El demonio de la redención



Si no fuese porque jamás en mi vida me lo he preguntado, daría comienzo a esta nueva estrofa, que ya alborea entre los amenazantes estridores de la locura, asegurando que no es sino muy a menudo que la pesada caravana de mis reflexiones detiene su infatigable periplo a través de estos estériles desiertos para abrevar, largamente, en las profundas aguas de la duda al ser acuciada por la intolerable sed que le produce el interrogante de si este diario contará aún con algún lector y si, en caso de ser afirmativa la respuesta, se podrá dar por descontado el que los laberintos de enigmáticas aunque espantosas palabras en el cual sus ojos se extravían hasta marearse dejan luego en su perplejo cerebro, además de odio, incomprensión y miedo, algún tipo de marca intelectiva que el erudito promedio podría llegar a catalogar sin mayores miramientos como de índole positivamente fructífera y duradera. Si este fuera el caso, cosa que no creo ni espero, sin duda ese abrumado lector, que acude religiosamente a estas páginas venenosas por mero amor inconsciente al encomiable acto del suicidio, recordará que, entre mis primeros cantos, de desafinada lira e inseguro pulso, hice somera mención a mi extraña venida a este mundo con el propósito no de condenar almas, como sería lo esperable en un demonio, sino de redimirlas y salvarlas. Sí, lo digo sin ruborizarme ni bajar la mirada: una vez vine a este mundo para enseñar a los hombres a amar y a ganarse el perdón de los cielos. Por eso, oh infecto y despreciable lector, deja ya de fingir estúpido asombro y adéntrate sin más, si bien con paso titubeante y respetuoso, en los misterios de lo que tengo para referirte respecto de ese oscuro episodio de mi anquilosada necrografía (empleo esta palabra pues ya no me atrevo a llamar biografía a la historia de alguien que, indudablemente, está muerto desde hace tiempo). Hallábame cierto día meditando maldades y madurando planes de odio y de conquista en mi trono de restos óseos y de sangre, cuando uno de mis subalternos infernales se me acercó con un parte informativo que trataba en detalle una preocupante situación: el alarmante crecimiento demográfico de pecadores había dejado al Tártaro en un estado de virtual superpoblación que amenazaba con hacer colapsar pronto las vetustas estructuras del reino. Salí de inmediato a recorrer mis vastos dominios, escoltado por todo mi gabinete, y no pude dar crédito a lo que veían mis atónitos ojos: mis estrategias políticas habían resultado tan exitosas, que todos los espacios de mi morada se veían congestionados por un apiñamiento sin precedentes, el cual, para peor, amenazaba con seguir aumentando consuetudinariamente como no fuese que efectuara yo un brusco giro de timón con premura y acierto. Tras bramar un rato frente a mis ministros por no haberme, conforme al talante timorato y complaciente que los tiranos engendramos a nuestro alrededor, advertido a tiempo sobre los riesgos prácticos que entrañaban mis medidas cortoplacistas, cuya inicial efectividad se revelaba ahora como de consecuencias catastróficas, y por haber dejado crecer esa bomba de tiempo hasta tal punto sin anoticiarme debidamente de lo que sucedía fuera, pasé revista a los dramáticos índices e informes que las distintas entidades de control y estadísticas me hacían llegar: el Infierno estaba al borde del colapso absoluto, y especialmente complicados eran los puntos tocantes a redes cloacales, hacinamiento, hambrunas, atención sanitaria, viviendas precarias y desocupación. Los condenados eran tantos, que hasta habían tenido lugar severos amotinamientos en los que mis esbirros, en increíble desventaja numérica, habían llevado la peor parte. Incluso, llenábame de preocupación la insólita aparición de incipientes partidos democráticos que manifestaban la absurda intención de plebiscitar mi mando o, peor aún, de hacerme enfrentar en elecciones abiertas a algún candidato humano, de tan demagógicas arengas cuan escasas luces, ante el cual mis chances no podrían sino ser perdidosas, pues ¿acaso podría ganarle Cicerón una elección a un mandril en la Ciudad de los Monos? Para decirlo en breves palabras: el Averno estaba repleto, se había transformado en un verdadero caldero, y no había lugar para una sola alma más, a lo que se sumaba el que, por un tecnicismo legal en la letra chica de mis títulos de propiedad, me era imposible agrandarlo comprando espacios adyacentes. Eso fue lo que, mientras mis cancilleres salían presurosos a buscar una solución iniciando una mesa de negociaciones con los embajadores celestes, me resolvió a volar raudo a la Tierra con el preventivo fin de salvar siquiera provisoriamente a los hombres, indicándoles la recta senda y moviéndolos a tomarla, antes de que las cosas en mis dominios se pusiesen verdaderamente feas y se saliesen de control. No achacaré ahora exclusivamente la desalentadora infructuosidad de mis vanos esfuerzos ni al carácter de súbito e improvisado que mi viaje tuvo, ni a la extrema necesidad de ubicuidad que me obligaba a atender mi propósito redentor sin dejar de, al mismo tiempo, desgastarme en el monitoreo de los constantes telegramas que daban cuenta de la problemática situación en el Infierno y de los magros resultados que iban arrojando las complicadas rondas de diálogo en el Cielo, distrayendo así de su objetivo primario a una mente llena de preocupaciones y reclamada de continuo por esas otras instancias. No: el humano estaba ya en un estado de decadencia colosal e irreparable, y mis grandes dotes de orador de poco servían frente a una multitudinaria bestia que se había enamorado tanto de su propia animalidad y de su temperamento débil y vicioso. Costaba a mi elocuencia abrirse paso hasta el otrora tierno y sencillo corazón del hombre, cuyas puertas habían sido blindadas y aseguradas bajo los siete herrumbrosos candados de la crueldad y del hedonismo carnal, y del mismo modo, cada vez que intentaba predicar con el ejemplo, no obtenía como resultado más que las sonoras risotadas y chanzas de la idiocia generalizada. Me puse a edificar afanosamente, pues, templos e iglesias en tan populosos como equidistantes puntos del orbe, pero no tardó hasta el último de ellos en ser derribado por la furiosa sinrazón de un mundo que, espoleado por los sonrientes medios masivos y la frivolidad, los veía como odiosos obstáculos para el desenfreno de los sentidos en el que parecía encontrarse a sus toscas miradas el único solaz posible en este mundo; me consagré entonces a la sofisticada elaboración de perfectas y maravillosas utopías, en las que unas tan injustas como absurdas condiciones de igualdad social obrarían el repentino milagro de transformar a los caóticos y brutales hombres en hermosos seres de amor y de conocimiento, pero el resultado no fue sino opresión, matanza y estrago, como después de todo era previsible dado que la base de esos sistemas tan promisorios cuan falaces se fundaba en la maniquea moral de esclavo y en la más vil y materialista de las envidias; opté por los tortuosos senderos de la filosofía, pero fui oído de tan pocos que hasta las burlas que recibiera por parte de la plebe Zarathustra me parecieron deseables y benditas; hablé de amor en medio de las orgías, mencioné la solidaridad en medio del festín y la rapiña, ofrecí mi otra mejilla en medio de las más encarnizadas guerras callejeras, enarbolé la bandera de la paz bajo las ciegas orugas de los tanques de las naciones belicosas, encomié la creación y el arte ante el marginal que mataba por unas monedas para adquirir estupefacientes y narcóticos, recordé la misericordia del Señor al sacerdote vicioso que se obstinaba en mancillar sus hábitos, expliqué la existencia de algo llamado dignidad humana en la voluptuosa mesa de la hipócrita política, y de todas partes fui expulsado como un leproso o un aguafiestas, con el esputo del oprobio manchando mi pálida frente y el puñetazo de la insolencia amoratando mi ojo contrito. ¡Nadie atinaba a imaginar que era un demonio aquel que, sin suerte, intentaba salvar y mejorar a los hombres! No queriendo condescender a la poderosa idea de bajar definitivamente los brazos, mi mente industriosa concibió al fin la ingeniosa y salvadora estratagema de aumentar la tasa de mortandad infantil a fin de que, antes de llegar a convertirse en consumados pecadores, los humanos evitasen mi reino y fuesen a poblar el limbo al que los infantes son destinados; a tal efecto, enseñé al capitalismo a financiar los movimientos abortistas de los tan soberbios cuan ignorantes militantes anti-capitalistas, títeres perfectos, pero tal medida sólo podía rendir sus dividendos en un futuro muy lejano, mientras que la problemática del Averno, que los últimos partes me aseguraban que era ya una olla a presión en la que el descontento de las almas apretujadas amenazaba con terminar de un momento a otro en un verdadero estallido social, exigía de manera acuciante una resolución inmediata. Presa de la desesperación, quise hacer oír mi voz en todo el mundo, gritar tan fuerte que todos los recovecos del orbe se llenasen y estremeciesen con los ecos reverberantes de una súplica atronadora, pero no pude evitar caer de rodillas, tembloroso, ya sin fuerzas, sabiendo que la humanidad no querría oírme y que, como Cronos al ser derrotado por su hijo Zeus, también yo había sido finalmente aplastado por mi propio vástago, el Pecado. Sólo una cosa me quedaba por hacer, y era ponerme yo mismo al frente de las negociaciones en las graves salas marmóreas del Paraíso. Solicité pues audiencia con los poderes celestes, petición que fue escuchada. En un ambiente de suma tensión y crispación, en el que las chicanas y las posiciones irreductibles estaban a la orden del día, llevé adelante con diplomacia al par que con firmeza los durísimos diálogos con lo más granado de las autoridades divinas, hasta que finalmente obtuve, por medio de efectistas amenazas de huelgas y piquetes, la concesión de inmensos terrenos del Érebo que bastarían a descomprimir definitivamente la situación de las planicies estigias. Desde ese momento, ensanchados de manera inconmensurable los límites de mi imperio, y aplacados finalmente en las masas de sombras el descontento popular y los estúpidos deseos de democratizar el Averno, pude dejar de lado mi asaz estéril oficio de demonio redentor y permitir nuevamente a la humanidad acrecer su número negligentemente y pecar sin remordimiento alguno cuanto hubiésele de antojarse, pues están más que fundados los complejos cálculos que aseguran que siempre sobrará espacio en el Hades, no sólo para dar albergue a incontables milenios de generaciones humanas, sino incluso para correr maratones, salir de caza, practicar sky acuático en las sulfurosas lagunas de fuego y disfrutar de todas las numerosas torturas, actividades de infausto esparcimiento y recreaciones dolorosas que se ofrecen en el delicioso spa de mis vastísimas heredades infernales. Entrad, pues, rebaños de insectos, a mi reino; y tened por cierto que si no fuese porque, a causa de mi fóbico odio a los sitios populosos, hace tiempo que me retiré de él, yo mismo os daría la bienvenida a todos en las grises márgenes del Aqueronte.

1 enemigos:

E. dijo...

Acompaña a esta demorada estrofa un detalle del célebre Jardín de las delicias, del flamenco Hieronymus Bosch (1453-1516).

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