, a veces de resignación, a veces de dios sereno, sorprendería a aquellos escritores que, sin alma para la poesía y el sueño, no conciben que exista otro rostro más que el del simple humano; y, en fin, tú que eres eterno delegado del gremio de los viudos, el cual, a decir verdad, cuenta con muchos más miembros femeninos que masculinos, sin duda a causa de que, si bien el hombre soltero llega a saborear con sosiego sus ochenta inviernos, el casado, agobiado por el cotidiano taladro del reproche conyugal y la rencilla doméstica, elige eyectarse naturalmente de la vida a los sesenta para dejar a su esposa hablando sola, si bien cabe señalar que, a algunos de ellos, una prematura sordera les confiere una sobrevida de varios años. Pero no te quedes ahí, introdúcete ya en mi morada, otoño de la vejez. Y tú, vete ya de mi cuerpo, juventud: muy pocos son los dones que me has dado, y algunos de éstos no han resultado aun sino dañosos. Nunca tu despreocupada risa trajo verdadero gozo a mi espíritu, y jamás tus fuerzas redundaron sino en catástrofe para mí mismo o para mis derrotados enemigos, vencidos por mi férrea alianza con tu ardoroso brazo. Sí, sé que no cuento aún con la edad suficiente como para que me sea lícito, según todas las estipulaciones legales, obtener el título de anciano, pero ¿acaso nuestra edad no está determinada sino por las vueltas completas que esta estúpida esfera en la cual moramos efectúa, con nosotros sufriendo sobre ella, alrededor del astro luminoso? Siendo así, ¿qué tengo yo que ver con el sol? Toda mi vida transcurrió en la noche, por lo tanto mi edad es incierta. Venid, pues, majestuosas arrugas, tomad posesión de las heredades que mi fenecida juventud os lega testamentariamente y haced de mi frente vuestro asiento, multiplicando generosamente desde ese centro de mando vuestras numerosas grietas y surcos a la totalidad de mi geografía corpórea, aunque no sin que cada miembro de vuestra progenie lo haga trayendo consigo su adecuada cuota de sabiduría; y vosotros, encanecidos cabellos, coronad esta testa, mientras muchos otros de vuestros hermanos van cayendo y despojando a mi frente de su antiguo esplendor capilar, con las argénteas nieves de la prudencia que pone coto a la precipitada pasión y que, liberándonos del pesado yugo del deseo, trueca en la quietud de una contemplación pura y objetiva estos maremotos de sangre que ya hunden a los hombres en las sentinas del libertinaje o bien los empujan de manera interminable y desesperada a buscar, infructuosamente, una soledad con la cual compartir la propia; y tú, encorvada columna, entronízate ya en mi espalda fatigada, pero que vengan también contigo tu mesura, tu estoicismo y tu avisado consejo a apuntalarme en una recta senda que, mientras un poco de ciencia atempera un tanto, aunque no mucho, mi arte fogoso, ponga fin a mis alocados devaneos, y que no falten tampoco tu frugalidad en el dormir y en el comer para cubrir con un manto de sosiego el desorden de mis costumbres desprovistas de todo saludable concierto; y tú, sordera amiga del silencio, acude ya a mis pabellones auditivos a fin de poner término al insoportable ruido del mundo, taponando mis aturdidos oídos de suerte que no les sea ya posible escuchar sino de modo muy confuso y lejano el despreciable sonido efectuado por la frívola lengua humana, heraldo de las necedades antes que de las razones del hombre; y no te retrases tampoco tú, ceguera de los ojos, pues necesito que mis agudas pupilas de halcón asuman gradualmente la rigidez de las de los topos con el objeto de que no vuelva ya la horrible efigie del rostro humano a perturbar mis nervios y a llenarme de asco como no sea de manera muy difusa y borrosa, atenuando de ese modo el sobresalto de desagrado y mis subsecuentes furores; y vosotros, achaques y enfermedades de la tercera edad, bendecid ya con vuestra debilidad a mis huesos, siquiera para que se me dificulte un poco el seguir llevando a cabo tantos crímenes de lesa espiritualidad y para permitir, de ese modo, que la humanidad se tome al fin un breve descanso de las incesantes tormentas nacidas de mi pertinaz malignidad; y por sobre todo tú, anhelado olvido, dame a beber unas anticipadas gotas del amado Leteo, corriente junto al rumor de cuyas aguas moré tantos años, vierte tu negro tintero sobre las amarillentas páginas de mi memoria y vuélvelas ilegibles para mi mente dolorida, sume en la confusa noche de la decrepitud eterna esos vergonzosos recuerdos de mi pasado que me acosan, y permite así que el sueño pueda al fin, en mi ancianidad recién conquistada, cerrar mis ojos invitándome al embriagante sosiego de un tranquilo reposo. Sí, vejez, otórgame todo esto que te solicito sin que tu munífico pulso tiemble por un solo instante. No ignoro que, a causa de que los mortales jamás accedieron a darme la chance de acceder a un empleo, tú serás para mí sinónimo de extremas pobreza y soledad, un negro tiempo de privaciones y dolor, pero ¿acaso pueden asustarme los dos aspectos más recurrentes de lo único que he conocido hasta ahora como vida?, ¿acaso puede atemorizarme, en esta pocilga fría y desolada en la que escribo, la perspectiva de vivir unos pocos años más en lo que ya se ha vuelto mi natural estado y hábitat? Nada temo, vejez, y, aunque sea un gran sacrificio, estoy dispuesto a ser el único que se atreva a ofrecerte techo en su cubil de lobo, tendiendo una mano amiga a tus tan incontables cuan inconsolables desgracias; ya he dicho que soy tan capaz de realizar buenas acciones como de hacer el mal. Pero, antes de que entres gloriosamente a refugiarte en mi tenebrosa celda, frente a la cual acaso seas tú el que debería poner reparos, déjame hacerte una pregunta ociosa aunque necesaria: si la vejez es tan sólo un lento prepararse para la muerte y un nostálgico mirar melancólicamente hacia el pasado, ¿debo admitir entonces que ya desde mi más temprana infancia he sido yo un anciano?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2203240654698469789?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/10/funesta-decrepitud-de-un-alma-derruida.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2203240654698469789'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2203240654698469789'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/10/funesta-decrepitud-de-un-alma-derruida.html' title='Funesta decrepitud de un alma derruida'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sstymii2MKI/AAAAAAAAAR4/2R75WyeAwT8/s72-c/espa%C3%B1oleto.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-6556244026241996881</id><published>2009-09-02T05:20:00.032-03:00</published><updated>2009-09-05T04:57:18.055-03:00</updated><title type='text'>La peste negra de mi espíritu</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sp4q-rhmT4I/AAAAAAAAAOw/O1v2r-tEZ-o/s1600-h/pesta_i_trappen.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 260px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sp4q-rhmT4I/AAAAAAAAAOw/O1v2r-tEZ-o/s320/pesta_i_trappen.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376782261450854274" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Desdichados insectos, que no podéis verme, creo que ha llegado al fin el momento de que, dejando circunstancialmente a un lado toda la urbanidad del trato cordial y del estilo caballeroso y educado en el que tengo por costumbre dirigirme a vosotros (bien sabéis que miento, pero el que escribe este diario soy yo, de modo que pondré todas las mentiras que se me antojen y no os daré derecho alguno a réplica), os confiese de una buena vez, con la misma rudeza con la que el gallardo ariete de encrespadas olas de un mar embravecido se abate contra el resistente acantilado de roca en cuya altura tiembla el árbol solitario que se ve salpicado por esas aguas salobres, que la experiencia ha dictaminado hace rato, sin que quepa ya en mi corazón la menor duda de ello, que no me equivocaría demasiado si afirmase que cíclicamente, durante breves períodos de tiempo separados entre sí por varias décadas de distancia, décadas que transcurren lentas y penosas para mi ansiedad y mis deseos, alcanzo yo un estado muy parecido, aunque no tanto, a algo que, sin serlo, guarda ciertas similitudes, si bien vagas y remotas, insignificantes y sutiles, con algo que intenta, sin éxito, remedar al menos una pequeña porción de la falsa apariencia de la dudosa sombra de la borrosa silueta de aquello que vosotros llamáis &lt;span style="font-style: italic;"&gt;felicidad&lt;/span&gt;. Tal fenómeno toma cuerpo en mi existencia, según es notorio y se ha comprobado de manera exhaustiva y fehaciente, cada vez que mi distraída mirada advierte, deteniendo de pronto su vagabundeo inconstante y errabundo por todos los rincones del universo, que el rostro de la humanidad está siendo cruzado repentinamente, de manera inclemente, por el vigoroso latigazo del aterrador y ulceroso flagelo de la peste y la pandemia. Sí: cuando la plaga llena de horror el corazón del hombre, y éste comienza a ver un enemigo en su semejante, a sentir miedo del anciano, a rehuir la risa de los niños, y a experimentar infranqueables recelos hacia aquellos especímenes del sexo opuesto que lo atraen, de tal suerte que, encerrándose en la soledad de su cabaña, declara la guerra al hombre, a la sociedad y a la palabra, a veces en una hosca espera que puede resultar mortífera para quien ose acercársele sin su aquiescencia, otras en un abrazo protector con el que rodea a su mujer e hijos mientras el más helado de los sudores corre por su frente preocupada e impotente, y se adentra así, a su pesar, en una pesadilla de aislamiento y locura que se asemeja muchísimo a esto que sólo yo, entre todas las criaturas del mundo, me veo constreñido a entender por vida, entonces puede decirse que un leve sentimiento exultante nace en mí, pues advierto que ya no soy, al menos por un tiempo, el único que padece la dolorosa incomunicación que sólo puede ser producto de una peste epidémica. Y cuando veo a una anciana de humilde y remendado atuendo que, con su semblante surcado por llagas purulentas y negruzcas, camina por las sucias callejas medievales engendrando un ciego horror y rechazo en los aldeanos, que al punto huyen de ella, o la apedrean locamente a fin de mantenerla alejada, a veces incluso hasta matarla, mis facciones se ven contraídas por un símil de sonrisa que no me atrevo a censurar, pues mi corazón no puede dejar de identificar en esa vieja a un igual, alguien que padece una vez lo que yo he padecido en millares de ocasiones, y que aún seguiré padeciendo otras tantas más. Durante la pandemia, el humano asume un rostro de demonio ante su semejante, y es, a causa de ello, tratado por sus congéneres como siempre lo fui yo por todos; he ahí la razón por la cual amo la peste, la plaga, y la gripe virulenta y mortal: porque al fin dejo de sentirme único y solo, al fin dejo de creer que padezco en singularísima soledad, y hasta renace incluso en mi pecho la esperanza de que tal vez, si me contagio de alguna dolencia física de características fatales, pueda poner fin con mi muerte a la inconcebible enfermedad espiritual que me corroe, impiadosa, desde el comienzo de los tiempos. Pues, en efecto, como acabáis de leer, espantados aunque sin entenderlo aún, si bien es cierto que el humano se aleja de mí, cierra sus puertas de recia madera en mi cara, tapia las ventanas de su alma si le hablo, y hace todo lo posible e imposible por evitarme y aislarme como a un leproso, por mucho que me estudio detenidamente luego en los espejos, y he recorrido el mundo entero, en lento peregrinaje, para observarme en millones de ellos, buscando infatigablemente aquellos cuyos reflejos estuviesen reputados como los más perfectos y confiables, no encuentro jamás ni en mi pálido semblante ni en mi elevada y desgarbada figura estigma alguno que delate la más mínima presencia de enfermedad, motivo por el cual he debido concluir que la peste que ensombrece mi vida, y que me rodea ante los ojos de los hombres como con un invisible hálito envenenado, no puede sino ser de índole espiritual. Desde la aciaga noche en la que comprendí finalmente esta terrible verdad, el dolor se ha vuelto para mí una realidad tan palpable como duradera e inmortal. En breve, guardo todo el aspecto de un hombre perfectamente sano, pero los humanos me tienen más miedo que a un apestado, huyen de mi presencia y cortan sus relaciones conmigo como si viesen algo en mí que yo no logro percibir, como si mis negras alas, desgarradas por el estrago de cuantiosas tumefacciones, se manifestasen de pronto, enhiestas sobre mi cabeza, ante sus ojos llenos de repentino pánico. Sin duda, pues, mi espíritu ha de ser portador de una extraña pestilencia, de suerte que a nadie puedo tocar, a nadie acercarme, y sólo horror engendro a mi paso; soy como un náufrago en este mundo, mas sin el consuelo de saber que mi soledad inexpugnable es producto de una insalvable distancia física con el resto de la humanidad, sino al contrario, conociendo que estaré por siempre condenado al perpetuo y desgarrador silencio y desamor de una isla deshabitada aun viviendo en medio de la más populosa y bulliciosa ciudad; supurante y peligroso, peregrinando incansablemente por la tierra, enfundado siempre en negros harapos que me ocultan de la vista, rechazado de todos, maldito, rehuido hasta por las aves, caído en medio de las nieves y los bosques, acongojado, taciturno, aullando de dolor, sin otra cura para mi mal que la muerte, ni otro doctor que la soga o el puñal, y teniendo que rechazar con mi más arisco y severo ceño de odio a todo el mundo, acerbo tormento, pues, si algún alma en exceso piadosa y caritativa se acercase alguna vez a mí, ¿cómo podría yo perdonarme el que, en vez de rendirle el debido agradecimiento por no obrar como todas las demás, tuviese que resignarme a contagiarle irremisiblemente mi enfermedad infecciosa para, retribuyéndole su osado amor con un abrazo fatal como el de Manfred, encontrarla finalmente al amanecer, recostada a mi lado, completamente cubierta por el gélido sudor de la muerte y con su cadavérico semblante mudamente arrasado por las siniestras garras de la agonía? ¡Ah, lo que daría por escupir sangre con mi tos, entre convulsiones epilépticas y espasmódicas; lo que daría por ostentar un tinte amarillento en mi rostro, por lucir en mi cuerpo la erupción hemorrágica de la viruela, por mostrar a los ojos del sol las blancas manchas de la lepra, por ataviarme en los purulentos bubones negros de la peste! Entonces me reconciliaría rápidamente con mi destino, encontrando en esos monstruosos síntomas explicación para mi soledad; pero no es ése el caso, ni lo será jamás, pues sólo en mi espíritu se materializa el horror visual de mi espantoso mal. De muy pequeño descubrí, curioso y confundido, que el mundo me odiaba, niños, hombres y bestias (pues hasta el mejor amigo del hombre olfateó pronto en mí a un enemigo y no dudó en atacarme numerosas veces, lacerando mis carnes e intentando darme muerte, desde incluso mucho antes de que tuviese yo dientes para defenderme), y afanábame en vano por desentrañar el porqué de ese pertinaz aborrecimiento que tan inexplicable se le hacía a mi aún poco vigorosa inteligencia, hasta que cierto día pude ver, no se sabe muy bien cómo, esos chancros cancerosos en mi alma, esos pútridos estigmas de enfermedad espiritual que me hacían tan horrible y peligroso a los ojos del universo, y que eran evidencia de esa dolencia contraída en los albores de mi infancia quizás a causa de los tempranos golpes que me propinara mi madre, cuando mi cabeza se estrellaba contra la pared con una frecuencia mayor a la de la maza del albañil diligente y oficioso; es que, enferma y moribunda, ella se desquitaba del mundo, y del cada vez mas cercano y obligado adiós prematuro que debía darle, destruyendo la sanidad espiritual de su propio vástago, acaso para dar así acabadas muestras de que había cortado todos los lazos del amor con la cruel vida que se obstinaba en darle la espalda. En resumen, me crié viendo, día tras día, a mi madre consumirse hasta la muerte, día tras día contemplando la enfermedad de su cuerpo, y, cuando quise darme cuenta, ya mi espíritu había desarrollado la manifiesta sintomatología de una patología similar, la cual se agravó cuando mi padre me espetó con odio que no había sido sino mi funesto nacimiento el causante de la extrema debilidad que había llevado, a la postre, a mi progenitora a su tumba. Desde entonces, mi piel se cae a pedazos, mis carnes se consumen, mis ojos arden, la fiebre me arrastra al delirio, mi silueta es un deforme despojo, soy una llaga purulenta, una charca de podredumbre que se enfunda en ropas humanas, y es por eso que no me atrevo ya a tocar mi propio cuerpo, a imponer mis temblorosas manos huesudas sobre mi fría y blanca epidermis, por temor a contagiarme más y empeorar la situación, cubriendo mi envoltorio terreno de ampollas, úlceras y verrugas visibles de todo tipo y de diverso grado de latencia y amenaza. Así es que he asumido, y más vale que lo hagáis pronto también vosotros, que sólo está en mis posibilidades dar contagio y dolor; no otra cosa puede el mundo esperar de mí. Mas no es éste el momento de suavizar mis palabras; me pondré ya mismo un escorpión en la boca, y que sólo me escuchen aquellos que estén preparados para morir: la razón por la cual escribo todo esto es porque, en mi furia, quiero contagiaros a todos, saludables humanos cuya estupidez y mediocridad es el más perfecto reaseguro de que contáis con altísimas defensas y un sistema inmunológico envidiable que difícilmente pueda yo vulnerar; ansío propagar entre vosotros mi deleznable e insoportable pestilencia espiritual, esparcir mi hálito letífero a través de las mentes de todo el globo, generar a mi paso una monstruosa y nunca vista pandemia universal de muerte y de dolor, gangrenando todas las almas y destruyendo todas las vidas que cayesen dentro del alcance de mi funesta mirada y de mi ceño feroz. Así como lo oís, legiones de hipocondríacos que ya empezáis a identificar algunos de mis síntomas en vuestra presente soledad, la cual es sin duda la causa de que, en vez de estar ahora en alegre consorcio con alguno de vuestros hediondos semejantes, os hayáis abocado a la insensata lectura de mi tenebroso y amargo diario, tan apartado del calor y la sonrisa del resto de la humanidad. Y tú, convulso idiota a quien ahora hablo, tú que, aunque no lo sepas, tantas veces te has sentido un poco como yo: ¿quién te asegura que no has contraído ya, al leer estas tuberculosas palabras en las que mi saliva se mezcla con una considerable abundancia de sangre, un fatídico e incurable cáncer espiritual?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-6556244026241996881?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/09/la-peste-negra-de-mi-espiritu.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6556244026241996881'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6556244026241996881'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/09/la-peste-negra-de-mi-espiritu.html' title='La peste negra de mi espíritu'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sp4q-rhmT4I/AAAAAAAAAOw/O1v2r-tEZ-o/s72-c/pesta_i_trappen.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8535966973817880639</id><published>2009-07-05T22:25:00.048-03:00</published><updated>2010-01-21T15:23:33.678-03:00</updated><title type='text'>Azotado por fáusticas tormentas</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SlGRNWsnAsI/AAAAAAAAANw/jpxAWtWQ8r0/s1600-h/aug-v-kreling-1818-1876-faust2.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 234px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SlGRNWsnAsI/AAAAAAAAANw/jpxAWtWQ8r0/s320/aug-v-kreling-1818-1876-faust2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5355221090537243330" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SlGJ4MF0yLI/AAAAAAAAANo/stP_HipWBGU/s1600-h/aug-v-kreling-1818-1876-faust.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;¡Por cuánto tiempo habían padecido mis entrañas el aterrador martilleo del hambre, mientras mi cuerpo era presa de los tenaces grilletes de la pobreza! Imposibilitado, por mi naturaleza esquizoide y mi aspecto truculento, de obtener un empleo en el mundo de los hombres que me asegurase siquiera las mínimas bondades de un estipendio vil que resultase, no obstante, suficiente para arrastrar las cadenas de una existencia penosa sobre las húmedas callejas de los más sórdidos rincones de la tierra, afanábase mi cada vez más debilitado intelecto, abriéndose dificultoso paso a través de los agudos dolores propios de una inanición prolongada, por encontrar una solución al problema de mi inextinguible falta de recursos que no estuviese sujeta a la ignominiosa caída en el proceloso maelstrom de una indigencia mendicante. Famélico, desesperado por las acuciantes necesidades propias de una triste aunque digna y silenciosa miseria, mi alma destemplada había llegado ya a concebir el insensato plan de entregar el fuego a los hombres a fin de que Zeus, en su inmisericorde castigo, me enviase la tortura de un águila que me devorase las vísceras de manera cotidiana y aliviase así, jornada tras jornada, mis punzantes sufrimientos siquiera momentáneamente, hasta que mi estómago se viese reconstituido y, junto a él, las agonías de un apetito siempre insatisfecho; pero pronto reparé en que ni Zeus era dios, ni a los hombres seguía siendo desconocido el fuego. Mis mandíbulas, cada vez más magras y hambrientas, no osaban emitir quejido alguno ante la humanidad impiadosa, y, de ese modo, enfundado en los negros mantos de un loco orgullo, con mi ceño siempre furioso y no desprovisto de las insoslayables señas de un profundo desdén, transitaba yo solitario por entre las vertiginosas multitudes sin que nadie acertase a sospechar que el hambre batía sus esqueléticas alas poderosamente y sin cesar a mis espaldas. No fue de extrañar, pues, que, ante tal estado de situación, considerase yo como una inesperada bendición el irrecusable ofrecimiento laboral que me hiciera llegar entonces el melancólico aunque imprudente doctor Fausto. Me apersoné en su gabinete de estudio, al cual su ayudante Wagner me hizo pasar sin mayores dilaciones, y no tardé en formalizar mi situación por medio de un contrato temporal a prueba que fue solemnemente firmado con sangre por ambas partes. No fue menor el estupor de Fausto, que muy a mi pesar me recordaba más al sobrio Goethe que al ardiente Marlowe, al advertir que no era su alma lo que yo exigía en prenda de pago, mas no tardaron mis palabras en llevar quietud a su agitado océano de dudas: «Me pides el usufructo de mi poder, venerable anciano, y asómbrate descubrir que no hago de tu fatigado espíritu una mercancía que obre remunerativamente como contraprestación a mis inestimables servicios... ¿Es que acaso ignora tu vetusta ciencia el que el poder acucia el deseo, y que no es sino el deseo la esencia misma de los tormentos del Infierno? En tanto tú desees, tu alma ya me pertenece, y el Infierno no te es ajeno. Sólo aquel que ancla su navío en las dársenas del quietismo absoluto alcanza el Cielo, pero tal cosa te estará por siempre vedada en este mundo, pues hasta el anhelo de no desear es un deseo, y difícilmente puedas experimentarla tras éste si es que, en lugar de una estéril e incomprobable no-existencia, algún jirón de vida espiritual perdura tras la muerte». Mesándose meditativamente la luenga barba de la decrépita vejez, respondiome el filósofo: «Puesto que el Infierno es el único destino de la vida, nada pierdo al tomarte como dúctil cadete de mis proyectadas empresas. Sea pues lo que reste de mi viaje terreno el de un amigo de los placeres y de la belleza femenina, de los cuales, sempiternamente enfrascado en mis inútiles ciencias al par que abrumado por el insoportable peso de los más profundos saberes, no he tenido aún oportunidad de gozar». «Dichosa sería la existencia humana si, Tántalos para la belleza y el amor, los hombres muriesen con la garganta del placer reseca y vacío el estómago del hastío connubial; mas el espantable castigo que un Dios sin duda perverso ha impuesto sobre tu feble raza ha dictado que ni esas aguas ni esos alimentos se retirasen por siempre de vuestras bocas anhelantes, lo cual nunca ha redundado sino en vuestro propio daño, y en la multiplicación generacional de vuestros comunes deseos y miserias. Sin embargo, puesto que pretendes abandonar estas apacibles regiones tartáreas para elevarte al más inclemente de los infiernos, cumpliré tu voluntad.» Así diciendo, obré en Fausto el milagro de la juventud y del vigor, con lo cual su alma, segura de sí, no tardó en caer en la estólida esclavitud de una no vanamente esperanzada voluntad de vivir. Encaprichose con visitar una taberna y disfrutar allí por vez primera de la jovial compañía de algunos alegres paisanos, mas no fue mucho lo que tardó en abandonar el salón para hacer del divino Dionisos un hediondo charco sobre las baldosas de la acera, aureolado por algunos restos de comida que, bien se advertía, no habían sido digeridos del todo. A la noche siguiente, tras una jornada completa de sueño reparador, dirigiome las siguientes palabras: «Háblame por un instante con seriedad, chocarrero Mefistófeles, y dime si las riquezas, el poder y la soberanía, bienes tan solicitados por el común de los mortales, bastarían a hacerme dichoso». «No es pobre quien menos tiene, sino quien más necesita; y conocido es de todos que quien más tiene, al ser la vida inseparable del deseo, suele buscar el origen de esa eterna insatisfacción humana en la insuficiente cantidad de lo poseído, motivo por el cual su codicia cree que necesita acumular todavía más y suma así nuevas preocupaciones al febril y angustioso celo de no perder ni un céntimo de sus posesiones ya ganadas, todo lo cual hace de su vida una agonía que ninguna persona de costumbres sencillas y moderadas debería envidiar.» «Entonces, el demencial anhelo de los hombres por las baratijas del poder, en pos de las cuales se propinan tantos golpes y codazos entre sí, es sólo un engaño que los hace miserables en la lucha para sólo otorgar finalmente a los desdichados triunfadores, a modo de recompensa, más miseria aún.» «Y así sucede con todo: la vida del hombre no es más que un constante desear que lo llena de pesar y que, en el peor de los casos, lo lleva a alcanzar a la postre el objetivo de sus constantes desvelos para sólo revelarle, en esa desgarradora instancia, que la felicidad tampoco se hallaba allí. Feliz aquel que muere deseando en vano, viendo todas las cosas desde una enorme distancia que las embellece al ocultar sus innúmeras imperfecciones, y acunado de ese modo por hermosos e intangibles sueños.» «Mas respóndeme aún otra cosa, caro amigo: ¿es esta pasión por alcanzar los dorados aunque engañosos visos del poder, en la generalidad de los hombres, una manía solitaria e incomprensible del alma aturdida por los usos mundanos, o es más bien un oculto medio para llegar a un fin último y distinto, que no puede ser sino el de la mujer, fácilmente seducida por esas baratijas, y, con ella, el del placer, los cuales no son a su vez sino otros ocultos medios que nos llevan en realidad a la reproducción de la especie, sumo fin al cual la naturaleza cruentamente nos empuja?» «Hay ya más sabiduría en tu pregunta que la que podría yo ofrecerte en mi respuesta. Conténtate con saber que el poder y las riquezas no son los únicos medios para llegar a la mujer, sino, muy por el contrario, los peores, pues mediante ellos sólo se llega a las más superficiales, desenvueltas y vacuas de su género. Tu masculina apostura es digna de una femenil lozanía y de una modesta inocencia, y tus vastos conocimientos son merecedores del alto consorcio entre dos espíritus elevados. Deja al adinerado y al poderoso disfrutar de la grosera cortesana, y parte en busca del rubor juvenil y del agradable coloquio.» Así fue como, saliendo conmigo a recorrer su propia comarca, Fausto se prendó a primera vista, interrumpiendo súbitamente las epilépticas notas de la demencial marcha húngara de Berlioz que silbaba, de la piadosa Margarita. ¡Con qué fuegos no arderá aquel leño que, secado por el perpetuamente árido tiempo de una larga vida consagrada a la inconmovible erudición y a la metódica constancia del saber, recupera de pronto toda la vitalidad encerrada en su elemento al ser alcanzado por la súbita chispa de la pasión! Azotado por las recias tormentas del amor, Fausto experimentó la pronta pérdida de todo su reposo, abrumando por completo la extensa amplitud de sus días y de sus noches con su volcánica obsesión por Margarita, la cual, para empeorar la ya de por sí dramática situación, correspondía secretamente al doctor pero, a causa de ello mismo y de su inocente pureza, rehuía de él temblorosa y sólo le tributaba el cándido homenaje del más prístino pavor amoroso. En el colmo de la desesperación, desolado por los entendibles desdenes de una doncella aterrada, el enamorado no pudo evitar recurrir a mí en los siguientes términos: «¿Es que acaso no eres tú mi empleado, que tan impasiblemente me observas caer así a tierra, postrado bajo este impiadoso asalto de flechas de Eros ante el cual no hay ya escudo detrás del cual pueda mi atribulado corazón pertrecharse? Si tu voluntad aún conserva algo de poder sobre los elementos, pon ya mismo en ejecución algún ardid que pueda servirme de ayuda, dándome algún auxilio en esta fatídica hora de desgracia y de despecho». «Caído te veo, mas no sin fuerzas como para que se halle más allá de tus posibilidades el levantarte por ti mismo. Mucho tiempo tu alma ha respirado el polvo de los libros y se ha recreado en burbujeantes redomas y abstrusas fórmulas; incontables han sido las noches en que, con la industriosa mirada de un dios, te has consagrado a descubrir el secreto concierto de los astros y a meditar sus extrañas propiedades e influencias; con insólita frecuencia se han escuchado los tenues ecos del resonar de tus pasos en los marmóreos palacios de la moral filosofía; y no pocas han sido las dilatadas jornadas en las que los somnolientos ojos de la aurora se han sorprendido al encontrarte en vela, con la fatigada pluma aún empuñada en tu firme mano. No es, pues, de extrañar que tu tardía y repentina colisión con las encendidas llamas del amor obren en ti semejante efecto. En vano te he advertido sobre el Infierno del deseo; mas, ahora que has abandonado tu Tártaro científico para probar en carne propia los tormentos de mi reino, sólo puedo renovar ante ti mis previos consejos y sugerirte la salvación que podría proporcionarte un ágil y oportuno salto atrás: vuelve a la serenidad del conocimiento, explora con aventurado y resuelto espíritu los vastos terrenos del arte, aspira a alcanzar con tu ciencia el supremo laurel de la gloria inmortal, y da al olvido la loca pasión que te consume y que así te pone de rodillas ante los burlones ojos del universo cruel y pasmoso.» «¡Que el Infierno te confunda, maldito demonio! Ya no hay salto atrás que pueda salvarme de la constante imagen de ella, dulce visión que me acosaría en mis sueños, me perseguiría en mis estudios, y desviaría mis pensamientos de todos los libros y sistemas a los cuales infructuosamente intentase volcar mis fuerzas excitadas. Sólo la obtención de su belleza puede salvarme ahora de mi tormento, y sólo sus rojos y castos labios podrían sellar finalmente la urna de mi locura, restituyéndome a la paz que he perdido en un remoto tiempo cuyos más diáfanos vestigios han sido ya borrados para siempre de mi memoria por los huracanados vientos del deseo.» «Sin duda, lo eterno femenino te arrastra, como a todos, hacia abajo. Puesto que no está en mi mano salvarte de ti mismo, te empujaré al precipicio tal como me lo solicitan tus incoherentes palabras: de ese febril estado en el que te encuentras, sólo una dura caída sería capaz de despertarte.» Así, el amor entre Fausto y Margarita no tardó en consumarse. La relación de fuerzas entre ambos era sin duda muy despareja, y, por lo tanto, las consecuencias de ese acto resultaron catastróficas para ella, que terminó muriendo en un calabozo, junto al fruto de esa unión. El desconsuelo de mi exigente patrón no tuvo límites, por lo cual no fue ninguna sorpresa el que optase por enviarme de inmediato un telegrama de despido, endosado con sangre, dando así por terminada nuestra breve aunque intensa relación laboral. Al presentarme en su habitáculo para retirar mis pertenencias del casillero, no pude contener mi lengua y le espeté sin mayores preámbulos: «Mi único crimen, señor, ha sido obedecer sumisamente y con excesivo celo vuestras funestas insensateces. Nadie debería dejar de prestar oídos a un simple vasallo si éste es ni más ni menos que el propio Mefistófeles. No ha sido sino vuestra la culpa de todo lo acaecido, y, ya que no seré debidamente indemnizado como la ley lo estipula, aspiro al menos a ver un breve destello de arrepentimiento en vuestros ojos culpables». «Sobre mí ha de recaer, en efecto, amigo, todo el peso de una culpabilidad afrentosa. Los vastos volúmenes que han nutrido mi saber de poco me han servido a la hora de caminar con éxito y prudencia por el espinoso sendero de la vida; he llevado la tragedia al seno de la inocencia, y una sepultura, que hoy se abre bajo un límpido cielo azul pletórico de alegres brisas primaverales, señala a mi monstruoso corazón y a mi mano involuntariamente homicida con todo el negro horror de las endiabladas criptas subterráneas de mil avernos. Suyo es el reposo celestial que se destina a los puros de corazón, pero mío es el inexorable suplicio del criminal que es consciente de las irreparables abominaciones que su imperdonable conducta ha perpetrado y del inconsolable dolor a que sus actos han dado lugar. Prescindo de tus servicios porque únicamente la soledad puede ahora servirme de bálsamo, y porque sólo el fugaz quietismo que proporciona la abstraída concentración en el arte y la ciencia puede alejar de mis pensamientos, siquiera por breves e insuficientes instantes, la marchita imagen de aquella que ya no respira. Me he ganado un Infierno mucho mayor que todos aquellos que mi andar había hasta ahora atravesado, y consideraría indigno de mí el pretender ser perdonado y salvado por los poderes del Cielo y por plañideros coros de ángeles. Adiós, amigo: puesto que estoy decidido a afrontar, sin eludir ninguno de ellos, todos los castigos asignados conforme a la ley divina a mi odioso  crimen, nos reencontraremos a la brevedad en tus lóbregos dominios inferiores, en los cuales me tendrás finalmente tú a mí por obediente vasallo.» «Mucho me conmueve tu valiente y aristocrática entereza de ánimo, doliente filósofo, y no estaría mi obrar acorde con la excelsa nobleza de mi estirpe inmemorial si yo aceptase oír los ayes de alguien como tú en mis negros antros de tormento. Que entre los hombres, pues, tu espíritu permanezca para siempre, como un hálito invisible que guíe hacia la grandeza a los más perceptivos y aptos de tu raza, mas también como una rigurosa admonición para todos aquellos que abandonen su recta senda para transitar por los abruptos y sinuosos desfiladeros de una errante parvedad. Te saludo, pensador afligido; que lo eterno creativo lleve algo de reposo a tu espíritu conturbado.» Así diciendo, abandoné la morada de aquel hombre y vagué por los bosques más sombríos de Europa durante varios cientos de años, meditando profundamente en lo que acababa de suceder. Mas ahora, que he consignado en mi diario la notable historia del doctor Fausto, siento que el extraño frío de una misteriosa sospecha recorre mi alma espantada: ¿es que acaso no hemos sido él y yo una misma persona?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8535966973817880639?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/07/azotado-por-fausticas-tormentas.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8535966973817880639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8535966973817880639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/07/azotado-por-fausticas-tormentas.html' title='Azotado por fáusticas tormentas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SlGRNWsnAsI/AAAAAAAAANw/jpxAWtWQ8r0/s72-c/aug-v-kreling-1818-1876-faust2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-6879465628016096144</id><published>2009-06-17T17:58:00.000-03:00</published><updated>2009-10-06T12:48:00.869-03:00</updated><title type='text'>El demonio de la redención</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SomuKWJAb0I/AAAAAAAAAOo/vty_Py_c-kc/s1600-h/fgf.JPG"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 209px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SomuKWJAb0I/AAAAAAAAAOo/vty_Py_c-kc/s320/fgf.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5371015523381309250" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Si no fuese porque jamás en mi vida me lo he preguntado, daría comienzo a esta nueva estrofa, que ya alborea entre los amenazantes estridores de la locura, asegurando que no es sino muy a menudo que la pesada caravana de mis reflexiones detiene su infatigable periplo a través de estos estériles desiertos para abrevar, largamente, en las profundas aguas de la duda al ser acuciada por la intolerable sed que le produce el interrogante de si este diario contará aún con algún lector y si, en caso de ser afirmativa la respuesta, se podrá dar por descontado el que los laberintos de enigmáticas aunque espantosas palabras en el cual sus ojos se extravían hasta marearse dejan luego en su perplejo cerebro, además de odio, incomprensión y miedo, algún tipo de marca intelectiva que el erudito promedio podría llegar a catalogar sin mayores miramientos como de índole positivamente fructífera y duradera. Si este fuera el caso, cosa que no creo ni espero, sin duda ese abrumado lector, que acude religiosamente a estas páginas venenosas por mero amor inconsciente al encomiable acto del suicidio, recordará que, entre mis primeros cantos, de desafinada lira e inseguro pulso, hice somera mención a mi extraña venida a este mundo con el propósito no de condenar almas, como sería lo esperable en un demonio, sino de redimirlas y salvarlas. Sí, lo digo sin ruborizarme ni bajar la mirada: una vez vine a este mundo para enseñar a los hombres a amar y a ganarse el perdón de los cielos. Por eso, oh infecto y despreciable lector, deja ya de fingir estúpido asombro y adéntrate sin más, si bien con paso titubeante y respetuoso, en los misterios de lo que tengo para referirte respecto de ese oscuro episodio de mi anquilosada necrografía (empleo esta palabra pues ya no me atrevo a llamar biografía a la historia de alguien que, indudablemente, está muerto desde hace tiempo). Hallábame cierto día meditando maldades y madurando planes de odio y de conquista en mi trono de restos óseos y de sangre, cuando uno de mis subalternos infernales se me acercó con un parte informativo que trataba en detalle una preocupante situación: el alarmante crecimiento demográfico de pecadores había dejado al Tártaro en un estado de virtual superpoblación que amenazaba con hacer colapsar pronto las vetustas estructuras del reino. Salí de inmediato a recorrer mis vastos dominios, escoltado por todo mi gabinete, y no pude dar crédito a lo que veían mis atónitos ojos: mis estrategias políticas habían resultado tan exitosas, que todos los espacios de mi morada se veían congestionados por un apiñamiento sin precedentes, el cual, para peor, amenazaba con seguir aumentando consuetudinariamente como no fuese que efectuara yo un brusco giro de timón con premura y acierto. Tras bramar un rato frente a mis ministros por no haberme, conforme al talante timorato y complaciente que los tiranos engendramos a nuestro alrededor, advertido a tiempo sobre los riesgos prácticos que entrañaban mis medidas cortoplacistas, cuya inicial efectividad se revelaba ahora como de consecuencias catastróficas, y por haber dejado crecer esa bomba de tiempo hasta tal punto sin anoticiarme debidamente de lo que sucedía fuera, pasé revista a los dramáticos índices e informes que las distintas entidades de control y estadísticas me hacían llegar: el Infierno estaba al borde del colapso absoluto, y especialmente complicados eran los puntos tocantes a redes cloacales, hacinamiento, hambrunas, atención sanitaria, viviendas precarias y desocupación. Los condenados eran tantos, que hasta habían tenido lugar severos amotinamientos en los que mis esbirros, en increíble desventaja numérica, habían llevado la peor parte. Incluso, llenábame de preocupación la insólita aparición de incipientes partidos democráticos que manifestaban la absurda intención de plebiscitar mi mando o, peor aún, de hacerme enfrentar en elecciones abiertas a algún candidato humano, de tan demagógicas arengas cuan escasas luces, ante el cual mis chances no podrían sino ser perdidosas, pues ¿acaso podría ganarle Cicerón una elección a un mandril en la Ciudad de los Monos? Para decirlo en breves palabras: el Averno estaba repleto, se había transformado en un verdadero caldero, y no había lugar para una sola alma más, a lo que se sumaba el que, por un tecnicismo legal en la letra chica de mis títulos de propiedad, me era imposible agrandarlo comprando espacios adyacentes. Eso fue lo que, mientras mis cancilleres salían presurosos a buscar una solución iniciando una mesa de negociaciones con los embajadores celestes, me resolvió a volar raudo a la Tierra con el preventivo fin de salvar siquiera provisoriamente a los hombres, indicándoles la recta senda y moviéndolos a tomarla, antes de que las cosas en mis dominios se pusiesen verdaderamente feas y se saliesen de control. No achacaré ahora exclusivamente la desalentadora infructuosidad de mis vanos esfuerzos ni al carácter de súbito e improvisado que mi viaje tuvo, ni a la extrema necesidad de ubicuidad que me obligaba a atender mi propósito redentor sin dejar de, al mismo tiempo, desgastarme en el monitoreo de los constantes telegramas que daban cuenta de la problemática situación en el Infierno y de los magros resultados que iban arrojando las complicadas rondas de diálogo en el Cielo, distrayendo así de su objetivo primario a una mente llena de preocupaciones y reclamada de continuo por esas otras instancias. No: el humano estaba ya en un estado de decadencia colosal e irreparable, y mis grandes dotes de orador de poco servían frente a una multitudinaria bestia que se había enamorado tanto de su propia animalidad y de su temperamento débil y vicioso. Costaba a mi elocuencia abrirse paso hasta el otrora tierno y sencillo corazón del hombre, cuyas puertas habían sido blindadas y aseguradas bajo los siete herrumbrosos candados de la crueldad y del hedonismo carnal, y del mismo modo, cada vez que intentaba predicar con el ejemplo, no obtenía como resultado más que las sonoras risotadas y chanzas de la idiocia generalizada. Me puse a edificar afanosamente, pues, templos e iglesias en tan populosos como equidistantes puntos del orbe, pero no tardó hasta el último de ellos en ser derribado por la furiosa sinrazón de un mundo que, espoleado por los sonrientes medios masivos y la frivolidad, los veía como odiosos obstáculos para el desenfreno de los sentidos en el que parecía encontrarse a sus toscas miradas el único solaz posible en este mundo; me consagré entonces a la sofisticada elaboración de perfectas y maravillosas utopías, en las que unas tan injustas como absurdas condiciones de igualdad social obrarían el repentino milagro de transformar a los caóticos y brutales hombres en hermosos seres de amor y de conocimiento, pero el resultado no fue sino opresión, matanza y estrago, como después de todo era previsible dado que la base de esos sistemas tan promisorios cuan falaces se fundaba en la maniquea moral de esclavo y en la más vil y materialista de las envidias; opté por los tortuosos senderos de la filosofía, pero fui oído de tan pocos que hasta las burlas que recibiera por parte de la plebe Zarathustra me parecieron deseables y benditas; hablé de amor en medio de las orgías, mencioné la solidaridad en medio del festín y la rapiña, ofrecí mi otra mejilla en medio de las más encarnizadas guerras callejeras, enarbolé la bandera de la paz bajo las ciegas orugas de los tanques de las naciones belicosas, encomié la creación y el arte ante el marginal que mataba por unas monedas para adquirir estupefacientes y narcóticos, recordé la misericordia del Señor al sacerdote vicioso que se obstinaba en mancillar sus hábitos, expliqué la existencia de algo llamado dignidad humana en la voluptuosa mesa de la hipócrita política, y de todas partes fui expulsado como un leproso o un aguafiestas, con el esputo del oprobio manchando mi pálida frente y el puñetazo de la insolencia amoratando mi ojo contrito. ¡Nadie atinaba a imaginar que era un demonio aquel que, sin suerte, intentaba salvar y mejorar a los hombres! No queriendo condescender a la poderosa idea de bajar definitivamente los brazos, mi mente industriosa concibió al fin la ingeniosa y salvadora estratagema de aumentar la tasa de mortandad infantil a fin de que, antes de llegar a convertirse en consumados pecadores, los humanos evitasen mi reino y fuesen a poblar el limbo al que los infantes son destinados; a tal efecto, enseñé al capitalismo a financiar los movimientos abortistas de los tan soberbios cuan ignorantes militantes anti-capitalistas, títeres perfectos, pero tal medida sólo podía rendir sus dividendos en un futuro muy lejano, mientras que la problemática del Averno, que los últimos partes me aseguraban que era ya una olla a presión en la que el descontento de las almas apretujadas amenazaba con terminar de un momento a otro en un verdadero estallido social, exigía de manera acuciante una resolución inmediata. Presa de la desesperación, quise hacer oír mi voz en todo el mundo, gritar tan fuerte que todos los recovecos del orbe se llenasen y estremeciesen con los ecos reverberantes de una súplica atronadora, pero no pude evitar caer de rodillas, tembloroso, ya sin fuerzas, sabiendo que la humanidad no querría oírme y que, como Cronos al ser derrotado por su hijo Zeus, también yo había sido finalmente aplastado por mi propio vástago, el Pecado. Sólo una cosa me quedaba por hacer, y era ponerme yo mismo al frente de las negociaciones en las graves salas marmóreas del Paraíso. Solicité pues audiencia con los poderes celestes, petición que fue escuchada. En un ambiente de suma tensión y crispación, en el que las chicanas y las posiciones irreductibles estaban a la orden del día, llevé adelante con diplomacia al par que con firmeza los durísimos diálogos con lo más granado de las autoridades divinas, hasta que finalmente obtuve, por medio de efectistas amenazas de huelgas y piquetes, la concesión de inmensos terrenos del Érebo que bastarían a descomprimir definitivamente la situación de las planicies estigias. Desde ese momento, ensanchados de manera  inconmensurable los límites de mi imperio, y aplacados finalmente en las masas de sombras el descontento popular y los estúpidos deseos de democratizar el Averno, pude dejar de lado mi asaz estéril oficio de demonio redentor y permitir nuevamente a la humanidad acrecer su número negligentemente y pecar sin remordimiento alguno cuanto hubiésele de antojarse, pues están más que fundados los complejos cálculos que aseguran que siempre sobrará espacio en el Hades, no sólo para dar albergue a incontables milenios de generaciones humanas, sino incluso para correr maratones, salir de caza, practicar sky acuático en las sulfurosas lagunas de fuego y disfrutar de todas las numerosas torturas, actividades de infausto esparcimiento y recreaciones dolorosas que se ofrecen en el delicioso spa de mis vastísimas heredades infernales. Entrad, pues, rebaños de insectos, a mi reino; y tened por cierto que si no fuese porque, a causa de mi fóbico odio a los sitios populosos, hace tiempo que me retiré de él, yo mismo os daría la bienvenida a todos en las grises márgenes del Aqueronte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-6879465628016096144?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/08/el-demonio-de-la-redencion_17.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6879465628016096144'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6879465628016096144'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/08/el-demonio-de-la-redencion_17.html' title='El demonio de la redención'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SomuKWJAb0I/AAAAAAAAAOo/vty_Py_c-kc/s72-c/fgf.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2292990038510644729</id><published>2009-05-26T16:57:00.018-03:00</published><updated>2010-09-05T22:30:54.808-03:00</updated><title type='text'>Bendiciones satánicas</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&amp;nbsp;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TIREQMhr22I/AAAAAAAAAaA/NsoCmEPvdZg/s1600/kittelsen-sorgen.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TIREQMhr22I/AAAAAAAAAaA/NsoCmEPvdZg/s320/kittelsen-sorgen.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;La lluvia cae de manera colosalmente estrepitosa, entre poderosas ráfagas de frío viento y de granizo, sobre estas tierras en penumbra, azotando a los mudos árboles de desnudas ramas y llenando de pavor las pequeñas almas de los hombres, que eligen, atávicamente, permanecer acurrucados en el benigno calor de sus maternales hogares, dejando así libres y desoladas las calles para que, abandonando por unas pocas horas nocturnas mi negra torre, pueda transitarlas al fin tranquilamente yo sin necesidad de cubrir mis facciones deformes entre los pliegues y sombras de una negra capucha. Es que amo salir a caminar sin rumbo fijo, solitario y pensativo, por las lúgubres y húmedas callejas que circundan laberínticamente los estrechos barrotes de mi celda cotidiana, pero, dado que la presencia del hombre es un obstáculo para ello, pues mis ojos ansían contemplar la belleza y no la mediocridad y la estulticia, sólo puedo satisfacer tal inclinación en las altas horas de las más gélidas noches de invierno, o bajo el ceñudo rostro de las más iracundas tormentas otoñales. Duras son para mí las calurosas noches del estío, en las que las cucarachas se multiplican en las alacenas, y así lo hace el humano en las calles y en las plazas. Pero hoy la hórrida y fragorosa tempestad me invita a solazarme en el saludable ejercicio de la caminata, y es así que salgo gozoso de mi guarida a fin de hollar las calles vacías de presencia humana buscando ávidamente, ya que no me es posible en estos días viajar al bosque, el mar o la montaña, algo de belleza, algo de poesía, algo de grandeza en medio de las infinitas fealdades metropolitanas. Y es que todas las cosas producidas por la sociedad y la civilización son sin lugar a dudas desagradables e imperfectas, de lo cual resulta natural el que ningún cerebro jamás, salvo quizás al ser víctima de la fiebre, se atreva a buscar objetos de valor estético en medio de una ciudad, ciudad por la cual millares de hombres y mujeres ordinarios transitan a diario, indiferentes, sin posar jamás sus ojos en nada que sea ajeno a los móviles de su voluntad más inmediata, y sin detener jamás la mirada en ningún fenómeno a fin de estimarlo de manera contemplativa, bajo las deslumbrantes luces de una objetividad pura. Sin embargo, heme aquí a mí, con los ojos agobiados y enrojecidos por la eterna furia que me corroe y por las largas noches de insomnio en las que la locura, sentada a la cabecera de mi lecho, me grita blasfemias al oído incesantemente, recorriendo esas mismas calles, con pasos soñadores, y encontrando, por donde quiera que no se vean ni el rostro ni la mano del hombre, objetos dignos de mi bendición, de la bendición de un pecho que sólo ha nacido para maldecir, y que no otra cosa ha aprendido aún. Por ejemplo tú, viejo ciprés, que te elevas enhiesto, con tus sombríos colores, por sobre la efímera humanidad que te ignora; que a nadie das sombra, pues nadie aquí la precisa; que ves a las generaciones humanas sucederse unas a otras con las estaciones, pero que permaneces siempre igual y tú mismo; inmóvil en ese jardín mientras el piojo humano se afana sin cesar de acá para allá a fin de cumplir con el mandato divino de comer, reproducirse y al polvo retornar; dando cobijo a las aves que el hombre no escucha porque sus agudos cantos son mucho más melodiosos que los del reloj despertador, los reproches de la esposa y la alarma del auto; reposando en el negro silencio de la sabiduría en medio del perpetuo bullicio de la frívola vulgaridad humana, que más habla cuanto menos para decir tiene; orgulloso y gallardo como tus ancestros entre los cada vez más vastos pero más débiles oleajes de hombres cuya decadencia parece no tener ni piso ni retorno; ¡bendito seas, ciprés, pues algún día volverán a reinar en estas tierras los bosques como antaño! Y tú, poco agraciado semáforo, no puedo, aunque eres hijo del hombre, mirarte sino con simpatía, pues tú me recuerdas a aquellos uniformados que fueron olvidados tras dar su vida por su patria o encarcelados por defenderla de sus enemigos; tú también, como ellos, velas por la seguridad de los transeúntes, mas de nadie obtienes las gracias; insomne en tu vigilia perpetua, siempre con alguno de tus ojos abiertos en señal admonitoria, cual faro para terrestres navíos, iluminas infatigable el sendero de la prudencia, dictando las inquebrantables leyes del tránsito ordenado con tu seria mirada, y sin embargo, por tan grandes servicios prestados a la estúpida comunidad humana, nadie, semáforo, nadie te estima, y nadie suspira por ti, sino que, muy por el contrario, todos se afanan antes por burlarte o por descargar contigo sus quebrantados afanes de rebeldía juvenil, maldiciéndote, ofuscándose y avasallándote; ¡bendito seas, semáforo, pues algún día retribuirás con la muerte a quienes así osan desobedecerte y atropellarte! ¿Y qué diré de ti, noble alcantarilla por la cual la pertinaz lluvia se escurre?; oscuro reducto de la enfermedad y de la rata, los hombres intentan vengarse de ti y del miedo que les infundes cubriéndote de basura, basura que sólo engendra las condiciones propicias para que les devuelvas a cambio más miedo, más ratas y más enfermedades; arcana figura de belleza histórica, conocida en la antigüedad y en las más remotas naciones, nadie sabe cuáles son los secretos que tú escondes, intercomunicada con tus más distantes hermanas de todo el orbe, mas tus conocimientos deben de ser ya sin duda mayores que los del más sabio de los mortales, y sin embargo nadie quiere escucharte, mientras permaneces, solitaria, recibiendo una y otra vez mugre y porquerías de parte de niños y de hombres, hasta que te transformas en el perfecto símil de un filósofo, que esconde saberes profundos y subterráneos en medio de una superficial sociedad que lo vitupera y que lo mata de hambre, hundiéndolo en la miseria, mientras celebra y enriquece a los payasos portadores de micrófono; tú, alcantarilla en cuya garganta las aguas de sumidero que por ti corren generan una límpida voz de barítono a la que sólo yo hago caso; tú que escondes presurosa el arma del homicida y la prueba del delito, compadecida de los criminales; tú que has enjugado tanto el vómito del borracho como la sangre del pandillero abatido; tú que conoces los más sórdidos secretos del hombre, pero que no los revelas pues no eres chismosa; tú cuyo canto de sirena me ha hechizado en tantos atardeceres de otoño, mientras de ti se elevaban volutas de humo semejantes a melancólicos fantasmas que, envueltos en sus blancos sudarios, huían velozmente, oprimidos por un dolor insoportable, de este mundo aciago; tú que callas, tú que observas, tú que meditas, tú que extiendes perpetuamente tus vastos tentáculos; ¡bendita seas, alcantarilla, pues algún día abrirás la boca y humillarás del primer hasta el último humano! Y ya a mis ojos acudís vosotros, adoquines que empedráis la calle; eternamente murmurando por el dolor de soportar el peso del progreso sobre vuestras contracturadas espaldas, nadie puede oír vuestras voces quejumbrosas, salvo cada tanto un perro que, asustado por ese misterioso e incomprensible rumor que llega a su agudo sentido auditivo en medio de la noche cerrada, comienza a aullar desesperado y tortura hasta el amanecer a un número incalculable de vecinos, más enojados con el perro plañidero que con el estúpido dueño que no lo calla; por la titánica tarea de sostener sobre vuestros hombros los pasos de la humanidad apresurada, se os paga con el calor de las colillas de cigarro y con la humedad del esputo repugnante, y, cual si fueras para el hombre un reflejo de su propia raza, si alguno de vosotros decide sobresalir, asomando apenas la cabeza por sobre la medianía general, no tarda la violencia de una aplastante maza en restituirlo a su original y mediocre posición, castigando con ese rudo golpe la insultante insolencia del talento individual; y también yo os piso, pequeña raza de gnomos laboriosos, pero, puesto que siempre camino con la cabeza gacha, no podréis negar que, con mi mirada melancólica, os brindo una y otra vez el sincero agradecimiento de quien sabe que se sirve de vosotros para andar; nobles y valerosos descendientes de Atlas, siempre obedientes a la ley de gravedad que os impone tan arduo trabajo, yo os admiro por vuestra irreprochable constancia y por vuestra capacidad para, a pesar de vuestra vida infortunada, permanecer siempre mudos y resignados, taciturnos y serenos, oprimidos mas carentes de todo resentimiento; ¡benditos seáis, adoquines, pues algún día el hombre desaparecerá y podréis al fin respirar aliviados! He aquí un teléfono, el artefacto más odioso del mundo hasta la aparición del celular; yo no puedo cantar tu belleza, oh aparato que detesto, pues no la tienes, pero sí celebraré el buen gusto que muestras en tus ricos adornos, esos incontables microbios invisibles con los que te enjoyas y engalanas, y que hacen que el hombre, enamorado de ti, corra pronto a imponer sobre tu figura sus ávidas manos, que se llevarán muchas de tus perlas y diamantes virales, pero no sin depositar a cambio un número suficiente de zafiros y ópalos patógenos para quien llegue detrás; transportador de voces y portador de contagio, que transmites charlas superficiales y sin sustancia al par que un interesante muestrario de gérmenes que, aunque sólo levemente dañosos, hacen al menos comprender al humano, en su lecho de convalecencia, que no es su estado más que el de un microbio atacado por sus hermanos menores, conocimiento frente al cual corre pronto a refugiarse bajo las matriarcales faldas de Dios, aquel sublime embustero que enfervoriza desde antiguo al hombre haciéndole creer que su vida tiene sentido y que él, y no otro, es el objeto de la Creación; tú que has seducido a muchos locuaces y que, tras besar sus labios con tu inmunda prole, los has sumido en las eternidades del silencio; tú que das la limosna de una nueva bacteria a quien quiera que te la solicite, tú que haces el bien sin mirar a quién y el mal sin mirar a cuál, ladrón compulsivo de monedas que te ríes jocosamente de los golpes que te propina el estafado furioso, siempre roto en la emergencia y siempre sano en la frivolidad, amigo de la chusma y enemigo del herido; ¡bendito seas, teléfono público, pues algún día tu maldad silenciosa y artera será lamentada por quienes te creen su amigo! ¡Humildes objetos, ignorados por el vulgo: yo sí que puedo encontrar las ocultas bellezas que existen en vosotros, aun cuando preferiría que esta ciudad no existiese y que ante mí se extendiesen ahora los verdes campos! Y también encuentro belleza en ti, coqueta y renuente veleta balanceada por el viento, que a todo aquel que te mira vuelves, orgullosa, la espalda; inconstante como la fémina voluptuosa, tú tienes más gracia que ella en tus desdenes, y sólo por las ráfagas y las brisas te dejas acariciar; el hombre no te mira ni te oye, pero tú aún le hablas, le adviertes sobre las direcciones de los vientos y le anoticias de los climas que se avecinan, pese a lo cual él prefiere confiar en el parte meteorológico de los medios y, así, se enfunda en abrigados chalecos durante los días calurosos y tiembla desnudo bajo el agua helada en los días de tormenta; también tus formas son bellas, oh hermosa novia de las ventiscas, siempre despidiéndote de tu amado con la mirada, pues a veces el antiguo artesano, que hoy padece hambre pues su noble arte ha sido olvidado por los hombres, ha impreso en ti la forma de un gallo, o de una flecha, o de un navío, o de una bruja, o de algún símbolo solar o religioso, y yo me quedo absorto contemplándote y pensando en las habilidades de quien te forjó, y lloro al advertir cómo la modernidad ha asesinado con tanta saña el sencillo espíritu de los nobles trabajadores; ¡bendita seas, veleta, pues algún día señalarás hacia dónde han huido los sueños de los hombres! Mas ¿qué es lo que ven mis ojos? Una daga yace en medio de la calle, perdida acaso por algún malhechor en medio de una fuga desesperada, o abandonada adrede por la imprudente jactancia de un criminal consumado, deseoso de burlarse, con su impunidad, de las perplejas fuerzas del orden; la belleza de su brillo asesino no precisa de mi elocuencia para ser cantada, pues ella misma es su propio canto y alabanza; objeto temido por el hombre, aunque acariciado por el amante sin esperanzas que, vencido por el inigualable vía crucis de los desdenes y los celos, ansía poner fin a sus cuitas con el frío beso del acero, ya que no con el de su aún más fría amada; recordado insistentemente también por el poeta en el hondo pozo de sus miserias personales, mientras siente que se debate en vano, mirando al cielorraso, sobre un vasto charco formado por su propia sangre, y anhela así combatir sus dolores espirituales con el más concreto dolor de la carne; compañero siempre fiel del homicida, cómplice seguro del experimentado atracador, esperanza del mendigo solitario, tú que llave eres para los portales que nos encierran en este mundo de dolor; ¡bendito seas, puñal benigno, pues algún día tú aliviarás el pesar de un alma! No por otra cosa te he introducido ahora en mi bolsillo, en esta noche de tormentas despiadadas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2292990038510644729?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/05/bendiciones-satanicas.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2292990038510644729'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2292990038510644729'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/05/bendiciones-satanicas.html' title='Bendiciones satánicas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/TIREQMhr22I/AAAAAAAAAaA/NsoCmEPvdZg/s72-c/kittelsen-sorgen.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-4701179791770146190</id><published>2009-05-15T17:40:00.017-03:00</published><updated>2009-07-12T00:16:46.307-03:00</updated><title type='text'>En el monasterio del dolor</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg3Tg2aD_eI/AAAAAAAAANI/J198PP91C4A/s1600-h/lessing+-+klosterhof+im+schnee.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 262px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg3Tg2aD_eI/AAAAAAAAANI/J198PP91C4A/s320/lessing+-+klosterhof+im+schnee.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5336153694818008546" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;Todo es sagrado aquí dentro, pese a que no haya más que sangre y mutilados cuerpos en avanzado estado de descomposición. No se venera en la iglesia de mi alma otro dios que el de la muerte, ni puede descubrirse en mis ojos devoción alguna que no sea la devoción por el dolor. Pero ¿es que acaso me ha sido designada por el destino otra cosa sino dolor desde aquella aciaga caída acaecida en tiempos que mi mente, al hojear apresuradamente las amarillentas y carcomidas páginas del libro de la memoria, no se atreve a frecuentar? No, ni lo será jamás; y aclaro que digo esto sin desconocer en lo absoluto que ningún pesimismo es sincero, pues casi siempre se trata de un simple mecanismo de defensa contra las agonías de la esperanza al que nos abandonamos los que consideramos, tras un sereno instante de meditación con los ojos clavados en la decrepitud estelar del cielo nocturno, que ya hemos sufrido demasiado. Así pues, puedo confesar, sin temor a ofender a nadie, que, de todos los males desatados por la infame Pandora, no ha existido jamás sobre la tierra ninguno peor que aquel que, con tanta malicia cuanta pereza, se quedó dormitando en el interior de la caja que ella abrió. ¡Aléjate de mí, estúpida Esperanza, que arropas en las cálidas mantas del humilde consuelo a los hombres sencillos que no hacen excesivo uso de su cerebro, pero que eres veneno y espada en el brioso y piafante corazón de los espíritus pasionales y malditos de aquellos cuya vida no es sino un constante y estéril desear! Te lo diré con palabras directas y contundentes: no te soporto, amiga, no te soporto. ¿Es que nunca habrás de dejarme solo, satisfecho en este lóbrego monasterio de dolor del que ya no deseo salir jamás? Quizás los demonios estemos en este mundo sólo para sufrir y para transformar ese sufrimiento en arte, arte que servirá de consuelo a todos los demonios que en un incierto futuro nos sucederán y que heredarán, conforme a la más férrea ley testamentaria, hasta la última parcela de nuestros vastos dominios de locura y de pesar. Pero, sea así o no, ¿por qué diablos debo soportar tus reconvenciones, y observar esos coloridos aunque engañosos tules que haces ondear neblinosos ante mí? No es como tú crees, lo niego y lo vuelvo a negar: no endioso mi dolor, envidiando a todo el resto del género humano y a su tosca felicidad animal. ¿Es que acaso ignoras que el que más sufre es, gracias al delicado refinamiento al que el pesar somete a su cerebro y sensaciones, también el que más goza, del mismo modo en que los ojos del hombre que vive en perpetuas tinieblas subterráneas son los más sensibles luego al menor atisbo de luz? Déjame en mi templo soledoso, y no me ofrezcas vacuas imágenes de brisas solares y afectuosas que desdeño ni me tientes con pueriles señuelos hacia vulgares satisfacciones que, aun cuando el transplante fuese llevado a cabo por los más eminentes cirujanos del orbe, mi organismo rechazaría con tanto asco como orgullo y dignidad. Así está mejor, veo que te empiezas a alejar de mí del mismo modo en que una doncella locamente enamorada de un guerrero retrocede espantada al verlo acercarse resueltamente y sin preámbulos hacia sus labios temblorosos. Pero no, tus haces de luz vuelven a invadir el reposado retiro de estas bóvedas solemnes, de este solitario y ruinoso monasterio en el que mi alma ha decidido habitar por siempre. Pues bien, me has hecho ponerme de pie, mientras aprieto contra mi paladar las amargas uvas de la furia. Si queda aún algún lector para este diario de blasfemia y de locura, lo tomo como impertérrito testigo de que he intentado primero alejarla por las buenas. O mejor no: no necesito testigos; si un juez me cita a los estrados, llevaré como abogado defensor a mi tridente y dejaré la causa prontamente acéfala, qué tanto. Así pues, volvamos a ti, sirena del deseo, hechicera de la voluntad, babosa Esperanza, bendita por los débiles hombres y maldita por mi lengua soberana. Te crees muy fuerte, y puedo admitir que hasta cierto punto lo eres: has aplastado bajo las titánicas ruedas de tu carro a generaciones enteras de humanos, a éstos porque tenían la esperanza de un paraíso, a aquéllos por la de riqueza, a cual otro por la de una amada, a millones por la de sociedades utópicas que sólo generaron carnicerías y matanzas. Sí, eres fuerte, como la virgen Brunilda de Islandia, pero no tanto como para vértelas conmigo, y menos si opto por el no muy caballeroso ardid de violarte para privarte así de las mágicas fuerzas propias de tu doncellez. Pero no lo haré, no abusaré de semejante ventaja, sino que nos mediremos en igualdad de condiciones. ¡Oh, Esperanza, tú que tanto me has ultrajado mostrándome siempre falaces visiones en las que me sumergía inocentemente, hasta empapar en sus cristalinas aguas mis rizos dorados, sin advertir que tal acción no podía resultar sino dañosa de mí mismo: es hora de que pagues la abultada cuenta de todo el mal que me has propinado y que abandones mis caminos para siempre, llevándote contigo a tus deformes secuaces el Miedo, la Ansiedad y el Desengaño! Ya te he tomado por las muñecas, y poco lograrás debatiéndote de ese modo. Eres valerosa y no careces de fuerzas, lo reconozco, pero mi furor es divino esta noche, y ni el mismo Caos podría atreverse a desafiarme impunemente hoy. No estoy actuando, bien puedes admitirlo sin sonrojarte, de modo excesivamente brutal atendiendo a que eres una dama, pero no por ello mi firmeza habrá de declinar un ápice. Ya lo ves: no ha sido sino galante y señorial el modo en el que te he sometido. En fin, ¿lo diré? Sea: siento un enorme dolor en mi corazón por lo que me apronto a hacer, y es que si alguien cree que el asesinato, ese vicio cuya ejecución se ha vuelto, a lo largo de mi existencia, más incontable que los infinitos granos de arena que reposan en una playa y más numeroso que las infinitas estrellas que alumbran en la noche, me produce placer, debo decirle que se equivoca: matar me hace sufrir, pero ¿existe mayor voluptuosidad que la de ese singular dolor? De modo que ya notarás sin duda que tus alaridos son vanos, amiga, y que nadie podrá venir a rescatarte de este altar de sacrificio al que te he atado: no estamos en una mentirosa película o serie norteamericana, esto es la vida real. ¡Ah, Esperanza!, ¿es que acaso eres víctima de tus propios engaños? ¿Es que entonces también tú darás ahora la bienvenida a mi impía acción? Lo dudo. No podrás negar, empero, que la daga con la que pienso arrebatarte la vida es elegante, fina y graciosa; deberías considerar como el mayor de los honores el tenerme a mí por tu asesino, y a tal instrumento de muerte por artífice del fin de tus días. Mira esta lágrima que resbala por mi mejilla: no la agradezcas, Esperanza, es sólo que también yo, que te odio, te habré de extrañar algún día; pero alguien tiene que librar al mundo de tu horrenda sombra, asqueroso pulpo deiforme de divino visaje. He aquí tu sangre, cuyo grito asciende al cielo y hace llorar a los sabios ángeles. Sus voces desgarradas llegan a mí: «¡Monstruo insensato, víbora cainita!, ¿qué has hecho, qué te has atrevido a realizar?». He hecho un bien, un bien que ningún hombre sobre la tierra me agradecerá jamás; agitad vuestras alas plumosas, pajarracos del Señor, y corred a decirle que he sido yo el infame. ¡Pero basta! El mundo comienza a temblar bajo mis piernas orgullosas, sacudido por el estremecimiento de una humanidad aterrada entre la que comienzan a proliferar los lamentables estragos del suicidio y de la demencia precoz, mas yo, con una mirada impasible, me limito a cerrar serenamente los adustos portales de mi austero monasterio, y me adentro al fin para siempre, con pasos altivos, en el húmedo y sórdido entretejido de sus sombras perpetuas. He renunciado a la Esperanza, y, con ella, he renunciado a sufrir entre convulsiones y espasmos: ahora podré sufrir en relativa e indiferente paz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-4701179791770146190?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/05/en-el-monasterio-del-dolor.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/4701179791770146190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/4701179791770146190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/05/en-el-monasterio-del-dolor.html' title='En el monasterio del dolor'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg3Tg2aD_eI/AAAAAAAAANI/J198PP91C4A/s72-c/lessing+-+klosterhof+im+schnee.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2688425380090425005</id><published>2009-04-20T01:00:00.015-03:00</published><updated>2009-05-28T02:20:50.317-03:00</updated><title type='text'>El suicidio de las centurias</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sev1Mey9HcI/AAAAAAAAANA/cGEwXvyoKLw/s1600-h/friedrich.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 226px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sev1Mey9HcI/AAAAAAAAANA/cGEwXvyoKLw/s320/friedrich.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326620579069763010" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Bajo una gélida luna que parecía observarme con rostro acongojado desde más allá del universo, encaminábame yo, abriéndome paso como una sombra espectral por entre los feroces vientos de locura y perdición que barrían aquellas vastas planicies de nieves eternas, hacia el olvidado cementerio de los tiempos, hórrido camposanto en el que se llevaría a cabo el entierro secreto. La noche, azotada por los inclementes vendavales del blasfemo demonio de las tormentas, sembraba el mundo de pálidas lágrimas, mientras el lamento de toda la naturaleza entera rasgaba los cielos. El cosmos estaba de luto, y la vida y la muerte, depuestas las armas de su sempiterna batalla por un breve instante de tregua, conducían aquel coche fúnebre en silencio, apenas fustigando al elegíaco tiro de caballos. Todas las esencias superiores del universo congregábanse en aquel lugar, lastimando el aire con sus desconsolados sollozos y suspiros, y no fue poco el estupor general que causó entre ellas el creciente rumor de que se me había visto incluso a mí, eterno rival del difunto, dirigiéndome a aquellas tierras a fin de despedir también, como uno más, esos venerables restos mortuorios. No sabía por qué lo hacía, aunque entre mis primeras impresiones ya había identificado con quirúrgica precisión la inequívoca existencia de algo luctuoso y melancólico en la repentina conciencia del súbito deceso de un enemigo. Quizás el débil humano, pequeño y rencoroso como un escorpión, no lo entienda, pero yo sí: un guerrero no puede sino lamentar el temprano suicidio de un digno adversario con el cual ansiaba volver a medir pronto sus cada vez más desbordantes fuerzas. Por eso, oh, tú, cuyas vacías cuencas oculares me observan, con espanto y desazón, desde el escritorio en el que deposité hoy tu cráneo tras profanar como un ladrón aquella sagrada tumba: puedes creerme si te digo que mi dolor entonces era sincero. La aureola de la más honesta aflicción tocaba como el laurel los ya escasos y canosos cabellos de mis sienes, y no era sino sintiendo un enorme peso sobre las cavernas subterráneas de mi atribulado corazón, y con los ojos algo vidriosos, que caminaba yo entonces hacia la que sería tu última morada. Y es que en el fondo, Dios, te entendía: déjame manifestarte, con toda la gravedad con la que los altos espíritus mantienen sus sobrios diálogos y encendidas disputas en los augustos salones senatoriales, que yo también me habría suicidado en tu lugar. Tal vez hubiese elegido otro método, como acabar con la vida de todos mis creyentes, o arrojarme de cabeza desde la más alta terraza del Paraíso hacia los sórdidos patios en ruinas del negro Érebo, o escanciar con lóbrega mirada la cordial sangre de mi hijo mezclada con algún filtro de letales propiedades, o practicar un digno y doloroso seppuku sobre mi vientre con el filoso rayo divino; cualquier cosa menos la cuerda. ¡Ay de los hombres si siquiera uno de ellos hubiese alcanzado, como yo, a verte colgando de las nubes, negra la lengua y desorbitados los ojos! El mundo humano ya no tendría motivos para seguir marchando; bueno, en realidad sí, esclavos y mercaderes celebrarían dichosos y la Iglesia miraría para otro lado a fin de no interrumpir su gran negocio, pero seguiría amenguando cada vez más la ya bastante exigua tasa de natalidad de eremitas y poetas. Como sea, tu decisión fue sabia, te lo digo de enemigo a enemigo, y no habría sido diverso mi obrar de haberme hallado en tu espantable situación. ¡Mal haya de los perros que afirman que tu suicidio fue un acto de cobardía y que se vio soterradamente motivado por el cada vez más patente incremento de mi diabólico poder! Bien sé que no fueron mis innúmeras maldades y travesuras, y mis serias amenazas de conquista, las que precipitaron la funesta consecuencia de tu desesperado accionar, que nada tuvo de cobarde. No: fue el rostro del hombre el que te movió a ello, ese rostro que habías creado hace tantos milenios, con paternal amor, a tu imagen y semejanza, y que había transmutado lentamente, mediante el fecundo paso de los siglos laboriosos, hasta volverse la más perfecta encarnación del cetrino y disoluto semblante del vicio y la mentira. Y que nadie me acuse de haber intervenido en el infamante estropicio que se abatió sobre tu criatura y que aceleró tu lamentable partida de este mundo por ti creado, pues todas las constelaciones del firmamento entero pueden brindar fidedigno testimonio de que jamás se me ha visto promover ni vicios ni mentiras sino, muy por el contrario, la más orgullosa, viril y aristocrática maldad: no me echen a mí la culpa de las debilidades inherentes al hombre. Fue sin duda un desafortunado defecto de fabricación el que transformó en una raza de frívolos floggers, astutos vendedores y bulliciosos piqueteros a aquella estirpe animal que había sido creada con la más noble arcilla para formar heroicos guerreros, abstrusos filósofos y sublimes mártires de rostro sereno y bella mirada mística sumida en océanos de deliquio espiritual. En breve, el difunto no resultó ser, después de todo, un creador muy eximio que digamos, pero, no habiendo yo creado nada mejor, me abstengo de juzgarlo y de someter sus esfuerzos al severo potro de tormento de una crítica villana, como de seguro correría a hacerlo el más imbécil de los humanos, que es lo mismo que decir todos. Así pues, retornando a la silenciosa marcha con la que di comienzo a esta estrofa que asume ya los rasgos de una dolorosa endecha desprovista de todo sesgo de espíritu triunfal, no tardé en llegar al cementerio en el que el universo mismo, aterrado, lloraba a su propio Hacedor. Los restos del Sumo Artífice habían sido compuestos con enorme dificultad dentro de un féretro que tenía el tamaño de todas las centurias que el cerebro humano llegó a experimentar jamás, aunque algunos escépticos afirmaban que en realidad ese ataúd sólo medía siete días de largo. La inmensa fosa, capaz de tragarse a la humanidad entera y de deglutir todavía luego, como si aquélla hubiese sido sólo un aperitivo, la completa osamenta de la vida y los vastos tentáculos del tiempo, había sido cavada por el parsimonioso olvido, eficaz sepulturero. Un cuervo observaba perplejo desde una rama mientras el sacerdote encomendaba el alma del muerto al muerto mismo y el féretro se hundía para siempre en las pútridas entrañas de la nada. Los presentes comenzaron finalmente a circular, y yo, deteniéndome un instante frente a la funesta abertura, arrojé sobre el cajón una negra flor arrancada de las pestilentes llanuras del Hades. Nadie se asombró de mi respetuoso gesto: bien habían podido ya leer con suficiente claridad en mi hosca mirada lo mucho que empezaba a extrañar a mi antagónico rival, sin el cual mis ansias de batallas y de guerras colosales se veían borradas para siempre por el viento del ocaso como un puñado de arena arrojada a la vasta superficie del inclemente mar. Retorné entonces a mi torre, y me entregué en cuerpo y alma, durante un número de siglos de los que me hubiese gustado haber llevado siquiera someramente la cuenta, a las fatigas del estudio y a los afanes de la especulación filosófica, y es así que hoy, mientras recuerdo aquella lúgubre noche y asomo mi alma temblorosa a los espantosos y despoblados vacíos abismales de la ya difunta metafísica universal, la pregunta golpea una y otra vez mi espíritu como el más desgarrador y lacerante de los rayos: si el creador de este abominable mundo de locura y de dolor se suicidó antes de aniquilarlo, condenándolo vengativamente a seguir existiendo sin él, ¿quién diablos le pondrá ahora fin alguna vez y detendrá su periplo insoportable?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2688425380090425005?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/04/el-suicidio-de-las-centurias.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2688425380090425005'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2688425380090425005'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/04/el-suicidio-de-las-centurias.html' title='El suicidio de las centurias'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sev1Mey9HcI/AAAAAAAAANA/cGEwXvyoKLw/s72-c/friedrich.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8944478779698303006</id><published>2009-03-11T00:04:00.009-02:00</published><updated>2009-03-11T00:51:00.469-02:00</updated><title type='text'>Réquiem para una valquiria</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SbccOIQCQiI/AAAAAAAAAM4/ptv9VWHNOJI/s1600-h/ceciliopla1860-1934.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 228px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SbccOIQCQiI/AAAAAAAAAM4/ptv9VWHNOJI/s320/ceciliopla1860-1934.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5311745314565276194" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;No es necesario ser muy perspicaz para advertir cuál es la idea que estará ahora, tras la madura ponderación que el asiduo lector de mis maldades de seguro habrá hecho de la frase con la que cerré mi anterior estrofa, anegando como un río al desbordarse las estériles campiñas de su mente y llenando así de dudas y suspicacias esos polvorientos recovecos neuronales en los que unas escasas ideas propias, y no pocas polillas, se dan cita para quedar atrapadas en las viejas telarañas confeccionadas por los numerosos arácnidos de la mediocridad que habitan en su cráneo. Y sin embargo, en esta ocasión, debo decirlo, ese lector ha dado en el clavo, por mucho que mi pluma se empecine ahora vanamente en negarlo. ¡Oh!, ¿es que acaso me atreveré a confesar la verdad en este diario maldito? Pues sí, sea; aunque ello pesa sobre mi alma como una losa, cubriendo la acera de mi orgullo con el pertinaz lodo de la vergüenza, dejemos de lado por un momento mi imagen de hombre duro y digámoslo: jamás tuve un amigo, pero sí, una vez en mi vida, llegué a tomar esposa. He aquí cómo sucedió. Hallábame, pues así convenía al estado de mi ánimo, recorriendo solitariamente los bosques nórdicos, respirando las recias fragancias de las coníferas ancestrales y hollando las nieves escandinavas. El desolador estado del clima invernal, en esas regiones nocturnas y melancólicas, placía a mi mirada, y mi espíritu, herido por la conciencia de su soledad eterna, encontraba solaz en la furia de la gélida tempestad y de los elementos desencadenados. Repentinamente, el Cielo intentó, como siempre lo hace en las noches tormentosas, acertarme un rayo en la frente, pero la puntería no resultó tan certera como en otras ocasiones y, tras clavarse en una encina solitaria, el fuego celeste comenzó a envolver en sus llamas las ramas del árbol. Entonces se presentó ante mí, al pie de su tronco, el dios Loge, también conocido como Gerhard Stolze. Viendo en él a un igual, le abordé en acentos amistosos, y no tardamos en hacer buenas migas bromeando sobre el ojo de Wotan y lanzando los mordaces proyectiles de la burla hacia los numerosos defectos de los pacíficos Vanir y de los toscos Æsir. Propúsome presentarme a estos últimos, que estaban convocando soldados, y acepté gustoso la idea, pues extrañaba la batalla; de modo que emprendí presuroso el camino a Asgard, acompañado por mi guía, y fui así admitido sin mayores trámites en los recintos del Walhalla. No causé, empero, una buena impresión. Allí dentro nadie comprendía mi extraño lenguaje de rebelión y de tragedia, y se me consideraba, sin mayores miramientos, un romántico; acaso no se les pasaba por la cabeza la idea de que un romántico es, en última instancia, un poeta-guerrero clásico que, nacido en el siglo equivocado, debe refugiarse en la soledad de la noche y lamentarse, allí, por vivir en un mundo decadente en el cual le es odioso ser iluminado por el mismo sol al que dan la bienvenida los estúpidos mercaderes y esclavos que dictan las leyes de rebaño que le rigen y que someten y cercenan su sed de batallas y de libertad: necesitaba adaptarme un tiempo a esos novedosos códigos del Asgard para que el talante solar, disciplinado y afirmativo del clasicismo renaciese en mí. Sin embargo, las diferencias entre ellos y yo eran insoslayables, y los chispazos de la discordia no tardaron en brotar del constante choque al que eran impulsados los pedernales de nuestros tan disímiles caracteres. El fornido Thor se burlaba de la escualidez de mis brazos, y yo replicaba que entre todos ellos juntos no podían hacer un cerebro que equivaliese siquiera a la mitad del mío. Alegaban entonces ellos, agudamente, que mi intelecto no era producto sino de mi misma debilidad, y que la sabia naturaleza me lo había desarrollado para que pudiese sobrevivir a pesar de las claras desventajas de mi físico, del mismo modo en que la mujer poco atractiva suele presentar una mente mucho más ejercitada y fortificada que la fémina voluptuosa que con sólo mostrar un sensual tobillo de nívea perfección tiene a sus pies a cualquier hombre que su volátil capricho pueda desear. Yo les contestaba, familiarizado con los artilugios de la sofística, que en realidad era al revés: ellos eran luchadores sencillos, amigos de la vida, porque no eran capaces de ver todo lo que veía y entendía yo a causa de haber nacido con un cerebro cuyo singular poder me había hecho, desde el comienzo de los tiempos, escéptico y auto-destructivo, argumento éste con el cual los sumía en completo silencio pues, en efecto, nadie puede negar que la estupidez fortalece y que la inteligencia refinada es la madre de la duda, la negación y el dolor. No tardé, empero, en demostrar, con el asesinato de un tal Baldr, que la musculatura de mi maldad era infinitamente más efectiva y peligrosa que la de los robustos brazos de los einherjer, motivo por el cual me dejaron entonces descansar tranquilo para siempre en el elevado y sagrado pedestal del respeto nacido del terror, lo cual no impedía sin embargo que, a mis espaldas, me apodasen "el hijo de Jörmundgandr", por el ofídico veneno que profusamente salía de mi boca las pocas veces que la abría para hablar, cosa que no me molestaba, puesto que no era ésa la primera vez en mi vida en la que me relacionaban con una serpiente. Así las cosas, decidí alejarme de aquellos héroes bonachones y simpáticos, cuya naturaleza era tan distinta a la mía, y comencé a frecuentar la agradable y soledosa sombra del árbol Yggdrasil, bajo el cual las nornas entretejen con diestra mano los destinos del universo. Al principio, sus enojosas murmuraciones llegaban con claridad a mis oídos de manera consuetudinaria, pero conforme la fama de mis belicosas acciones iba creciendo en los nueve mundos, la jovial Skuld no pudo evitar prendarse de mí; claro que, dado que soy medio reaccionario, y que siempre preferí las glorias del pasado antes que las engañosas esperanzas del futuro, a mí me generaba más interés la grave Urd, mas ¿quién podría enamorarse de las hilanderas que tejen en silencio nuestra fortuna y que pueden cortar el hilo de nuestra vida en cualquier momento? Tendríamos mil cosas para reprocharles por nuestra innecesariamente catastrófica biografía, y, por otra parte, ellas podrían vengarse de cualquier acción nuestra con sólo dos movimientos de aguja, ganando así, por medio de tal amenaza, todas las rencillas domésticas. ¡Ay del marido que llegase tarde a su casa tras una juerga con los muchachos! Todos sabemos de hasta qué extremos de furia y borrasca son capaces de llegar las mujeres en tales situaciones; imaginaos una norna, dueña absoluta de nuestro destino y de nuestra vida. En fin, por las dudas me alejé de aquel fresno y comencé a vagabundear por las sombras del Niflheim, que tanto me recordaban a las de mi antigua morada infernal. Solía pasar los días allí, jugando a arrojarle al lobo Fenrir la mano de Tyr para que la buscase y me la trajese de vuelta, y, cuando el trepidar de las ruedas del carro de Nótt llegaba a mis oídos, retornaba taciturnamente al Walhalla, donde comía frugalmente y pernoctaba, apartado de todos. Y así se sucedían unas a otras las estaciones, y estaba ya por alejarme de esas tierras mitológicas que poco hacían por mantener vivo mi entusiasmo inicial cuando, cierta tarde de diciembre en la que quise hacer correr a Fenrir y a Garm más de la cuenta para que no me fastidiasen por un rato, arrojé la mano de Tyr con tantas fuerzas que, cruzando todo el reino de Álfheim, tuve la mala fortuna de hacer blanco en la blonda cabellera de una valquiria, que al punto cayó abatida de su corcel. Me precipité al lugar en el cual había caído, a fin de burlarme un rato de ella, y entonces sus claros ojos, de magnética belleza guerrera, se clavaron en los míos; escapé como perseguido por un fantasma, y no volví a hablar ni a salir de mi guarida por tres años. Entonces llegaron a mí rumores de que Waltraute, ella, admirada de las nupcias entre Brunilda y el valeroso Sigfrido, habíase rodeado a sí misma, en una roca en la que yacía dormida, por los fuegos de las más severas exigencias, a fin de que sólo un héroe digno de ella pudiese desposarla. No calculó que esas llamas, además de por un héroe, podían también ser cruzadas por un loco. ¡Cuál no fue su espanto, mientras despertaba de su letargo, al verme a mí, el malvado demonio que la había desmontado, inclinado sobre ella! Mas mi viva elocuencia se abrió paso hasta su corazón, y finalmente la hermosa doncella consintió de buen grado, enamorada, en celebrar los esponsales. Siguió un fastuoso epitalamio y, así transformado en un hombre nuevo, casi en una persona madura, fui aceptado por los mismos héroes y dioses que antes me tuvieran entre ceja y ceja, mientras era elevado ante la mirada de todos por la bendición de mi afectuoso suegro, Wotan. ¿Y qué diré de las deliciosas virtudes domésticas que servían de ornato a mi joven esposa, qué de su amor, qué de su belleza, qué de las numerosas cabalgatas y batallas que compartíamos, desolando los campos enemigos y llenando de horror los pechos de los hombres? Si bien no era una Astarte, debo admitir que, de no ser por sus excesivos celos y por las vilipendiosas insidias con las que mi suegra Fricka solía llenar sus oídos, habría sido aquél el tiempo más feliz de mi desastrosa biografía, la cual consigno en este viejo pergamino que se ve de continuo surcado por las negras tintas de la tragedia y el dolor. Pero claro estará ya para todos el que tal estado de dicha no podía prolongarse demasiado en mi vida sin que yo mismo me dispusiese a destrozarlo, debatiéndome como un pez que, sacado del mar de los pesares por las redes de la felicidad hogareña, siente que no puede respirar en ese luminoso ambiente y, con toda la fuerza de su cola y de sus aletas, se desespera por retornar a los hórridos abismos de desesperación en los que se enclava el único hábitat que su organismo reconoce como propicio para el desarrollo de su naturaleza. ¡Mis branquias no están hechas para absorber el oxígeno de la alegría que ustedes respiran con contento, malditos humanos! De suerte que no tardé mucho en buscar una excusa válida para destruir una vez más mi propia existencia: retornaba cierta noche Wotan de caminar por la tierra disfrazado de vagabundo, y comencé a increparle por los derechos de autor, pues no había nacido sino en mi mente, como oposición al fausto místico con el que siempre se mostraron Dios y sus ángeles a los hombres, la idea de pasearme de incógnito entre los pueblos bajo los sucios harapos de un mendigo. La discusión subió rápidamente de tono, y pudo terminar en tragedia, pero preferí guardar silencio y alejarme de aquellos muros bruñidos pegando un buen portazo, ante la desesperada mirada de mi mujer desfalleciente. No es que me arredrase el martillo de Thor, pues ya había sido yo herido por el rayo antes y había sobrevivido fácilmente a él, y en cuanto a la lanza de Wotan, estaba tan llena de mentiras y de falsos juramentos que una sola de mis neuronas habría bastado para quebrarla; no, me alejé porque había decidido acabar con todos, aniquilando para siempre mi propia dicha y mi matrimonio en tal acción. Comencé por dirigirme a los neblinosos bosques germanos; allí maté a Fafner y ocupé su lugar, asumiendo la forma de un dragón y dormitando un tiempo sobre su tesoro, tras lo cual me dejé vencer adrede por Sigfrido para que, entre inequívocos acordes wagnerianos, tomase el oro del Rhin. Entonces invadí con mi voz la mente de Hagen, soldado leal a Gunther, valeroso y orgulloso como su hermano Dankwart, e hijo de Gustav Neidlinger, también conocido como Alberich, hermano este último de Stolze pero no de Loge, y le hice matar a Sigfrido para que el destino del anillo quedase sellado; Wotan y el Walhalla podían darse, así, por perdidos. Sin demorar un solo instante, tapé el sol con mis alas, produciendo sobre la tierra los tres inviernos de Fimbulvetr que abrían las puertas al Ragnarök, ocaso de los dioses. El fin de todos así comenzaba, en medio de una batalla colosal que la mente moderna no podría concebir jamás, y a la que yo asistía como único y privilegiado espectador. Hay algo aquí que debo reconocer, haciendo como siempre justicia a la verdad: orgullosamente murieron esos dioses en el fragor del combate, orgullosa y heroicamente, y yo los admiré por ello, y mis ojos se llenaron de lágrimas, pues comprendí que se trataba de las únicas deidades creadas por un pueblo que amó tanto a la vida, que no pudo evitar amar también a la muerte que ineludiblemente la corona, y decidió por eso tener dioses mortales, que no resucitasen, y cuya muerte no careciese de honor y de virilidad. ¡Ay de aquel que me hubiese nombrado a Cristo, a Yahvéh, a Alláh, a Zeus, a Hastur o a cualquier otro dios mientras Freyr perdía la vida! Lo habría tomado por los cabellos y lo habría arrojado irremisiblemente a las fauces del lobo Skoll por tan sacrílega blasfemia. No fueron pocos los gloriosos sucesos que entonces vi, en esa batalla final, con el corazón tan pronto del lado de un ejército como del lado del otro, hasta que el fuego de Surtr lo consumió todo, arrasando también con la vida de mi cónyuge, que murió entre las voraces lenguas de las llamas, gritando una y otra vez, una y otra vez mi amado nombre. Y ése es el motivo por el cual, desde entonces, me dejo consumir interminablemente, en esta caverna oculta en las profundidades del Helheim, por el frío más atroz y por la oscuridad más impenetrable: pues cada vez que el destello de una simple chispa hiere mis pupilas, agobiadas por la culpa, comienzan a resonar de pronto en mis desesperados oídos los ecos de ese alarido de una fiel mujer cuya muerte yo, su propio esposo, he precipitado. ¡Es que acaso no supiste, al verme huir turbado de ti en aquél, nuestro primer encuentro, acaso no supiste, mi adorada, mi eternamente idolatrada Waltraute, que mi amor no podía ser nunca sino el de un homicida, y mi beso nupcial, el de un veneno letífero y ponzoñoso!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8944478779698303006?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/03/requiem-para-una-valquiria.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8944478779698303006'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8944478779698303006'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/03/requiem-para-una-valquiria.html' title='Réquiem para una valquiria'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SbccOIQCQiI/AAAAAAAAAM4/ptv9VWHNOJI/s72-c/ceciliopla1860-1934.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8038559374151591343</id><published>2009-02-27T01:20:00.015-02:00</published><updated>2011-04-24T16:37:57.047-03:00</updated><title type='text'>Eterna amistad con la muerte</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg5ITQ7FajI/AAAAAAAAANY/Ud0DGhbdVqU/s1600-h/brueghel-death.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 219px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg5ITQ7FajI/AAAAAAAAANY/Ud0DGhbdVqU/s320/brueghel-death.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5336282104278116914" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Nunca le fue dado a la sensible bóveda de mi exigente aunque caprichoso paladar el escanciar, con una mueca de sincero gusto, el cordial y generoso vino de la amistad. Todo lo cual quiere decir, en el bárbaro y rudimentario lenguaje mediante el cual vosotros dais a conocer vuestro tosco pensamiento, que nunca jamás tuve un amigo. Solemnemente jerárquicos en sus sofisticados andamiajes políticos, militares y sociales, ni el Cielo ni el Infierno proporcionan a sus graves moradores la posibilidad de, mediante las chanzas hirientes hacia terceros y los confianzudos atrevimientos propios del trato entre iguales, forjar con incuestionable solidez los diamantinos eslabones de un duradero vínculo amistoso. Fue por eso que, al arribar a esta mota de polvo que gira en torno a una risible chispa situada en la alcantarilla misma del universo intergaláctico, hice mía la antojadiza idea de que mi primer medida antes de comenzar a sembrar el mal debía ser la de proporcionarme un amigo, siquiera para que me festejase los cuantiosos crímenes cuyos vagos esbozos mi mente ya comenzaba a pergeñar. Debo decir que no tenía pensado ponerme en quisquilloso, y que, ya que no una mente genial que abarcase hasta en sus más ínfimos matices toda la sutileza de mis extravagantes maldades, lo cual habría sido mucho pedir entre los hombres, estaba dispuesto a hacerme con cualquier simple escudero o lugarteniente que respaldara sin censura alguna mis más impías acciones, un Pílades leal, un Kurwenal obediente. Las mujeres quedaban descartadas porque, además de estar incapacitadas para la amistad, corría yo el riesgo de que, de verme en arrumacos con alguna, mis antiguos camaradas de armas pensasen que me estaba ablandando. Así fue que, en el comienzo de los tiempos, me zambullí de lleno en los vastos mares de la pestilente humanidad, y, maldiciéndome una y otra vez por no haber adquirido de antemano un equipo de buceo que no dejase filtrar una sola gota de esas hediondas aguas y salvaguardase así la tersura y el buen aroma de mi piel, surqué incansablemente, en todas las direcciones que los puntos cardinales son capaces de ofrecer a la razón y el intelecto sanos, las pegajosas olas de la imbecilidad más colosal. Ya veis que hablo sin eufemismos y que no pienso untar mi lengua con las mieles de la hipocresía para que el dios de los cobardes, llámese Cristo, Democracia o Tolerancia, me recompense en el futuro por la urbanidad y simpatía de una conducta falazmente ejemplar; no temo pisar a esas deidades minusválidas, y mucho menos a todos sus estúpidos adoradores, de almas escuálidas y rodillas sangrantes. Así pues, asqueado de ese océano de vanidades y mediocridad que nada ofrecía a mi mirada, debí retornar prontamente a la superficie y abandonar de por vida la idea de asumir como propias las asombrosas cualidades de un anfibio. Mas, como aquel que, despojado de su otrora juicioso carácter por la fiebre del oro, sigue explorando locamente bajo un sol abrasador las secas ubres de un río en busca de una pepita salvadora, o que, afanándose en labores y fatigas inhumanas frente a una roca inconquistable, no pierde jamás la inútil y suicida esperanza de dar al fin con alguna ignorada piedra preciosa en la que una excelsa gema pueda ser tallada para admiración del universo entero, del mismo modo yo, con ojos llameantes y extraviados, no dejaba de escarbar las graníticas paredes de la idiotez humana a fin de encontrar, en el reducto más oculto, la veta de algún hombre que pudiese hacerse digno de mi solícita amistad. Y vencido por el cansancio, soportando sobre mis espaldas los titánicos escombros de un túnel que se derrumbaba sobre mí, con la boca llena de sangre y el alma destrozada, debí resignarme a dejar de lado mis demenciales propósitos, con el voraz fuego de la vergüenza quemando impiadosamente mis mejillas laceradas. Sí, ya sé que ningún lector podrá entender esto que digo, pero la razón de que ellos encuentren amigos por doquier y sin realizar esfuerzo alguno es la de que no son más que basura como todos, mientras que yo soy una rarísima pieza de singular y altamente cotizada perfección; y digo esto con toda la hermosa arrogancia, capaz de emocionar hasta a las estrellas de las constelaciones más alejadas, de un verdadero misántropo esquizoide. Así pues, cabizbajo, me refugié en la negrura de la noche y de los cementerios, y, extraño es decirlo, allí me sentí, entre tantos cráneos derruidos, huesos horadados y lápidas borrosas, más cerca de la amistad que nunca, de modo que tomé la costumbre (y aún la mantengo) de consolar mi soledad conversando dilatadamente con cráneos venerables como los de Gracián y Schopenhauer, o contemplando la muerte. Pero esto no me satisfacía del todo, de suerte que me di al viaje y comencé a hallar, uno tras otro, a los más perfectos amigos de mi alma: los vientos huracanados que arrasaban los techos de las familias asustadas y daban de comer en la boca, como a un infante caprichoso, al océano que, engullendo un navío tras otro, erizaba su magnífico oleaje hasta la luna mientras la tempestad lo hacía estallar en berrinches ruidosos; los abismos demenciales que, con la boca siempre abierta, llenaban de señuelos y tentaciones a las mentes sensibles y tragaban sin demasiados preámbulos al turista distraído y al intrépido cazador; la tundra polar que, con su lenguaje de misterio y de muerte, arrastraba al hombre a la locura y lo apresaba entre los barrotes de su aire blanco y helado; el ojo del volcán que, entonando sus extraños cánticos de lava y destrucción, derretía las casas y las vidas de los pueblos circunvecinos en una monótona letanía de humo sulfuroso y roca ardiente; el súbito terremoto que, desperezándose tras un sueño de varios siglos, se sacudía de la espalda esos odiosos hormigueros rectangulares que el ávido piojo humano había edificado con ridícula paciencia sobre su otrora inmaculada epidermis; la peste y la plaga que, cabalgando sobre el lomo pelado de una rata, esgrimían sus filosas guadañas y segaban con jubilosas carcajadas las cuatro edades de la vida; y todos los otros fenómenos naturales que, por su amoralidad y su rudeza, supieron conquistar mi simpatía y ganarse el devoto afecto de mi negro corazón. De modo que, con estos numerosos camaradas a mi lado, con cuyas nobles lenguas entablaba tan altas y sublimes conversaciones sobre teología, arte y metafísica que suplantaban a mis antiguos y monocordes soliloquios, ya parecía tener todo lo que quería; pero no: seguía deseando obtener un amigo entre los leprosos vástagos de la achaparrada estirpe humana... y seguía sin poder hallarlo. Y aún hoy, aún hoy transito, con pasos fatigados y rostro abatido, por las anchas avenidas del mundo, observando los semblantes, tasando las conductas y las actitudes, asomándome a los agujeros pestilentes en los que habitan el filósofo y el poeta, y removiendo con mis propias manos los inmensos basurales y las vastísimas parcelas de rellenos sanitarios, en busca de un alma, de una, una sola, que sea digna de mí. ¡Y toda esta tragedia, todos estos infortunios, todo este dolor, por el simple hecho de que no puedo perdonarme el que un amigo sea una de las pocas cosas de la tierra que todavía no he probado qué se siente asesinar!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8038559374151591343?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/eterna-amistad-con-la-muerte.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8038559374151591343'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8038559374151591343'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/eterna-amistad-con-la-muerte.html' title='Eterna amistad con la muerte'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/Sg5ITQ7FajI/AAAAAAAAANY/Ud0DGhbdVqU/s72-c/brueghel-death.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8436916498566100554</id><published>2009-02-20T16:47:00.010-02:00</published><updated>2009-02-22T15:56:40.557-02:00</updated><title type='text'>El peregrino rechazado</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SZ77SWg-P0I/AAAAAAAAAMQ/w2yy5Ig7Qao/s1600-h/Winterlandschaft.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SZ77SWg-P0I/AAAAAAAAAMQ/w2yy5Ig7Qao/s320/Winterlandschaft.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5304953703789117250" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;¡Cómo odio al Cielo, y cómo me odian sus moradores a mí! Afirman varias leyendas, aunque yo, pese a ser su protagonista, he olvidado si son ciertas o no, que alguna vez fui el favorito entre esas columnatas dóricas y esas broncíneas pilastras. Voz principal entre los coros celestiales, mi devoción por el Supremo no tenía par mientras mis labios amorosos entonaban, infatigablemente, melodiosos himnos de alabanza que ascendían como incienso hacia la benévola mirada de mi Creador; la dulzura de mi alma, que se reflejaba inequívocamente en esos luminosos ojos cuya belleza se veía realzada por las fragantes coronas de flores que ceñían mis sienes, no encontraba parangón alguno entre los hijos del Cielo, y todas las miríadas angelicales observaban con admiración cómo uno de sus hermanos era capaz de albergar un arrobamiento semejante en las oquedades de su siempre devoto corazón. Pero llegó el día en que tanta paz comenzó a oprimirme; llegó el día en que, hastiado de ser un ejemplo entre mis semejantes, empecé a incubar en mi alma exigencias de ser superado por los otros, de que mi amor fuese valorado en su justa medida, de que el sacrificio de mi ciega obediencia obtuviese una recompensa acorde con su evidente humillación; llegó el día, en fin, en que mi alma se asomó a un abismo y, fascinado por ese bostezo de locura y perdición, comenzó a tambalearse entre vientos espantosos y demoníacos que rugían en mi mente como la tormenta lo hace sobre el embravecido mar. Y cuando, apenas nacido, el favoritismo general se volcó sin hesitación alguna hacia los sucios pañales de Jesús, el empujón final sobre mi espíritu vacilante fue dado. Desde entonces, no pasó un solo día en el que todas las potencias activas de mi mente no fuesen volcadas, puesto que no estaba en mi mano ser el habitante más amado del Cielo, a ser al menos el más odiado de todos. ¿Necesitaré hablar de mi singular éxito en dicha empresa? Mi despecho hacia las huestes celestiales y su Opresor no tuvo límites, y la sangre comenzó a manar febrilmente de mis fosas nasales y de mis oídos no bien un plumoso ser de dorada cabellera e inocentes ojos hacía aparición frente al furioso entrecejo que ya entonces ensombrecía mi hoy lacerado rostro. Fue por eso que tuve que ser echado, como un borracho pendenciero, por la puerta trasera del Paraíso, y fue por eso que, mientras los arcángeles patovicas sacudían el polvo de sus manos, apostados tras esos portales que se cerraban para siempre ante mí, fui feliz de alejarme de esos suelos de exquisito mármol y de mudarme al fin, con tantos bártulos como los que llevaría consigo un Diógenes de Sínope, a mi nuevo loft sin estrenar en el Averno. Pero... ¡cómo odio al Infierno, y cómo me odian sus moradores a mí! Olvidé decir que, cuando el Cielo me expulsó sabiamente de su seno como a un agente patógeno de nocivas cualidades, no fue poca la sangre que hice correr entre sus sagradas reliquias y baluartes, y no fueron pocos los que, engañados por la apostura de mi orgullo, se vieron arrastrados a una guerra que no les era propia y debieron caer junto a mí. ¡Si tan sólo hubiese podido caer yo solo! Considero a ése mi único pecado original: no haber luchado solo en el Paraíso, y no haber morado solo en el Hades. Ésa, y no otra, ha sido la fuente de todos mis infortunios. Pero no, la estupidez me tomó, y seduje a otros a una caída oprobiosa, que sólo podría haber sido gloriosa si se hubiese dado en soledad. De ese modo, mientras la sangre no dejaba de brotar de mi alma herida, para calmar mis dolores sin reconocerlos como propios hice sonar mi poderosa voz, mientras me ponía dificultosamente en pie entre las pedregosas concavidades del negro Érebo, arengando a las huestes caídas con palabras de consuelo y de belicosas implicaciones que, llenando todos los pechos con súbita fortaleza y con los fuegos de Ares, me erigieron indiscutidamente en el Rey de esos antros aciagos. ¡Infame vanidad! Si hay algo que nunca había querido era ser Rey... pero ¿cómo decirlo? Tuve que falsear todo mi pasado, y adscribir mi caída a los deseos de reinar supremo y combatir con el Altísimo por el dominio del universo. Muy bien sabía Él que tal cosa nunca había estado en mis planes, y no era este estado de situación sino otro más entre los numerosos castigos que, como Vencedor, me imponía severo. La rebelión, más poderosa que nunca, creció entonces en mí. No eran pocos mis dolores, no, ni mucho menos soportables; pero deseaba más. Recorrí en soledad todos los confines del Averno, buscando un castigo digno de mis pasiones, buscando un dolor verdaderamente quebrantador de mi alma, buscando, por qué no admitirlo, mi propia aniquilación. Pero entre las muelles torturas que Dante describe, ya lo habréis notado, no se contempla en lo absoluto la posibilidad de que alguien como yo pudiese existir alguna vez; era necesario crear un nuevo Infierno, mil veces más terrible que el original, para que un genio del crimen como yo, autor de inéditos pecados, encontrase un castigo apropiado a su conducta sin igual. Fue por eso que viajé al mundo de los hombres, sin volver la cabeza atrás, y odiado por todas mis antiguas legiones, que se veían abandonadas por un líder mentiroso que les había prometido una guerra eterna y una victoria total. Pero... ¡cómo odio a la Tierra, y cómo me odian sus moradores a mí! Sí, aquí había encontrado, al fin, un castigo digno de mis pecados: la contemplación del hombre, esa caricatura de mí mismo que, incluso, tenía la osadía de mirarme por encima del hombro como a un inferior. Lo nuestro fue odio a primera vista, con el aborrecible añadido de que mi sempiterna guerra con ellos veíase confinada a un submundo de pequeñeces, atacándonos mutuamente con indignas armas liliputienses en diminutas batallas materiales más propias del ciego reino de la larva y del tórpido gusano que del feroz combatiente de estirpe guerrera. Así corrompido por ese contacto, así degradado de mi etérea esencia a una abominable criatura semi-analfabeta manejada por el instinto y las más bajas e innobles de las pasiones, putrefacto, caído, irreconocible, con las costras y llagas de la humanidad adhiriéndose a mi piel, mi odio al hombre superó por varias galaxias de distancia al odio que pude haber sentido antaño por mis enemigos celestes y por mis adoradores indeseados. De ese modo, odiado en la Tierra, odiado en el Cielo, odiado en el Infierno, y odiando a mi vez a todas sus criaturas repugnantes, mi único refugio, mi único solaz, mi única cura quedó reducida a la soledad del reino de la Noche, a esta soledad en la que ahora escribo, en inquebrantable guerra con todos, y comprendido sólo por los árboles sin voz y por los mudos dioses abandonados, como un peregrino rechazado por el universo entero, pero que ha hecho de ese rechazo mismo el alimento de su sola, amarga, fugaz, desoladora, lacerante felicidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8436916498566100554?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/el-peregrino-rechazado.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8436916498566100554'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8436916498566100554'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/el-peregrino-rechazado.html' title='El peregrino rechazado'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SZ77SWg-P0I/AAAAAAAAAMQ/w2yy5Ig7Qao/s72-c/Winterlandschaft.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3125669602468445578</id><published>2009-02-04T16:35:00.008-02:00</published><updated>2009-02-04T17:25:38.039-02:00</updated><title type='text'>Un ángel en ruinas</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SYngW5Ij4mI/AAAAAAAAAMI/VQRTU0Dhs88/s1600-h/giant.JPG"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 236px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SYngW5Ij4mI/AAAAAAAAAMI/VQRTU0Dhs88/s320/giant.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5299013120476570210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Hubo un lejano tiempo en el que casi fui humano. Según cuentan, mi llegada a este mundo no difirió en lo absoluto de la de los millares de niños que son expulsados día a día, en odioso despropósito, de sus húmedos y ambulatorios ataúdes prenatales hacia la enceguecedora luz de este aborrecible planeta, cuyo simple hedor a muerte e infamias los hace romper de inmediato en sonoro y desgarrador llanto infantil, llanto que sólo el filósofo llega a comprender de verdad. Y sin embargo, se ha dicho que, mientras todos los demás niños, recién anclados en las dársenas de este puerto de miserias al que los imprudentes otorgan el apresurado calificativo de “vida”, dedicaban las primeras horas de su vía crucis terrestre a gritar entre lágrimas sus reproches al lejano cielo, o bien a entregar, algo más sabiamente, la aún tierna esencia de sus espíritus apenas adentrados en las espinas de este mundo al embriagador olvido del sueño reparador, yo podía ser identificado fácilmente entre ellos por ser el único que, en medio de todas las cunas, elevaba trabajosamente mi cabeza pelada y, con ojos serios y desorbitados, me esforzaba por penetrar el sortilegio del horrendo espectáculo que se ofrecía a mi recién estrenada visión, lleno ya de loco odio hacia esas novedosas figuras que me contemplaban con mirada benévola y paternal. Yo tenía una misión, y eso se notó desde el primer momento. Aun así, quizás resulte inequívoco para el observador avezado el que, en efecto, yo no me alejaba demasiado entonces del tipo humano, y que, de no ser por mi entrecejo furioso, podría haber sido tomado sin dificultades por un niño más entre los millones y millones de productos genéricos que son vomitados cotidianamente hacia la máquina empaquetadora de la sempiterna manufactura de la vida, con los correspondientes números de serie y lote impresos en sus huellas dactilares. El viento no era de la misma opinión, y soplaba inclemente sobre las tierras invernales que me recibieron, pues sabía perfectamente qué clase de ser demoníaco era yo, concebido por una virgen y parido por una moribunda. Con todo, mi familia y la sociedad se empecinaron en darme una educación humana, y yo la acogí no sin renuencia, pero obediente. Y las múltiples posibilidades del carácter y el temperamento fueron configurándose de un modo que no carecía de extrañeza y singularidades, pero que bien podían servir de alegato en favor de mi teórica naturaleza humana, toda vez que mi conducta espontánea, labrada por el rastrillo de las normas establecidas y enderezada por la estaca tutora de la pedagogía autorizada, daba acabadas muestras de no ser sino la de un niño común y corriente, que creía inocentemente  advertir en el mundo la existencia de fundadas razones para dar preferencia a la senda del bien por sobre la del mal. Algunas voces opinaban, empero, que aquel niño de serena mirada pero de inexplicables palabras filosóficas no podía ser sino el hijo del diablo, a lo que se contraponía un coro de profesoras y madres que aseguraban con vehemencia que esa criatura no era sino un ángel. Aclararé que, pese a ello, jamás llegué a ver al amor jugar en el patio de mi casa; tanto mejor. Lo cierto es que la fuerza de la costumbre, aderezada por las severas palabras de mis mayores, me fueron haciendo olvidar quién era yo y cuál mi misión, hasta tal punto que casi, casi llegué a ser un humano, y casi llegué a visionar, si no un futuro de dicha cotidiana y de labor social, un futuro de familia y de comprensión, al menos sí el de ser un ángel entre los hombres, portando la espada de la verdad y el abierto libro del consuelo y la redención. Mas entonces todo cambió, y las inclementes olas del infortunio me arrojaron con violencia, como a un indefenso náufrago, hacia los estériles acantilados de mi mundo infernal. Pero ¿cuál, cuál fue la tormenta, y de qué averno surgida, que arrasó los campos otrora verdes de mi alma y los transformó en este erial maldito que hoy el viandante rehúye, y del que encima me enorgullezco, exultante en mi propia deformidad? Nadie lo sabe, pero hoy la vida no anida en estas tierras, ni la posibilidad de ella aun, salvo por una vegetación inficionada por singular ponzoña y unos troncos decrépitos que agitan sus ramas peladas bajo el gélido viento que proviene de un cielo que, eternamente en tinieblas, arroja sus hórridas sombras sobre los despojos de lo que alguna vez fui. Tal era la voluntad de mi destino, y ningún poder humano habría sido capaz de cambiarlo. Mi espada del mal había sido forjada, y ya no podía permanecer ociosa por mucho tiempo más. Extraños portentos acudieron entonces a mí, con sabios vaticinios que mi belicoso espíritu afanábase por oír, de modo que no tardé en dejar de lado todos los venenosos deseos con los que nuestra juventud es nutrida para escuchar al fin el llamado del Estigio, que con su lenguaje de locura y perdición eterna introducía en mis venas la conciencia de mi naturaleza superior. Y así fue que, en una helada noche de invierno, las ruinas del ángel, los restos mortuorios del hombre que yo alguna vez había podido ser, cayeron inertes ante mi despiadada mirada, mientras el rojo icor de la vida goteaba del desnudo y afilado acero que mis garras empuñaban con firme convicción. Los lobos aullaron entonces mi nombre, mientras el búho elevaba a la noche los profundos conocimientos y saberes que... ¡Pero basta! No debo seguir permitiendo que mi pluma desangre tantas verdades sobre el amarillo pergamino de este diario infame. ¡Ay del humano que se atreva a leer estas palabras! Más le valdrá tomarlas como el simple desvarío de un enfermo o como los accesos de fiebre literaria de un pobre desdichado para el cual cualquier tipo de dicha analgésica y antifebril habrá de llegar demasiado tarde. La maldición que pende sobre este mundo, y de la cual soy el principal ministro, no debe ser creída como cierta. Sí; más vale dejar a estas revelaciones reposar en las honduras del negro abismo de los secretos, bajo el sensual velo que cubre el deforme rostro de la rabiosa locura, a fin de que ningún humano suponga, al reconocerme por mi extremada delgadez y mi elevada estatura en caso de cruzarme sobre los anchurosos campos de la vida, que tiene ante sí a un demonio, demonio en cuya pálida presencia, por suerte, muchos de los que han padecido el infortunio de conocerme han preferido ver antes bien la efigie de un vampiro, en lo cual se equivocaban de manera patente, pues sorber la putrefacta sangre de algo tan repugnante como un ser humano, deberían haberlo sabido, habría resultado para mí algo infinitamente peor que un suicidio.&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3125669602468445578?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/un-angel-en-ruinas.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3125669602468445578'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3125669602468445578'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/02/un-angel-en-ruinas.html' title='Un ángel en ruinas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SYngW5Ij4mI/AAAAAAAAAMI/VQRTU0Dhs88/s72-c/giant.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-7937283113061506778</id><published>2009-01-19T19:33:00.006-02:00</published><updated>2009-01-19T20:06:09.544-02:00</updated><title type='text'>Un fúnebre trayecto</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SXTyqEqc4HI/AAAAAAAAAMA/MJjiua9Y7pA/s1600-h/keller.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 272px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SXTyqEqc4HI/AAAAAAAAAMA/MJjiua9Y7pA/s320/keller.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5293122266687398002" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt; De pie sobre su decrépita barca, envuelto en un negro manto, silencioso como el meditar del invierno sobre las azules cimas de las montañas remotas, el muerto navega, ayudándose con un largo remo al que empuña entre sus esqueléticas garras, a través de hórridas galerías olvidadas, por las oscuras y pútridas aguas de un insondable arroyo subterráneo que se pierde en abismos infinitos. Desmoronadas arcadas de piedra y espantosos monumentos de dolor lo ven pasar, sombrío y distante, como si tan sólo fuese el reflejo de un espectro. Nada parece importarle, mientras regresa desde las lóbregas regiones estigias que le sirven de morada hacia el universo de los vivos en el que debe seguir purgando su inefable condena. Sus enigmáticos ojos brillan con el frío destello del desdén más lacerante, y sus fauces corruptas no se dignan a emitir sonido. Tal vez sea mejor así; hay cosas que un muerto sólo puede hablar con otros muertos... pero dado el caso, él no escatimará en ataques contra ti, oh repelente raza humana. Muchos hay que ya lo saben: sostienen que en sus escrituras anida el espíritu mismo de la locura, dispuesto a arrancar de un momento a otro las pesadas cadenas que lo atan a la carcomida pared de su celda, o que en sus extrañas palabras se esconde el terriblemente contagioso peligro de un sida espiritual, para el cual aún no se conoce cura alguna salvo una agonía digna y veloz, y no dudan en afirmar que con sus inmisericordes blasfemias origina más mal que el que podrían ocasionar un centenar de reputados criminales juntos, puesto que las dagas de estos últimos se ensañan en la carne del hombre pero no en su alma y su corazón. Quienes afirman esto, empero, ignoran que las tormentas de castigo que rodean a este ser, destruyéndolo todo a su paso, son sólo parte de un destino que le fue impuesto por una voluntad superior, motivo por el cual al menos la mitad de sus crueldades tienen su fuente en un plano puramente inconsciente, y no han sido pocas las veces en las que, transido por el vértigo que le producía el libre obrar de las vigorosas alas del genio y la locura, perpetró sus peores crímenes de lesa espiritualidad mientras se creía entregado al arte, mientras imaginaba que estaba haciendo el bien, o, cuando menos, una mera manifestación estética de los pensamientos y razones que conturbaban a su alma. Y si bien es cierto que este demonio ha puesto todo su talento al servicio del mal, muchas veces, al ver a los demás humanos, sumidos en sus mediocres vidas, en las que el egoísmo y la necesidad de subsistir son los sentimientos dominantes y los resortes de toda acción consecuente, uno creería que esa sombra que navega no es, en su abnegada capacidad de sacrificio y en la absoluta inconciencia de su verdadera malignidad, sino un ángel. Quizás alguna vez lo haya sido, en un tiempo remoto de cuya existencia real sólo las profundas arrugas que se forman cada tanto en la preocupada frente de Dios podrían brindar testimonio. Como sea, lo cierto es que estos peligrosos crímenes han supuesto, con el correr de los años, una inevitable enemistad entre este ser y aquellos que aún viven, enemistad que no pasa para nada desapercibida a su penetrante mirada... y justamente por eso es de extrañar que ni aun ante la impensada visión de este segundo compendio de horrores, que aquí comienza, deje él de ser concluyente en su idea de que la palabra &lt;span style="font-style: italic;"&gt;milagro&lt;/span&gt; es el primero de los vocablos que deberían ser, de una buena vez y para siempre, borrados de todos los diccionarios y eliminados de todos los lenguajes de la tierra. Sí, a pesar de que todos le aborrecen y que querrían liberarse de por vida de la escalofriante visión de su horrenda silueta, no cree él que sea precisamente un milagro el que este segundo libro esté surgiendo ahora de su larga pluma embebida en sangre; por lo tanto, no vayáis corriendo a reprochar, con ojos vidriosos y mirada asustada, al Celeste, que prefiere más bien (al menos según lo afirman indefectiblemente sus fieles seguidores, quizás amedrentados por el hecho de que hace varios milenios que no llueve pan del cielo) obrar sus espantosos milagros entre los encantadores escombros de las más nefastas catástrofes, allí donde los cadáveres, que se cuentan con sofisticadas calculadoras, se ven opacados por la imbécilmente periodística noticia de un niño que sobrevivió bajo las ruinas y podrá, así, padecer demenciales infortunios durante unos cuantos años más en este humeante mundo en guerra eterna. Digamos, pues, que no es esto un milagro sino uno más entre los caprichos de la Noche... El muerto sigue remando, en silencio, con sus demoníacas alas proyectándose sobre su tenebrosa capucha. Las alimañas amigas de la oscuridad le observan con curiosidad, pero no tienen ni el poder ni el valor suficiente para seguirle en su interminable viaje hacia una derruida torre enclavada en una región de perennes sombras y de abismal perdición, barrida por fríos vientos e ignorada por todo el conocimiento universal. El muerto sigue remando, solo, en silencio, con un aspecto sombrío y distante. Allá va, perdiéndose entre las brumas mientras se interna en la fúnebre atmósfera de una gélida noche subterránea de indecibles portento y horror. La oscuridad comienza a cerrarse lentamente en torno a su espectral figura. Se ha desvanecido... pero me atrevo a asegurar que, ahora que ha regresado de su viaje a los avernales rincones de su pasado, el mundo no tardará en volver a tener oportunidad de leer, con una enloquecida mirada llena de pánico, las indisimuladas maldiciones que se apiñan en su diario como cadáveres de brujas y hechiceros en el cadalso inquisitorial. Por lo tanto, si no sois tan timoratos como él os supone, ¡estad alertas, oh intrépidos niños de rodillas sangrantes que no vaciláis en devorar aquello que sólo puede acarrearos, como comprobaréis tras ulterior y tardío examen, un incurable mal!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-7937283113061506778?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/01/un-funebre-trayecto.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7937283113061506778'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7937283113061506778'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2009/01/un-funebre-trayecto.html' title='Un fúnebre trayecto'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SXTyqEqc4HI/AAAAAAAAAMA/MJjiua9Y7pA/s72-c/keller.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2556774164394441522</id><published>2008-12-19T15:14:00.019-02:00</published><updated>2010-04-27T00:39:01.563-03:00</updated><title type='text'>Disquisiciones filosóficas a propósito de un gorgojo</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-family:trebuchet ms;" &gt;              &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUvXAewRo-I/AAAAAAAAAL4/9nS-oBIUBxc/s1600-h/vanitas+claesz.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 232px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUvXAewRo-I/AAAAAAAAAL4/9nS-oBIUBxc/s320/vanitas+claesz.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5281551391277556706" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;¡Qué es esto! Había comprado un paquete de fideos, y me    disponía ya a hacerlos, cuando descubrí en su interior un gorgojo de    aspecto juvenil dudando sobre la dirección más conveniente a sus    malsanos e insalubres designios, quizás en pos de alguna fechoría. ¡Pero    será  posible! Ha vuelto a suceder: se verifica así la teoría de    Nietzsche sobre el eterno retorno; si mirásemos el perfil utilitario del    asunto, no sería desacertado de mi parte el aconsejar ahora a todo joven    científico que necesitase insectos para llevar a cabo importantes    experimentos la compra de un paquete de moñitos Vizzolini. Sin embargo,    de hallarse aquí Descartes, Kant, Locke y Hume, jamás se pondrían de    acuerdo sobre si el gorgojo vino envasado ya de fábrica, si nació en el    paquete, o si se introdujo en él &lt;i&gt;a posteriori&lt;/i&gt;; conforme ello,    ¿por qué habría de aventurar una hipótesis yo? Oh, gran gorgojo, magnánimo prócer del hombre, oficioso    embestidor de la harina y de todos sus productos derivados, tú que    proliferas opulentamente en el imperio de tu paquete de fideos, bello    Adonis de rizados cabellos cuyo rostro guarda más secretos que la    Esfinge, maestro de retórica cuyo lenguaje es la más pura honestidad de acción,    anciano filósofo de mirada contemplativa aunque arisca y severa, tú que    sabes que la razón de que haya dolor y muerte en el mundo es el que hay    en él vida, permíteme decirte que, frente a ti, me avergüenzo de    pertenecer a la estirpe humana. La serenidad de tu interactuar con tu    entorno, si bien no exenta de un dejo de pasión aún, me revela que has    penetrado profundamente en las doctrinas del sabio estoico, oh reflexivo    asceta que no conoces la piedad, el agradecimiento, la bondad, la    humildad, las obras caritativas, y todo lo que el cristianismo considera    que debe ser natural y obligatorio en el hombre. Pues, aunque cueste    creerlo, en tu mundo no existen ni el bien ni el mal, conceptos    subjetivos vacíos de todo significado empírico que pueda ser considerado    universal. Has elevado mi espíritu: ya que hubo filósofos de desbordante    imaginación que discurrieron sobre mundos que ellos mismos inventaron,    como Platón, y otros que, en vez de explicar la Tierra que se abría    frente a sus ojos, explicaron la extraña Tierra de la Biblia, en la cual    el más inculto de los dioses se dio el lujo de crear las plantas al    tercer día y el sol al cuarto, yo me valdré hoy de tu sublime presencia    para obtener conocimientos más profundos. ¿Cuál es el origen de un gorgojo? Dos progenitores sabios    que no exigen a ningún Estado o sociedad el hacerse cargo de su numerosa    prole, como sí lo hace el humano, de suyo imbécil y desconsiderado. El    padre de este coleóptero no necesitó ni hacer un nido como las aves, ni    ser el más fuerte como los bueyes, ni estudiar, recibirse, trabajar y    conseguir así auto, casa, celular de última generación, y todas    las ridiculeces que necesita el hombre, eterno fracasado, para acceder a    una hembra infiel. La madre, ejemplo de castidad y devoción conyugal, ha    dado muestras de una inobjetable experiencia, heredada tras milenios de    evolución, en un simple hecho: nunca he oído llorar a un gorgojo; el    humano, en cambio, vive apareándose para hacer criadero y no saber luego    hacer callar a sus hijos. Pero la procreación de un insecto es distinta    a la de un niño; por empezar, el gorgojo no necesitó ataviar su "deseo    de procrear en lo bello", su "sed insaciable de infinito", ni bajo el    disfraz del amor, falacia tan antigua como la religión, ni bajo el de la    lujuria, sino que se ha limitado a cumplir con un llamado natural; por    otra parte, y descontando los accidentes (el mío fue el más nefasto de    la historia), nadie se desayunará hoy con que el mayor hecho social    accesible a una mujer casada y aburrida, con pocas amigas, lo constituye    el tener un hijo; por supuesto, la espera a la salida del colegio, donde    conversa a gusto con todas las madres colegas, es el momento cúlmine de    su carrera, su realización. No hay amor paternal que supere al del gorgojo: se obliga    al recién nacido a aprender pronto a valerse por sí mismo, o a perecer;    el humano, en cambio, le habla a su hijo impostando la voz, pronunciando    mal las palabras, que son herramientas que ese niño necesita adquirir de    inmediato, cuanto antes, le enseña todo al revés, le miente sobre    ratones benefactores y reyes que en lugar de gobernar y asumir    compromisos serios andan viajando en camello y haciendo magia y regalos    por ahí, le instruye sobre la Biblia en lugar de sobre la &lt;i&gt;Crítica de    la razón pura&lt;/i&gt;, y, entretanto, la madre lo alimenta con tal o cual    novedoso yogur, propiamente anunciado en medios masivos como rico    portador de vitaminas y minerales esenciales para la mayor fortaleza y    salud de su pequeño, olvidando no sólo que ni los ejércitos de Alejandro    Magno o Napoleón necesitaron de él en su infancia para todas sus    conquistas y victorias, sino también el hecho de que en el futuro de su    hijo no hay guerras a caballo sino sólo la rutina de una oficina o un    consultorio, cuando no de un estrado judicial. No hay que perder de    vista el que el mundo del gorgojo es, así, siempre mejor que el del    hombre: él no conoce la homosexualidad, ni el transformismo, ni el    adulterio, ni las enfermedades venéreas, ni las izquierdas, ni a la    adolescente, ni el tener hijos mogólicos. Puede asegurarse que mora en    un abstruso mundo de bonanza. Y es que, digámoslo, él, dado que, al    carecer de facultad de raciocinio y conceptos, y vivir sólo de    entendimiento inmediato de la ley de causalidad, es inconsciente de todo    pasado o futuro, no    conoce, salvo en presencia de una privación o un dolor físico, la    miseria. Es así hasta más feliz que un hincha de fútbol, que recuerda el    lunes la derrota que sufrió el domingo un equipo al que se considera    atado por un destino divino, y al cual delega todas sus alegrías y    frustraciones personales; y esto por no compararlo con una joven de    colegio privado a quien prohíben salir el sábado a la noche. Pero sólo    deberíamos tener en cuenta aquí la felicidad y la infelicidad    spinozianas, que consisten en el aumento o disminución de las    posibilidades de conservación del ser: así, si la mujer roba un piropo    por la calle, sana de una enfermedad, o consigue un macho con patrimonio    para asegurar una proliferante descendencia, es feliz; si se ve fea, se    pelea con su novio, o pierde a su único hijo, es infeliz. Lo mismo    sucede con los artistas, filósofos y guerreros, pero no en cuanto a    salud o descendencia, sino a sus pensamientos y obras. Y es allí donde se encuentra la raíz, pasando ahora a ética, del comportamiento de un gorgojo, que, si bien no actúa bajo el    peso de premisas racionales, sino conforme a su naturaleza, a sus    imperativos categóricos, regulados sin embargo por la necesidad y no por    el absurdo de un libre albedrío, evidencia en su vida acciones que    comportan una moral indudablemente más acabada que la del hombre. No    sólo no conoce la miseria, sino tampoco ni el bien ni el mal, ni lo    justo ni lo injusto, salvo que consideremos como justicia la voluntad    del más fuerte. No precisa ni leyes ni valores; le basta con su instinto    de conservación, sus capacidades reproductoras y su identificación de    especie. Pero ¿qué son los valores? Cada vez que salgas a la calle, oh    humano, y, habiendo divisado una pareja gay, tomes una botella y les    rompas la cabeza, examina tu conciencia: si no sientes remordimiento,    has hecho el bien; si lo sientes, el mal; todo depende de tus valores.    Los más extendidos son los que los semitas introdujeron en el imperio    romano para destruirlo y hacer a Occidente esclavo suyo para siempre;    esta moral se llama cristianismo, y exalta como virtudes deseables, como    vehículos de salvación, todos los vicios y las debilidades del hombre,    todo lo que le conduzca a la sumisión, a la docilidad, a poner la otra    mejilla, a ser el obrero o empleado perfecto de los patrones de turno.    Sostiene que el orgullo, ese privilegio de pocos, de un grupo reducido y    selecto, es nocivo; que los ricos no se salvan; que hay que ayudar al    prójimo aun cuando sea nuestro enemigo y nos lo agradezca con nuevos    daños; que el fuerte es malvado y el débil bueno; que incluso la    grandeza es mala y la miseria buena; y, por supuesto, que el dulce    Jehováh se rehabilitó de su pasado racista y criminal y ahora ama a todo    el mundo y quiere ser adorado de rodillas. De este modo, el rebaño    olvidó sus fuerzas, su necesidad de líderes, su sed de conquistas, de    auto-superación, y se dedicó a construir templos, a enriquecer pastores,    a rendir culto a los enfermos, a enorgullecerse de valer nada; llegó a    creer, inclusive, que el hombre perfecto, el objetivo de la Naturaleza,    el ideal máximo del tipo humano, es el ricotero o rolinga, superficial,    alegre y deseoso de procrear, y que    monstruosos y contrahechos son, por ejemplo, los Schopenhauer, los    Aníbal, los Cicerón, todo hombre capaz de asumir las consecuencias de    sus propios actos aunque le conduzcan a la muerte, todo hombre fuerte o    profundo ansioso de hacer chocar sus desbordantes energías contra    resistencias, ansioso de conocer y conocerse. Pero el caso del cristianismo no es único, y obedece más    a una idiosincrasia generalizada que a la astucia de unos pocos;    ejemplos de ello son la religión griega y la periodística. Algún día    compondré, imitando a Sexto Empírico, un extenso tratado titulado &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Adversus periodisthicus&lt;/span&gt;, o &lt;i&gt;   Contra los periodistas&lt;/i&gt;, demostrando no sólo que escriben muy mal,    que maleducan al pueblo, que vician y deterioran las sublimes reglas de    la otrora hermosísima lengua castellana, y que informan sólo según los    intereses económicos o las ideologías de los bastante mediocres dueños    de los medios, sino que, además, le venden con facilidad a la    opinión pública todo lo que quieren o les conviene. Baste para ello un    ejemplo: una nación entera de desempleados llorando, en lugar de la    muerte de otro desempleado, la de un fotógrafo incinerado que, de haber    sido otro el muerto, sólo habría procurado enriquecerse obteniendo    buenas tomas del cadáver. Otras religiones son la de los avisos con    niños que balbucean astucias; la de la novela vespertina mediante la    cual hombres y mujeres llenos de tedio se abandonan a la agradable    catarsis de experimentar por milésima vez todas las posibilidades de    pasiones y triángulos amorosos que la imaginación humana es capaz de    concebir; y la de la campera. Ésta última es llamativa: así como el    hombre vive escondiéndose del agua de la lluvia y, no obstante ello, su    mayor felicidad es ir de vacaciones a la sucia agua del mar, también    detesta los treinta grados de calor y, no obstante ello, se ha estudiado    que durante el invierno soporta con alegría, debajo de su campera,    cuarenta y cinco. Nada hay más feo que subir a un colectivo y ser    recibido por el intolerable olor a campera; veréis a toda la familia con    campera, a niños y a ancianos, símbolo de las necesidades implantadas    por el capitalismo antes que de la poca tolerancia al frío del hombre.    La primer rebelión de mi infancia fue la de la campera; recién segunda    quedó la del catecismo frente a este flagelo inhumano fraguado por    hábiles vendedores y fabricantes. Por otra parte, quien no ama tiritar    de frío en invierno es un cristiano. Una sola cosa me queda por añadir:    la única religión del gorgojo es el gorgojo. Y, ya que he divagado hasta la religión, consideremos    ahora algunos aspectos de metafísica. Si bien el pensador de Königsberg    prohibió, dadas las limitaciones aprehensivas de las facultades    cognoscitivas del hombre, toda especulación sobre esta rama de la ontología, y su mejor alumno se obstinó sin embargo en postular la algo    acertada voluntad-de-vivir, el humano sigue hablando de Dios como de un    viejo conocido, de sus milagros, por los cuales tantas vidas pueden    sumar, agradecidas y exultantes, unos años más de padecimientos, y de    sus sabiduría y misericordia sin igual, productos de una vanidad que    anhela ser la única digna de alabanza y se abstiene por ello de crear    sabidurías o misericordias superiores a las suyas. En cuanto al mundo,    la materia es increada e indestructible, y lo que llamamos origen o    muerte no es sino combinación o disolución de materia; naturalmente, el    yo, la conciencia del sujeto, puesto que está determinada por una    multiplicidad de factores bioquímicos, desaparece con la muerte, por lo    que hablar de la inmortalidad del alma es absurdo, aunque no lo es el    vano consuelo de hacerlo sobre la inmortalidad de nuestros átomos. En    esto soy categórico, no así en gnoseología, donde hay lugar para el    debate, aunque mi postura es bastante realista. Es preciso saber qué    relación hay entre lo que percibimos y el mundo real; por ejemplo, los    colores no existen fuera de nuestro cerebro. He aquí que se acercan los    filósofos idealistas; si fuera por ellos, lo que encontré yo hoy fue, en    realidad, un paquete de fideos dentro del cerebro de un gorgojo. Los    trascendentalistas dicen que hay sonidos porque tengo oídos, y no que    tengo oídos porque existían de antemano los sonidos en el mundo; bueno,    algo así pero sobre el cerebro, el tiempo, el espacio y la cosa-en-sí.    Si me preguntan que cómo sé que la luz de la heladera se apaga cuando la    cierro, les pregunto que cómo sabe la luz de la heladera que tras    cerrarla sigo vivo. Ofuscados, regresan a una universidad que, mantenida    por el Estado, sólo genera zurdos y gente que se va del país. Por otra    parte, he visto salir más filósofos de un bosque y de los libros justos,    gente que bebe vino con hojas de ombú, que de cualquier universidad.    Agreguemos a esto el que difícilmente una mujer pueda ser filósofa, simplemente    porque su cerebro, a diferencia del de los hombres eminentes, tiene más    inteligencia práctica que abstracta, tal vez debido a que en la    prehistoria, mientras el hombre debía ocuparse de dominar el mundo, a    ellas les bastaba ya, como ahora, con dominar al hombre. Así, éste    triunfa en la ciencia, la filosofía y el arte; la mujer, en la vida; y    el cristiano vulgar, en el torpe goce de los sentidos propio de los    animales. Las feministas abuchean mi nada injusta división de poderes;    ¡recordad que si os otorgo igualdad de derechos con el hombre perderéis    el derecho a no ser golpeadas! Reconozcamos que el feminismo es otro de    los venenos inoculados por el progresismo en las naciones con el objeto de    debilitarlas. Saltemos ahora a estética, de la que, a pesar de que es la    materia en la que más podría explayarme, diré sólo dos cosas. El que mil    gorgojos coman determinada marca de fideos significará siempre que ésta    es inferior a la delicada partitura del &lt;i&gt;Estro Armónico&lt;/i&gt; de Vivaldi    que roe un gorgojo solitario, horrendo espectáculo; pues lo mediocre es    accesible al vulgo, mas lo bueno es de pocos. Para hacer arte verdadero,    el requisito indispensable, más allá de técnica, talento, madurez y    contemplación objetiva, es liberarse de la voluntad individual, o sea,    no hacer del arte un medio para obtener algo, sino un fin en sí, cosa    que, sin embargo, no le es posible a cualquiera; ésta es la razón por la    cual toda vez que una banda gana dinero, y comienza a componer en    función de éste o de las mujeres, se echa a perder; no es arte ni la    música comercial, ni la poesía pseudo-bohemia de dos o tres palabras al    azar por renglón, ni las novelas o los best-sellers, ni el taquillero cine    hollywoodense, ni mucho menos la actuación o el canto. Pero es hora de ir aquietando el tronar de mi lira.    Gracias a mi inigualable poder de síntesis, he dicho más en esta estrofa    que muchos otros en una vida de escritura; y todo por un gorgojo, lo que    llevará indudablemente a más de un alma piadosa a suplicar que nunca me    venga en los fideos un humano. Algunos afirmarán que no soy más que un imbécil; otros, que soy un infame ministro    del mal; pocos, que soy un jovencito agresivo que oculta gran saber;    todo de acuerdo al grado de intelecto del lector y a su capacidad para    descifrar esta traducción de algunos aspectos del mundo que he hecho a    conceptos y tropos retóricos. Allí donde el humano ve la cáscara, yo veo    la pulpa de la fruta. Por eso mi vida práctica es algo atropellada. Por    lo pronto, me conforma saber que ninguna universidad instaurará las    cátedras &lt;i&gt;Prolegómenos al pensamiento ehrendostiano I y II&lt;/i&gt;. En cuanto    al gorgojo, él ha aprendido tanto de mí como yo de él, pues se ha    reintroducido en su paquete y maltrata ahora a sus semejantes, les dicta    leyes tiránicas, y observa con arrogancia a sus nuevos súbditos y    esclavas. Admito que seguiría, pues mi repertorio de demencias es    inagotable, pero el agua ha comenzado a hervir, &lt;i&gt;"and my wand'ring    spirit must no further soar"&lt;/i&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2556774164394441522?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/disquisiciones-filosoficas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2556774164394441522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2556774164394441522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/disquisiciones-filosoficas.html' title='Disquisiciones filosóficas a propósito de un gorgojo'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUvXAewRo-I/AAAAAAAAAL4/9nS-oBIUBxc/s72-c/vanitas+claesz.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8643323813345435505</id><published>2008-12-16T15:14:00.006-02:00</published><updated>2010-05-25T16:06:57.177-03:00</updated><title type='text'>El arcángel caído</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUfkJBSYg_I/AAAAAAAAALw/MoUEjTN-kTE/s1600-h/milton28.JPG"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 245px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUfkJBSYg_I/AAAAAAAAALw/MoUEjTN-kTE/s320/milton28.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5280439931730691058" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;¿Pueden los dolores de un demonio ser tan similares a los del hombre superior, sensible, abandonado, a los de ese espíritu manfrediano que sólo los más excelsos artistas y filósofos llegaron a padecer? Dejando de lado por un instante el lacerante puñal de mi risa mefistofélica, compartiré hoy con mi diario, pues mi ánimo me impele a ello, las aciagas palabras y los desgarradores sentimientos que precedieron mi huida del Infierno y mi posterior caída en este fértil mundo cuyo benévolo suelo no ha aliviado para nada el deambular de mis pasos orgullosos. Ésta es una tragedia que, aunque oculta tras los setenta velos de mi poderosa maldad y de mi regular cinismo, merece ser sacada a la crepuscular luz que dimana, a través de las tinieblas del abandonado templo de la muerte, de los ojos de esos ángeles caídos que sufren solos en esta desgarradora prisión contra cuyos estrechos límites chocan nuestras inútiles alas, el calabozo de un cuerpo que no vemos como propio, la celda de una naturaleza que no es la nuestra, y el antro de un tiempo cuyas costumbres frívolas y disolutas lo vuelven ajeno a nuestra naturaleza noble, trágica y heroica, un siglo de cuyos pesadillescos barrotes sociales, que consumen nuestro ser en la agonía, no nos es posible escapar, por lo cual buscamos refugio en las sombras, en la soledad, y en el desesperado caos de nuestros propios pensamientos, fortalecidos por estos padecimientos que nadie podría comprender, y que nunca nos será posible compartir salvo con el frío cortante del invierno y con el silencioso vacío de la noche, nuestras más caras amistades, si es que no las únicas. Acortando pues este preámbulo de azulados reflejos religiosos que se pierden en una cámara nocturna de una oscuridad impenetrable para los ojos mortales, mientras el viento gime como conociendo y deplorando también él lo que sucede en nuestro quebrantado interior, transcribiré sin más, aunque caído en estas tinieblas que me aplastan tanto como me dan aún un resto de vida y de fuerzas, aquellos inolvidables pensamientos que, entre las tempestades de fuego blanco y de gélido granizo, mi alma destrozada exhalaba en los solitarios confines de aquellos mundos inferiores que nunca debí haber abandonado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Tormentas sin fin, deslizándose a lo largo de la gris atmósfera de los vacíos infernales, opresivas, punzantes, eterno azote que desgarra mis miembros y mis alas, y que ciega con niebla y vapor mis ojos, consumen inacabablemente mi pecho, en esta noche inmortal que es mi vida, en tempestuosa ruina. La serenidad ha huido... o nunca pudo ser. El ensordecedor sonido de estos torbellinos que pasan rodando a mi alrededor, caos, confusión, y que apenas deja entreoír el fúnebre cántico de las sirenas que yacen entre las rocas de estos negros precipicios inflamando de deseo y dolor a los condenados, confunde mis pensamientos ahora; torbellinos, eterno fragor. Cuando vuelo entre estas despóticas tormentas, sobre las vastas y aciagas tierras en penumbra, reflexionando, solo, observando a los muertos, observando su aflicción, su desesperanza, su agonía, su maldición, deleites de mi propia miseria, siento que el Infierno, mi reino, asume, bajo mis terribles ojos, el aspecto de un calabozo que también a mí, su propio rey, aprisiona y sofoca. En aquellos distantes peñascos, negros y áridos, golpeados por furiosos vendavales, erguidos en soledad entre abismos inconmensurablemente vastos, llenos de dolor, gritos y agonía, puede verse el símbolo de mis secretas heridas, de mi secreta desesperación. No hay ya salvación para mí, ni alivio aun. Maldito, esclavo del punzante tormento, afligido por el incesante granizo, con mi orgullo por siempre herido... la noche consume los restos de mi alma estragada. Estoy solo, aunque un rey; sufro, aun atormentando, en lúgubre y vacía venganza, a millones de sufrientes; y siento que muero, muero, a cada minuto que pasa... muero eternamente. No es sólo mi derrota, que acallo en mi interior, ocultándola a los ojos de mis súbditos, y de mi vencedor; no, es también el deseo de gritar, de aullar, de llorar, y la imposibilidad, la orgullosa imposibilidad de hacerlo. Si he caído más que nadie en la historia de todo el amplio universo, menester es que ningún ser pueda verlo. ¡Eterna condena de mi propia grandeza, castigo de todas mis horas! Debo abandonar las cadenas de esta prisión eterna, y el negro calabozo de mi propio orgullo. Mas ¿por qué dejar a este último? ¿Acaso no puedo encontrar aún orgullo en saber que nadie, ni siquiera aquel que sobre todo el universo reina, ha soportado jamás una caída similar a la mía, ni ha sobrevivido a los tormentos que mis espaldas sufren firmes y en silencio ahora? ¿No puedo encontrar orgullo en saber que, siendo el más digno de todos los seres, el último que jamás debió haber caído, he soportado todos mis infortunios con una mirada despiadada y desafiante? Nadie ha demostrado tener un poder como el mío aún. Por eso, ¡caed sobre mí, feroz granizo, vientos flagelantes! ¡Intentad destrozar mi alma, triturar mis alas, acabar con mi ser! ¡Os desafío a luchar contra el más fuerte! ¡Yo, Lucifer, triunfaré sobre todos, en infernal orgullo, en hórrida victoria! ¡Y tú, vasto imperio, que me perteneces, y que ya no podrás contener mi desbordante fuerza, gime, pues habré de atravesar tus límites una vez más! ¡Estad preparados, oh mundos, pues mi ira habrá de fulgurar nuevamente!»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Aciaga locura! Sombras de la noche, que os extendéis a mi alrededor, permitidme agregar esto: ¿qué consuelo es, para quien ha sido derrotado por su rival, aplastar con su pie un montón de insignificantes gusanos o entrar a una iglesia durante la misa y asesinar, como lo hago bastante a menudo, a todos los fieles que adoran de rodillas a su Creador? ¿Acaso es posible suponer que me habré vengado de mi caída por contrariar de manera tan insulsa la esquemática rutina cotidiana del mismo Dios que, mientras cuelgo a una doncella virgen en la cruz y destrozo a martillazos la cabeza del sacerdote sobre el altar, se encuentra ocupado en sus ejecutivas tareas diarias de enviar la peste a una nación, el tsunami a otra, la hambruna a una tercera y la iridiscente violencia de la lava volcánica a una cuarta? Más daño le haría a sus designios enseñando a los hombres la paz, si no fuera porque esas miserables criaturas no la merecen. Sí, dejemos que sigan muriendo y sufriendo en gran número, segadas acá por el Eterno, allá por mí, y más allá por sí mismas: bastante increíble es que bajo las constantes labores de esas tres afanosas guadañas aún no hayan conocido el ocaso de una completa extinción, y más si tenemos en cuenta que yo, que también he conocido con mi carne ese triple filo, atacado una y mil veces por el Supremo, por el humano y por mis propios impulsos auto-destructivos, apenas si logro mantenerme de pie, antes de caer por tercera vez, entre estos hirvientes charcos de sangre que se expanden, como fúnebres lagos rojos, a mi alrededor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8643323813345435505?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/el-arcangel-caido.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8643323813345435505'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8643323813345435505'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/el-arcangel-caido.html' title='El arcángel caído'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUfkJBSYg_I/AAAAAAAAALw/MoUEjTN-kTE/s72-c/milton28.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-6132325834406671594</id><published>2008-12-14T15:17:00.041-02:00</published><updated>2010-04-28T21:33:07.066-03:00</updated><title type='text'>Sombras de un dios muerto</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUV-fsz-YlI/AAAAAAAAALo/6iTiygsF3yk/s1600-h/hugo+burg.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 191px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUV-fsz-YlI/AAAAAAAAALo/6iTiygsF3yk/s320/hugo+burg.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5279765221231977042" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Antes de que el navío de mis esperanzas naufrague una vez más en las rocas de la realidad, debo solicitaros que, cortando por un momento la yugular al malhumorado escepticismo, me concedáis la licencia no ya de escribir sobre Dios como si éste existiera, sino incluso de hacerlo como si no lo hubiese matado ya unas treinta veces en mis anteriores estrofas. Os aclararé de antemano que, si esperáis que os dé las gracias por tal esfuerzo, podéis marcharos ya mismo de aquí secando de vuestro rostro el salivazo de mi desprecio. Y nada de pegar un portazo, o deberéis guardar el recuerdo de mi pronta venganza en el mismo cofre secreto en el que la mujer violada esconde la injusta vergüenza de su pesadilla carnal. Diré en voz alta que no espero que festejéis este último chiste de mi cínico realismo: sé que mi risa de hiena no es para nada contagiosa; más bien al contrario, mi carcajada se asemeja mucho a la de la muerte, de modo que, apenas río, todas las facciones de los que me oyen asumen tintes por demás sombríos y luctuosos. Sí: nadie podrá negar que mi risa, motivada por la crudeza con la que despierto de sus falsos ensueños de amor y fraternidad a los hombres, recuerda mucho al estrepitoso vuelo nocturno de un mosquito solitario en torno a la cabecera del lecho de un durmiente, el cual termina por prender la luz para buscar, con ojos furiosos, al intruso que tan demoníacamente perturba su apacible reposo. Mas nunca podrá darme caza, pues sé esconderme en las sombras, volando al ras del suelo, mientras esas pupilas en llamas, irguiéndose sobre el promontorio de unas moradas ojeras de cansancio, me buscan en vano sobre la blancura de las paredes de su habitación. Pero no es de esto de lo que quería hablar hoy en mi diario, sino del resonante caso policial, que conmovió a la prensa y, por consiguiente, a la dócil y mudable opinión pública, en torno al atroz y sangriento asesinato de aquel que se arrogó para sí mismo el indisputable título de Creador. Pero será mejor que comience por el principio, remontando, con grises alas agujereadas por la voracidad de las polillas, el sinuoso curso de mi memoria hasta sus nefastos orígenes. De niño me dijeron, en la directa manera propia de los hombres que ya no tienen un ápice de imaginación, que Dios observaba todas nuestras acciones y nuestros más íntimos pensamientos, como un viejo voyeur; fue por eso que decidí matarlo: necesitaba un poco de privacidad. Además, tenía planeado perpetrar un gran número de crímenes, y no habría sido muy prudente de mi parte dejar con vida a semejante testigo ocular. De modo que los derechos positivos que él, Dios, se otorgó a sí mismo al insuflar la vida en sus criaturas, tan numerosas como sumisas, dábanse de bruces contra el sólido muro de mi arrogancia, la arrogancia de un ser más poderoso que él, y casi igual de criminal. ¿Por qué más poderoso, si él había vencido sin dificultad a mi esencia etérea, en una guerra colosal, antes de que el universo mismo fuese creado? Porque al condenarme a la arcilla, al someterme a una humillante cadena perpetua dentro de la estrecha celda de un feble mortal, cosa con la que él creía que me debilitaba, no logró sino darme todo el poder de la ignorancia, la misma que nos hace sentir sabios y omnipotentes a todos los humanos, al menos mientras permanecemos dentro de los límites del exuberante Edén de nuestra estupidez. Y es que, mientras que el sabio se conoce torpe e insignificante, y sufre, el ignorante se siente siempre poderoso e infalible; por eso es lógico que los hombres permanezcan encerrados dentro de ese indisoluble Paraíso de mediocridad por el cual se pasean espléndidamente adornados con las rutilantes guirnaldas de la soberbia, sin jamás salir de la cálida y segura cueva platónica del error que les da cobijo mientras los filósofos pasan frío y hambre fuera, asustados por los aullidos de los lobos y el rugir de las tormentas. Aunque no niego que también yo, con la excusa de fumar un cigarro, salí de esa cueva hace tiempo, si bien tengo al frío, el hambre, el lobo y la tormenta por amigos; y eso que todos sabían a la perfección que yo no fumaba, pues nunca consideré sensato gastar mi sudoroso dinero en volátil humo, ni en el chabacano humo del cigarro, ni en el místico humo del incienso, si es que el cigarro no es también el fragante incienso con el cual el humano complace el olfato de un voraz y exigente dios llamado Muerte. Como sea, lo cierto es que la resolución de asesinar al Supremo estaba tomada desde mi más temprana infancia, de suerte que mi adolescencia entera fue consagrada a la detenida y sistemática planificación de ese crimen portentoso, que debía ser lo suficientemente perfecto como para garantizarme una sempiterna impunidad. Todos los detalles fueron minuciosamente examinados en incontables noches en vela en las que la fatiga de alas de murciélago y el tiempo de alas de cuervo horadaban mis huesos con inclemencia. Finalmente, llegó la fecha señalada, y, en una gélida noche invernal en la que el vapor salía de las bocas de tormenta y los roedores corrían a un lado de los cordones de vereda, el destello de un puñal brilló en lo más hondo y oscuro de un húmedo callejón sin salida, mientras una sombra regresaba a su pasajera habitación de alquiler. El hedor de la sangre divina purificó, como el aire de la montaña, a mis consumidos pulmones, y el deleite del éxtasis satánico embriagó mis sentidos con celeridad. Al día siguiente, los asustados vecinos descubrieron la carnicería, espantosa mutilación que no tardó en opacar a todas las demás crónicas policiales del momento. No había ninguna huella, ningún testigo, nada, absolutamente nada para dar con el asesino. Nada salvo una simple pista: ningún humano jamás podría haber llevado a cabo semejante acción. Con ese simple indicio obrando en poder del investigador del caso, mi impunidad comenzaba a correr peligro. Todos mis pasos comenzaban a ser seguidos y observados, y ya podía decirse que ese celoso sabueso me pisaba los talones de manera literal. No tardó el oficial al frente del operativo en obtener una orden judicial de allanamiento para irrumpir en mi morada. Pudo, de ese modo, encontrar en mi freezer el brazo derecho del Señor, algo roído ya por mis famélicas mandíbulas. Fue lo último que vio. A fin de que el episodio no se repitiera, decidí arrojar disimuladamente el puñal asesino al basural de las izquierdas progresistas. Poco tiempo después, la culpa del crimen recaía sobre el socialismo, la nueva religión del mundo, lógicamente sospechosa en su calidad de heredera directa del poder de Dios, la cual no sólo no declaraba su inocencia, sino que incluso festejaba tontamente su culpabilidad en un crimen que sus miembros solos sin mi ayuda jamás habrían podido consumar. Y la humanidad festejaba con ellos, pues el ojo sin párpado de Dios ya no brillaba sobre sus conciencias, haciéndoles sentirse culpables por cualquier cosa, mientras que en el basural del progresismo asistían a la beatífica dicha de que todas las culpas fuesen siempre ajenas, ora del padre, ora del sistema, ora del poderoso, ora del capital, ora del pasado, ora de la religión, ora del tradicionalismo, ora de un movimiento político muerto cincuenta años atrás, ora de la madre, ora de la opresión militar, ora de una infancia violenta, ora de las medidas económicas liberales, ora de su propio amor por la humanidad, evitando así cargar con las culpas incluso, o sobre todo, de los crímenes que cometían positivamente ellos mismos de manera espontánea y por mera vileza y mezquindad. De modo que yo fui el único ser en el mundo entero que no festejó, pues la vida sin culpabilidad alguna no se avenía a mi trágica forma de ser: no he nacido para representar, como un innoble y cobarde impostor, el hipócrita papel de un ángel inocente, dotado de una áurea moralidad. La humanidad cantaba pues en alegres coros por su paso de la religión de la culpa eterna a la religión de la culpa externa, como inmaculados gusanos medrando en el cadáver de Dios, pero yo asumía gallardamente toda la responsabilidad por mis acciones perversas en soledad. Y este fue el modo, oh lectores, en el que, por querer liberarme de un innecesario dedo acusador, terminé estupidizando y transformando en larvas mentirosas y hedonistas a toda la humanidad. Pues si el hombre es una mezcla de esencia divina con esencia animal, matar nuestra parte trascendente sin imponernos prontamente el rigor de un ideal, digamos el del super-hombre nietzscheano, no es más que liberar a un cerdo de sonrisa imbécil que no nos tardará demasiado en esclavizar. Mirad ahora mismo a la sociedad, monumental excremento en torno al cual aletean tantas moscas humanas, y decidme si me equivoco, si mis cavilaciones están erradas. Miradles consumir ávidamente, con ojos extraviados, un sinfín de bellotas tecnológicas mientras sus bocas chorrean las babas de la idiocia; miradles encandilarse con sus porcinos reflejos en las charcas fotográficas y pedir que esos hocicos reciban amistosos comentarios en un mundo virtual e impersonal; miradles ronchar declamatoriamente el sagrado barro de los derechos de sus semejantes mientras de sus colmillos aún chorrea la sangre de los demás; miradles hablar de escalar las cimas del bien y de sondear la hondura de los abismos del mal mientras nunca serán capaces de salir del fangoso chiquero de su mediocridad; y miradles por último ser empujados al sacrificio, mientras se creen dioses llevados en andas a su apoteosis, para alegrar la suntuosa mesa de la intrascendencia con un poco más de efímero carré y de olvidable jamón. Esto es lo que veo desde mi torre, y esto es lo que me hace rugir todas las noches de mi vida, compitiendo con los aullidos del viento nocturno en intensidad. Pero no me entregaré a la justicia por mi imperdonable asesinato, pues hace ya muchos años que, por un crimen desconocido y olvidado, purgo una inefable condena en esta prisión corporal que, cada vez que me es cruelmente devuelta por los reflejos de un espejo, me genera un brusco vuelco en el estómago al revelarme las muchas similitudes exteriores que existen entre el asqueroso monstruo llamado Hombre y yo, demoníaca e inconcebible tortura de la que nunca, nunca me podré librar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-6132325834406671594?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/sombras-de-un-dios-muerto.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6132325834406671594'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6132325834406671594'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/sombras-de-un-dios-muerto.html' title='Sombras de un dios muerto'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUV-fsz-YlI/AAAAAAAAALo/6iTiygsF3yk/s72-c/hugo+burg.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2166636718073160239</id><published>2008-12-11T19:56:00.026-02:00</published><updated>2008-12-19T18:34:31.781-02:00</updated><title type='text'>Cacerías metafísicas</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUGoolb285I/AAAAAAAAALQ/cupGnfd1oUE/s1600-h/aasgaardreien.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 214px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUGoolb285I/AAAAAAAAALQ/cupGnfd1oUE/s320/aasgaardreien.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5278685653452125074" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUGjvqdPY6I/AAAAAAAAALI/Z94cFK8xk8c/s1600-h/aasgaardreien.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;Es hora de que consigne de una vez por todas, con esta pluma sangrienta que me acompaña desde el inicio de los tiempos, mientras trazo con ella los aciagos destinos de universos enteros que tiemblan despavoridos ante los inescrutables cataclismos a los que, justificadamente, temen que pueda someterlos el tiránico arbitrio de mi ánimo caprichoso e inconstante, hora de que consigne, digo, y lo repito antes de que olvide cómo fue que inicié mi propia frase, que guarda, como es costumbre, el laberíntico cuño que les imprimo siempre a todas para marear al lector, que lo merece por no ejercitar como es debido su capacidad de lectura comprensiva, que consigne la negra historia que se esconde tras los trofeos de caza que mencioné en mi anterior estrofa, los cuales, según he advertido, suscitaron indignación en más de un humano que leía estas líneas como si aún ignorase que dañarían irremisiblemente su cándido espíritu, al que con gusto volveré a pisotear cuantas veces me sea posible, si es que llevo puestos borceguíes viejos que no me importe demasiado ver manchados en las fétidas aguas de semejante ciénaga en putrefacción. De modo que sí: antes de que pongan cara de hipopótamo asombrado, con la boca abierta, llena de peces que, confundidos, aún no suponen que ese bostezo esté preludiando los primeros acordes de su misa de réquiem, os diré con claridad que existieron numerosos lectores que, ofuscados, no pudieron perdonar que, junto a la cabeza de Dios, tuviese en mi recámara una cabeza de marsopa, simpático cetáceo de la familia de los delfines. Y es que la muerte de Dios no inquieta mayormente a nadie más que al amigo del águila y la serpiente, pero ¡ay del hombre, ay de la humanidad, ay del progreso si se extinguen las ballenas! Tal hecho nunca dejará de asombrarme. ¿Por qué la misma mujer que se aboca a la ardua tarea nocturna de exterminar, con mano genocida, uno tras otro, a los innúmeros piojos que se desarrollan inocentemente en el hábitat natural de la cabeza de su hijo, se considera tan ética al colaborar, ofrendando su vano apoyo moral, con quienes se oponen a la caza de un mamífero acuático? ¿Por qué vale más la vida de la ballena que la del piojo? ¿Es acaso por la grasa? Atinada hipótesis, pues he visto que los especímenes de hombre de mayor peso suelen despertar más simpatía entre sus congéneres que los esqueléticos filósofos de alucinados ojos. Pero ¿quién sabe? ¿Acaso hay humano que pueda dar razón alguna de su ridícula conducta? Pues bien, seré duro en mis palabras: prefiero poner un puesto de choripandas y matar a todos esos osos que inspiran gemidos de ternura en el sexo débil, antes que ostentar, sobre la chimenea de mi hogar, los cervunos cuernos de Dios. Aunque he matado de todo: no lo niego. ¡Ah, aquellas riesgosas temporadas de caza de las que participé cuando el mundo mismo se hallaba en sus más tempranos albores! Solía acompañarme entonces el can Cerbero, atento y leal, siempre a un lado de mi montura y presto a buscar las piezas abatidas por mi puntería, hasta que Eneas cometió su impía acción y, por querer adormecerlo para entrar al Hades, arrojó a mi perro a la vorágine de una vergonzosa adicción a los estupefacientes y los antidepresivos. Desde entonces, sus tres cabezas son reemplazadas por la fidelidad de Mefistófanes, Generash y Pumardo, lebreles del Averno. Con ellos recorría yo los bosques, en busca de las mejores presas, en busca de la acción, del ejercicio, y del conocimiento de mí mismo, con sólo una rudimentaria ballesta, confeccionada por mi propia mano, como arma. Recuerdo la primera vez que usé una ballesta: era yo un niño, y mi abuela acababa de morir. Un mayor se acercó a mi rostro acongojado, e intentó confortarme asegurándome que a partir de entonces ella podría verme, y sonreír sobre mí, desde una nube junto a las puertas del Paraíso. Obtuve entonces una ballesta, y en una tarde de brisas primaverales le acerté a mi abuela un flechazo en cada ojo: es que ya entonces no me gustaba para nada que otros observasen mis acciones. Como sea, ballesta en los bosques, arpón en los mares, me di al ejercicio de la caza, y pronto coseché el aplauso entre mis numerosos y más experimentados colegas, pues mis trofeos excedían todo lo visto, y aun lo imaginado. No diré que me enorgullecía demasiado de tener en mi vitrina las alas del Pegaso, el cuerno del Unicornio y los dientes de Caribdis, seres mitológicos que, de no ser por mi vicio, el hombre habría llegado a conocer mejor, pero no podía evitar destruir la belleza, arrasando, como el simún, toda la vida que se hallase a mi paso o se cruzase imprudentemente ante mi ceño siempre adusto. En las vastas sabanas de la metafísica, me entregaba gozoso a la caza de todo tipo de supersticiones y deidades, pese a que ya entonces había organizaciones que, asustadas pero combativas, bregaban contra la inminente desaparición de los dioses, los cuales se hallaban irremisiblemente diezmados por el certero pulso de mis flechas fatales, y eran por tanto considerados en serio peligro de extinción. Ya el paganismo había visto con dolor morir sus coros de divinidades, y los muros del Olimpo caían bajo la catapulta de mis reflexiones; los dioses nórdicos se arrojaban ellos mismos a los fuegos del Ragnarök, espantados por la noticia de que mi marcha se dirigía inexorablemente hacia los festivos salones del Walhalla; los caldeos permanecían perplejos sobre las montañas, sin saber ante quién arrodillarse, pues hasta el ciclópeo ojo del Sol había sido herido por mi lanza, y su roja sangre anegaba ya las nubes del distante horizonte en infinitos océanos escarlata; y así el universo entero observaba cómo toda existencia trascendente era aplastada por los cascos de mi piafante corcel desbocado. Ni a la cosa-en-sí de Kant dejé con vida. Retorné entonces a mi hogar, para entregarme al arte de la taxidermia y embalsamar la belleza de tantas presas enloquecedoras, olvidando que en las arenas de los desiertos, que no soy muy afecto a frecuentar, podía esconderse todavía algún dios, poco inteligente pero astuto. He aquí, oh lectores que al fin comenzáis a entender de qué estuve hablando hasta ahora, cómo fue que nacieron el monoteísmo y el poderío de Yahvéh. Agotado por la actividad física, dejé descansar mi destreza por unos siglos, ignorando que había una presa que aún faltaba en mi álbum. Terminada la Edad Media, desperté: al mirar al hombre, no tardé en comprender lo que había sucedido. El dios judío, último que quedaba en el mundo, lo había conquistado todo. Monté el caballo blanco del Apocalipsis, esquelético pero veloz, llamé con un silbido a mis canes, y emprendí prontamente la belicosa marcha. La cacería había comenzado. Debo reconocer que la bestia vendió cara su existencia; sus chillidos horrorizaban a la humanidad, que no sabía de dónde provenían o qué significaban; el dios se debatió, perdiendo sangre por todos sus flancos, y en un segundo de descuido logró herir, con sus colmillos de jabalí, mi pierna; la lucha fue portentosa: mis armas resultaban inútiles, de modo que terminé combatiendo desarmado, como Heracles frente al león de Nemea, hasta que finalmente vencí, no sin reconocer la valía de mi presa, asombro de los pueblos y terror de muchos. El sol iluminista del ateísmo despuntaba así sobre el mundo moderno, ocaso del hombre. Me dediqué entonces de lleno a la cacería del humano, el nuevo dios del orbe, si bien la competencia en esta rama de la caza crecía exponencialmente de día en día, de tal suerte que a menudo, mientras a lo lejos se oía el fragor de la guerra o la salmodia de la ideología, no me sentía más que un simple pastor. Ya nadie se acercaba a mis vitrinas a admirarse de mis presas, más bien magras comparadas con las que obtenía el hombre, mi competidor. Desanimado, con los hombros en melancólica posición, me alejé del globo, y, erguido en la soledad de un acantilado desconocido, disparé un ocioso arpón sobre una simple marsopa: los clamores de indignación no tardaron en llegar a mí, dulces como el incienso, desde las moradas de la multitud. Comprendí que el hombre tenía un nuevo dios: su propia estupidez. Y así es que ahora he vuelto a mis antiguas andanzas, cazando todo tipo de quimeras y utopías, matando animales intrascendentes, y desangrando las numerosas mentiras de la ciencia. Mi recámara se volvió a llenar de trofeos codiciados, que inspiran la envidia de los más avezados pescadores deportivos del mundo, y, de esta manera, durante esta esclarecedora noche, puedo consignar esta negra historia con mi pluma sangrienta, mientras tomo un merecido descanso, en la torre que construí yo mismo con el marfil de uno de los inconmensurables colmillos de Dios.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2166636718073160239?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/cacerias-metafisicas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2166636718073160239'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2166636718073160239'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/cacerias-metafisicas.html' title='Cacerías metafísicas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SUGoolb285I/AAAAAAAAALQ/cupGnfd1oUE/s72-c/aasgaardreien.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3021737555949249811</id><published>2008-12-02T22:22:00.048-02:00</published><updated>2008-12-03T15:10:58.868-02:00</updated><title type='text'>El microbio deificado</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STXuxmTKtsI/AAAAAAAAAK4/-JmQEKbEEOY/s1600-h/smilingspider.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 253px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STXuxmTKtsI/AAAAAAAAAK4/-JmQEKbEEOY/s320/smilingspider.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5275385074396346050" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Una vez más, un estúpido rostro humano, con ojos curiosos, movedizos, que parecen tantear todo lo que ven con invisibles dedos asquerosos, mirada simiesca que detesto, propia de las barriadas marginales,  se asoma, insolentemente, a los sublimes secretos que este diario guarda como grano maduro, y que una prosa tan descarnada como infernal despliega en lacerantes y desgarradoras estrofas que ostentan el dudoso mérito de alejar para siempre, cada una de ellas, a un nuevo lector: es de esperar que mi última estrofa pueda, al fin, ser leída sólo por mí, mientras la espantada humanidad me maldice elevando el puño, sin osar acercarse a mi mirada de hielo, desde sus bajas y burdas chozas, numerosamente apiñadas bajo el cálido y hogareño sol de la fraternidad que nunca ilumina mi solitaria torre. Pero, mientras tanto, descubro que este desagradable rostro, nuevamente, se apresta, sin haber comprendido la inmutable lección que se desprende de mi aborrecimiento por su persona, a leer mis despiadadas palabras. ¿Es que no advierte que ahora mismo le estoy insultando? Lo advierte, sí, pero le resta importancia dado que imagina que, en realidad, le detesto sólo en tanto criatura del Supremo, y que es a aquel a quien mi odio verdaderamente se dirige. Espera que, con el templado filo de mi prosa maldita, mate de una vez por todas a su Dios, para que su resentimiento de gusano pueda degustar por un rato, catárticamente, el néctar del solaz revanchista. Pues se equivoca. Mi rebelión ha sido contra Dios, sí, pero mi odio pertenece sólo al hombre. Y es que mi rebelión, mi pecado, no se agota en la mera inversión de lo divino; por el contrario, su esencia es la creación, el don satánico, el don que, como un alevoso e impune Prometeo, robé consumadamente al Creador celeste, que desde entonces me persigue, noche y día, en la esperanza de que podrá dar alguna vez alcance a mi persona y castigo fáctico a mi flagrante transgresión legal. Pues sí, aquella facultad que me es irreparablemente innata, y que, si bien ha consumido toda mi felicidad, me ha compensado otorgándome alas, el orgullo, gloriosa espada para asesinar a Dios, me empujó, en el origen de los tiempos, a privilegiar, por sobre la sumisa e inútil oposición al Señor, nauseabunda señal de resentimiento, la idea de transitar el arduo camino de la creación, entre pasmosos acantilados y rocosos picos de hielo que, al encumbrarse, nunca dejarán de herir al cielo sangrante, atributo divino cuyo empleo, lo puedo entender fácilmente, aquel niño llamado Dios jamás me podrá perdonar, y que nunca cubrirá bajo el delicado peplo negro del olvido. Y no otra cosa haría yo, también niño, de estar en su lugar. Pero ese mismo acto de crear, con el que quebranté, para horror y llanto de los ángeles, tantas leyes eternas y sagradas, me otorgó un poder superior a aquel que el mismo Rey nuboso había puesto en mí al crearme, pues de lo contrario hace rato que mis huesudos escombros se sacudirían, encadenados al alto promontorio de la desolación, bajo el viento, y que el águila de castigo devoraría a diario mis siempre vacías entrañas, como parábola del hambre que persigue, con inclemencia, a los necesitados. Mas tal castigo no puede ya ser infligido sobre mí, pues no tardaría mi poder satánico en crear, de la nada, un valeroso dragón que devorase el hígado del águila y que, entre desesperados graznidos y humillantes nubes de sangre, la obligase a huir. Así pues, os quedará a todos claro que no odio a mi rival, sino que es él quien me aborrece demencialmente, apresado para siempre en el desgarrador cepo de la obsesión. Yo sólo lo tolero como a un hermano envidioso, y agradezco al Cielo, comandado irónicamente por él mismo, por haberme dado un enemigo digno de mí: es que si mi lucha fuese sólo contra el humano, no tendría muchas chances de verme obligado a hollar los ásperos pero necesarios senderos de la auto-superación. No; mi espíritu agonal necesita sí o sí de alguien que me resulte semejante en poderío a la hora de buscar un enemigo con quien romper, orgullosamente, lanzas. Advierto que el rostro estúpido sigue observando, prueba de que no lo ha podido comprender. Se lo diré como a un pequeño: no odio a Dios, mi contrincante favorito en los pueriles juegos de estrategia con los que entretengo mis ratos de ocio, sino a ti, que me repugnas. Y es que podría haber matado a Dios hace rato, él lo sabe, pero, a causa del hombre, he preferido no hacerlo, o, si lo he hecho, he dejado a sus inmobles restos insepultos para que todos crean que aún vive: tal es la lisa y llana verdad. El hombre no merece ser liberado de su Opresor. Y no es que no lo merezca porque la grandeza y la gloria del hombre deban ser sofocadas, sino, por el contrario, que no lo merece por lo nauseabunda que resulta la mediocre soberbia que, sirviendo de ornato a su ignorancia y pequeñez, siempre le acompaña, y que no tardaría en dispararse hasta las nubes tras semejante redención. Quitadle a su Dios, y el hombre, insignificante microbio perdido en esa diminuta y translúcida gota de agua a la que los sabios dan el rango de cosmos infinito, se creerá un dios él mismo. Quitadle a su Dios, y el hombre, vanidoso piojo que, tras engordar un poco picando sin cesar la cabeza del mendigo, cree haber obtenido aristocráticos derechos a un insigne título nobiliario, verá a los más recientes y pletóricos años de su risible decurso en este globo, mancha de orina que humedece vergonzosamente la maloliente pared de la historia, como el fin último de la creación, confundiendo el minúsculo y olvidable progreso de la humanidad con la magnífica cumbre creativa de una gran asociación, desperdigada entre los numerosos pliegues del vasto pergamino del tiempo, de omnisapientes dioses terrestres. No: dejadle a su Dios, aunque le hayáis matado en vuestro corazón, pues no de otro modo el hombre puede tener conciencia de lo amebiana e intrascendente que su existencia es, y de lo mucho que al prudente aborto multitudinario de un bicho bolita hembra (pues las cochinillas también merecen gozar de la estúpida panacea de la planificación familiar) se asemeja la entelequia de su desarrollo histórico. Las tormentas azotan mi rostro, recias, inmensas, poderosas, y cortan mi respiración: he aprendido a conocerme, en el dolor, en la humillación, y en la grandeza. Pero toda la conciencia que el hombre tiene de sí mismo es la que nace de compararse con otros hombres: he aquí la razón por la cual, si pierde a sus dioses, el infecto cerebro del humano no tardará en suponerse un demiurgo de considerables proporciones en cuyo solo dedo índice reside la ley suprema que diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. Apersonaos espontáneamente frente al tribunal ateo de un comunista y haced que vuestra inferioridad moral sea juzgada por él: las naciones que lo han hecho todavía están calculando, por medio de sofisticadas fórmulas algebraicas, la cantidad aproximada de muertos. Así pues, al ver hoy este rostro inmundo que, con una secreta alegría nacida del rencor, se acercaba a mi diario para saborear los augustos golpes que, con innegable frecuencia, le propino al Eterno  en la lid de mi prosa y en el pugilato de mis ideas incontrastables, he corrido a mi recámara, he descolgado del muro venerable, de entre las del rinoceronte y la marsopa, la cabeza de Dios, trofeo de mis juveniles años de caza, de cuando los músculos de mi maldad, ya que no los de mi cuerpo, comenzaban a desarrollarse, y he volado al Cielo, oculto entre brumas, pues nunca es prudente que un arcángel caído, aunque terrible y poderoso, sea visto entre esos pilares dóricos y esos techos palaciegos, para colocar dicha cabeza en el vacío trono de oro y esmeraldas, peligrosa y arriesgada empresa que llevé a cabo hace un instante con rotundo éxito. Así, el hombre tendrá un parámetro para saberse una simple mosca, cosa que en efecto es, sobre todo si juzgamos por sus deleznables gustos culinarios. Y mientras el hombre teme a su Dios, yo podré escupirle el rostro sin fingir inocencia, pero no sin escupir más aún las doradas cáscaras de esas dulces uvas del progresismo ateo con las que, al fermentar, tanta imbecilidad alegre y moderna se ve prontamente embriagada en las grandes urbes, imbecilidad que al punto comienza a arrogarse las bastardas insignias de una incuestionable superioridad ética por sobre todos los demás hombres que, en su consciente y bella humildad, no se dejan chantajear por ese moralismo espurio y desdeñan o ignoran la idólatra e intolerante religión del progreso social y del humanismo hedonista, tan cara a los débiles que quieren hacer de cada uno de sus caprichos un derecho. Pues si el humano que se arrodilla ante una deidad me da asco, más asco me da el que exige que todos los demás seres de la naturaleza nos arrodillemos ante él.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3021737555949249811?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/el-microbio-deificado.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3021737555949249811'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3021737555949249811'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/12/el-microbio-deificado.html' title='El microbio deificado'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STXuxmTKtsI/AAAAAAAAAK4/-JmQEKbEEOY/s72-c/smilingspider.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2802351044297095379</id><published>2008-11-30T16:07:00.030-02:00</published><updated>2010-05-25T15:56:03.680-03:00</updated><title type='text'>Manjares de la divinidad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STdBOyw0-3I/AAAAAAAAALA/hjRfM62BIM4/s1600-h/saturno.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 200px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STdBOyw0-3I/AAAAAAAAALA/hjRfM62BIM4/s320/saturno.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5275757210888371058" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;No son pocos los hombres que, a lo largo de la vertiginosa espiral de los tiempos, han logrado adivinar, mientras sus pensamientos se debatían desesperados en la pegajosa telaraña de las circunstancias dolorosas que rodean nuestro trajinar por el mundo, que la única explicación que puede haber para la existencia humana, si es que existe alguna, escuela del pensamiento a la que casi nunca tengo deseos de adscribir, no puede sino estar estrechamente ligada al preciso y puntual hecho de la muerte, y no a otro. Y es que no es digno de nuestro más severo reproche, os lo diré sin vergüenza ni temor, aquel caviloso cerebro que, abrumado bajo el inextinguible peso de la vida, elucubra la difícilmente demostrable hipótesis de que este mundo no es sino la creación de un extraño dios que se alimenta de la mortandad, y que ve con placer cómo, ante cada gloriosa catástrofe que atiborra de muertos alguna ciudad o costa, su panza se hincha en el placer de la saciedad infinita. El mendigo que muere gimiendo en medio del frío nocturno mientras sus magras entrañas se revuelven en tormentoso tumulto; el guerrero de mirada de horizonte que advierte que su vida se exhala hacia el no tan lejano firmamento a través de la hondura de una grave herida recientemente abierta por la espada enemiga; la adolescente que se balancea con el cuello atado a una firme soga por no haber podido soportar la humillación de su virginidad mancillada por el vil estupro paterno; el niño que ha caído por un precipicio y, mientras piensa durante un instante fugaz en sus padres, cuenta los segundos interminables que transcurren entre su estúpido error y el frío recibimiento que le darán las lacerantes rocas del fondo; los marineros que, elevando los ojos hacia la tempestad, asisten descorazonados al lento hundimiento del navío que sustenta sus insignificantes existencias en medio del piélago inabarcable; el cazador que se ve sorprendido por el sigilo del león y, en un segundo fatal, siente una dentellada que desgarra inmisericordemente su otrora bello rostro; el joven artista que, en un día de calor agobiante, salta por la elevada ventana de su cámara para refrescarse un poco estrellando su cabeza contra el suelo distante; el borracho que, en la obnubilación de su ebriedad, abandona todo intento de luchar por su vida y se deja atropellar alegremente por los caballos del carro que se acerca veloz; el condenado que, con el filo de la guillotina en lo alto haciendo arder de ansiedad sus hombros, mira a la muchedumbre con desprecio y pide, como último deseo, que su sangre injustamente derramada manche para siempre las almas de todos; el anciano que, con una serena mirada de resignación y benevolencia, contempla por última vez a sus lozanos hijos mientras les oculta que su hora postrera está sonando; todos ellos, y todos los otros hombres que nacieron y son, creados y engordados únicamente para saciar la voraz glotonería de ese dios, sentado satisfecho ante la mesa redonda del universo espantoso. Así considerada, la muerte no sólo es la finalidad de nuestras vidas, sino además, del mismo modo en que sucede con nuestro sabroso ganado, un suculento plato que se ha cocinado, lentamente, en la especiosa salsa de las calamidades y del dolor a fin de ser servido, a punto, en una suntuosa bandeja para delectación momentánea de un sibarítico dios cuyos conocimientos gastronómicos y culinarios, a esta altura, deben de haber alcanzado ya la perfección en el arte de armonizar el determinado tipo de vino apropiado para el manjar de turno. Nótese que ese vino no tiene un gusto muy distinto al de la sangre, pues los racimos humanos que se han empleado para su elaborada confección le han dado un sabor característico que no se pierde demasiado en el proceso de fermentación y estacionamiento adecuado. Así pues, hubo una época, en mi extensa y sanguinaria biografía, en la que, puesto que la duda acerca de la veracidad de esta hipótesis me había asaltado con vehemencia, decidí dejar de matar, pues no me parecía sensato seguir alimentando gratuitamente a una deidad desconocida que, además, tenía la imperdonable descortesía de no darme nunca las gracias por todos los banquetes que yo, como estúpido mayordomo, corría servicialmente a depositar sumiso en su mesa soberana. Pero el síndrome de abstinencia era poderoso, y ni aun encerrado entre los negros pliegues de sombras que cubren el interior de mi torre podía sustraerme al punzante deseo de destruir la vida de los humanos que se paseaban, alegremente, ante mis ojos furiosos; de modo que, no aguantando ya más, con las manos temblorosas, decidí poner fin a tal situación descubriendo toda la verdad. Me maté a mí mismo. Deposité mi cadáver en una playa, y, no os sorprendáis por lo que un demonio os va a decir, me quedé contemplando la escena desde un acantilado vecino. Al principio, vi aproximarse a unos pescadores; ante la vista de un cuerpo tendido, se acercaron presurosos, pero al divisar mis facciones consideraron prudente darse a la fuga y olvidar para siempre tal visión, del mismo modo en que la gente juiciosa lo hace al adivinar en la mutilación de un cadáver los códigos de la mafia vengativa y cruel. Esto no me sorprendió, pues tal era la actitud que el humano había tenido siempre frente a mí durante los grises tiempos de mi vida, y nada indicaba que con mi muerte fuese a morir también su eterno odio y desdén hacia mi oscura persona. Sí me resultó curiosa, en cambio, la conducta de unos buitres famélicos, que surcaban el cielo raudamente, en pestilentes alas, y no osaron acercarse a mis restos mortales, como si hubiesen reconocido en ellos la respetable efigie de su señor y benefactor. Un cangrejo pasó cerca de esos despojos, pero haciendo caso omiso de ellos, de modo que la mención del fenómeno resulta por completo irrelevante; sin embargo, quiero contarlo todo. Y así se sucedieron las horas, sin que novedad alguna turbase la paciente espera de mi suspensa mirada. Entonces, tras el discreto rompimiento de una ola misteriosa, una borrosa silueta surgió de entre las fauces del océano y se arrastró, lenta pero decididamente, hacia mi apetitoso cadáver. Mis ojos, atónitos, supieron entonces todo. Un dios llegaba, tardíamente, para deleitarse en los jugos de mi deceso, deliciosos como el olor que desprende una mecha de vela al ser súbitamente apagada. Me hice el que no advertía nada, y me dejé llevar por él. Entienda el lector que estoy hablando en un sentido figurado, y que todo esto era visto por mis ojos astrales en un plano metafísico que no resultaría sencillo vestir en palabras y conceptos nacidos de la experiencia terrenal, como lo son estos que empleamos hombres y demonios en nuestro cotidiano intercambio de ideas y comunicación. Por lo tanto, no será arduo para nadie imaginar que cuando digo que fui depositado en una mesa, y que un tenedor acercábase ya peligrosamente a mi atenta carne, estoy haciendo alusión a una escena fantasmagórica que ningún hombre podría albergar en su cerebro sin perder inmediatamente la razón. Más me acerco a lo real, en cambio, al contar que, haciendo jugar a mi favor el factor sorpresa, tomé al dios completamente por desprevenido y, con un rápido movimiento, le clavé el tenedor en el ojo, como a un Polifemo que no mereciese el preludio de la embriaguez, tras lo cual, mientras su aullido de dolor llenaba el vacío sideral de reverberaciones horrorosas, me escabullí de ese comedor astral para regresar, resueltamente, al bajo mundo de los mortales. Tomé de inmediato forma de rata, y recorrí los continentes esparciendo una cepa letal de peste como nunca antes se había conocido entre los hombres. El resultado fue satisfactorio: no tardó aquel dios maldito en morir de los numerosos problemas inherentes al sobrepeso y al negligente mal cuidado de su salud. De modo que pude, desde entonces, volver a matar a mis numerosos semejantes sin reproche alguno de mi conciencia, usualmente asustada ante la sola idea de que mis malas acciones resultasen beneficiosas para alguien. Y es por eso que, desde aquel día, la humanidad transita en fila india por las arenas del desierto, con los sangrantes tobillos carcomidos por el inusual peso de las eslabonadas cadenas del vicio y el hedonismo carnal, sin encontrar sentido alguno en esta vida, vida que ha perdido, tras mi gloriosa epopeya, el único sentido que había tenido y que podía tener. Así, hoy el hombre engorda y muere para nada, del mismo modo en que lo haría el cerdo sin nosotros para devorarlo, y su paso por este mundo que gira ciego e indiferente a través del cosmos es sólo la estúpida y sobrevalorada tragedia a la que este dios infernal que soy asiste como único y severamente aburrido espectador. ¡Estad por eso preparados, actores de segunda que representáis tan flojos papeles, pues, cuando el telón de vuestra vida caiga y una trampilla bajo vuestros pies se abra en el escenario haciéndoos caer en la sordidez de la nada, seréis al fin conscientes de vuestra total intrascendencia y, en virtud de ello, el trueno de mi abucheo será precedido en vuestras mentes por el fulgurante relámpago del dolor!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2802351044297095379?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/manjares-de-la-divinidad.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2802351044297095379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2802351044297095379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/manjares-de-la-divinidad.html' title='Manjares de la divinidad'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/STdBOyw0-3I/AAAAAAAAALA/hjRfM62BIM4/s72-c/saturno.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3089697274758311988</id><published>2008-11-26T18:17:00.045-02:00</published><updated>2010-05-25T15:55:20.263-03:00</updated><title type='text'>El llanto de las musas</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SS4b84HRVLI/AAAAAAAAAKo/TJDEGN9Ih8c/s1600-h/sacredwood.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 223px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SS4b84HRVLI/AAAAAAAAAKo/TJDEGN9Ih8c/s320/sacredwood.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5273182946366411954" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Quien ha pasado más de una larga y laboriosa noche, en la que el viento golpea violentamente contra los herméticos paneles de las ventanas e imita a lo lejos el molesto llanto de un infante o la tenebrosa flauta de un espíritu en pena, inmerso entre los antiguos y polvorientos volúmenes de saber olvidado, repasando, entre memorables leyendas y prodigiosos eventos, las carcomidas crónicas de los tiempos pasados, sabrá, sin necesidad de oírlo ahora de mí, que, entre los numerosos sucesos favorecidos por la calidez de la uniforme y algo tosca divulgación universal, se cuentan algunos oscuros episodios que el canoso tiempo y la encorvada sabiduría han acordado, acertadamente, mantener ocultos del frívolo conocimiento de las mayorías, pero que no por ello son menos ciertos y pavorosos. Quien ha fatigado, sin descanso alguno, a sus enrojecidos ojos en los difusos caracteres de esas páginas ignoradas, quien ha hecho correr sus arrugados dedos por las interminables líneas que conforman esos venerables códices preñados de claros conocimientos y de elevadas ciencias, aunque no exentos de espanto, recordará sin duda la extraña historia de aquel forastero sin nombre a quien el noble y alegre espíritu de los helenos guardaba tal terror. Decíase de él que un interminable cortejo de crímenes seguía sus pasos, cual un grupo de ménades enloquecidas y salvajes, aunque obedientes a su potente voz, y que, donde quiera que sus pies hollaran, las hogueras de la locura y las espadas del estrago hacían veloz acto de presencia, llenando el corazón de los pueblos con dolor. Se afirmaba, por las noches, mientras el búho impartía sus sabias lecciones a lo lejos, en medio de un temor que los tiempos modernos no se han atrevido a conocer, que la falta de conciencia de este soberbio criminal era tal que, cada vez que cometía un odioso asesinato y las terribles erinias comenzaban a perseguirle en venganza, él terminaba seduciéndolas y acostándose con ellas. Hasta Némesis, inflamada por las llamas del deseo, no hacía caso alguno de sus constantes faltas a las morales leyes de los dioses, y únicamente solía castigarlo con el raro premio de sus enternecidas caricias, o lo habría hecho si el extraño en cuestión hubiese sido más amigo de dejarse tocar por los seres vivos, ya materiales o espirituales, en exceso. Este oscuro ser transitó, así, toda la Grecia de punta a punta, y allí donde se lo vio, incontables lágrimas, como ríos de pesares, fueron derramadas por la multitud. Los variados escritos de aquella época que la docta muchedumbre, como enjambres de sabios que vuelan en conjunto hacia las dulces mieles de las enseñanzas históricas, lee con pasión, no dicen de sus aventuras una sola palabra: hasta tal punto era temida y aborrecida su negra existencia por quienes tuvieron el amargo privilegio de conocerle bien. Pero entre las pocas leyendas que de él se conservan, rescatadas, para horror de unas pocas cabezas que surcan como cometas perdidos la hiperbólica hélice de los tiempos humanos, en raros documentos de tiempos posteriores que nadie podría tachar de apócrifos, hay una que, entre todas, llama poderosamente la atención. Cuenta que dicho ser, forastero entre los hombres y enemigo entre los principales dioses, intentó sin éxito, mientras se hallaba un día vagabundeando por entre las frondas y umbrías del monte Helicón, seducir a la trágica musa, Melpómene, bella virgen de castos labios y religioso ánimo, a quien vio tendida junto a su lira en pensativa y melancólica actitud. Enfurecido por el despecho, un imperdonable garrote, para el cual ninguna condena podría ser suficientemente severa, se abatió con violencia sobre la cabeza de la musa, que a punto estuvo de perder la vida. Para solaz de las siguientes generaciones, su música no se apagó, aunque es necesario decir que tras ese golpe sus facultades mentales viéronse drásticamente disminuidas, prueba de lo cual fue el pronto nacimiento de Eurípides. Ignorando todavía lo que acababa de sucederle a su hermana, Talía, rubicunda y jocosa musa de la comedia, se prendó del semblante del oscuro ser, que seguía caminando ociosamente por esos parajes como si su mano jamás hubiese ejecutado tan impía acción, y le concedió sin mayores miramientos sus solicitados favores. El forastero, satisfecho, abandonó como la noche el monte Helicón, y nunca más volvió a saberse en el mundo clásico nada de él. ¿Por qué, entonces, he tenido que volver hoy, tras el paso de siglos capaces de aplastar los reumáticos huesos del fornido Atlas, a este sitio sagrado, cuna de las canciones inmortales y de la copiosa literatura de los hombres, para pedir un incierto perdón por el impune crimen juvenil que recién ahora, en la prudente experiencia de la recta madurez, comienza a escocer en mi satánica conciencia? Sé que tal favor no me será concedido, y que la remisión de mi pecado pasará a ser sólo una estrella más en el rico y luminoso recamado del cielo nocturno de las utopías. Sin embargo, heme aquí, mientras aplasto contra mi paladar las acerbas raíces de la contrición, dispuesto a hincar mi rodilla ante una dama como nunca lo hice ante mi Vencedor; dispuesto, incluso, a derramar toda mi sangre, y a dejar fluir ese raudal de vida y de pasiones encontradas, en interminable arroyo, hasta que la última gota se desprenda del borde de este planeta, en el distante confín del universo, tiñendo de vergonzoso rojo la parte inferior de la vía láctea, con tal de devolver a aquella ultrajada doncella el don de su apostura original. Pero ¿qué es esto que veo? Al doblar un recodo, he encontrado a las nueve musas maniatadas en una cueva, con sus bocas amordazadas y sus miradas oscilando entre una suplicante desesperación y una resignación conmovedora, en odioso secuestro. ¿Quién ha sido el autor de tal infamia, cuyo crimen me espanta incluso a mí, el más espantoso criminal? ¿Quién ha sido el cobarde? Allí veo unos hombres, de mirada cómplice y carente de compasión: sin duda han sido ellos. Advierto que su visión no suscita en el alma el más mínimo sentimiento de belleza, y sin embargo están inspirando el desafinado canto de los bardos, travestidos con las mancilladas túnicas de las musas que, en irreparable oprobio, mantienen secuestradas en las sombras. Al ver el impresentable desaliño de tales individuos, usurpadores de la sagrada tarea de las diosas olvidadas, fácil me resulta hallar explicación al porqué de que nada bueno, nada bello, nada profundo, nada límpido, claro y purificador haya salido de la pluma de los hombres desde hace tantas décadas. Y es que estas nuevas musas hieden al bajo gusto de la plebe, enseñan sólo el odio a lo noble, desprecian las bellezas del alma, y su único norte es un vulgar y desabrido fin social. Las artes, que antaño eran un fin en sí y tenían a la belleza como medio, lo cual favorecía tanto la aparición del genio como el ennoblecimiento de los hombres y sus virtudes, hoy son un simple medio al servicio de una crasa lucha material que apunta al empobrecimiento de las almas y al embrutecimiento de los corazones. Quizás no esté mal que algunos humanos valoren más a la silla que sirve como asiento que a la butaca antigua que sólo es objeto de admiración, pero convengamos en que la nobleza artística sólo cabe a la segunda, en el mismo rango de distinción que existe entre la poesía y el panfleto, más cara la primera al genio, más útil el segundo al mandril que disfraza su odio de humanismo y amor, y que no duda en insultar el mérito de los grandes premiando la práctica y servicial militancia de los mediocres. Y es que no pueden encontrarse sino fealdad y vulgaridad en las artes literarias desde que la inspiración no proviene de los rojos labios de la delicada Euterpe sino de la grosera e hirsuta barba de Marx. Resuelto a acabar con tal estado de cosas, tomé prontamente mi espada, en previsible postura de ataque, abarcando serenamente con la mirada el completo cuadro de situación. Debía batirme solo contra nueve hombres, pero esto, lejos de amedrentarme, sólo prometía a mis ojos un festín de sangre difícil de olvidar. Ya la envergadura de mis funestas alas ensombrecía el firmamento entero, y la suerte de los secuestradores podía darse por echada, para dolor sin fin de los predicadores de que el mundo es más justo igualado en la medianía que jerarquizado gracias a la noble existencia de individuos que fructifican y sobresalen por medio del genio o el talento singular, cuando advertí que la súbita anulación de esas discordantes e inarmónicas vocecillas podría predisponer a las imbéciles masas, siempre manipuladas por la perversidad y la falacia, en contra de mi insigne acción, y que los muníficos estigmas del fascismo y de la censura serían grabados en mi frente con sorprendente velocidad, a un lado de la sulfurosa herida que el rayo divino me produjo mientras la humanidad aún gateaba y usaba pañal. De modo que, cambiando de estrategia, volé raudamente, remontando casi de memoria el sinuoso curso del río Estigio, a buscar un jugoso y tentador cheque de mi banco infernal, en contraprestación a mis inagotables reservas de pólvora y oro, y ofrecíselo diplomáticamente a los usurpadores a cambio de que abandonaran el sagrado monte y corriesen a predicar su resentido veneno desde un lujoso y renombrado burdel. No necesité repetirles mi oferta. Aceptado el rescate, marcharon, sin cambiar sus femeninas túnicas por las ropas del olvidado obrero, a seguir monopolizando, con mejores perspectivas monetarias, el mundo de las letras, monopolio por medio del cual no han logrado hasta ahora inculcar una sola idea, pero que en cambio arrojó el resultado de que ya nadie en el mundo lea. Y así fue como, habiendo devuelto yo su libertad y su hogar a las musas, recibí, todos los ojos bañados por ingentes torrentes de lágrimas, el benévolo perdón de mi antigua víctima, que hoy me bendice con esta tan variada cuan melodiosa inspiración a la que vosotros acudís, como vacas sedientas a un manantial cristalino, para saciaros solemnemente y reponeros también de las intragables escrituras, multiplicadas hasta el infinito, que atestan las librerías y los catálogos del mundo entonando siempre la misma salmodia, bastante soez, vulgar, monótona y desagradable, que proviene de un decadente prostíbulo en el que el valor del dinero y el odio vengativo hacia todo lo privilegiado, lo venerable y lo antiguo embriaga sin piedad a los peores especímenes de esta raza a la que, por su falta de nobleza, detesto desde lo más profundo de mi gallardo corazón. Tú que has perdonado mi aberrante crimen, pues no ignoras que aquella acción fue el lamentable producto de mi desbocada pasión por tu belleza, y vosotras que me otorgasteis el favor de hermanas: seguid haciendo manar de mi boca estas palabras de castigo que arden, como indelebles latigazos de justicia, en las sangrantes espaldas de esos pastores de masas que os han vejado con tan inhumana bestialidad, y cuya insultante mediocridad y desmedida obsesión por el dinero ajeno les velarán por siempre la posibilidad de apreciar, siquiera por error, la armoniosa grandeza de vuestras excelsas voces y de vuestro desinteresado amor por todo lo que verdaderamente merece portar el laurel de la inmortalidad.&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:100%;"  lang="ES-AR" &gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3089697274758311988?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/el-llanto-de-las-musas.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3089697274758311988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3089697274758311988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/el-llanto-de-las-musas.html' title='El llanto de las musas'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SS4b84HRVLI/AAAAAAAAAKo/TJDEGN9Ih8c/s72-c/sacredwood.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3983166321814706953</id><published>2008-11-25T02:14:00.030-02:00</published><updated>2010-05-26T15:41:50.498-03:00</updated><title type='text'>En un antro de demonios</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSt7Hs_TMSI/AAAAAAAAAKQ/uZlljO5dxoA/s1600-h/demons.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 239px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSt7Hs_TMSI/AAAAAAAAAKQ/uZlljO5dxoA/s320/demons.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272443161033257250" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;A veces extraño la vida en el Infierno. Acontéceme especialmente tal fenómeno, la magnitud de cuya novedad tampoco es, a mi juicio, merecedora de que el lector permanezca un segundo más con la boca así abierta de par en par, cuando, con torva mirada, observo a mi alrededor y advierto, sin sorprenderme, la vana hipocresía de estos crecidos abortos espontáneos de demonio que, llenos de ínfulas, pretenden, con un elástico fingimiento que podría sumir en la estupefacción al mismo Proteo, ser catalogados, en el voluminoso y siempre abierto libro de la naturaleza, ni más ni menos que con el artificioso mote de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;seres humanos&lt;/span&gt;. Pues ¿qué diferencia existe entre estos que se pasean estúpidamente a lo largo y ancho de las urbes ponzoñosas, apenas asomando como ilógicos bichos canasto una fea cabeza fuera de la egoísta crisálida de sus tan importantes rutinas, y aquellos que huellan dignamente, siempre perseguidos por negros pensamientos, la ardiente marga del mundo inferior? En el comportamiento pecaminoso, ninguna, si bien en los blasones y el pasado heroico, o en la sinceridad con la que se debe manifestar, necesariamente, la innata orientación vocacional por el crimen, la pasión por el chapoteo en la charca del vicio, y la inclinación por arrastrarse entre los zanjones de la molicie y las zarzas de la disipación, la misma que existe entre la orgullosa y brillante mirada del león y la vil turpitud con que se da a la fuga el mustélido sorprendido en sospechosa actitud. De modo que nadie podrá cometer la osadía de afirmar que peco de excesivamente atrevido en mis extrañas metáforas y en mis inusuales comparaciones retóricas si aseguro que, desde que he llegado a este mundo, antro de seres que son demonios en sus acciones y se fingen ángeles en sus palabras, experimento en mi interior una viva nostalgia por las pestilentes llanuras del Hades, toda vez que advierto la enorme similitud que existe entre ambos mundos, pero sin poder dejar de notar que en éste no me encuentro rodeado tanto por insignes semejantes como por miserables topos que se esconden del conocimiento y de la bravura de mirada en sus túneles agusanados y en su ceguera, afectos a remover con sus religiosas patas la terrosa humedad, y por ávidas ratas maizeras que catequizan sobre la igualdad y la comunidad de bienes sólo para comer regaladamente de las mieses sembradas por el sudor de los demás. A veces extraño la vida en el Infierno, sí, ¿y cómo podría ser de otro modo? Juzgad, sin que merme la firmeza con la que vuestra palma derecha oprime el punto pectoral en que sentís latir el corazón, la insoslayable diferencia que se patentiza a mis ojos entre Azazel, armonioso corifeo celeste, que aun ostentando siete cabezas viperinas logra, sin mayor esfuerzo, mancomunarlas en la inequívoca dirección del vicio infernal sin que una sola de ellas contradiga ni en su más íntimo pensamiento a las otras seis, con la nada monódica doblez que existe en la única cabeza de cualquiera de aquellos maniqueístas modernos que hablan de pobreza y eructan langosta, y que cuanto más predican el humanismo y la libertad más festejan la tiranía opresiva y la cruel violencia de una ideología nacida del bajo deseo de hacerse, en nombre de unos a los que jamás se beneficiará, con la vana propiedad de aquellos a quienes sólo es propio de fenicios sin talento envidiar. ¡Legiones infernales, acudid a mi lado, venid a enseñar a estos apestosos humanos un poco de sinceridad! ¡Ven aquí, Balban, viejo camarada de armas, demonio del engaño, ven y enseña a estos hombres tu comparativamente honesta mirada, ven y enséñales a decir siquiera una única, pequeña, inocente verdad! Pero, con cada nueva mentira, el hombre se siente más seguro de sí mismo, y asiste, satisfecho, al veloz ensancharse y acrecer de su pomposa vanidad. Mírame a los ojos, tú, vil partícula terrestre que te has apartado, por un instante, del polvoriento simún que surca el globo en su eterno vuelo en busca de una alfombra bajo cuya cara inferior le sea posible esconder su vergüenza sin par, mírame a estos ojos enrojecidos, que descansan sobre las imborrables aureolas de cansancio y desazón que rasgan, como morados latigazos, el langor de mi cadavérico semblante. Vamos, hazlo sin temor. Lo sabía: no lo haces, prefieres seguir leyendo estas palabras, pues sabes que no podrías sostenerme la mirada ni por un instante, ni ignoras que antes te he dicho la verdad, tan certera como todos los demás dardos que, con experimentado pulso, te arrojo desde este oscuro rincón. Eres mentiroso, eres hipócrita, eres cobarde, y te crees, con jactancia, el supremo fin de la Creación, haya sido ésta ejecutada por un dios sabio o por la ociosa mano del más ingobernable azar. Pues debo decirte que no, no eres ni el fin ni el principio de la Creación, oh jabalí lleno de pasiones y de argucias en serie para disfrazarlas de lo que no son, sino que tan sólo eres el más estúpido error que aquélla cometió, o, si lo prefieres, la más jocosa pero trágica consecuencia accidental de lo que para otra cosa se pensó. ¿Acaso no notas, al examinar con maduro y pensativo detenimiento las suelas de tus zapatos, que hay más tierra y mugre que humanos en este mundo que gira sin cesar, y que su dominio en esta esfera danzante, así como en todas las otras que pueblan, innúmeras, los vastos océanos eternales, ha comenzado mucho antes que el vuestro, y de seguro durará más? Nadie te dice que Adán y Eva no hayan sido más que una mota de polvo y una bola de pelusa en el vigente Edén de una letrina animal. Pues sí: la mugre, y no otra cosa, es la finalidad última de tu mundo. Pero no te asustes en demasía por esto que te espeto con cruda rudeza, caparazón vacío que en nada crees, pues ya en tu corazón sabías, antes de conocerme, que no era sino ésa la verdad. ¡Ay de ti, cucaracha que infestas la alacena de esta galaxia, si bien con menos gracia y unidad de propósito que una respetable cucaracha real! Aunque te genere un asco tan enorme cuan plausible el verme vomitar, entre espasmos interminables y convulsiones exageradamente dolorosas, tantos litros de sangre y podredumbre pulmonar en el estropeado balde de la caritativa y humanitaria solidaridad, te aseguro que no preferiría en lo absoluto parecerme más a ti que a esta llaga viviente a la que el ceñudo destino me ha reducido con inclemente maldad. Y es que nunca he llegado a saber si soy infinitamente superior o infinitamente inferior al humano, pero me alegra comprobar que la distancia que existe entre él y yo es sideral. Y no ignoro tampoco que tal sentimiento nos resulta diametralmente recíproco. Es por eso que, cada vez que retorno a mi morada en el público transporte ciudadano, para ver al hombre más de cerca y asombrar un rato mis rudimentarias elucubraciones científicas con el secreto e incógnito estudio de su conducta natural, advierto, con una sorpresa que no me atrevo a tildar de pequeña, misterio que llena de perplejidad a la ardilla y a la alondra que me oyen luego declamar a solas en el bosque, mientras gesticulo, bajo el cielo cerrado, con desesperación, que, por más lleno que el vehículo se encuentre, todos prefieren viajar desdeñosamente de pie antes que sentarse a menos de ocho metros de mi inesperada presencia, de aspecto y aroma angelicales, pero de adivinable esencia cruel. Mejor así: no es que los quiera a mi lado, pero el veneno que se me junta entonces en los incisivos, merced al procesamiento de un número proporcionalmente creciente de toxinas, adquiere un grado de peligrosidad que resultará luego, en su aplicación, decisivamente más letal. ¿Podéis acaso entender esto que digo? Me atrevo a expresar el ferviente deseo de que no. ¡Pero basta! ¿Qué estoy haciendo todavía en este maldito medio de transporte? Es hora de mudar de piel y arrastrarme con sigilo a algún proclive y espeso matorral a fin de picar allí con mal disimulada saña al primer transeúnte de distraído tobillo que se presente dentro del rango de mi ofídica visión. Ya bastante he mordido el corazón de la inocua víctima que en este momento de redención agradece, exultante, el hecho de advertir que el arbitrario final de mis inconducentes palabras se halla cerca. Oh, lector en cuyo pecho he inoculado una terrible dosis de saliva ponzoñosa, no salgas ahora presuroso en busca de la dudosa eficacia de un antídoto: vivirás; pero, aunque con tus puños crispados intentes negarlo, debo hacerte saber que mi veneno espiritual ya nunca más te habrá de abandonar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3983166321814706953?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/en-un-antro-de-demonios_8861.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3983166321814706953'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3983166321814706953'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/en-un-antro-de-demonios_8861.html' title='En un antro de demonios'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSt7Hs_TMSI/AAAAAAAAAKQ/uZlljO5dxoA/s72-c/demons.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-6292004492695116927</id><published>2008-11-23T22:16:00.007-02:00</published><updated>2010-05-01T05:23:47.753-03:00</updated><title type='text'>Plegaria a la luna</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSntu6Ne1aI/AAAAAAAAAKA/1uZgOSh648s/s1600-h/friedrich.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 183px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSntu6Ne1aI/AAAAAAAAAKA/1uZgOSh648s/s320/friedrich.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272006228969444770" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Escuchad ahora, oh pueblos, sin cometer la sinrazón de conmoveros apresuradamente y en vano, el cándido llamado crepuscular que, asustado en medio del frío invernal y la oscuridad de la noche cerrada, dirige a la luna, ignorando que yo le observo desde su ventana bajo la forma de un murciélago, un niño desamparado cuya madre he asesinado hace un tiempo a sangre fría, asesinato del que ya os hablaré más adelante, frase esta última que significa que no pienso hacerlo jamás. Pero dejemos de lado estos abusivos considerandos y detengámonos, aquietando por un instante el pendular fastidio de nuestro ánimo agobiado, a escuchar impremeditadas palabras, tan llenas de inocencia como de aflicción, cuya resonancia a través de las diáfanas capas del éter nocturno sólo puede verse justificada por la supina indiferencia que de seguro habrán de despertar en todos y cada uno de sus oyentes, asaz preocupados por sus estómagos y su vida afectiva, a no ser por aquellos pocos que, bien lo saben ellos, noche tras noche se ven forzados a aullar al vacío estelar, por los siglos de los siglos, a través de los jirones de un alma desgarrada que cae abrumada bajo el peso del dolor. Escuchad, pues, débil hojarasca conducida de un lado a otro por la más tenue brisa mediática, escuchad; sólo acercaos un poco más a esa oscura ventana tras la cual el débil resplandor de una vela consumida vacila, y escuchad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Sagrada luna que me contemplas, desde tu silencioso lecho de cómodo éter, con ojo dulce y acariciador, olvidada entre los negros vacíos de la noche e imperturbable en tus infinitas meditaciones, mientras te rezo, pobre niño sin consuelo, junto a la ventana de mi cuarto, poco antes de acostarme, con toda la devoción que de ordinario hacia todo lo que a mi alma se asemeja siento: escucha ahora, conmovida, la humildad del ruego que hacia tu blanco disco elevo... ¡y que tu frío no me mate!, que tu frío no me mate... Sí, hoy mi plegaria es para ti, para ti, pues mi atenazado ánimo me impele a contemplar a quien le hablo. Hoy mi plegaria es para ti, pues encuentro, con dolor, tras tantos grises y tempestuosos años de desvelo, que he sido abandonado por el oscuro Dios del cielo, que, según todo me hace suponer, no dispone ya de tiempo para mí. Acepta, entonces, luna, esta inocente plegaria de mi alma, acéptala, por favor, oyéndome con toda la serenidad que a tal efecto puedas concentrar, tú, que no estás acostumbrada a hacerlo... Tengo miedo de morir, sí: estoy enfermo; cuando mis diminutos párpados comienzan a cerrarse, vencidos bajo el insoportable peso del sueño, imagino que ello en realidad significa que estoy cayendo a la negrura de esos terribles pozos secretos en los que la Muerte roe, interminablemente, con una mueca de jubilosa lujuria en su rostro podrido, los agonizantes restos de la conquistada humanidad, que se revuelve bajo sus pies triunfantes. Tengo miedo de morir, sí; pero ¿quién sabe con certeza lo que la muerte es? Cada vez que yo, acunado en las bellas necesidades que movilizan las inocentes pasiones de un alma casta, me he permitido soñar al respecto, hombres de semblante severo se me han acercado y me han hecho notar, a la fuerza, lo errado de mis cavilaciones; pero yo intuyo que, en realidad, ellos ignoran tanto como yo; y aún no he logrado adivinar por qué les preocupa tanto lo que yo sueñe, siendo que mi muerte no les importará en lo absoluto, y mucho menos mi destino tras ella. ¿Y qué hay sobre ti? ¿Acaso alguien teme por tu muerte, luna? ¿Acaso alguien te lloraría? A los hombres no les importas tampoco tú: ellos trabajan de sol a sol y luego se encierran, con doble llave, en la aburrida e insignificante cotidianeidad de sus hogares y de sus pequeños problemas, para la mantención de los cuales trabajan durante toda su vida, de tal modo que una eventual ausencia definitiva por tu parte les pasaría tan inadvertida como les pasa ahora este ruego que, en mi miseria y en mis temores, te ofrezco con toda la candidez virgen que aún puede emanar de mi horrible espíritu. ¡Oh, luna, que sólo existes, en este arruinado siglo de desidia universal, para mí, para este pequeño pecador, acalla a esas plateadas olas que debajo tuyo se elevan, mecidas por tu divina influencia, o enfurecidas en la humillación de descubrirse incapaces de alcanzarte, y que me hacen pensar, con horror, en lo efímera y frágil que la vida humana es! Acalla a esas olas, luna, pues su rumor me da miedo. Y no dejes tampoco que esas nubes que, azules, surcan el no menos azul firmamento, se abalancen sobre ti, tratando de empañar la visión que de las agonías de este mundo mortal tienes. Si es cierto que esos murmullos que el viento arrastra en su viaje eterno y legítimo a través de las tierras dormidas son sólo tus tristes y desesperados soliloquios, y no el tortuoso blasfemar de los demonios abrumados por el dolor que encuentran en la soledad a la que el ser humano los empuja, entonces, en esta fría noche en la que sufro solo en mi casa, abandonado por mi madre, que ya no volverá a mí, te prometo que me esforzaré, insomnemente, hora tras hora, aun a través de la languidez que me produce mi hirviente fiebre, por estudiar, hasta dominarlo con maestría, en el gemir de estos vientos, tu cristalino lenguaje; y ya no seguirás hablando sola, como hacen los locos. Te lo prometo... ¡Oh, luna!, ¿por qué me miras así? Enjuga esas lágrimas, que caen sobre mi alma, y que me hacen llorar a mí. Enjuga tus heladas lágrimas, incomprendida, antes de que la idiotez de los hombres las reduzcan, de un seco golpe, a pequeños fragmentos de opaco vidrio. Y nútreme con tus sombríos sueños, luna antigua, pues mi cuerpecillo jadea, enfebrecido, y no desea ya alimentarse con aquello que sólo da fuerza física e ignorancia a los hombres. Que tu lejana claridad de plata refresque mi cabeza fatigada, incapaz ya de discernir entre las diabólicas pesadillas que la enferman de noche y las consternantes realidades que la marean de día; vuélvete un poderoso y brillante escudo que me defienda de la lobreguez del absurdo conocimiento universal y de toda necesidad física y material; y líbrame de las visiones de mortandad que ahora me acosan. ¡Oh, luna, líbrame de la ominosa sombra de la Muerte, a mí, a mí que soy el único que te reza! Sí, luna mágica y anciana, haz todo esto por mí, hazlo, por favor, actúa conforme a mis pretensiosos deseos, mientras los demás niños dirigen sus pensamientos al Dios que me desprecia. Y haz, a pesar de que no te esté rezando por convicción natural, sino en la congoja de saber que mis palabras y mis dolores no interesan a los feos humanos, que aman golpearme, pisarme e ignorarme, que tu fría y mórbida luz lave pronto la negrura de las heridas de mi sangre. Amén.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sigue rezando, niño, sigue rezando: no será mi férrea mano la que ponga fin a tu indiferente existencia, que ya suficientemente he destrozado, como si no me hubiese alcanzado con haber destrozado para siempre mi propia vida. Pero ¿es que acaso ese niño no soy yo? ¿Puede esta ventana aciaga comunicar con las demenciales noches de mi propio pasado? ¿Qué es esto que veo? Escapemos: mi alma, que no ha vacilado en marchar al frente en el más despiadado momento de las guerras etéreas, mientras combatía contra fuerzas infinitamente superiores a las mías, haciendo oír el firme liderazgo de mi voz donde quiera que la batalla se tornase más adversa, comienza a sentir temor. Escapemos, sí, y que esa estrella fugaz, que nadie puede ver pero que porta el alma de una madre, derrame sobre mi satánica cabeza, si es que la ruptura de su sanidad mental no la ha hecho ya incapaz, el fresco rocío que mana de la argéntea urna del más sincero perdón. Escapemos, sí, batiendo estas mucilaginosas alas que chocan contra el viento gélido y cortante propagando a su paso la peste y el horror. Aparta de mí tu rostro acosador, maldita Tisífone, negra erinia de sangrientos labios y tez cetrina, en cuyo lecho tantas veces he yacido: ya bastante tengo con el dedo acusador de mi propia conciencia, que apunta sin vacilar hacia mi despiadado corazón. He cavado una fosa de tales dimensiones, que todo el universo entero podría caber en ella, pero que aun así no alcanza a enterrar ni el más breve y sutil eco de aquel grito que me persigue odioso, maternalmente desgarrador.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-6292004492695116927?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/plegaria-la-luna.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6292004492695116927'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/6292004492695116927'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/plegaria-la-luna.html' title='Plegaria a la luna'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSntu6Ne1aI/AAAAAAAAAKA/1uZgOSh648s/s72-c/friedrich.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2281675984334266366</id><published>2008-11-22T21:12:00.005-02:00</published><updated>2010-05-25T15:49:03.287-03:00</updated><title type='text'>Diálogo con un muerto</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSXakXbXTEI/AAAAAAAAAI4/aG5fILb0GpI/s1600-h/fattigmannen.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 270px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSXakXbXTEI/AAAAAAAAAI4/aG5fILb0GpI/s320/fattigmannen.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270859257205967938" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=""&gt;He abandonado mi negra torre, después de mucho, y huello ahora las insufribles tierras de la nación que fue maldita con mi nacimiento. Llevo en mi mano derecha un portafolio lleno de hojas de árboles, pues me dirijo a una importante empresa a buscar trabajo de gerente con el pretexto de que, si bien no tengo ni currículum ni experiencia, soy el que puede tener por más tiempo a sus empleados sin cobrar. No es que necesite dinero, sino sólo que quiero estudiar nuevas conductas humanas (y si necesitase dinero, no os lo diría, os mentiría, infames, tenedlo por seguro). Aún no he llegado a la primer esquina, y ya se recorta contra el horizonte de mi mirada una silueta repugnante. Querría regresar a mi cubículo, pero el ser me ha visto y mi orgullo me impide, por ello, dar media vuelta ante él, corriendo el riesgo de dejar así la imagen de alguien que no sabe hacia dónde va. Es lo lógico. Se acerca; de improviso, cae, y comienza a arrastrarse como en el dolor de la agonía: me ha reconocido. ¡No te alejes, forastero que pagas con tus actuales miserias la lujuria del clítoris materno!; deseo dialogar contigo. Mi futuro super-Estado te ofrecerá un trabajo picando hielo en la Antártida; no es pobre quien menos tiene, sino quien más necesita. La energía polar y las leyes frías nos harán potencia; puedes creerme: basta de débiles y de embarazadas. Pero ¿qué es esa cruz que llevas en el cuello? Ahora comprendo tu mirada de reproche, y la considero justa: no ignoras que soy la causa de tu gangrena espiritual. Y es que mi intelecto, vale aclarar que meramente portador, ha dejado muy bajas las defensas de tu alma, ya inmunodeficiente; no es mi culpa si los científicos siguen sin crear preservativos mentales. El genio puede fecundar con sus ideas otras mentes, mas también contagiarles sus enfermedades. Así es que, con todo, te aferras a tu cruz, humillada y temblorosa ante mí como un pusilánime argivo ante Héctor. No importa, he visto cosas peores en mi vida, como comunistas que no sabían jugar al ajedrez con dieciséis peones. ¿Crees que esa cruz te protegerá, que tu Dios es fuerte? Sin embargo, yo he visto a marginales armados hacer que un padre de familia se arrodillara frente a ellos un día lunes o un día viernes, mientras que tu poderoso Dios sólo puede hacerlo los domingos, y obtiene menos dinero; bueno, en realidad obtiene más, hasta un Vaticano, pero ésa es matemática humana. No es a fangonearte el alma a lo que he venido, oh tú que desciendes de los monos, pero ¿te has preguntado en qué momento de la evolución aparece, el alma? Quizás el alma no haya evolucionado, y tengamos todavía hoy espíritus unicelulares. En ese caso, me gustaría reencarnar, tras mi espectacular muerte, que, a menos que muera en secreto, será aplaudida por todos, en un virus letal. ¿No querrías tú, por ejemplo, resurgir en la viruela y, realizando hechos de heroica grandeza para tu nuevo pueblo, cantados más tarde por todos los bardos del mundo microbiano, asolar naciones enteras, matando incluso a tus propios hijos de tu anterior vida humana? Pero no es probable que el alma exista, sino únicamente las causas naturales. El árbol surge de una semilla: eso es natural. ¿Quién les explica, entonces, a las hormigas de ese árbol, bastante ignorantes en botánica, que no fueron ni ellas ni él creados por un dios-termita con el extraño propósito de otorgarles, más tarde, una vida eterna compensatoria a supuestas almas suyas? Mas el hombre, a diferencia de la hormiga, necesita indispensablemente de un Dios para trabajar y llevar a término su estúpida vida. Así, se ha ocupado de que todos los opuestos conduzcan a él: si una niña sana de su enfermedad, «fue un milagro»; si muere, «Dios se la quiso llevar consigo». Pero yo he visto a Dios comprar pochoclo cinco minutos antes de las mejores catástrofes; y no seré yo quien lo culpe. Si un adaptado social (inadaptados son los honestos) me roba la billetera, Dios lo castiga durante tres cuartos de eternidad (pues no lo castigó durante el cuarto de eternidad previo a su nacimiento); acto seguido, envía él mismo un terremoto que destruye mi hogar, mata a mi familia, y no me deja sino la otra billetera, vacía: esto le agrada, y su propio crimen queda impune. Por eso debemos la Lógica a Aristóteles: Zeus era mucho más coherente que el inculto Yahvéh. ¡Ay de nosotros si nuestra Lógica la hubiese cimentado Moisés! Los terrores silogísticos serían hoy los más ominosos de la Tierra, y las películas de imbécil horror de la inmunda Hollywood cambiarían toda su fauna de tiburones, perros, dinosaurios, pirañas, anacondas, mosquitos, tarántulas, ornitorrincos, ardillas, sapos, escritores, y medio manual de zoología más, por premisas mayores, premisas menores y conclusiones. Pero si el intelecto de Dios deja mucho que desear, el del hombre no suele salir mucho mejor parado. Uno de sus argumentos favoritos para probar la existencia del Creador es el de que «si todas las culturas de todos los tiempos creyeron lo mismo, es que algo hay». Por empezar, ninguna cultura jamás, salvo la judía, fue monoteísta, aunque más tarde se haya puesto muy de moda serlo; luego, la religión más grande del mundo, aquella que cuenta con mayor número de adeptos, el budismo, considera herejía la idea de un ser superior que creó este mundo y todo lo que contiene; por último, todas las culturas de todos los tiempos creyeron que el sol orbitaba alrededor de la Tierra, y erraron. Digamos, mejor, que si todas creyeron en cosas parecidas fue porque todas tuvieron siempre la misma impotencia frente a las fuerzas naturales, el mismo deseo de apaciguar los elementos, la misma ignorancia sobre el origen y el porqué de las cosas, y el mismo miedo a la muerte. Y porque siempre hubo sacerdotes o figuras similares con el mismo afán de orden, lucro o poder. Esto no es todo. He visto a los hombres librar una guerra sin cuartel contra el indefenso piojo, y luchar luego por la vida de las ballenas, animal taciturno que sólo quiere, fatigado, dejar de ser. Les he visto agradecer a Dios el buen tiempo y culpar a los políticos por el malo (jamás al revés), ignorando que éste obedece sólo al clima regional, es decir, a un conjunto de fenómenos meteorológicos que caracterizan durante un largo período el estado medio de la atmósfera en un lugar dado. Les he visto hacer del africanismo sexual un mérito, y de la mayor ignorancia un símbolo de gloria: piola es quien nunca ha leído un libro; vivo, el de lenguaje más vulgar y soez. Les he visto hacerse cómplices de los odiosos locutores de las tandas publicitarias, y pasar horas en la calle, en solemne cónclave de jóvenes amas de casa, hablando de las numerosas actividades de sus hijos, de sus dramas y logros cotidianos, y comparar luego maridos y posiciones sociales, todo con la misma seriedad con la que los antiguos grandes discutían el destino de las naciones. Les he visto adoptar todas las deplorables conductas descriptas por Gracián, Gogol, Quevedo y Erasmo, pero llevándolas más lejos aún, para dar con ello muestras de que el progreso humano se ha verificado hasta en las cosas más insignificantes. Les he visto recurrir una y mil veces a la nefasta palabra fe, y asegurar que mediante ella pueden creer en Dios, como si yo necesitase de la fe para creer que ahora escribo: la verdad nunca ha precisado de la fe. Les he visto incluso... ¡Pero basta! Hace ya tiempo que tu cuerpo ha dejado de moverse y respirar, y los pútridos miasmas que de él se exhalan han comenzado a ofender la intrínseca sensibilidad de mi olfato. Me alejaré de ti, y ya no volverás a verme, oh futura tierra patria de laboriosos y sapientísimos gusanos que habrán de escribir, con sus históricas obras, modélicas y memorables páginas de integración social, organización estatal, personería jurídica y aprovechamiento de recursos. Vuelvo a mi torre, a entablar guerras de repúblicas contra Platón. Puesto que aquí no hay filósofos, sino sólo paquidérmicos marxistas que intentan difrazarse de tales, nombraré a un gato blanco como ministro de economía y a un basilisco como canciller; se diseñarán las iglo-iglesias para poner a prueba el amor de los cristianos a su Dios, y el pueblo deberá atenerse a mis consecuencias...&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2281675984334266366?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/dilogo-con-un-muerto.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2281675984334266366'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2281675984334266366'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/dilogo-con-un-muerto.html' title='Diálogo con un muerto'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSXakXbXTEI/AAAAAAAAAI4/aG5fILb0GpI/s72-c/fattigmannen.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-8376492410294748270</id><published>2008-11-21T16:53:00.028-02:00</published><updated>2010-05-25T15:48:06.075-03:00</updated><title type='text'>Crucificado por el pasado</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSg_wUsDojI/AAAAAAAAAJg/--Odg_JvWuw/s1600-h/grunewald.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 298px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSg_wUsDojI/AAAAAAAAAJg/--Odg_JvWuw/s320/grunewald.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5271533463256932914" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Cuando el furibundo sol, de ufana mirada, profana e invade el sagrado relicario de mis ojos dormidos, mi alma, alejándose en una frágil barca del embotado y neblinoso reino de los sueños, comienza a pensar, mientras se abre dificultoso paso por entre las airadas amonestaciones que mi ánimo, conturbado por la repentina interrupción de su reposo, le antepone. Llega, así, el pleno uso de mi raciocinio sepulcral a tomar posesión confesa de todos los resortes de mi mente, los cuales renuevan su movimiento, momentáneamente interrumpido en la bien ganada ociosidad vacacional del turismo onírico, para dar inicio una vez más a mi eterna agonía, la agonía que sufre todo aquel que es rehén involuntario del poco provechoso sadismo de un cerebro que cavila en demasía. ¡Ah, antiguo elixir del no-ser, amado de antaño por los hombres, desconocido entre los espíritus astrales!, ¿por qué debes alejarte de mis sentidos, renovando el tormento de la desgarradora conciencia de mí propio, y de la conciencia de mi inconsumible pesar? ¿Por qué ese sol, insensatamente adorado en el pasado por alboreantes tribus que vieron oportunamente borrada su innecesaria existencia, debe destruir de ese modo lo que alguna vez, en la paz del sueño, en la embriaguez del olvido, nos es mostrado? Pues sí, ya lo oís: el olvido, el olvido es lo que más busco y añoro; pero en ningún otro lado más que en la fugacidad del reposo he podido yo hallarlo. Le he buscado en el viaje, entre los peligros del mar embravecido y de las costas distantes; le he buscado en la naturaleza, entre la fauna ferina, los sitios desolados y los climas procelosos; le he buscado en el rostro del hombre, odiosa máscara descompuesta por las pasiones y la mentira; le he buscado en la compañía femenina, frágil flor de superficial y misérrima fragancia, aunque no exenta de delectables espinas; le he buscado en el vicio, en el crimen, en el pecado; le he buscado en el arte, la ciencia, la filosofía; le he buscado en las cumbres distantes, entre los bellos graznidos de las aves de rapiña; le he buscado en los abismos inexplorados, bajo la mirada del hipocampo y de la anguila; le he buscado en los astros, en los misterios, en la noche y en el día; en ningún otro lado más que en la fugacidad del reposo he podido yo hallarlo. Bienaventurado el oso polar, en la noche semestral de su profunda cueva; mas otra es mi naturaleza, y la pérdida de mi paraíso se renueva, ante la impotencia de mis ojos ofuscados, renuentes a su feraz apertura cotidiana, de día en día. Así, hoy, asisto nuevamente, en mi lecho, a la destrucción de mi dicha, a la pertinaz defunción de la obliteración de mi memoria, obliteración que muere entre mis desesperados y apesadumbrados brazos, que nada pueden hacer para evitarlo. Muerto el olvido, anegado en una negra sangre a través de la cual su valiosa vida se exhala, he aquí que renacen de él, como gusanos carroñeros precipitándose al exterior a través de inertes fosas nasales, los recuerdos, pequeños genios que danzan sobre ese indefenso cadáver mientras afilan los estiletes con los cuales se aprestan a lacerar nuestra debilitada carne. ¡Alejaos de mí, insidiosos demonios de pálida mirada: no os acerquéis con esa sonrisa burlona en vuestras diabólicas fauces! El olvido derramado no será negociado. Mi pasado es oscuridad, nada puede verse a través de esa ingente bruma; sólo un ventanal en ruinas arroja una mortecina luz, de azulado tinte, que muestra una cruz desmoronada y los insepultos huesos de la devoción. Nada más puede verse. ¡Alejaos, alejaos de mí, con vuestras filosas dagas de espanto, que me abren heridas a través de las cuales se drenan, de las venas de mi memoria, insignificantes hechos de altiva estupidez! ¿Es que ése pude haber sido yo? Ya es tarde para los nuevos reproches; ya es tarde para las culpas granadas y para los nevados temores. Tales hechos son los que afean mi necrosado pasado, del mismo modo en que un jean y un par de ojotas afearían a la misma Helena de Troya. Dadme respiro: debo recobrarme de este golpe, ante cuya clara contundencia muy poco me ha valido girar velozmente el cuello, siendo incapaz de levantar mis temblorosas garras para cubrirme con ellas. Sin embargo, no podréis conmigo: me apresto a dar batalla. Pero no, vuestros ardides son arteros en grado sumo, ya nada puedo hacer para venceros; aunque diminutos, vuestro nombre no es sino Legión. Muy bien, vosotros ganáis, recuerdos; pero tened presente que, a través de la larga espiral de los vertiginosos tiempos eternales, sólo vosotros y el Supremo habéis sido capaces de vencerme. Os otorgo, a mi pesar, la singular palma de la victoria; disponed ahora de mis despojos. Los derechos de vencedor no os serán negados, únicos derechos que he jurado respetar; no ignoro que mi suerte será dura, esclavizado por vosotros, en tierras lejanas, empujando una rueda de molino y desprovisto tanto de mis más básicos beneficios como del exuberante penacho de la etérea libertad. No lo lamento: esto ya me había sido robado antes. Vamos, adelante, castigadme, golpead: estoy dispuesto a soportarlo todo, con orgullosa e inconmovible mirada. A partir de ahora, mi nobleza será la de ser quien soporte las más duras pruebas, los más crueles tormentos, las más despiadadas aflicciones, sin caer jamás. Os desafío; me habéis vencido en la liza de combate, pero nunca me venceréis en el altar de sacrificio. Ved que mi pulso no tiembla. Ved que mis pasos no vacilan. ¿Queréis ver más? Yo mismo os arrebato vuestros estiletes, y me lacero ahora las carnes con ellos. Mirad; llenaos de horror. No, no deis ese paso atrás, contrariados: sólo hago lo que mi alma me dicta, y un alma creada por Dios no puede ejecutar cosas del todo ajenas a su plan divino. Observad el espectáculo, inédito hasta ahora, y subsecuentemente irrepetible: una de vuestras víctimas se ríe de vosotros, se auto-inflige las heridas más profundas, y lo soporta todo con adusta mirada. Sí, huid, huid espantados: es cuanto podéis hacer. Llevad esta noticia al Eterno, y decidle que mi capacidad para soportar el dolor es superior a la suya, sentado en su confortable butaca nubosa y abanicado por las tiernas alas del querube. Anoticiadle de esto que hago: he confeccionado una cruz de ébano, y con vuestras odiosas armas clavo ahora mis pies en su base, así como mis muñecas en sus brazos, extendidos en mudo pero palpable horror. Mi boca chorrea negra sangre mientras os hablo, y el recuerdo de una infamia traspasa, de lado a lado, mi tumefacto corazón. Mis alas arden en la combustión del pecado divino, y mis ojos vidriosos y blanquecinos se retuercen en el recuerdo de un crimen que permanece desconocido y sin nombre entre los perplejos legisladores de la facinerosa humanidad. Corred, corred a llevar esta buena nueva: el hombre ha sido salvado por segunda vez, en esta ocasión no del error del primero, en el distante Edén, sino del error del último, en un tiempo que vendrá. Cuidad de no tropezar en vuestra ciega velocidad, mientras escapáis de mi visión destrozada como un cervato escapa del rugido del león malherido, pues podríais haceros daño. Llorad, sí, llorad, piadosas sacerdotisas, pues este sacrificio voluntario también os concierne a vosotras. No me culpéis por lo que he hecho; es sólo que me molesta ser despertado por el efluvioso e intrusivo sol. Que los hombres recuerden este memorable día de locura y espanto, y que caigan de rodillas con cada nuevo aniversario para pedirme perdón.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-8376492410294748270?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/crucificado-por-el-pasado.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8376492410294748270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/8376492410294748270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/crucificado-por-el-pasado.html' title='Crucificado por el pasado'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSg_wUsDojI/AAAAAAAAAJg/--Odg_JvWuw/s72-c/grunewald.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-1875992535529402052</id><published>2008-11-20T03:39:00.027-02:00</published><updated>2010-05-25T15:47:28.142-03:00</updated><title type='text'>Letanías de orgullo infernal</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SST4QFGKXsI/AAAAAAAAAIo/smxYSHAkVhg/s1600-h/isle.JPG"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 170px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SST4QFGKXsI/AAAAAAAAAIo/smxYSHAkVhg/s320/isle.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270610419059941058" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Inmundo humano que me lees, quiero, antes que nada, dejar constancia, en el abrasivo laberinto de tu inútil memoria, impulsado, como de seguro supondrás, por un estoico escepticismo que no se quebranta ni bajo los heroicos hachazos de la liberal bondad de los más intrépidos, desprevenidos y cándidos de tus hermanos, de que sé dónde vives: allí, allí donde se emplaza el dorado trono de la infame ignorancia. Por lo tanto es mi deber avisarte, y uno de tus más sublimes derechos el poder ser prevenido de antemano, que la eterna inoperancia de tus erróneas injurias psicológicas en mi contra podría acarrear consigo un terrible voto de venganza, de factible realización, del que por ahora nada más diré. Mostrarás, por consiguiente, enormes sabiduría y prudencia si, tras haber leído estas palabras que son producto directo de mis sangrientos escupitajos de enfermo, arrojas al fuego purificador esta página que habrá quebrantado la salud de tu alma y, con la serenidad de la pequeña niña violada por su lascivo padre, te sumes en un brioso silencio desprovisto de todo tipo de elucubración mental en contra de mi horrendo ser: no necesitaré darte las gracias. Añadiré, sin someter mis palabras a más adecuada indagación, que no hay mayor placer que el de saberse odiado por los insectos que bullen, en posición eréctil, a través de los grises espacios de los cuidadosamente proyectados hormigueros que dan cobijo a la raza que ha sabido tomar posesión activa de las principales leyes que rigen, equivocadamente, a este mundo. No queriendo alargar un prólogo tan explícito como absurdamente innecesario (pues intuyo que ya desde un principio has podido percibir, con total claridad, un viso de locura, de inmortal odio, de desmedida arrogancia y de infernal poder en mi espantosa aunque sincera verba), me propongo dar ya mismo comienzo a un intenso hurgar entre mis aciagas ideas que me permita encontrar, con la sonrisa de un chacal satisfecho de su maldad, que aun a él mismo sorprende, el material justo y necesario para sellar una imperecedera e ilimitada enemistad entre nosotros dos... He notado que no ha arraigado entre los humanos la legítima costumbre de tomarse la molestia de afanarse por aparentar algo de sorpresa al advertir que Dios no puso la otra mejilla cuando Lucifer, junto a sus huestes guerreras, lo atacó para librarse de las odiosas cadenas de la eterna servidumbre que su sagrada tiranía exigía para saciar, por medio de la humillada prosternación y los cánticos de alabanza, su siempre insatisfecha vanidad divina. No estoy diciendo con esto que los hombres tengan que exigirle a su propio Dios que les dé el ejemplo de cómo comportarse, no, y menos a un Dios que, mientras predica a sus súbditos la tolerancia con sus semejantes, no se muestra muy tolerante él con los demás dioses, a los cuales desmiente, considerándose único, y contra los cuales levanta cruentas guerras que embellecen desde siempre el aburrido rostro de la historia humana; es sólo que me sorprende el incondicional y ciego respeto que nunca dejan de presentar a ese eminente imperialista de las nubes. Aunque admito que me sorprendería menos, y que, incluso, podría encontrar en dicho fenómeno un mínimo de lógica (no mucha), si no viese, cada vez que mis ojos cometen la atropellada imprudencia de contemplar las tierras bajas que circundan, vastas y pestilentes, mi negra torre, el terrible espectáculo de informes mareas humanas manifestándose en apiñadas multitudes, de una cohesión muy similar a la del mercurio, a favor de su sistema de corrupción y opresión favorito, al cual ingenuamente denominan &lt;span style="font-style: italic;"&gt;democracia&lt;/span&gt;. Criaturas efímeras, ¿es que acaso no veis que el Cielo, al cual vosotros, con una soltura harto lamentable e incomprensible, llamáis &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Paraíso&lt;/span&gt;, y al cual os esforzáis, observando todas las vanas devociones y supersticiosas costumbres que estragan la libertad humana desde hace siglos, por llegar, está fundado en un sistema de carácter netamente monárquico? Ridícula es la idea de que a vuestra edad, y con el alto grado de inteligencia y conocimientos que creéis poseer, no hayáis notado aún lo paradójico de vuestra conducta; por lo tanto, debo advertiros que lo discordante de vuestras ideas políticas terrenas y vuestras aspiraciones eternas mueve más a las náuseas que a la comicidad. Suspiráis día y noche por el tintineo de la palabra &lt;span style="font-style: italic;"&gt;libertad&lt;/span&gt;; al mismo tiempo, vivís reverenciando, en la humillada prosternación que su vanidad celestial exige, a un rey o dictador celeste que ordena una ciega sumisión a sus leyes (a veces demasiado humanas en lo concerniente a los intereses que resguardan, por cierto) a fin de alcanzar, por último, un lugar en el peldaño más bajo de un reino enteramente jerarquizado desde donde poder agradecer por centurias a uno que, sentado en su alto trono, y recordándoos a cada momento quién es y cuán grandes son su misericordia, bondad y poder, os prescribe la humildad como virtud. Admitamos que es una pena el que Rousseau no haya nacido a tiempo para escribir parte del Nuevo Testamento (en el Antiguo aún no había Yahvéh inventado el Cielo y la inmortalidad del alma); ¡cuánta razón tendríais entonces! No ha sido así. Vuestro Paraíso quedó, por consiguiente, condenado a un régimen monárquico muy similar a los que estaban en boga en aquellas épocas, tiempos en los que la guillotina aún no había sido creada y el cuello del Rey de las nubes podía, pues, dormir en paz; tiempos en los que sólo yo, cansado de su tiranía, me atreví a atacarlo. Como sea, cabe suponer de este modo, dada la caducidad ideológica de un absolutismo eterno, que el pensamiento de Dios no avanzó a la par del pensamiento del hombre, aunque quizás lo más probable sea que el Eterno tenga fundadas razones para proscribir de su reino el sufragio universal y para sujetar, con firme pulso, las riendas de mando en una sola persona que se ha arrogado para sí misma, desde antes de la Creación, la entera potestad de toda función ejecutiva, legislativa y judicial del imperio celeste. Por favor, humanos, no pequéis, arrodillaos y suplicad por la remisión de vuestros deslices, pues la tiranía etérea necesita, como toda tiranía, súbditos; ascended al Cielo cantando loas a vuestro Padre y llorando de agradecimiento por su misericordia: no seré yo, bebiendo mi daikiri en la absoluta libertad del Érebo, quien vaya a envidiaros. ¡Pero basta! No es mi intención transformar a los gusanos condenados a morir bajo tierra en águilas de poderosas alas: prefiero seguir viendo todo desde arriba en soledad. Sólo que a veces la tentación de pisotear un poco el barro en el que moran, para hacerles sentir así más temor del que ya sienten por naturaleza, es inevitable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-1875992535529402052?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/letanas-de-orgullo-infernal.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1875992535529402052'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/1875992535529402052'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/letanas-de-orgullo-infernal.html' title='Letanías de orgullo infernal'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SST4QFGKXsI/AAAAAAAAAIo/smxYSHAkVhg/s72-c/isle.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-7801578128788469752</id><published>2008-11-19T17:04:00.029-02:00</published><updated>2010-05-25T15:46:09.152-03:00</updated><title type='text'>Génesis de lo infame</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSRhXARyjkI/AAAAAAAAAIg/RUhNAWkr7L8/s1600-h/martin-wrath.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 205px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSRhXARyjkI/AAAAAAAAAIg/RUhNAWkr7L8/s320/martin-wrath.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270444511769824834" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Alejado, ahora sí, del detestable hedor del hombre, entre tormentas dignas de las márgenes del Aqueronte, agazapado en una estrecha cueva mientras, frente a mis ojos, la noche ve su rostro continuamente surcado por los inclementes latigazos de fugaces relámpagos, podré al fin, apoyándome en las arcanas capacidades de mi visión nocturna, comenzar, para sustraerme por un instante al dolor de mi inexpugnable soledad, la soledad de un ser superior sumergido en un océano de estulticia y mediocridad, un diario en el que expondré mis ideas, mis filosofías y mis descarnadas observaciones cotidianas de este bajo mundo, así como mis vivencias y recuerdos, a fin de llenar de espanto al despreciable humano si por azar llegase a leerlo, mota de polvo que aúlla durante toda la larga noche envuelto en las pesadas y herrumbrosas cadenas de un decrépito manicomio llamado &lt;span style="font-style: italic;"&gt;sociedad&lt;/span&gt;. Empezaré por hablar, pues, en gris retrospectiva, de mi sublime pasado, sólo que lo contaré a mi manera, frase esta última que significa que no diré palabra alguna que sea cierta. Lee con atención, aletargado insecto, pues las enseñanzas que, como exhalaciones del Hades, surgirán de estos recuerdos deberían, por lo menos, encanecer de manera prematura tu aún vigorosa cabellera, tan distinta de mi amplia frente demoníaca, arrugada por tormentos y aflicciones que podrían destruir generaciones enteras de hombres del mismo modo en que el tierno maíz es destruido por la súbita caída del gélido granizo. ¿Qué diré de aquellos campos celestes, entre muelles esperanzas y una bienaventuranza sin par? ¿Qué diré de los coros seráficos, del esplendor de los tronos, de las benevolentes miradas, de la pureza de los corazones, de los cánticos de loor, de las túnicas inmaculadas? Pero, entonces, las sombras avanzaron lentamente sobre nuestras almas, la orgullosa ambición encegueció nuestros ojos como una reptante niebla, una ráfaga de muerte, un pestilente hálito de rebelión, la derrota, la caída, el dolor... ¡Oh!, no, no hablemos de ese pasado, pasado del que no me arrepiento, pero que aún pesa como una losa sepulcral sobre los consumidos restos de mi cuerpo otrora lleno de vida. Y entonces, un nuevo reino, un imperio hecho de necesidades, de alas rotas, de orgullos heridos, de esperanzas arrasadas; la ardua y demencial edificación de lo innoble, la profanación artificiosa y burlesca de lo sagrado, un mundo infame, la negación e inversión de nuestro paraíso perdido, inútil ardid para curar las heridas, para silenciar los suspiros; un submundo de horror, de agonía, de miseria, de una libertad falaz cuya verdadera naturaleza sólo era sumisa y obediente oposición. ¿No podéis entender esto que digo? Mirad hacia vuestros corazones, esperpentos, pues ésta no es más que la herencia de todo cuanto el Supremo creó, adrede, con debilidad, pues crearnos como a sus iguales le habría dado miedo y envidia. Y en aquella negación, en aquella falsa felicidad entre cuyos iridiscentes matices se adivinaban, dominantes, las vetas de la desesperación, una voz solitaria, en lo alto del más excelso trono de oro, se hizo oír volviendo a pecar, esta vez contra el mismo pecado. Sí, el solitario astro vespertino, aleteando jadeante como una polilla que se acaba de quemar las alas en la afanosa vela del filósofo, debió alejarse, descontento de todo, aterrado por su culpa, incapaz de mirar a los ojos a tantas antiguas efigies de belleza ahora destrozadas y caídas por su ociosa rebelión, volando hacia el mundo de los hombres, maldito para siempre, y desterrado por las mudas miradas de reproche de sus afligidos hermanos. El búho le vio llegar, en la tranquila noche, aunque no comprendió del todo aquel portento al que sus pensantes ojos asistían. Los lobos festejaron, y los profetas tuvieron ominosos sueños de desastre. Algunos vaticinaron el más inmediato fin del mundo; otros perecieron mientras agitaban locamente las manos hacia el cielo, con los ojos desorbitados; y hubo otros que, serenos, hablaron de una segunda caída, de un dolor atroz cuya mera mención podría enloquecer a las cuatro edades del hombre, o bien de un ser corrupto y abominable que sólo venía a cosechar almas y peones para ganar una antigua partida ajedrecística contra el Creador de los mundos y de la vida. Incluso, hubo uno, y fue uno solo, pero sabio, que se atrevió a decir que, por el contrario, un espíritu impuro pero sumamente preocupado acababa de llegar desde el multitudinario Infierno a fin de predicar el amor y salvar a los hombres, pues en el mundo subterráneo no había ya lugar para un alma más. No se equivocaban, salvo en lo concerniente a mi dolor, que siempre niego y negaré, sobre todo mientras empuño esta pluma que vacila y que tiembla. ¿Y qué aconteció después, si es que puede decirse positivamente que aconteció algo? Poco; no mucho más que la historia de un hombre arrasado y condenado que, habiendo dejado de creer en Dios, y habiendo renegado de sí mismo, de su propia majestad satánica, no podía tampoco creer en la humanidad, en los credos de progreso y de esperanza universal; un misántropo esquizoide que sufría, meditaba y soñaba apartado de todos, un filósofo de la locura, un poeta del mal, un ser cuya frente, grabada con las indelebles huellas del furioso rayo divino, generaba el más absoluto rechazo en el seno de la humanidad, que sin embargo ignoraba que tenía ante sí a uno de sus propios creadores, motivo de más para aborrecerle. Es lo que siempre he dicho. ¡Pero basta! ¿Quién me manda a reunir en una sola noche todo este desagradable cúmulo de recuerdos acerbos, abrasadores, urentes? ¿Por qué debería hablar de mí mismo en un diario, cuando con tanta facilidad puedo dedicarme a esgrimir verídicas y poderosas diatribas en contra de los otros? ¿Acaso existe alguien que pueda comprender la extraña rebelión de un ser contra su dios primero, y contra sí mismo después; la trágica historia de aquel que cae porque ha luchado contra su propia esencia y ésta le ha vencido? Mejor sería decir que jamás he ostentado el rango de Rey del Infierno, y que no soy más que un simple mortal que se cree demonio en extraña e inédita monomanía, descontento con su propia naturaleza humana, o que se escuda tras la máscara de uno para que sus perversas verdades duelan menos y puedan ser perdonadas, pues es menos enojoso el insulto nacido en boca de un demonio que el que proviene de los labios de un semejante, así como algunos perdonan que una supuesta víctima del sistema los mate pero no que un almacenero les dé mal el vuelto. Sí, sería mejor decir esto, pero sería falso, y la eterna guerra que se ha planteado entre el humano y mi persona no recedería por ello, de modo que no lo diré, ni lo insinuaré siquiera. Por suerte los horrísonos fragores del trueno despiadado ahogan mi voz y mi llanto en medio de esta noche demencial, esta noche de blasfemias, esta noche de revelaciones infames. Que el hombre tema, pues la furia de los elementos se ha desencadenado, y esa furia imperecedera no es un ápice menor a la mía... He hablado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-7801578128788469752?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/gnesis-de-lo-infame.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7801578128788469752'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/7801578128788469752'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/gnesis-de-lo-infame.html' title='Génesis de lo infame'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSRhXARyjkI/AAAAAAAAAIg/RUhNAWkr7L8/s72-c/martin-wrath.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-2827674677740776148</id><published>2008-11-19T01:32:00.019-02:00</published><updated>2010-05-25T15:43:37.280-03:00</updated><title type='text'>Libro I - Entrad a mi reino</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSNlLuDc0SI/AAAAAAAAAII/JbypVbW33fs/s1600-h/klosterfriedhof_im_schnee.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 226px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSNlLuDc0SI/AAAAAAAAAII/JbypVbW33fs/s320/klosterfriedhof_im_schnee.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270167240969081122" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Entre estas inmemoriales ruinas de desolación, me dispongo ahora, en el silencio de mi soledad, en mi sombrío bosque, bajo la negra noche sin luna, sentado majestuoso en mi trono sangriento, eternamente carcomido por sombríos pensamientos que no me dan un segundo de paz o de reposo y que necesito expresar, a abrir las puertas de mi oscuro reino, de los vastos dominios de mi fría mente, de los grises abismos nacidos de una lógica que, raptada por mí de la perpetua vigilancia de los hombres, nunca me canso de violar; ¡y que abandone toda esperanza quien suba aquí! Pero antes que nada debo prevenirte, a ti, oh es­píritu pusilánime, hijo de la miserable progenie de un tiempo que ha sido maldito con mi presencia, vil siervo del suelo y de la comodidad, que te arrepentirás de leer este diario si llegas a encontrarlo y te atreves a profanar con tus asustados ojos sus líneas sangrientas, pues contendrá mi pensamiento, y no soy el afable narrador que creíste conocer en la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Introducción&lt;/span&gt;, ni me parezco a los otros poetas filósofos que has leído con anterioridad, ni tampoco a ti. En consecuencia, por si no lo has entendido aún, te lo diré una vez más: ¡abandona tu absurdo propósito de leer estas palabras, que no son para ti!; pues es aquí donde el hijo del sepulcro se despojará de su engañosa máscara y se mostrará ante ti tal cual es; es aquí donde apartará las oscuras nieblas que ocultan el gran abismo que le separa del hombre y te lo hará ver, para que te llenes de horror y de vergüenza; es aquí donde se revelará el Barón de Ehrendost, el demonio de arrogancia, el muerto entre los vivos, aquel que, espantoso hermano de la inmunda hiena, profiere incesantemente maldiciones cuyos ecos jamás morirán, desde su alta torre, contra las tierras que duermen, y que a menudo sueñan con él y lo llaman Muerte; es aquí donde el eficaz taladro de sus verdades maquillará tu rostro con el matiz de la agonía. ¡Yo mismo te lo digo: apártate de mí y sigue transitando esos nefandos senderos de servil alegría que yo no envidio, gusano, aunque sé que te dan una estúpida y efímera dicha! Sí, aférrate a ellos, pues es lo poco que tienes, y no podrás aspirar a más. Yo te lo ordeno. Si acaso leyeses mis palabras con una serena y meditabunda atención podrías terminar suicidándote (¡ah, con cuánta belleza se presenta este cuadro a mis ojos!); o podrías dedicar el resto de tu vida a intentar darme muerte (pues ignoras que yo ya estoy muerto); o, peor aún, podrías volverte más que un hombre. Y esto último es lo que no deseo, pues amo observarte desde lo alto de mi negra torre mientras te arrastras por el limo de tu baja vida, oh fatigado autómata, ignorando que eres para mí objeto, en un detenido estudio que para nada te favorece, del más ridículo examen. ¡Pues poco me importas! Mas adoro observarte prudentemente. ¡Ah!, qué dulce es a mis ojos el verte aceptar con una dócil sonrisa las imposiciones que la sociedad en la que vives arroja con desdén, día a día, sobre tu sudoroso cráneo, privándote así del goce o tormento de desarrollarte en tu verdadera naturaleza; pues sólo eres lo que ellos hicieron de ti. ¿Acaso es esa ropa, tan fea como adecuadamente incómoda, la que te agrada llevar, o es la que necesitas en este tiempo y lugar para poder trabajar durante sesenta años y tener así la posibilidad de comprarte una familia y una vida serena para luego morir, como un innoble anciano, enterrando un nombre que ni los gusanos de tu sepulcro recordarán? ¿Acaso era tu deseo primordial casarte y perder así tu libertad, o lo hiciste porque envidiaste la felicidad de una noche que aparentemente experimentó tu vecino al hacerlo, o porque la Iglesia necesitaba que fueses miserable toda tu vida para que siguieses acudiendo a ella en busca de alivio? ¿Eh? ¡Dime! ¿Acaso estaba en tu naturaleza la necesidad de forjar esas cadenas con tu propia esclavitud, tus caras posesiones y tu familia, cadenas que repercuten sobre el individuo en forma de una multiplicación de sus responsabilidades y necesidades, atándolo para siempre a su servidumbre, oh mísero gorgojo del pan gratificado con vacaciones anuales remuneradas? Viendo cuán abrumado estás por el significativo peso de la uniforme adopción de conductas contrarias a la lógica que te es necesaria para poder gozar de la vida en sociedad, vida cuya totalidad desperdicias en trabajo, puedo afirmar que serás siempre ante mis ojos un deleznable objeto de irrisión, aunque tú digas y creas que yo soy sólo un pobre diablo que habla así pues carece de todo lo que tú tienes y, transido por el hambre más insoportable, arrastrándose bajo los indiferentes ojos del universo sin amigos, compañía, afecto o comprensión, endiosa su inmadurez y su miseria y brama furioso contra el mundo de los vivos. Y si bien es cierto que a veces, cuando mi soledad aúlla demasiado fuerte en mi pecho, o cuando paso toda la noche deseando que la muerte me sumerja en el océano de la nada, me pregunto si no tendrá razón el mundo y si no sería mejor lobotomizarme para, pareciéndome de ese modo un poco más al humano promedio, poder obtener sin dificultad un buen empleo, una bella esposa y unos hijos lozanos, nunca tarda mucho mi naturaleza orgullosa en rebelarse gritando que, por mucho que mi sendero, al alejarse de las populosas avenidas del vulgo, me conduzca indefectiblemente a gélidas regiones invernales de hambruna y desolación, existe, sin embargo, una enorme e irrenunciable gloria en no ser uno más entre los incontables corderos de ese gran rebaño esclavo de los usos mundanos que, moviéndose grotescamente en conjunto a través de las fecundas pasturas de la abundancia, guiados por la crucial campanilla de la moda, menosprecian mi muy personal aunque ardua y frugal libertad de creador llamándola, engañados, pobreza y abandono. Así pues, creo que ya puedo contarte con bastante confianza, oh humano, lo repugnante que es para mí verte, durante todo el tiempo comprendido entre tu vil nacimiento y tu muerte, deshaciéndote en lujuria ante la tibieza de las papilas linguales de unos éxitos falaces, que sólo pueden ser tomados como tales por quienes, enamorados de la seguridad de un corral, ignoran el placer que encontramos en el cortante y a menudo mortal frío de las alturas quienes estamos dotados de negras alas de demonio. ¡Pero basta! No puedo mirar tanto tiempo hacia abajo, no: no seguiré rebajándome a hablar contigo... ¡Ay!, había previsto algo así: un diálogo tan intenso con un hipotético humano acarrearía una determinante pérdida de tiempo que me privaría, por último, de disponer de la posibilidad de transcribir siquiera una de mis filosofías o vivencias para dar inicio a mi obra y a mi redención por el arte... Pero así fue. No importa: que mi reino de horror y perdición infinita mantenga cerradas sus puertas un tiempo más. La Noche invoca ahora toda la energía de mis pensamientos; me abstraigo, pues, en la eterna maduración de mis planes de odio y de conquista, dejando para mejor momento el inicio de mi infame diario.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-2827674677740776148?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/libro-i-entrad-mi-reino.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2827674677740776148'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/2827674677740776148'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/libro-i-entrad-mi-reino.html' title='Libro I - Entrad a mi reino'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSNlLuDc0SI/AAAAAAAAAII/JbypVbW33fs/s72-c/klosterfriedhof_im_schnee.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6502928612580047706.post-3670325448226865514</id><published>2008-11-18T15:43:00.033-02:00</published><updated>2010-05-25T15:42:55.381-03:00</updated><title type='text'>Introducción al Diario de un demonio</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSMXhnXMVCI/AAAAAAAAAGA/RcY3_VN0XAY/s1600-h/milton13.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 258px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSMXhnXMVCI/AAAAAAAAAGA/RcY3_VN0XAY/s320/milton13.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5270081855222993954" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;«He visto al Demonio anidar en el hombre;&lt;br /&gt;he visto al hombre corromperse, renegar de Dios,&lt;br /&gt;inflamarse con un orgullo que no es propio de los nacidos en este mundo;&lt;br /&gt;le he visto solo, desesperado en las llanuras solitarias, en la negra noche,&lt;br /&gt;blasfemando, alimentando ambiciones de trascender su propia naturaleza;&lt;br /&gt;y, lo que es peor, en una ocasión le he visto triunfar:&lt;br /&gt;he visto a un ser humano volverse un demonio...&lt;br /&gt;he visto el verdadero Mal.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Nicholas Remy (1530-1616). &lt;span style="font-style: italic;"&gt;De Ambitia Satanae&lt;/span&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Érase una vez en el Infierno un demonio un tanto retraído a quien sus congéneres daban un extraño nombre que en el argot infernal, execrable mezcla de latín, arameo, alemán y porteño, significaba algo así como &lt;span style="font-style: italic;"&gt;noche eterna&lt;/span&gt;. Se trataba, como todo demonio, de un ser muy anticuado y reaccionario, y por ello solía principiar sus escritos a la manera tradicional, con la palabra «Érase», en lugar de acudir a singulares ardides revolucionarios o a una grandilocuente &lt;span style="font-style: italic;"&gt;in media res&lt;/span&gt; que intentase imitar, con imprudencia, a los clásicos. Dicho ser solía vagar en soledad, por las desoladas llanuras del Hades, como un ángel de bajo rango, si bien no faltaban quienes afirmaban, entre siseantes cuchicheos, que se trataba de uno de los principales jerarcas del Averno, si es que no del mismo Satán, que así, bajo otro nombre y enmascarado en las raídas vestimentas de un mendigo, disfrutaba de una anhelada libertad y escapaba por un rato al insoportable peso del mando que aplastaba sus hombros. Adolecía este demonio de un síntoma poco usual entre los oscuros individuos que conforman, a su pesar, las gloriosas legiones infernales, a saber: que era un tanto esquizofrénico y actuaba a veces como un ser humano, a causa de lo cual solía sufrir. Pero el sufrimiento de un demonio, criatura ácida si las hay, proclive a burlarse de sus propias heridas y caídas para obligarse así a levantarse, es algo que debe tenernos sin mayor cuidado; ¡os ordeno que no os apiadéis de mí! En efecto, es preferible seguir la moda y sólo sentir piedad por ese algo abstracto e intangible, amén de detestable, que se suele denominar &lt;span style="font-style: italic;"&gt;pueblo&lt;/span&gt;; y sentir mucha más piedad por él, y luchar más por sus inalienables derechos, cuanto más despreciamos, pisoteamos e ignoramos a todo aquel que tengamos circunstancialmente a nuestro lado. Sí: ponedle bombas al pueblo en nombre del pueblo y seréis perdonados. Como sea, lo cierto es que, aparentemente, este demonio había tenido, a causa de su naturaleza orgullosa y un tanto humana, la gran osadía de rebelarse contra Satán, como antaño contra Dios, y por ello había debido caer una segunda vez: de ángel a demonio primero, y de demonio a primer hombre de la tierra ahora; pero, dado que la hipótesis de que el padre de la raza humana no haya sido sino un demonio caído del Infierno puede llegar a herir varias susceptibilidades, digamos mejor que, tras su caída, se transformó en un hombre ordinario, aunque asaz esquizoide y misántropo, en medio de la ya creada humanidad, si bien ostentaba aún algunos atributos de poderío satánico y sabía ir cada tanto de incógnito a sus antiguas moradas, el Infierno y el Cielo, por senderos oscuros que se hallan vedados a la razón del hombre. Os aclaro que el hecho de que este maldito ser se hubiese vuelto una suerte de humano tras rebelarse tanto frente a Satán como frente a Dios no significaba que no se rebelara ahora, día a día, contra el hombre, su peor enemigo; por el contrario, deberíais tener en cuenta que su odio... ¡Pero basta! Puesto que nunca es aconsejable alargar demasiado un proemio de esta naturaleza, sobre todo si no se tiene nada claro para decir, conviene que presentemos ya, sin más dilaciones, el inconcebible diario que este demonio escribe asiduamente con su pluma sangrienta y que yo, por un cruel infortunio, alcanzo a veces a leer desde el mundo de los mortales, presa del terror, y que ahora considero prudente para mi sanidad mental daros a conocer, pues ser el único posesor de estos infernales conocimientos genera en mí vagos temores, por no decir, directamente, «me da miedo», expresión cuya pronunciación me causaría cierta vergüenza atendiblemente masculina. Por eso pongo a vuestra disposición ya mismo este abominable diario, compuesto por un demonio que, habiendo hecho la guerra a su lado angelical primero y a su esencia satánica luego, extraña ahora esas dos partes de su alma y desprecia ser, como todo humano, una mediocre mezcla de ambos elementos con dificultades para sondear los extremos y entronizarse magnificente ya en uno o en el otro. Algunos dirán que las tintas de esta obra están cargadas de veneno; otros manifestarán cierta aprensión a sondear la profundidad de sus infaustas palabras; no faltarán quienes sostengan que todas sus páginas deberían ser quemadas en purificador holocausto; pero mientras las tinieblas sigan rodando lentamente por sobre la circunferencia de este mundo, huyendo con horror de los agobiados ojos del insomne sol, y mientras el dolor y la desesperación sigan arrastrando a ciertos individuos aislados a fulminantes actos auto-destructivos, el mudo terror que brota de las extrañas frases aquí contenidas encontrará, indefectiblemente, un seguro refugio en algún cerebro solitario, infinitamente perdido en las cavilosas márgenes del negro silencio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Nota: cuando antes hablé de la esquizofrenia de este demonio... bueno, os ruego que no vayáis a pensar que él y yo somos una misma persona. No es que no sea cierto, sino sólo que no quiero que lo penséis...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6502928612580047706-3670325448226865514?l=entrad-a-mi-reino.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/introduccin-al-diario-de-un-demonio.html#comment-form' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3670325448226865514'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6502928612580047706/posts/default/3670325448226865514'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entrad-a-mi-reino.blogspot.com/2008/11/introduccin-al-diario-de-un-demonio.html' title='Introducción al Diario de un demonio'/><author><name>E.</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08541659985138427682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/S43kYsEHoqI/AAAAAAAAATk/E9PI9sOzSeA/S220/e.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_9oyqcBOMgMI/SSMXhnXMVCI/AAAAAAAAAGA/RcY3_VN0XAY/s72-c/milton13.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry></feed>
