Contrapuntos de luz y tinieblas
Con varios ángeles sentados sobre su regazo, y muchos otros rodeándolo a sus pies, entreabrió un día Dios sus fauces ciclópeas y rompió a decir, sin sospechar que yo lo escuchaba oculto tras un jirón de negra nube de tormenta: «Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de la casualidad y de las mudables leyes del azar que aun a mí me resultan inescrutables, lejos de ser nuestra camaradería producto del caprichoso e imprevisto cruce de nuestras respectivas sendas existenciales, yo mismo habíale creado acorde a mis divinas necesidades, aunque atento también a las suyas, depositando en él, con pródiga mano, todas las nobles cualidades y radiantes virtudes necesarias para establecer, entre ambos, un profundo amor poco menos que de hermanos. En la balbuceante aurora de su vida, corrió él a mi abrazo y, dejándose bañar por mi luz y por el salutífero torrente de mi bondad y mi sabiduría, no tardó en profesarme una devoción tal que no era raro descubrir lágrimas de agradecimiento resbalando por mi incrédulo rostro. ¡Cuán solitaria es, necesariamente, la existencia de un dios todopoderoso! Pero, desde el preciso instante de su ansiado arribo, mis caminatas y mis paseos por los florecientes prados de la vida dejaron de discurrir en silencio, mi admiración por las bellezas que yo mismo creaba dejó de atorarse en mi pecho sin encontrar cauce de salida en la maravillosa posibilidad de compartir y contrastar impresiones, mis penas y mis alegrías encontraron por fin un oído comprensivo, y mis más alocados y extravagantes proyectos hallaron, loado sea el Cielo, el apoyo y la fuerza de una mano siempre amiga. No eran idénticos nuestros temperamentos, sino que, surgiendo con recia nobleza de un común tronco de luz y de amor, se escindían y bifurcaban en el punto exacto para conformar esa delicada armonía que nace y se nutre de los contrarios, así como una nota musical se embellece y reafirma en el concurso de su tercera menor. Solía yo señalarle la milagrosa hermosura de las flores y de todas las innúmeras glorias que son hijas del sol y de sus rayos benefactores, y él me hacía notar, a cambio, la melancólica belleza de la noche y de todas las lúgubres aunque dignas criaturas que se desenvuelven a su oscuro amparo; llamaba yo su atención hacia la risueña alegría de las praderas apacibles y de las costas soleadas, y él me conducía, a cambio, a degustar la sobria majestad de las grutas siniestras y de los valles desolados; derramaba yo mi prístina elocuencia cantando la innegable excelsitud de la vida hasta en sus más pequeñas y nimias manifestaciones, y modulaba él sus trenos, a cambio, poetizando toda la irreprochable solemnidad de la muerte luctuosa y la irremediable necesidad del fúnebre estado. Así, nuestra al parecer indisoluble amistad acrecía de jornada en jornada, solidificando sus diamantinos eslabones con firmeza y sin premura, y el azul firmamento de nuestra dicha no ostentaba nubarrón alguno a no ser por el de la caballerosa rivalidad y competencia en pos de superar al otro en deferentes muestras de gracia y cortesía. Pero ese reino de dulce serenidad no estaba destinado a perdurar eternamente. Debí haber previsto, al crearlo a mi completa desemejanza, que mi hermano (pues como tal aún lo considero) mostraría una acusada tendencia hacia la meditación hosca y taciturna, hacia la excesiva simpatía por las cosas amargas y dolientes, y que su fragilidad de ánimo no alcanzaría a contener la adolescente furia que echaría hondas raíces en su hermosa naturaleza, desbordando arrolladoramente los febles diques de su sano aunque juvenil razonar. Así pues, en el recóndito interior de mi amigo comenzó a anidar un germen impuro, el cual, viéndose pronto fortalecido por su díscolo carácter, derivó en manifiestos estigmas de odio y de rebelión que se aposentaron, por último, en su alma inexperta y temblorosa. ¡Ah, cuán desconsiderado, cuán injusto, cuán desagradecido! ¿Fue la envidia la que corroyó su alma de ese modo? ¿O, ya bien, fue sólo una pasajera ráfaga de locura la que envenenó así su pecho, como a todo joven en su descontentadiza y agitada pubertad? Sea como fuere, ya nunca pude volver a reconocer a mi propio hermano, que con sus diabólicos ojos me maldijo... con los mismos ojos que yo había creado para que sustentasen su ánimo con bellezas en las cuales su alma pudiese encontrar una inagotable fuente de aprecio por la vida, al tiempo en que con su demoníaca lengua me condenó... con la misma lengua que yo había creado para que se delectase en la narración de bellas gestas y en la descripción de ingentes purezas por medio de una oratoria conmovedora y un léxico exquisito. Todos los sagrados atributos con los que yo lo había dotado para que excediese a todos mis otros hijos en las obras de bien y de virtud fueron puestos al servicio de la demencia y del mal, en funesta perversión. Esa boca formada para bendecir se emponzoñó en su nueva función de tentar; esas manos formadas para consolar se agarrotaron en su nueva función de asesinar; esa frente formada para comprender se agrietó en su nueva función de pecar; y ese corazón formado para amar se ennegreció en su nueva función de odiar, de aborrecer, de abominar. La guerra, su imperdonable creación, se enseñoreó en mis celestiales pabellones, otrora pacíficos e inmaculados, el crimen elevó su horrendo penacho en mis salones destinados a la comunión y al amable coloquio, y los fragores del estrago mancharon mis enseñas de luz con sus indelebles tinieblas. ¡Ay, si alguien atinase a sospechar, siquiera someramente, cuánto más que él sufrí yo al castigarlo! ¡Maldito el día en que, a fin de restituir la paz en mis reinos, debí sofocar sus ardores revolucionarios y someterlo a una condena acorde a lo que, con toda ley, ameritaban sus vicios espantosos! ¿Podré alguna vez perdonarme por lo que tuve, pues no me quedó otra opción, por lo que tuve que infligirle para sentar ominosa jurisprudencia que salvaguardase, en lo sucesivo, la correcta conducta de mis súbditos? ¡Ah, infelice hermano!, ¡cómo me perdonarías tú si supieras cuánto me estremezco de dolor, cuánto te lloro aún hoy, cuán ínfimos son tus actuales pesares en comparación con esto que yo padezco! Cuando caíste al Infierno derramé, preso del desconsuelo y de la culpa, tan abundante caudal de lágrimas que los seres humanos, llevados de sus conciencias pecaminosas y de sus miedos, interpretaron que mi ira los estaba condenando al castigo de un diluvio punitorio. Más tarde, cuando caíste al mundo de los hombres, vi la oportunidad de amenguar los celosos rigores de mi sentencia y, aunque lo ignores, intenté por todos los medios protegerte y alivianar el curso de tus pasos. Te di un cuerpo noble y distintivo a efectos de que tu esencia angelical se revelase ante tus nuevos congéneres en toda su noble gallardía, tocándote a duras penas con una cicatriz delatora para que el humano, prevenido, sospechase a tiempo los peligros inherentes a ese sujeto que, aunque de aspecto celestial, no era en el fondo sino un ángel caído. No estaba en mis planes que los hijos de Eva te aborrecieran de ese modo y te empujasen a aborrecerlos en el mismo grado, abismándote nuevamente en las vorágines del mal para intentar justificar así, por medio de mil crímenes inmencionables, el odio que recibías de todos, consciente de que si te hubieras inclinado a hacerles el bien te habrían odiado aún más si cabe; pero sí fue parte de mi plan divino tu concatenado cúmulo de desdichas, que tanto te hacen cubrirme de vituperios y reproches. Por la inflexible sanción de una ley que redacté el mismo día de tu nacimiento, existe, cada siete años, un efímero minuto, enmarcado en una noche de locura en la que el viento aúlla de manera demencial y aterradora en lo alto, en el que codicias secretamente la alegre vida de los corderos y los esclavos, si bien finges desdeñarla, endiosando tu dolor; y sin embargo, en ese minuto fatal, me maldices en vez de agradecerme por la soledad y los sufrimientos que te envío para que te consagres al arte y cumplas así con tu destino, demostrando lo diferente que eres a los simples mortales. ¿Acaso hace esfuerzos sobrehumanos por escalar y elevarse quien no se halla oprimido en un asfixiante pozo de pesares? ¿Cómo habrías descubierto tus alas, poderosas aunque invisibles, si no fuese por el constante abismo al que mi amor sempiterno te ha condenado? Me culpas por las miserias que te recibieron en la vida y por la irrevocable soledad en la que has debido consumir tus jornadas a través de ese funesto valle de sombras cuyas escarpadas pendientes conforman tu triste reino, como si no supieses que eres una estrella, el lucero del alba, y que las estrellas necesitan estar rodeadas de oscuridad para que su brillo se torne visible: si te arrojé a una noche eterna fue para que pudieses refulgir y para que tu resplandor fuese digno de la inmortalidad, oh caro amigo, oh añorado hermano, oh amadísimo, amadísimo Lucifer, ángel infausto». Así habló el Señor ante sus coros, con un acento paternal y pedagógico que denunciaba la clara existencia de un amor inconmensurable, empeñoso en alejar del mal camino a su silencioso y atento auditorio. Pero entonces, sin que nadie pudiera saber de dónde provenía, una voz sepulcral y dolorosa irrumpió en el Cielo y, ganando la pronta atención de Dios y de sus sonrosados lacayos, dio curso al injusto hilo de sus malvados razonamientos en los términos que siguen: «Tuve un amigo. Lejos de ser nuestra amistad hija de una recíproca elección fundada en simpatías originadas en el lento pero grato descubrimiento de una natural afinidad, me formó él como a una muleta para su aburrimiento megalítico, tallando de arbitraria manera mi carácter según el ostensible y egoísta decurso de sus necesidades espirituales. Puesto que, anticipando acaso un futuro que le depararía temor o envidia, se rehusó a agraciarme con una inteligencia igual a la suya, la ignorancia con la que me dotó para tenerme a raya y dominado fue una invitación para el engaño, y así crecí, inocente de mí, creyéndolo un hermano que me quería bien. Corrí pues a su abrazo, sin comprender aún que yo no era para él más que un estúpido juguete fabricado ociosamente con el único fin de entretener su soledad abrumadora, y me resigné a fungir el insalubre oficio de amigo suyo, pese a que no encontraba yo solaz alguno en sus gustos burgueses y a que no soportaba en lo más mínimo las hipócritas homilías morales y las exasperantes salmodias religiosas con las que pretendía encubrir sus cotidianos ejercicios de concupiscencias e iniquidades. Solía yo señalarle la grandeza de las creaciones musicales y poéticas, de los ideales estéticos, de los sistemas filosóficos, de las bellas artes, pero él me mostraba, con sus obras, la sórdida glorificación del crimen, de la enfermedad, de la inmundicia y del estrago; intentaba en vano apartarlo de sus incesantes fechorías y de mitigar su talante asesino exaltando la honradez del hombre, la dignidad de la mujer, la pureza del niño y la serena atrición del anciano, pero él daba inmediato curso, desoyéndome, a nuevos maremotos de dolor, de vomito, de locura y de catástrofe; me esforzaba en conducirlo hacia el sosiego formulando los más elaborados encomios glorificadores de la aquietada tranquilidad de los elementos, de la benevolencia de los climas propicios para la cosecha, y de todo aquello que concurre a aliviar la dura suerte que es parte del destino de los hombres, pero él estallaba en carcajadas alucinantes y, atizando la furia de los volcanes, levantando el destructivo horror de los tsunamis, insuflando una violencia nunca vista en los huracanes, y diseñando en sus infernales laboratorios nuevas cepas virósicas capaces de aniquilar en un santiamén al grueso de la población humana, ocupaba el resto de su día en arrasar entre espasmos todo aquello que él mismo había creado. Y mostraba júbilo al hacerlo, apoltronándose en sus divanes nubosos a fin de, cerveza en mano, deleitarse en la contemplación de los implacables incendios y de la inmisericorde rabia de los mares. No pudiendo, así pues, seguir soportando la amistad de semejante loco homicida, cuya deleznable afición por el dolo, la violencia y la injusticia se había probado ya de todo punto incorregible, me aparté de su odiosa y atemorizante cercanía y me entregué a los contemplativos caminos del arte. Pero él, iracundo de despecho al ver que no le era posible ganar mi aviesa complicidad, y transido de cierto pánico ante mis cada vez más eximias y notables capacidades creativas, me tendió una artera celada a fin de condenarme. Acusándome de crímenes que yo jamás había cometido, intrigando en mi contra, llenando sus propios palacios con los negros humos de la contienda, y manchando sus propios atrios con el oprobioso desdoro de la sangre, me precipitó a las regiones tartáreas, consumando así una insensata venganza ante quien sólo con la verdad podía haberlo ofendido. No conforme con ello, y advirtiendo que mi naturaleza austera y melancólica había encontrado en el Érebo una agradable morada, me arrojó, con mal disimulado odio, al mundo de los hombres para que, ofreciendo a mi vista el dolor y las penurias de todo el género humano, mi corazón estallase de piedad y de congoja. Desde entonces, mi destino es sufrir viendo sufrir a aquellos que, obedientes a las órdenes de aquel que los mata, me odian, mientras me retuerzo torturado por los aciagos espectáculos de la más abyecta e injustificable miseria y soporto el incesante tormento de una soledad y un destierro que no tienen parangón alguno en toda la larga y penumbrosa espiral de los tiempos. Y, a pesar de que el maldito embustero se mofe de mi situación desesperada asegurando que mis cuitas tienen como fin mi propio bien, lo perdono, lo perdono, en nombre mío y de todos los seres humanos, porque sé, porque sé positivamente, que su inconcebible furia no es más que el lógico producto esperable en el enfebrecido pecho de alguien que siempre fue temido y adorado por muchos, pero que nunca fue amado por nadie». Cuando esta negra voz hubo cesado, una lágrima silenciosa rodó por la abrasada mejilla de Dios; y, conforme ese acuoso testimonio de un dolor divino comenzó a mudar lentamente a través de toda la sangrienta gama de los escarlatas, mientras resbalaba hacia un éter infinito de cascada irremediable, los ángeles que rodeaban al Señor bajaron sumisamente los ojos, fingiendo no entender.
Nocturno aullido de una deidad abrumada
Mucho se engañan quienes, al abismar vanamente la sonda de sus gratuitas elucubraciones en las vorágines psicológicas que pudieron o no dar origen a la augusta rebelión que, centurias ha, encabecé en el firmamento contra el dominio soberano de mi Vencedor, extraen la precipitada conclusión de que alguna vez abrigó mi ánimo el desventurado propósito de erigir mi sombrío visaje en la efigie de un nuevo dios. ¿Acaso no llegó jamás, a ninguno de estos presuntos doctores de la psiquis y exploradores del alma, la noticia de lo solitaria, lo fatigosamente triste y solitaria que puede llegar a ser la inextricable condición de divinidad suprema? Así como el rey envidia la libertad de sus vasallos, libertad para cantar, libertad para reír, libertad para llorar, libertad para inspirar afecto a sus semejantes antes que temor, así un dios, necesariamente, envidia a las inocentes y despreocupadas criaturas de su propia creación, y sueña, en su sueño eterno que da curso a nuevos mundos e insufla incipientes destellos en miríadas de soles nonatos, con que su poder se incremente alguna vez lo suficiente como para alcanzar la mirífica capacidad de crear dioses de su misma talla antes que hombres y bestias, de modo tal que le sea posible perder entre ellos todo atributo divino y ser uno más en una comunidad de deidades que puedan considerarlo un opaco e intrascendente igual. ¿Qué mayor dicha puede haber para un dios que la de dejar de ser un dios, siquiera por un instante, el suficiente para robar la fugaz aunque imborrable sonrisa de la alegre y rústica inocencia? Lejos de mí la insensata locura (y no es sino un demente quien empuña la pluma del desvarío sobre estos pergaminos amarillentos) de aspirar a revestirme en los deslumbrantes fulgores de un demiurgo hecho para la adoración. Y sin embargo, ni aun siendo apenas un demonio he podido sustraerme a esta lacerante condena que resulta, evidentemente, por completo desconocida a los vacuos mortales que, bajo el manifiesto amparo de una imbecilidad y un apresuramiento poco menos que loables, se atreven a juzgar mi conducta. ¡Nunca quise ser un objeto de culto, una voz de trueno, el camino de una nueva ética, la débil sombra de un ideal superior! No: me bastaba con encontrar un igual. ¿Es que acaso no lo entendéis? Me tocó en desgracia ser el más noble y egregio de los arcángeles celestiales, venerado por mis hermanos, favorito de mi Creador; si me rebelé contra todo, si asomé mi rostro maldito a los negros y exiciales pozos del pecado, si mancillé mis manos con sangre y manché mi corazón con sombra, fue únicamente para rebajarme, para destruirme, para obliterarme, en la esperanza de encontrar, en los inframundos de la desesperación y del oprobio, la inestimable mirada silenciosa de un semejante que me considerase como tal. Pero el artero Celeste, no ignorando en lo absoluto los verdaderos y secretos motivos de mi sublevación satánica, determinó que sería tan sabio cuan magistralmente avieso añadir, a mi aciaga caída, la refinada perversidad de condenarme a seguir destacándome y descollando entre mis camaradas, ahora en el mal y en la podredumbre de un alma en tinieblas como otrora en el bien y en la refulgente gloria de un espíritu en arrobadora bienaventuranza. De ese modo, mi maldición quedó meticulosamente configurada: sólo restaba que yo saliese a su aniquilador encuentro... y no fue mucho lo que tardé en pisar el cepo y caer en la trampa. Al iniciar mis vagabundeos entre los hijos de la tierra, encontré de inmediato que un altísimo porcentaje de éstos, criados en extrañas religiones o carentes de alguna, me tributaban el incienso de la más completa indiferencia; de los restantes, de quienes llegaban a saber de mi existencia, de quienes creían en el demonio, prácticamente todos optaban por aborrecerme, como después de todo era de esperarse en sumisos y gregarios corderos hechos a imagen y semejanza de mi insulso Antagonista. Así, odiado por todos cuantos llegaban a anoticiarse de mi fatídica realidad, me sentí muy satisfecho de mí mismo; y sin embargo, mi alma incomunicada aún había menester de un semejante a quien hacer partícipe de tan grandes hazañas, alguien que comprendiese las vicisitudes de mi facilidad para engendrar el odio a mi paso. Concebí, pues, la posibilidad de arroparme en los espíritus renegados, las almas en pena y en delirio, los sujetos díscolos que se atreviesen a seguir mi camino de rebelión y de estrago. Comencé a buscarlos a través de las regiones nocturnas y de las gélidas desolaciones citadinas, hasta que finalmente di con ellos, entregados a sus ritos satánicos en el bostezo de decrépitas capillas abandonadas de Dios. Aunque pocos, invocaban mi nombre en éxtasis infernal, en místicos raptos de inusitada coloratura blasfematoria, de modo que acudí a ellos con céleres pasos. ¡Ay!, lejos se hallaba mi vetusto engranaje neuronal de imaginar que mi inflexible ruina había sido astutamente labrada por una adusta Providencia llena de odio y de rencor eternos hacia mi persona: los satanistas no suponían un eco de mi pena, un séquito capaz de comprender mi solitaria miseria, sino que dibujaban ante mí la innoble silueta del prosternado adorador. Sí, era tal vez para sentirse halagado, pero ¡de qué sirven los adoradores a aquel que ante todo busca comprensión! Ansiaba yo sumergirme en las gratificantes aguas del diálogo y de la confluencia de pareceres, mas ellos se limitaban a rezarme; deseaba entablar las edificantes y enriquecedoras escaramuzas del intercambio de ideas en la comunión de la encendida aunque amena disputa dialéctica, mas ellos se limitaban a darme la razón en todo cuanto mis labios proferían; anhelaba experimentar por vez primera la placentera cordialidad y el arrebatador transporte de la cercanía y similitud entre semejantes, mas ellos se sentían intimidados por la presencia de aquel a quien consideraban un dios y, temiendo ser juzgados por mi severa mirada, se sustraían a mis ojos soberanos o se refugiaban en la temblorosa postura de la prosternación suplicante. Incapaces de verme en un plano de igualdad que les confiriese la suficiente seguridad como para cultivar conmigo las indolentes mieles del trato amistoso, esta intimidación en la que los sumían mi intelecto y mi carácter pesaba sobre sus ánimos como un acónito paralizante. ¡Nadie atinaba a comprender que yo no era sino el ser más caído y abyecto de todo el universo, y que sólo en su vesánica inversión de valores, necios, podían llegar a considerarme un superior y a situarme en la cima de pirámide jerárquica alguna! Amargas eran las raíces destinadas a mi paladar atribulado: atemorizar hasta la exasperación y la huida a los escasos sujetos de los que podía atreverme a esperar un símil de interacción exenta de todo tipo de animosidad belicosa. Muy por dichoso me habría tenido si tan sólo hubiese podido ataviarme alguna vez en la engañosa apariencia de un ángel menor, en la de un chocarrero e inofensivo demonio familiar, a fin de ponerme incógnitamente al servicio de alguna bruja espantosa y desalmada pero aún capaz de pasar cada tanto su leprosa mano sobre mi negro pelaje de gato diabólico; mas tal atributo jamás me fue concedido: mis feroces cicatrices y la fatalidad de mi funesta mirada siempre ostentaron la rara cualidad de lograr delatarme ante todos, como si sólo a mí pudiesen pertenecer tales trazas aterradoras. Y así, maldito entre los mortales y aun entre los hijos de los mortales, enaltecido en el culto pero rechazado en mi persona, buscado en la plegaria pero evitado en el diálogo, adorado en mi efigie pero rehuido en mi sombra, sembrando admiración pero incapaz de cosechar vínculo alguno o de traducir en simpatía esa devoción infranqueable, como un poseso vagué por los más distantes rincones del orbe, gritándole al vacío con mi arte desgarrado, pero encontrando cada vez que ese arte me era por demás insuficiente y que la pena se escurría prontamente de entre sus trémulas manos para volver así a caer sobre mi alma, sobre el océano. Y entonces cifré todas mis esperanzas en mis antiguos compañeros de caída, que hacía tanto me habían visto partir del Érebo en solitario vuelo y que sin duda aguardaban todavía mi melancólico regreso; mas no tardé en verificar que también entre ellos, a pesar de mi humanización degradante, seguía cundiendo triunfante el indecoroso hábito de la idolatría, y que no sólo no brotaban entre sus hordas y falanges ni semejantes ni compañía, sino que, peor aún, todo cuanto podían ofrecerme era el penoso espectáculo del tosco y desmañado imitador. Pero para imitaciones me bastaba con el espejo, idéntico a mí en su superficie, pero disímil y carente de vida en su frío interior de cristal trabajado. Sólo me quedaba, pues, una única solución posible: en un mundo de adoradores y esclavos, mi sola salvación se centraba en imitarlos yo a ellos... en hallar, a mi vez, un dios. ¡Caer de rodillas: ésa era la cuestión! Pero, para poder entregarme a los salutíferos e igualadores hábitos de las costumbres religiosas, menester era contar con algo en lo cual creer, algo digno ante lo cual inclinarme. ¿En qué creían los otros? Divisé, con mis ojos enrojecidos e insomnes desde el comienzo de los tiempos elípticos y alucinantes del cosmos, a la humanidad, allá lejos, entre las brumas de los fanatismos ciegos e ignominiosos: muchos se arrodillaban ante mi Enemigo, unos pocos lo hacían ante mí, pero los más (y a cada minuto su número se incrementaba de manera exponencial y aterradora) encontraban más cuesta abajo y propicia para su hedonismo la cómoda opción de inclinarse ante la humanidad misma, en insensata deificación de un microbio. ¿Sería yo capaz de adorar el progreso del hombre? Ante la sola idea, comencé a reír; no pudiendo refrenar el súbito ataque de carcajadas, mi tentación corrió parejas con el grotesco de la idea que había suscitado mi hilaridad, y la concavidad misma del universo se llenó prontamente con los ecos reverberantes de las resonantes risotadas mefistofélicas que proferían mis entrañas. Durante incontables noches boreales, me fue del todo imposible detener las convulsiones de ese acceso de estrepitoso júbilo; pero, al término de éstas, descubrí que, en esas lóbregas planicies de hielos perpetuos que me circundaban, había hecho insólita aparición una hiena, atraída sin duda por la curiosidad que a su ánimo transmitirían mis demenciales carcajadas. Según me fue posible constatar de inmediato, ella también reía, con una maldad divina que habría sido capaz de enamorar a los santos y de embriagar a los ángeles si unos y otros hubiesen tenido alguna vez un corazón siquiera la mitad de grande y de misericordioso que el que había fijado en mi pecho su morada. La bestia salvaje se sentó entonces a mi lado, con una mueca sardónica tocando su semblante filosófico. Y fue entonces que lo supe, mientras la enfebrecida sonrisa de mi rostro se trocaba por una máscara de congoja exquisitamente ornada por el perlado icor de la pena: finalmente, alguien en este mundo se había acercado a mí sin reparos; finalmente, alguien en este mundo me había comprendido.
Amuleto de calamidades
Desde el preciso instante en que este mundo, con pálido semblante y temblorosos brazos, me recibió en las putrefactas dársenas de la vida, pestilentes aguas en las que anclé violentamente, ya acompañado de incipientes preguntas existenciales y precoces llantos, que la suerte se encapricha en mostrárseme siempre adversa y ceñuda, cual una doncella de alta alcurnia que desplegase todo el esplendoroso plumaje de su hosca aspereza ante un humilde pretendiente de baja cuna. Quizás se deba a que unas extrañas deidades de la noche me quieren artista y pensador y por ello procuran, con empeño, tanto que los solicitados dones de la fortuna me sean invariablemente esquivos como que mi destino discurra, de manera incesante, en profundos abismos de sombra de los que sólo se puede escapar, entre perennes fatigas y sufrimientos, por la trenzada escala de seda que nos presta el arte más desesperado; o quizás se deba a que unos bondadosos dioses protectores de la raza humana, conociendo los peligros que encierro, mancomunan sus más desalados esfuerzos en pos de sabotearme. Pero, cualquiera sea la razón, el infortunio que me acompaña como mi sombra desde la más temprana infancia no ha dejado de asombrar a los silenciosos planetas que, cada vez que elevo al cielo mi mirada taciturna y resignada, esconden, tras los muros de las distintas casas zodiacales, toda la vergüenza de su desolador sentimiento de culpa. No daré ejemplos concretos ni me pondré a narrar todas las desgracias que me han perseguido, como famélicas harpías de fúnebres alas agujereadas, desde los primeros minutos de mi vida, pero sí diré que es ya tradición extendida, entre los gatos negros de la ciudad, la leyenda de un misterioso sujeto de oscuros atavíos que deambula de noche por el silente laberinto urbano; según los gatos se van transmitiendo solemnemente de generación en generación, si este extraño ser vestido de negro se cruza por delante de alguno de ellos, las más despiadadas desgracias persiguen durante siete de sus nueve vidas al desdichado felino que se topó con el errabundo caminante: es ésta la razón por la cual, cada vez que los gatos grises, los gatos solitarios, los gatos meditabundos, los gatos que sueñan en los muros y los gatos que conocen el secreto sentido de la vida ven los siniestros contornos de mi silueta acercándose a sus narices, se vuelcan de inmediato a fugas confusas y desesperadas, o trepan a los tejados con velocidad, o dan no sé cuántos pasos caminando hacia atrás mientras maúllan no se sabe qué mágico ensalmo de propiedades aparentemente virtuosas que obra a fuer de contra-hechizo salvador. Cuando paso por debajo de una escalera, el primer incauto que se sube a ella queda automáticamente condenado por los hados a padecer trece años de infortunio, al cabo de los cuales muere. Si una pareja de enamorados se sienta delante mío en los teatros o en el transporte público, a los pocos días ven marchitarse para siempre, bajo el frío granizo de los malentendidos y el inclemente sol del odio, los verdes lazos de hiedra y siemprevivas que los unían en estrecho vínculo amoroso. Muy en boga estuvo, entre los suicidas algo temerosos de la pólvora y de la soga, la costumbre de proponerse hacerme un bien, sabiendo que, de sólo intentar favorecerme en algún aspecto, su suerte quedaba echada y su deceso era cuestión de horas. Espantosas brujas y siniestros hechiceros de todos los rincones del orbe llevan años intentando conseguir siquiera unos pocos cabellos míos a efectos de conferir mayor poder y virulencia a sus negros filtros y pócimas. Desde la funesta noche de mi aciago nacimiento, un atónito Murphy, célebre legislador de fatalidades, debe sentarse a redactar, con infatigable pluma, unas quince o veinte leyes nuevas por jornada a medida que me voy dando de bruces con ellas en mi accidentado trajín cotidiano. Carece para mí de significado el ominoso martes 13, cuyo concatenado tren de contratiempos y desgracias se confunde y mimetiza entre los que idénticamente me acosan durante todos los restantes días del año. En breve: soy un amuleto de calamidades, y quien me posea o tenga cerca será desdichado. ¿Cuál es el funesto misterio que signa de tan catastrófica manera, sumiéndola entre perennes sombras de locura y de odio, mi existencia toda? ¿Acaso los planetas, envidiosos de los insoslayables influjos de mi demoníaco poder, formaron, en infame conciliábulo, un aterrador coro de blasfemias para echarme todos de consuno mal de ojo al nacer? ¿Acaso un inescrutable Dios de la burla y del sarcasmo me somete a todas estas pruebas e infortunios para constatar si, tras atravesar las distintas fases de su perversa conducta y los diversos avatares de su inmortal rencor, sigo aún, con inocente y candoroso pecho, amándolo tal y como, en mi infancia, mis mayores me prescribieron que lo hiciera a pesar de todo? ¿O será la noción del karma una terrible realidad y, como todo parece indicarlo, yo he sido un político o un abogado en mi vida precedente? Esto último podría explicarlo todo, pero mi naturaleza se rebela ante la injusticia de una religión que propugna la idea de que la cuenta de todos los banquetes y placeres con los que algunos humanos se castigan sin remordimiento en su vida la pagan los pobres tontos que heredan luego esos espíritus resacosos. No quiero vivir en un mundo tan mal hecho: el sistema tiene que ser cambiado. Y, si no se puede, en vez de pagar la cuenta aprovechemos el crédito y sigamos derrochando con dadivosa mano nosotros, tal como mi ya célebre teoría del karma inverso lo propone. Cuando un hombre, que no ha hecho nada para merecerlo, advierte que, bajo la forma de enfermedades, pobreza, soledad, insultos, desengaños y otros tipos de cambio similares, lleva ya años pagando miríadas de deudas e intereses por desconocidos crímenes que jamás ha cometido, comprende de pronto la necesidad de hacer algo extremadamente maligno para ganarse semejantes castigos por mérito propio y poder así justificarlos. De esa guisa obré yo, que había nacido angelical y bueno, lanzándome en mi adolescencia, de manera precipitada, a la espantosamente vertiginosa carrera del mal. Catálogos enteros de pecados antiguos y novedosos me saludaron, y con asombro contemplaron mi satánica capacidad para engrosar sus filas con nuevas creaciones de cuño propio; extremas y violentas acciones me tuvieron como ineludible protagonista, y ciudades enteras sangraron y humearon, en mi cada vez más terrible nombre, bajo el flagelo de mi ira y la espada de mi cólera, mientras el grito de una humanidad ultrajada ascendía, impotente, en medio de la noche; los ángeles, mis antiguos hermanos, lloraron amargamente sus lágrimas de ópalo iridiscente y sus lágrimas de cristal helado mientras me observaban desde las nubes, sin poder evitar dirigir cada tanto, por sobre sus hombros, tímidas y suplicantes miradas a un Creador que permanecía pensativo y silencioso, con el rostro cruzado de lado a lado por el inclemente latigazo de la preocupación y del miedo, al tiempo en que, en el Infierno, crecían la envidia y los vanos intentos por emularme entre los demás demonios. Mas, una vez que mis manos estuvieron lo suficientemente empapadas en los aguardentosos océanos del vicio, una vez que mi corazón estuvo lo suficientemente embebido en los intoxicantes néctares del estrago, mi suerte cambió por completo, y la fortuna comenzó a sonreírme sin atisbo alguno de decoro o recato. Todas las empresas y proyectos pergeñados por mi imaginación empezaron a llegar invariablemente a buen puerto, mi capital comenzó a incrementarse solo, las mujeres más bellas y deliciosas comenzaron a frecuentarme, la humanidad que siempre me odió no tardó mucho en decidir aceptarme, los más encumbrados cargos de la poderosa maquinaria estatal fueron depositados a mis pies, los negocios más espurios y suculentos fueron sometidos a mi laudo, el sol despuntó finalmente para mí, y las teorías del marqués de Sade sobre la virtud y el vicio volvieron a confirmarse. Y es de ese modo que hoy, que dispongo de sobrado tiempo para el ocio gracias a mi nueva fortuna, puedo hablar sobre mi mala suerte y mi habilidad para, volviéndome un pillo redomado, legársela a los futuros derechohabientes de mi alma; pero, y recuerden esto siempre, oh infectos humanos, mis crímenes no han sido para mí más que un mecanismo de defensa, un mecanismo de defensa absoluta y estrictamente necesario.
Mitologías aquerónticas

Desdichados de aquellos muertos en vida que, embutidos en los fúnebres caparazones de sus absorbentes intereses rutinarios, y con su campo visual restringido por las tiránicas anteojeras de un materialismo idiotizante, pululan ciega y apresuradamente por el grisáceo entramado urbano de la vetusta ciudad que, en virtud del irritante enfado que las numerosas altanerías de sus disolutos y procaces moradores causan desde tiempos inmemoriales a los dioses mayores, fue sentenciada por éstos a la funesta desgracia de parir un demonio, que ahora escribe estas líneas, y de darle cobijo hasta edad avanzada; desdichados de ellos, sí, pues, al no contar con unos ojos clarividentes y ávidos de poesía y maravilla como los míos, ignoran todas y cada una de las diversas presencias mitológicas y del inagotable abanico de sucesos asombrosos que prestan (asaz hipócrita sería negarlo) algo de belleza a la sórdida osamenta de concreto que compone la pestilente metrópolis portuaria en cuyo pútrido seno discurre, como un agónico gemido que nunca cesa, el monótono cauce de sus intrascendentes periplos existenciales. Pero yo, que he visto, y que sé, repasaré ahora, para intentar consolar un poco a mi alma, que busca reponerse de sus náuseas dado que acaba de asistir, una vez más, al horripilante espectáculo de la siempre diversa pero siempre repugnante configuración del rostro humano, máscara derretida por el enfermizo fuego de las pasiones más inconfesables sobre una calavera llena de egoísmo y de malicia, repasaré ahora, séame lícito el epítome, algunos de los mitos e historias que nutren, con su melancólica sabiduría otoñal, el misterioso pasado de esta vaporosa urbe que eleva hacia un inclemente cielo revestido de perennes grises sus tristes moradas y sus derruidos monumentos consagrados al olvido mientras se acurruca, temblorosa, junto a las infaustas márgenes de un perezoso Aqueronte de aguas condenadas y leprosas.
Imagino que ninguna divinidad podrá manifestar la más leve sombra de despecho si mi pluma se inclina a comenzar su crónica por aquella aciaga historia, que tanto ha hecho ya llorar a generaciones enteras de almas sensibles, y que tanto hará aún llorar a otras, del semáforo cuya luz nunca cambiaba. En un recóndito barrio de las periferias metropolitanas, zona de calles lúgubres y de casas mayoritariamente bajas, vivía hace mucho tiempo una humilde doncella, la inigualable hermosura y esbeltez de cuyo garbo concitaba la admiración y el elogio de todos los que posaban alguna vez sus ojos sobre ella, y la sencillez y nobleza de cuyas desprendidas acciones le granjeaban la bendición y el amor de todo el vecindario. Pero aconteció que, durante cierta noche de invierno, la muchacha se vio compelida a abandonar, a una hora intempestiva, el seguro refugio de su hogar tras recibir el urgente llamado de una anciana vecina cuyo frágil estado de salud le hacía requerir, como en muchas otras ocasiones, la invalorable ayuda de la doncella a la cabecera de su lecho. Envuelta en una capa a fin de combatir el frío del insalubre clima, la joven partió, solitaria, hacia la morada de la anciana, apretando su ágil y leve paso en medio de las sombras nocturnas de las húmedas callejas; mas, cuando la muchacha se hallaba ya en las cercanías del parque arbolado que debía cruzar para llegar a destino, un rostro depravado salió súbitamente a su encuentro, clavando pronto lúbricas miradas en la virgen inocencia del ángel que había hecho tan extraña aparición ante sus bestiales ojos. A continuación, no bien el abyecto sátiro se lanzó en pos de la doncella como un halcón famélico lo haría sobre una tierna paloma, una frenética persecución tuvo lugar, mientras la ciudad entera, abandonada al reposo, permanecía indiferente entre los mullidos brazos del apacible sueño; exhausta por la carrera, con el corazón saltándosele del pecho, y ya al borde de la más extrema desesperación, la muchacha, cayendo de rodillas en una esquina ante la despiadada mirada de su verdugo, invocó en su ayuda a todas las divinidades y dríades urbanas protectoras de la juventud, las cuales oyeron sus votos conmovidas e intercedieron ante las diosas de la polución por ella. Éstas, mostrándose propicias, decidieron proteger la virtud de la muchacha acorralada en tan espantoso trance, y así fue que, frustrando las salaces intenciones del confundido violador, la metamorfosearon inmediatamente en un semáforo, el cual, desde entonces, se yergue en esa esquina sin que ninguna autoridad gubernamental acierte a determinar quién fue el que lo puso allí. Mas el semáforo, que alberga en su interior el alma de la joven aún traumada y aterrada, llena de culpa y de dolor, permanece siempre en rojo, para congoja de Desórdeos, el ruidoso dios del tránsito, y para impaciente furor de las interminables filas de vehículos que esperan día y noche por una luz verde que nunca llegará. Nadie conoce con exactitud la ubicación de esa esquina, mas es tradición ahora que todo aquel conductor que espera durante horas frente a un semáforo en vano, aguardando infructuosamente a que el rubor de una virgen consumida por la vergüenza dé paso al amarillo del perdón y al verde de la esperanza, adivina al fin lo que sucede, se persigna, maldice los numerosos ejemplos de la maldad humana, fuente siempre de lamentables consecuencias, pone marcha atrás, y esa noche, al elevar sus plegarias al cielo, pide por el descanso del alma de la doncella ultrajada.
Innúmeras son las legendarias transformaciones, desconocidas por Ovidio, que tuvieron lugar, al igual que la recién narrada, entre los vastos pliegues de este dédalo urbano, como por ejemplo la de aquel vagabundo, veterano de guerra sumido en la miseria, que había sido arrastrado por el alcohol a la insensata locura de creer que tenía por misión dirigir el tránsito, con su silbato, frente a una vía en la que no había barrera, hasta que, tristemente empujado, por su constante embriaguez, a ser embestido él mismo por el tren de cuyas arrolladoras cornamentas protegía a todo el mundo, fue transformado por los dioses, que no pudieron evitar apiadarse al conocer su infortunada historia, en una nueva barrera que es hoy profusamente elogiada por su inigualable vocación de servicio y su cronométrica precisión de corte; pero, estando seguro de que habré de tratar otras notables metamorfosis más adelante en mi crónica, prefiero enfocarme ahora, ya que he mencionado al veloz ciempiés de acero, en la perturbadora leyenda de esa brumosa bocina, oída por muchos en la noche, de un tren fantasmal que nadie puede ver. Cuentan que todos los solitarios transeúntes que vagabundean pensativos y cabizbajos por la ciudad, mientras albergan en su pecho algún deseo funesto o meditan alguna mala acción, escuchan súbitamente, al estar por cruzar un paso a nivel, la sonora advertencia de un tren que se aproxima; deteniéndose mecánicamente para dar prioridad a la temible e irrefrenable marcha de la máquina, levantan con resignada lentitud la cabeza y hacen girar entonces vanamente sus contrariados ojos en torno a un tenebroso paisaje vacío, sitio del cual, sin embargo, la bocina inequívocamente ha procedido, y en toda cuya extensión sólo alcanzan a ver los vapores de la noche meciéndose fantasmagóricamente en diáfanas volutas sobre una árida desolación de rieles y yuyos. Aterrados, los viandantes ahuyentan inmediatamente las aladas sombras de sus deshonestas cavilaciones y dirigen a toda prisa sus tambaleantes pasos hacia la iglesia más cercana, en cuyo confesionario caen pesadamente de rodillas para descargar toda la negrura de sus pecaminosos corazones ante la severa mirada del párroco, que asiente con su cabeza mientras escucha, comprendiendo lo que ha sucedido. Pero hay quienes dicen que no es la bocina de un tren espectral la que produce este singular fenómeno, sino que se trata de la poderosa trompeta de un ángel de justicia, que con su apocalíptico clarín se ocupa celosamente de mantener apartados de las sendas del mal a los hombres, en una eterna tarea que Dios le ha encomendado como castigo por haber osado interceder una vez por el perdón de mis pecados, si bien no faltan tampoco quienes aseguran que ese sonido, que muchos tímpanos insensibles interpretan y decodifican como de índole ferroviaria, es en realidad la maléfica carcajada de Satán, que, oculto entre las malezas, celebra al ver que las filas de sus súbditos se incrementan con un alma más.
Pero no sólo la maldad y el remordimiento anidan en el pecho de los solitarios, sino también, aunque en raras ocasiones, la tragedia y el amor, como bien puede atestiguarlo la historia de aquel poeta bisoño que moraba en ese altillo frecuentado por murciélagos desde el cual, según se decía, era posible escuchar todo lo que sucedía en cualquier punto, no importa cuán distante, de la ciudad. Este taciturno y sufriente poeta, inmerso entre sus cuartillas y sus libros, y siempre encerrado entre los carcomidos tablones de su destartalada buhardilla, soñaba día y noche en medio de esa babel de calidoscópicos sonidos que le llegaban desde los más remotos puntos de la insensible urbe que lo ignoraba, a él, a él que había escuchado las desdichas de todos, y que había tomado parte, secretamente, en las lágrimas de cada uno de sus conciudadanos. Pero esos sueños que eran todo su sustento se vieron drásticamente interrumpidos, para dar paso a más vastos y deliciosos mundos oníricos, en cuanto oyó por vez primera las cautivantes notas de un misterioso piano que sonaba apagadamente en la distancia, la dulzura de cuyo fraseo delataba que era ejecutado por una melancólica muchacha de la que el poeta no pudo evitar enamorarse en sus fantasías. Abandonando su altillo, el joven comenzó a vagar al azar por las calles, bajo las desnudas ramas de los árboles, persiguiendo esas delicadas melodías que llegaban fragmentariamente a sus oídos empujadas por la brisa y que a los pocos pasos se perdían de nuevo; finalmente, tras varios días de búsqueda, el mapa de su procedencia se fue clarificando en su mente y pudo así dar con la mansión en ruinas, cubierta de hiedra y rodeada por un amplio parque lleno de rosales, de cuyo interior brotaban los cautivantes arpegios y las desoladoras semifusas del emotivo piano. Desde ese día, el poeta comenzó a visitar religiosamente esa casona, ante cuya puerta se quedaba extasiado durante horas, con el alma perdida en esas envolventes sonatas que conmovían y estremecían su atribulado corazón. Con el tiempo, se atrevió al fin a depositar en el buzón una tímida epístola amorosa, a la cual siguieron otra y otra, todas dirigidas a la joven sin nombre que había hechizado su mundo de sueños como jamás ninguna otra cosa podría haberlo hecho. Los vecinos de la mansión, sabiendo de qué se trataba, no osaban comunicarle al muchacho, temiendo que perdiese la razón al enterarse, que la joven que tocaba ese piano había muerto hacía años, y que no era sino su fantasma el que perturbaba a todo el barrio con sus fúnebres composiciones pianísticas. Mas el poeta, habiendo visto ya innumerables veces la silueta de sílfide de su amada asomándose por un instante a la ventana, seguía enviando misivas, cada vez más desesperado por la falta de respuesta, hasta que, loco ya de pasión y de sufrimiento, se suicidó cierto atardecer de agosto frente a la impasible puerta del jardín de la ejecutante. Conmiserativo por el trágico destino del joven, y suficientemente familiarizado con el mal de amores, el dios tutelar de la ciudad, Wennus, decidió metamorfosear al muerto en un cartel colgante, al que suspendió sobre el portal, a fin de que el alma del ardiente poeta pudiese seguir oyendo por siempre el melancólico piano de la muerta, para responderle luego con su chirrido metálico al ser balanceado por los vientos del invierno, chirrido que, expresando los lamentos de un amante, fastidia desde entonces a la pianista, que comete gruesos errores y descuidos en su otrora perfecta ejecución y, algo apenada, a menudo se reprocha por haber desdeñado a su pretendiente. Ya que nadie se atreverá nunca a decirlo, permítaseme expresar que, aun cuando algún día esta ciudad desaparezca y sólo queden de ella ruinas, o verdes campos salpicados aquí y allí por algún que otro escombro, sin vestigio alguno del altillo, de la mansión o del cartel de la puerta, el piano de la muerta y el chirrido metálico de su amante seguirán entremezclando sus tristes voces, por los siglos de los siglos, entre las ululantes hebras del viento apesadumbrado y quejoso.
Y ya que lo eterno es motivo de nuestros pensamientos, mencionemos ahora la luctuosa historia, conocida por pocos, aunque no por ello menos verídica, de la terrible condena que cayó sobre el ucraniano errante. Quien quiera que haya atravesado el epicentro del tumor urbanístico un día viernes, durante el horario en el que las uniformes muchedumbres abandonan sus cubículos laborales y se apresuran a disfrutar anteladamente del merecido recreo del descanso sabático, habrá comprobado, en su propia carne, lo que es soportar toda la crudeza del fatídico e inexorable estancamiento propio de un embotellamiento asfixiante. Habituados a este tipo de situaciones, los automovilistas nativos de la ciudad, devenidos ya en filósofos, afrontan su destino con semblante resignado, mientras dirigen vagas plegarias a Desórdeos y le ofrendan el dulce incienso de sus religiosos caños de escape; mas el forastero recién llegado, atascado de golpe en ese novedoso maremágnum vehicular, cae presa de la desesperación y se transforma prontamente en un sujeto pasible de cometer cualquier tipo de locura. Tal lo que le sucedió a cierto taxista ucraniano, que, viéndose por primera vez atorado más allá de toda ayuda divina en ese horizontal embudo multitudinario de monstruos alimentados a base de combustible, juró por el Diablo que saldría de ese trance sin jamás cambiar de carril ni pedir paso, así tuviese que esperar hasta el día del Juicio Final para hacerlo. Rápido de reflejos, el Maligno tomó su palabra, de modo que, desde entonces, el ucraniano está condenado a circular para siempre en su taxi fantasma por los sórdidos laberintos de asfalto, perseguido en perpetua e indeclinable cacería por los más feroces y pétreos embotellamientos, entre jaurías de ensordecedoras bocinas y miríadas de vehículos que, abatiéndose sobre él como aves de rapiña, no le dan un segundo de respiro, y así deberá seguir errando, eternamente, hasta que el hechizo que signa su existencia se rompa, para lo cual debe conseguir una pasajera que no pueda abandonar su charla y acepte acompañarlo en su taxi por cien años y un día, momento en el que el ucraniano recobrará al fin su añorada libertad y podrá hallar reposo para sus huesos milenarios. Pero también es digno de mención que, si la persona que sube al taxi está completamente libre de pecado, la tarifa final del viaje estipulada por Satán para ese desafortunado pasajero no es ni más ni menos que su propia alma, motivo por el cual hay muchos avisados que, con prudente advertencia, antes de subir a un taxi constatan fehacientemente, escrutando las ojeras y el cetrino semblante del conductor, que su chofer no resulte ser un fantasma. Mucho contrasta la historia del ucraniano errante con la de aquel colectivero al que una diosa, que recorría la ciudad bajo el aspecto de una fugitiva, le concedió el don de la juventud eterna por haberse detenido para permitirle subir en una esquina en la que su línea carecía de parada; claro está que, siendo este colectivero un humilde trabajador de carácter noble y sencillo, no fue poco lo que sufrió al ver envejecer a su mujer y a sus hijos mientras él permanecía siempre joven, con su cutis acariciado por las gráciles ninfas de la tersura, todo lo cual determinó que el pobre hombre optase, a la larga, por quitarse la vida: es que tales dones suelen resultar de mayor provecho en individuos pérfidos e inescrupulosos que en almas bellas.
Pero será mejor que hable ya de ese dios que, en un extraño culto, recibe, por parte de los hombres, sus adoradores, todo tipo de ofrendas y sacrificios tributados en la forma de un interminable cúmulo de sustancias contaminantes y de desechos de todo tipo; me refiero al dios del río Achueles, divinidad de fétido y verdoso corazón corroído por el odio que empuja sus tóxicas aguas hacia el río Argénteo, el cual también tiene su culto de heces e inmundicias, pero que sabe mantener un poco más límpido y bravío su corazón indomable. Historiadores que acostumbran escribir bajo el efecto de drogas sedativas aseguran que, hace varios siglos, el río Achueles supo ser cristalino y sonriente, y que una alegre población de colonos gustaba de bañar sus vigorosos miembros en sus aguas; pero entonces llegó el progreso del hombre y, con él, todas las palabras hermosas con las que los políticos encandilan a las masas ignaras, de modo que el río conoció la mugre, y su sonrisa se fue opacando bajo todo tipo de residuos fabriles y de fluidos anómalos, y los hombres ya no corrían a nadar en él pues debían palidecer trabajando en las sombrías y ceñudas fábricas, para alborozo de todos los chamanes ideológicos que dicen soñar con un mundo mejor. Y así, el alma del río se fue pudriendo, y el veneno del resentimiento hizo presa en él; los peces fueron los primeros en notarlo, y no fue mucho lo que tardaron en alejarse todos de consuno para perderse en las distantes aguas de los mares, prefiriendo arriesgarse a ser devorados por desconocidos escualos antes que ser mancillados por la degradante corrupción del hombre. No contentos con esa destrucción, los habitantes del puerto decidieron que había llegado la hora de contaminar también las aguas del Argénteo, y de igual modo se le empezó a rendir culto, pero el audaz río, en complicidad con la sudestada, a menudo devuelve, enfurecido, sus sucias aguas a los moradores de la ciudad, desbordando los arroyos que le son afluentes, e inunda así sus barrios bajos; mas los hombres, arrodillados ante la diosa de la razón, que sacrifica a millones de víctimas diarias en todo el mundo, prefieren, en vez de ofrecer cincuenta doncellas y cincuenta mancebos al río para aplacar, como antaño, su ira, maldecir al intendente de turno sin jamás pedir perdón a la deidad acuática ni dar muestras de arrepentimiento alguno; y tal vez hagan mejor así.
¿Seguirá alguien leyendo todavía este extraño florilegio de prodigios urbanos? Si tal individuo existe, sin duda ha de tratarse de un artista, y, puesto que su alma ha de ser la de un soñador, la historia que me apresto a narrar ahora no le resultará desconocida, pues ya habrá visto, con sus propios ojos, la espectral cabeza de un albañil posándose sobre los muros o flotando misteriosamente por la ciudad. Todos aquellos devotos de salir a caminar pensativamente por las calles desiertas en medio del silencio de la noche, habituados a hacer abstracción del mundo circundante y a extraviarse en el secreto entramado de sus ensueños más recónditos, han sido arrancados alguna vez de sus bucólicas fantasías y devueltos a la realidad, con un salto y un estremecimiento de pánico, por el repentino ladrido de un perro que, asomado a la vereda tras las rejas de la casa en la que fungía como fiel guardián, logró sorprenderlos y aturdirlos. Pero hay algunos caminantes, si bien son los menos, que una vez en sus vidas han conocido un terror mucho mayor al ser asaltados, tras un instante en el que apartaron, aún sumidos en embriagantes cavilaciones, sus ojos de las baldosas del suelo, por la súbita aparición de una muda cabeza que, a la misma altura de sus rostros, los miraba fijamente y les hacía inexplicables señas. Narran crédulas pero fidedignas ancianas que, en épocas en las que la ciudad apenas si alcanzaba el status de aldea, existía cierta casona en la que un señor de alcurnia aposentaba con pompa y ostentación los reales ducados de sus grandes emporios. Tenía este hombre una hija adolescente que era célebre por su inigualable belleza, y que había sido educada con dedicación y esmero a fin de que pudiese alcanzar un matrimonio capaz de acrecentar satisfactoriamente las riquezas de su codicioso padre. Al solo efecto de presentar finalmente a su hija ante lo más granado de la alta sociedad, el adinerado magnate decidió organizar un importante baile, razón por la cual, entre otras cosas, ordenó que se llevasen a cabo ciertas refacciones edilicias en la fastuosa mansión. Pero aconteció que, entre la cuadrilla de obreros y restauradores contratados para realizar dichas tareas, se contaba un albañil algo entrado en años que, aunque delgado, ofrecía un aspecto general bastante desagradable, lo cual a menudo le valía las burlas de sus compañeros y el desprecio de las damas. Difícilmente podría alguno de ellos haber imaginado que, detrás de su escasez de dientes, de su rala calvicie, de su piel pringosa y de sus cejas hirsutas, se escondía, con injustificada aunque comprensible timidez, un alma que había sido agraciada, por esas hadas lunares que visitan a veces las cunas de algunos infantes predestinados, con todos los inestimables dones que la imaginación, la inteligencia y la sabiduría pueden reclamar como propios. Nadie sabe cómo sucedió, pero, de algún modo, la hija del acaudalado dueño de la mansión alcanzó a percibir la belleza intelectual de ese humilde albañil, de suerte que pronto nació, inevitable y arrolladora, entre esas dos desparejas existencias, la violenta chispa del romance. Sin poder dar crédito a los crecientes rumores y murmuraciones, el padre puso a su hija bajo estricta vigilancia, y, aunque los enamorados eran hábiles en sus maniobras, el determinante hallazgo de ciertas cartas de ardiente tenor resultó suficiente para despejar todas las dudas de un progenitor consternado y furioso. Sin perder un instante, dio precisas instrucciones a sus sicarios para que se deshiciesen del albañil de manera discreta pero suficientemente cruel. El calloso trabajador fue, pues, golpeado, vejado, torturado y humillado de manera tal que, una vez más, como tantas otras, los demonios, llegando en bandadas desde el Hades, debieron tomar nota para aprender del hombre el perfeccionamiento en las difíciles artes del ultraje, el vituperio y el estrago. Como corolario de tanta horrorosa insensatez, se decidió que no tenía ya mucho sentido que la cabeza y el cuerpo del albañil permaneciesen unidos por más tiempo en una sola pieza, y robustas manos provistas de desafilados machetes procedieron a consumar la odiosa operación de desguace. Dejando esos escombros humanos a un lado, llegó el turno de la pala, que se abocó a su faena con tanto celo que, cuando los esbirros del tirano fueron a arrojar las ruinas mortales del albañil a la fosa, advirtieron, atónitos, que la cabeza faltaba. Esa misma noche, se dice, tuvieron lugar los primeros síntomas de la locura del magnate, que comenzó a asegurar que era perseguido por una cabeza que flotaba por los pasillos de la casa y que lo acosaba a toda hora. Y lo mismo les sucedía a todos sus secuaces: así, unos murieron gritando en un manicomio, mientras agitaban sus brazos para mantener alejado algo invisible que aparentemente veían en el aire; otros lo hicieron mascando precipitadamente las amargas bayas del suicidio, desesperados; y los más, como el señor de la mansión, pisaron la barca de Caronte a raíz de fallas cardíacas provocadas por el pánico, si bien se sabe que sus cadáveres, al ser hallados, mostraban raras marcas de lacerantes mordidas en el rostro. Y desde entonces, esa misma cabeza, la cabeza del albañil, es avistada a menudo surcando, taciturnamente, el aire de la ciudad como un silencioso cometa, o recortando fantasmagóricamente su pálida calvicie contra el cielo nocturno, lo cual genera a veces la ilusión de que se trata de la misma luna que desciende lentamente hacia las ventanas de los hogares para observar más de cerca y con mayor detenimiento las enigmáticas costumbres de los hombres. Pero esta cabeza espectral no se muestra a cualquiera: hay quienes dicen que su aparición vaticina algún suceso funesto para aquel que es visitado por ella, pero otros afirman, y yo les creo, que el verla es prueba segura de que uno conocerá pronto al amor de su vida.
Posiblemente alguien se pregunte qué sucedió con la hija del magnate, pero, para hablar de desgracias y tribulaciones padecidas por doncellas custodiadas por padres celosos, prefiero introducirme en la mucho más turbadora historia que da marco a la célebre leyenda de la moto sin jinete (tal el nombre con el que, inexplicablemente, pasó a la fama el mito, pese a que de lo que puede carecer un ciclomotor no es de un jinete sino de un motociclista). Todo comenzó cuando al padre de una hermosa doncella le fue augurada la inquietante profecía, encontrada en el horóscopo de un chicle, de que su nieto habría de darle muerte. Tras mucho meditarlo, el padre tomó la determinación de encerrar para siempre a su hija en el altillo de la casa, bajo siete llaves, a fin de que ningún hombre tuviese jamás posibilidad alguna de seducirla y de producir en su vientre el milagro de la vida. Pero sucedió que el dios Wennus, que siempre se hacía mantener actualizado por sus duendecillos sobre el paradero de las distintas beldades ciudadanas, estaba ya al tanto de todo, de modo que, codiciando la inmaculada belleza de la joven, se transformó urgentemente en contaminación ambiental y, escapando del caño de escape de un vehículo, logró filtrarse por la ventana del altillo para alcanzar así, de incógnito, el delicioso lecho de la infortunada cautiva. Teniendo bajo su mando toda una organización de contraespionaje formada por un nutrido séquito de duendecillos propios, Aairas, la celosa esposa de Wennus, no tardó en enterarse de la triste hazaña de su incorregible marido, razón por la cual urdió la estrategia de apersonarse bajo el aspecto de una gitana en la casa de este crédulo hombre para hacerle saber que su hija estaba encinta; pero el dios, anticipando la hábil maniobra, puso en libertad a la muchacha, la cual al poco tiempo dio a luz un retoño. Explotando de ira, Aairas la de blanco cuello resolvió acabar con la vida de ambos, pero Wennus el Asfáltida, temiendo lo peor, transformó a la joven madre en una moto y a su hijo en un casco, razonando que tal metamorfosis sería suficiente para burlar la perspicacia de su mujer; mucho se engañaba, pues ésta, desenmascarando de inmediato, como siempre, los ridículos manejos de su esposo, envió a uno de sus ángeles para que, disfrazado de policía y convenientemente motorizado, persiguiese a la muchacha de alta cilindrada a fin de extenderle una elevadísima multa espiritual. De modo que, desde entonces, la moto recorre, sin jinete y con sólo un misterioso casco sobre su asiento, la ciudad incansablemente, acosada por un ángel uniformado que, siempre en pos de ella, nunca cejará en su misión de condenar las almas de un hijo y de una madre. Es así que muchos peatones se han visto ya sorprendidos por el consternante espectáculo de una motocicleta que anda sola y que se desliza velozmente sobre el húmedo empedrado, pasando frente a sus estupefactas narices, con un agente celeste siempre detrás, tal como seguirá haciéndolo por toda la larga eternidad sin poder gozar jamás de un solo instante de reposo, pues tanto perseguida como persecutor disponen de un mágico combustible que nunca se consume. En las noches lluviosas de mayo, el hombre soñoliento puede oír, desde su lecho, que por la calle pasa cierta moto que hace sonar desesperadamente una bocina de quebrados acentos: se trata del desolado lamento de la muchacha, que con sus atiplados aullidos ruega al dios, su antiguo amante, que intervenga por ella y por el fruto de su unión, librándolos a ambos del horrible sortilegio… pero Wennus observa el furioso ceño de Aairas la tormentosa, y tiene miedo. Cabe destacar, como principal moraleja de esta historia, que el oráculo de la goma de mascar presagió la muerte del anciano de manera totalmente infundada, lo cual no era, empero, demasiado imprevisible.
Mas, a fin de ahuyentar un poco la indignación que este último detalle produce, demos paso a la maravilla que encierra la no menos desgarradora tradición de esa legendaria criatura que, pletórica de misterio y de inhumana fortaleza, tanto conmueve a mi alma cada vez que mis ojos perciben su extrañísima silueta recortándose sobre el horizonte de una calle desierta. Todas las noches, del oscuro bostezo de un puente inmundo, emerge un ser mitológico, mitad hombre, mitad carro, que, como un monstruo de proporciones inabarcables, marcado por las mil cicatrices espirituales de un terrible pasado, comienza a desplazarse por el entresijo urbano a fin de juntar cartones y remover, para subsistir, la basura que criaturas más afortunadas depositan frente a sus cerrados y firmemente aherrojados portales de fría indiferencia. Los gatos, él lo sabe, le aborrecen tanto como las diosas de la ventura, toda vez que este ser los despoja de sus viejos dominios y, disponiendo como propios de los residuos que la estirpe felina había sabido conquistar para sí tras siglos de cruentas batallas contra tribus enemigas, genera en sus ojos amarillos un rencor que, aunque disimulado tras una afectada pose de dignidad y desdén, no morirá sino con la existencia misma del nuevo amo de las bolsas. Así de solitario, así de sombrío, a duras penas animado por un valiente corazón capaz de sobrellevar cualquier fatiga, discurre el afanoso mundo del carrotauro, mientras empuja su existencia de fragmentos y de escombros a través de las adoquinadas curvas de melancólicas callejuelas dormidas que prefieren ignorarlo. Su resignada tristeza, que sólo en mí evoca la admiración, cosecha a menudo las burlas de los humanos, que lo suponen una leyenda e, incluso, ríen con desprecio cuando alguien menciona su nombre. Pero el carrotauro sigue marchando, mientras amargas lágrimas surcan en silencio su arrugado rostro, sin osar emitir reproche alguno hacia las mudas viviendas que lo observan hostiles y recelosas, mostrándole ceñudos frontispicios en los que la hospitalidad nunca podría tener morada y arrojándole hediondos despojos al tiempo en que alimentan con regalo a sus perros y mascotas, con lo cual intentan recordarle que su naturaleza no es para ellas más que la de un monstruo. Amigo mío, yo comprendo tu soledad y tu miseria, y jamás he recibido del hombre mejores ofrendas que las que hayas podido sacar hasta ahora tú de su mano avara y temblorosa; sigue adelante, pues, sin nunca detenerte, manteniendo siempre vigorosas tus dos pezuñas delanteras y tus dos ruedas traseras, y cumple así con el secreto destino que te fue impuesto por un hado impiadoso mientras yo combato a la monstruosa hidra ideológica que, tras fundirse en impuros abrazos con el negro dios del asfalto, te dio esta terrible vida que padeces y deploras.
Pero dejemos a este noble ser seguir trabajando, y continuemos con nuestro inolvidable periplo mitológico. Inagotable es el vasto acervo de leyendas que podría seguir narrando a lo largo de centurias, adentrándome, entre otras miles, en la historia del laberinto de Chas, en la de las hamadríades de Melián, en la de los trasgos de las baldosas flojas que en los días de lluvia se divierten manchando los pantalones de los transeúntes, en la de la glorieta de los amantes fantasma, en la del niño flautista de ojos deformes, en la de la pálida banshee del edificio bancario, en la del bandoneón reptante, en la de aquella fuente en la que a menudo una diosa alada se sienta a llorar, o en la de los dos castillos rivales de Devoto, el del hada negra y el del hada blanca, pero finalizaré mi ya excesivamente extensa crónica hablando por vez primera de unas taciturnas pero benevolentes deidades a las que los hombres, sumidos en el ingrato materialismo de sus negros corazones, jamás rezan. Muchos humanos han visto ya, llenos de estupor y sin poder dar crédito al inaudito portento al que sus ojos asistían, el extraño fenómeno, perfectamente documentado, de un individuo de negros atavíos a cuyo paso, mientras vaga errante por la ciudad en las noches frías y azotadas por vientos furiosos, todos los faroles de la calle van opacando sus brillos y sumiéndose en las tinieblas, a fin de evitar alumbrarle, para volver luego, no bien el sombrío ser se ha alejado lo suficiente, a encenderse y seguir brillando como de costumbre, a no ser que adviertan que el individuo en cuestión se apresta a perpetrar algún nuevo crimen, momento en el cual todas las luces comienzan a arder de pronto con inusitados fulgores para denunciar su presencia a los ojos del hombre y para intentar delatarle ante el impotente brazo de la ley siempre burlada. Sabed que se trata de mí, y de la terrible maldición que me han impuesto las ninfas de los faroles, ninfas de bellísimos rasgos que dan vida a esas largas constelaciones callejeras y que, como un vapor, juegan en torno a sus luces en las noches de llovizna, o bien, durante las vigilias estivales, forman jocundas rondas y danzan incansablemente, alrededor de su vasta pléyade de focos, asumiendo la caprichosa apariencia de lumínicos halos. Hace ya muchos años, en negros tiempos que mi memoria ha casi olvidado, me enamoré yo profundamente de una de estas ninfas; sus resplandecientes contornos habían logrado seducir mi ávida mirada, y el misterio de su existencia de sincera alegría inflamaba, por su contraste con mi desolador destino de penumbras, mi curiosidad y mi deseo. De modo que todas las noches me dirigía religiosamente a su farol con el objeto de embriagarme en sus pálidos fulgores y de cortejarla, mas la ninfa me era renuente y no ponía mayores reparos en manifestarme abiertamente todo su desprecio. Yo no cejaba en mis vanos empeños, y pasaba veladas enteras hablándole, con conmovedora elocuencia, de la imperiosa necesidad que mi espantosa noche interior tenía de un simple rayo de luz, luz que ella ofrecía despreocupadamente hasta a los más indignos de los hombres; por toda respuesta, la cruel ninfa se divertía atizando el fuego de mis celos al dejarse besar solícitamente por pilosas polillas nocturnas y otros inconcebibles bichos nocturnales, lo cual tenía por todo efecto que mi indeclinable pasión se viese desgarradoramente acrecentada. Así jugó durante meses con mi corazón el perverso numen, dándome a veces engañosas señales y esperanzas para luego rechazarme nuevamente, hasta que, durante cierta noche otoñal, rompí, furioso, su lumbre con un certero adoquinazo. Inesperadamente, el cadáver de la ninfa se materializó al pie del farol, revelando todo el horror de la muerte ante mis paralizados ojos; espantado por la imperdonable acción que yo mismo, según mi confundido raciocinio empezaba a entender de a poco, había llevado a cabo en un fugaz arrebato de locura y de despecho, tomé ese diáfano cuerpo en mis brazos, lloré amargamente sobre él, besando con desesperado arrepentimiento la etérea belleza de sus miembros exánimes, y lo conduje finalmente, en una lúgubre procesión funeral, a un parque cercano en el cual lo enterré al pie de un ciprés que ahora se ha vuelto sagrado, y al que peregrino todas las noches a fin de regar sus raíces con el rocío de mis desconsolados llantos. Y es ésta la razón por la cual, desde entonces, todos los faroles, perfectamente enterados de mi crimen atroz, apagan uno tras otro, enojados, sus fulgores en cuanto me acerco a ellos, para prenderlos luego a mis espaldas de manera tal que siempre que camine por la ciudad lo haga en tinieblas, toda vez que las ninfas faróleas, eternamente bondadosas con el hombre que busca su camino y con la anciana que teme al malhechor que se ampara en las sombras, han decretado, con inapelable justicia, un irrevocable castigo en mi contra según el cual ya nunca más volverá ninguna de ellas a alumbrar mis solitarios y abominables pasos de demonio.
Víctima de una posesión angelical

Un paño húmedo cubre mi frente, aún presa de unos leves vestigios de temperatura febril. Me repongo, en lenta convalecencia, de una de las enfermedades más complicadas y peligrosas que mi minado organismo haya debido afrontar alguna vez. ¡Y pensar que, como tantos otros crímenes geniales, de refinadísima factura, esta dolencia que acaba de atacarme fue en sus orígenes una creación más de mi perverso intelecto, siempre diligente para elucubrar nuevos ardides de sofisticada venganza contra aquel obeso Dios que, más amigo de mercaderes que de guerreros, nos privó para toda la eternidad de los orgullosos yelmos empenachados, de los briosos corceles de combate y de toda la adrenalina de la guerra, por la cual aún suspiramos, confinándonos innecesariamente en la carcelaria concavidad de las sulfurosas marismas tartáreas! Pues sí, no puedo dejar de reconocer, en lúgubre jactancia y demencial vanagloria, que fui yo el talentoso artista del pecado, el diestro escultor de vicios asombrosos, que concibió por vez primera la satánica argucia de conducir a los hombres a la condenación y a la locura, y de sembrar el terror y el caos a su alrededor, a través de la intrincada técnica de poseer sus espíritus y hacer luego de sus cuerpos indefensos una rústica aunque prontamente corrompida morada para nuestras negras esencias infernales. ¡Cómo reía y me solazaba en aquellos sanos ejercicios primerizos en los que adiestraba, gozoso, una malignidad cada vez más curtida y afilada que no tardaría en dominar, con irreprochable maestría, todos los trucos y secretos del difícil arte de la posesión satánica! Retorcer a las víctimas de dolor, contorsionar sus miembros más allá de las posibilidades de sus articulaciones, maldecir en sorprendentes lenguas por medio de sus incultas bocas, vomitar sangre, manifestar siniestros estigmas, levitar, generar una fuerza sobrehumana a partir de débiles miembros, iniciar toscos cerebros en las arduas prácticas de la telekinesis... sí, lleva años alcanzar el perfecto dominio de tan aparatosas aunque exquisitas técnicas de martirio y de maldad, pero, genio y figura, no fue mucho lo que tardé en volverme un consumado maestro en el acabado control de tan complejas cuestiones. Pronto mis camaradas abandonaron raudamente la gris y pesada monotonía letárgica de las márgenes de la laguna estigia y, abocándose sin demora al aprendizaje sistemático de las extravagantes sutilezas de mi nuevo arte, se volvieron hábiles en él y, en no demasiado tiempo, preñaron la tierra entera de blasfemias e iniquidades, dejando caer el vino de la demencia y de la rabia por doquier. Bastante fue el trabajo y los dolores de cabeza que causamos a sacerdotes y a fuerzas celestiales, que en vano intentaban combatir contra los desconocidos e inconcebibles mecanismos de infernal posesión por medio de los cuales estragábamos la paz de las comunidades; pero, como sucede con todo, en cuanto nuestro genial artilugio de perversidad perdió la frescura de su primigenia novedad el entusiasmo fue decayendo paulatinamente hasta que, unos siglos después del cenit de su furor, acaecido en la comarca de Loudun, el ejercicio de las posesiones demoníacas fue cesando hasta alcanzar el negro ocaso de una completa desaparición en el olvidado cajón de los juguetes gastados. Fue entonces, calculo, cuando, ya más serenos, aquellos de entre mis enemigos plumíferos que siempre mostraron un talante más científico que el resto de sus congéneres pudieron aplicarse de lleno al concienzudo estudio de mi sistema hasta alcanzar finalmente, alborozados, el secreto. Entonces, malditos sean ellos, como lo soy yo, apuntaron contra mí mismo las máquinas surgidas de mi propio ingenio y, dándome a probar de mi propia medicina, pasaron a la acción: tres querubines y once serafines entraron en mi cuerpo, instalándose cómodamente en las espaciosas cavernas de mi alma acogedora. Poco es lo que recuerdo de aquellos aciagos días de lucha sin cuartel, pero los aislados detalles que estoy en condiciones de rememorar atormentan sin piedad mi contrariada conciencia de demonio, llenándome de espanto y de dolor. Nefastas imágenes y sensaciones vuelven a mí: los ángeles de castigo me toman por sorpresa y, mientras me debato infructuosamente, van posesionando una a una mis facultades y el dominio de mi propia voluntad. Toda mi maldad se ve transmutada en un súmmum de acciones nobles y de una insoportablemente melosa amabilidad de temperamento, mientras que mis facciones se van embelleciendo brutalmente, mi frente se despeja, mis ojos cobran el brillo de una sublime inocencia, dorados bucles se mecen sobre la redondez de mis hombros, mi mueca de eterno odio se ve trocada por una deliciosa sonrisa de piedad. Los humanos que me conocen asisten perplejos a mi súbito cambio y a la creciente actividad de mis buenas acciones, que generan universal estupor. Se me ve frecuentar los templos, y se asegura que en ellos causa asombro y arrobamiento el fervor y la dulzura de mi seráfica voz, que se destaca por sobre todas las del resto de la feligresía en medio de los devotos coros eclesiásticos. Los sacerdotes comienzan a manifestar ciertos resquemores, cuando no abierta vergüenza, al predicar sus opacos y perimidos sermones ante mi divina aureola celestial, y pronto me hacen saber que desean comulgar recibiendo la hostia de mis propias manos, bajo la inigualable blancura de cuyos dedos apenas si se adivina la tímida presencia de unas delicadas venas azules. De todos los rincones del verano, las aves más melodiosas y etéreas acuden a posarse un instante sobre mis hombros y a tomar su alimento de mis labios, mientras que los más puros e inocentes niños, de redondos y acaramelados ojos, tironean con loco amor de las túnicas de aquel cuya sonrisa les resulta tan contagiosa. Inagotables procesiones de mujeres extasiadas en místico rapto se acercan, con sus cabellos cubiertos de cenizas, a mí, ardiendo en deseos de banquetear sus ojos siquiera una vez en mi excelsa figura y de recrear sus pupilas en mi aura adorable, mientras que verdaderas marejadas de enfermos y dolientes peregrinan desde todos los puntos del orbe para suplicar de rodillas la imposición de mis salutíferas manos sobre sus frentes abrasadas, menesterosas de un poco de salud y de paz; no son dignos de que entre en sus moradas, pero una palabra mía basta para sanarlos. Cuando mi boca se entreabre para musitar alguna novedosa y edificante parábola, el mar enmudece entre las rocas, y las estrellas en el firmamento dejan de temblar. Se dice que mis gorjeos celestiales pueden detener la lava de los volcanes, y que las más negras y amenazantes tormentas se disipan para disolverse en magníficos arco iris apenas esbozo la leve sombra de una sonrisa. Las madres enloquecen ante el vehemente pensamiento de tenerme como yerno, mientras sus ruborizadas hijas bajan los ojos ante mí, ya sin poder contener por más tiempo sus sueños ardorosos; entre tanto, yo multiplico sin cesar los panes para millares de discípulos que me rodean noche y día, y cuyas filas, que nunca dejan de engrosarse, se nutren de todas las naciones. ¿Y quién puede permanecer indiferente ante los interminables raudales de amor que se derraman inagotablemente sobre el universo, en doradas cascadas, desde los cálidos y muníficos recovecos de mi tierno y sensible corazón? La enseñanza juega y danza alegremente en mi profunda mirada, y la compasión es siempre la firma distintiva de mi carácter. Por todas partes se habla, con emoción y reverencia, en graves tonos que a menudo se tornan algo trémulos y quebradizos, de mí. Ante tan escandaloso cuadro de situación, las legiones infernales, incrédulas primero, pronto atónitas, no tardan en enterarse de todo y así resuelven, en un encendido y desesperado concilio celebrado en los vastos recintos del Pandemonio, acudir de inmediato a Max von Sydow para que deje su partida de ajedrez y proceda a exorcizarme sin más demora. Se me apresa y se me conduce a un desmoronado monasterio en ruinas, donde el rito habrá de tener lugar; una vez en él, se me coloca sobre un altar y los exorcistas encargados de la ceremonia proceden. Mientras me rocían con sangre de niño recién nacido, de mi boca manan copiosas plétoras de agua bendita que me purifican al tiempo en que pronuncio en arameo, con mis carnosos labios angelicales, rojos como las más exquisitas granadas de Jordania, los más dulces salmos de perdón y de esperanza. Ante el horror de Astaroth y Mechizael, mi cabeza gira vertiginosamente como un trompo, una y otra vez, sin dar respiro, trescientos sesenta grados sobre su propio eje, siempre en el sentido de las agujas del reloj; cuando de pronto se detiene, mi mirada es tan bella que hace suspirar a los más feroces y reincidentes criminales y enternece a las fieras más temidas y peligrosas de la selva, que se recuestan entonces dócilmente ante el hombre, amansadas. Las blasfemias más depravadas y los asesinatos más atroces no sirven de nada para amortiguar mi levitación, que inspira el triste canto de hermosísimas sirenas sentadas en ignorados roquedales y lleva a los bosquecillos y a las enramadas una límpida atmósfera de paz. Negras brujas y siniestros hechiceros ocultos son convocados a la cabecera de mi lecho a fin de que agoten el caudal de sus impías ciencias en mi espíritu trastornado, pero al punto se alejan, ellas con los hábitos, tonsurados ellos, a predicar la salvación y a practicar la caridad peregrinando por los más distantes puntos de la tierra. Desahuciados al ver que todos los intentos de exorcismo fracasan, mis compañeros de armas bajan por un instante la guardia a fin de celebrar consejo y examinar, conforme la más prudente experiencia lo sugiera, los pasos a seguir; sin perder tiempo, sacando provecho de la inesperada oportunidad concedida por la fortuna de la ocasión, me doy a la fuga y pongo en marcha mis presurosos pies descalzos hacia las alturas del monte Sinaí. Los animales del bosque, junto a multitudes de campesinos, siguen mis pasos envueltos en místicos y armónicos murmullos, mientras la naturaleza entera sonríe al verme pasar. Entonces, hallándome ya en las inmediaciones del Horeb, sale súbitamente a mi cruce un hediondo camello sobre el cual una humilde anciana ofrece particulares mercancías; el singular espectáculo que se abre ante mis ojos sugiere a mi mente la idea de un nuevo pecado, un pecado tan genial, un pecado tan novedoso e impensado, que ni todos los ángeles que habitan en mi interior pueden impedirme ponerlo en práctica. La lucha que sigue es tremenda, pero la maldad de mi talento resulta excesiva para tan insignificantes contendientes, cuyo nombre es Legión. Al ejecutar el nuevo crimen, nacido de una simple chispa del pérfido pedernal de mis musas facinerosas, siempre prestas al dolo, querubines y serafines huyen, en confusión y tumulto, de mí, aunque saliendo un poco estropeados de mi interior, y se refugian en una salvaje piara de cerdos, que al punto se despeña; al poco tiempo, esos ángeles que habían hecho de mi derruido cuerpo su albergue morirían de un cáncer misterioso. Entre tanto, los cielos se encapotan, el horror hace presa en hombres y bestias, que se matan entre sí en frenética estampida, y el trueno entona sus salmos de odio y de conquista sobre todos; mi frente se agrieta, mi ceño se oscurece, mis labios se contraen en sardónica mueca, mis dorados rizos se marchitan a una demoníaca calvicie rodeada de negros pelos chamuscados por el rayo, y el poder de mil malhechores vuelve a sacudir con su fuerza mi brazo impiadoso. Regreso victorioso a mi negra torre, mientras el mundo entero llora, desconsoladamente, por los siglos de los siglos, mi luctuosa pérdida. Eso ha sido todo; los ángeles ya no volverán a atreverse a hacer raros experimentos y a robarme mis monumentales ideas, copiando mis avanzadas técnicas de hackeo corporal e intentando plagiar mi soberana maldad: mis espinosas sendas no están hechas para pies tan delicados. Y yo, por mi parte, ya he vuelto a ser el mismo de siempre, pero, aunque nadie sea capaz de suponerlo, aunque el secreto permanezca oculto a los ojos del sol, de Dios y de la luna, desde entonces guardo solemnemente entre mis más íntimas y ocultas pertenencias un terrible talismán que a menudo, lleno de espanto y terror, y siempre atento a que nadie esté espiándome, me detengo a contemplar, en noches en las que me siento demasiado solo, demasiado hastiado de estar condenado, por decretos de un destino que no fui yo quien firmó, a hacer siempre, irrevocablemente, el mal; una reliquia que llena de lágrimas mis ojos cuando la evoco, un objeto cuya sola visión me hace sacudir de manera espasmódica durante horas. Sí, desde entonces te guardo y te contemplo, desde entonces te temo y te odio, desde entonces te adoro y te desprecio, pues en tus hebras se encierra para siempre todo el dolor de un alma desgarrada, de un alma maldita por el universo entero, de un alma que ya no tiene salvación... ¡de un alma a la que alguna vez perteneciste, oh, maldito mechón de angelicales cabellos de oro!
Besando el negro hálito de la Muerte

Soy un ser aislado, desterrado del mundo de los hombres, y maldito para siempre por ese refulgente astro que oficia de sacerdote del reino de la luz. Mis noches (pues ya no hay días para mí) transcurren lenta y angustiosamente inexorables en las perpetuas penumbras de mi desolada guarida, que tiene por únicos penates a la miseria y el dolor. Y mientras las ínfimas criaturas diurnas cumplen con sus menesteres de labor y de recreo, mientras disfrutan de sus apacibles jornadas en la fatiga del trabajo y en la recompensa del amor, en la solitaria preocupación por el sustento y en el alegre tumulto de la causa común, yo, inmóvil en mi antro, no puedo apartar ni por un instante mis ojos de las negras órbitas de la Muerte, la cual, sentada frente a mí, es mi única compañía en este aterrador universo de sombras cuyo nocturno reino se enseñorea en mi húmedo y descascarado cubil de ermitaño. No podría decir, pese a lo muy a menudo que abrumo a mi mente con sofisticados aunque infructuosos cálculos matemáticos para al fin extraviarme en intrincadísimos laberintos de derivadas y diferenciales, cuántos años llevo así, encerrado en esta lúgubre y silenciosa cámara de torturas mientras el odioso sonido de las inocentes y gozosas risas del rebaño humano ascienden hasta el alto tragaluz de mi sombría torre, pero es posible que ya hayan pasado centurias desde el primer instante en que la Muerte se sentó frente a mí y me paralizó de este modo con su hueca si bien fascinante y horrorosa mirada de desolación. Ambos permanecemos así, enfrentados en el mismo estado de rígida catalepsia, aguardando a que sea el otro quien ejecute el primer movimiento, mientras la mohosa y alada quietud de siglos y milenios de sombras caen desde la nada sobre los consumidos huesos de nuestra quebrantada realidad. Mi atenazado cuerpo se encuentra ya cubierto por una espesa capa de polvo y telarañas, e ignoro si a esta altura me sería aún posible volver a moverme si alguna vez lo llegase a intentar; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Mi orgullosa dignidad me impide llorar o hasta mostrar encono y frustración frente a la lacerante situación de la que soy víctima, pero incontrastables pruebas me han hecho ya comprender que, aun cuando me permitiese a mí mismo hacerlo, la facultad de derramar lágrimas se ha perdido para siempre en mí al tiempo en que las fuentes de la vida quedaban irremisiblemente secas en mi interior. Muerte, sé que a veces tu espíritu errabundo se lleva la vida de los numerosos humanos que habitan la tierra, la vida de todos esos que ríen ahora, y hasta me inclinaría a creer que algún día tus alas surcarán poderosas y pestilentes los cielos y te los llevarás a todos, pero sólo a mí me torturas de este modo bajo un reloj que ha quedado para siempre detenido en alguna hora de un pasado irrecuperable y remoto. ¿Existe alguna razón para este castigo con el que me atormentas? Así me atrevo a esperarlo, aunque por las dudas, sabiendo desde el mismo día de mi fatídico nacimiento que todo tipo de calamidades se abatirían inclementes e injustificadas sobre mí, he dedicado mi vida entera a desarrollar una suerte de karma inverso, haciendo todo el mal posible a fin de poder así explicar el mal que, bien lo sabía, no tardaría en padecer yo. Pues lo he logrado: no me faltan atroces e infamantes motivos para tenerte sentada frente a mí mientras te relames tu carencia de labios, ansiosa por mi vida y por mi sangre. Sí, he cometido suficiente cantidad de maldades y de hechos dolosos como para merecer esto, ¡y qué poco me parece, gracias a ello, el castigo!; mas no por eso dejo de sufrirlo. Y conste que te digo esto lleno de un audaz orgullo que recuerda demasiado a la demencia; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Así es, Muerte, nos conocemos muy bien el uno al otro desde mi misma infancia, tú cuya familiaridad fue el gran legado que mi madre me dejó al partir... ¿es que acaso puedo violar ley sagrada alguna si te otorgo el nombre de hermana? Tú has acunado mi inquieta mente desde mi más temprana niñez, llenándola de preguntas que me surgían en medio de las sombras de los rincones de mi estancia o en la soledad de los bosquecillos a los que me escapaba, y fuiste la compañera de todos mis vagabundeos y fantasías desde que te conocí en aquel abierto ataúd. ¿Me enamoré entonces de ti? No podría asegurarlo, pero la ominosa sombra de tus grises alas cubre todas las agrietadas escenas que pueblan la atestada biblioteca de mis remembranzas. Y así como crecí tomado de tu mano fraternal, aprendiendo de ti todos los secretos de la filosofía y apartándome de los alegres y populosos senderos de los hombres para transitar solitario por tu lóbrego camino de fúnebres cipreses, así te transformé más tarde en la única diosa de mi aciago mundo y te di un lugar de privilegio entre las impenetrables arcadas y deslumbrantes columnatas de mi derruido olimpo personal. Miríadas sumaron las víctimas que te ofrecí en sangrientos y humeantes altares de sacrificio, intentando aplacar por medio de ellas tu furia vengativa, convirtiéndome en tu más leal y efectivo arzobispo de holocaustos, estragando la humanidad entera con mis asesinatos despiadados a fin de que me perdonases y me dejases vivir el mayor tiempo posible, pero tus ojos nunca me abandonaron, ni esa mueca de deseo que siempre me insufló tanto pavor. Entonces, desagradecido de mí, quise olvidarte; me abalancé a las festividades y a los grandes salones, intentando mimetizar mis negros atavíos entre las coloridas risas y danzas de los insensatos, mas no tardaba en descubrir que, entre los especiosos manjares y las bebidas espumantes, aún tus fijos ojos me acechaban; me revolqué en el libertinaje, ahogando mi miedo en los placeres y sofocando mis inquietudes en los engañosos hechizos del acto genitivo, pero por detrás de los desnudos y voluptuosos hombros de mis queridas tu negra mirada asomaba para clavarse impiadosa sobre mí; salí a recorrer el mundo, ansiando hallar el secreto de la vida en la esterilidad del desierto y de la tundra o en la exuberancia de la selva y de la taiga, pero los tumultuosos oleajes de los océanos no dejaban de recordarme tu nombre, y la luna que gobierna las mareas posaba sus gélidos ojos, tan parecidos a los tuyos, en mi encogido corazón; me inicié en los misterios del arte, deseoso de perder en la más pura contemplación toda mi conciencia, pero en cada nueva página que mi pluma escribía tus contornos eran retratados con mayor fidelidad, mientras que cada melodía concebida por mi mente mecía a mi alma en tus agonías para aplastarla entre las más estremecedoras frases inconclusas y disonancias irresueltas; me aboqué a la febrilidad del trabajo adictivo y de una vida mediocre y unidimensional, carente de espiritualidad alguna y rodeada por las vacuas y empalagosas satisfacciones inmediatas procuradas por insulsos artefactos tecnológicos, pero te me aparecías en sueños, engalanada por tus más ricas prendas, que me hablaban en el olvidado lenguaje de la belleza, y sonriendo sardónicamente sobre el basural al que estaba arrojando mi vida desperdiciada, hasta que me despertaba entre agónicos gritos de terror que estremecían en sus lechos a las pocas criaturas que aún conservaban algo de inocencia y sabían de ti. Asumiendo finalmente que me sería imposible escapar de tu mirada, decidí buscarte resueltamente; me alisté en la guerra, exponiendo mi cuerpo al filo del acero y al fragor del más encarnizado combate, pero huías de mí con más velocidad que mis enemigos, en cuyos rostros grababas, severa, tu frío signo mientras caían, segados como el trigo, a mis pies; concebí la blasfema idea de tener hijos, para generar futura muerte al dar nueva vida y multiplicar así tu reino, pero, como una novia celosa, apartaste a todas las mujeres de mí y, haciéndome a tu imagen y semejanza, me otorgaste esa rara belleza que en el mundo se conoce como fealdad; me sometí a la intemperancia de los elementos, alejándome del calor social para padecer privaciones en los sitios desolados, pero tu perro el hambre me fue esquivo y los bosques me aceptaron como propio y me dieron sustento y armas para sobrevivir; me interné en las solitarias sendas del suicida, pedregoso camino que con pasos titubeantes han transitado tantos valientes sabios con anterioridad a mí, pero en los mismos portales de la liberación me abrazaste y me obligaste a volver para aún vivir, para aún sufrir. Ya sin esperanzas, me encerré en esta negra torre con el objetivo de entablar diálogo contigo, mas en tu silencio inquebrantable sólo he podido hasta ahora escuchar, vagamente, aunque una y otra vez, una y otra vez, por los siglos de los siglos, la aterradora palabra eternidad; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. ¿Te dignarás alguna vez a decirme, verdadera hermana de mi alma, por qué me has perseguido por todos mis caminos, por qué has sido mi guía y mi sombra en todos los parajes, por qué, olvidada del resto de los mortales, has decidido cohabitar de esta manera conmigo, marcándome desde mi negro nacimiento como a uno de tus favoritos? ¿Acaso he nacido sólo para cumplir alguna misión que tu inescrutable sabiduría me reserva? Dime, Muerte... ¿quién eres? Dime, Muerte... ¿quién, quién soy yo? ¿Y qué es la vida, quién fue el idiota que se atrevió a crearla, quién fue el insensato que, lleno de odio, la inoculó en mí, en mí, que nunca la pedí? Gracias, pero le ruego que para la próxima se la guarde: la vida sólo me ha servido para conocerte a ti. ¿Eres la única realidad de este mundo gris? Permaneces en silencio aún, nada dices, nada, nada salvo eternidad. Déjame salir de esta postración, erinia de ajado semblante, déjame olvidar mi quebrado pasado, déjame ser uno más, un insecto más merodeando en torno a las marchitas flores de esa sociedad que nace y perece sin siquiera notarlo; quita tu marca de mi frente, deshaz todo el mal que me has hecho al apartarme de la vida y de los vivos, y déjame disfrutar por un instante, por un solo instante siquiera, de saber qué se siente, siendo, no ser. ¿Has escuchado mi vana súplica?; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. No sabría yo decir si eres un castigo o una bendición que se me dio a mí y sólo a mí de entre todos los seres de la tierra... sólo sé que eres todo lo que tengo, y todo lo que puedo dar. ¿Me dejarás apartar mis ojos de ti al menos por un fugaz y efímero momento para volverlos hacia la vida y formarme así una idea, siquiera vaga, de cuán poco vale lo que me ha sido negado, lo que he perdido para siempre, lo que no he podido ni podré conocer? ¿Qué es lo que hay del otro lado de mi ventana, debajo, en esas soleadas lejanías que jamás podré pisar; qué es lo que hace reír así a la humanidad, mientras yo sólo sufro contemplándote a ti sin cesar? Has arrasado mi vida, pero te perdono: me siento más cómodo aquí, en las tinieblas, siempre solo, siempre olvidado, despreciado por todos... ¿me dejarás besarte antes de morir?, sólo he conocido el abrazo de las sombras. Devuélveme las lágrimas, y déjame llorar sobre tu esquelético hombro: no es que vaya a hacerlo, pero al menos quiero saber que la posibilidad no me está vedada; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí. Muchos años has ya habitado aquí en mi morada, Muerte: tómame de la mano y llévame a la tuya, ya sea bajo tierra, o en el glaciar, o en la montaña ignorada, donde mi cuerpo sirva de pasto a los cuervos y no de regocijo a los hombres que me odian pues en mi frente reconocen tu señal. Vamos, vayamos juntos a la tierra de sombras y de sepulcros que aguarda por todos, pero especialmente por mí; me he levantado, y veo que me imitas. Muerte, Muerte, Muerte, ¿por qué me miras de esa terrible manera? Siempre te he amado, yo sólo de entre todos los mortales, ¿acaso puedes ignorarlo? Te he buscado frenéticamente, te he tratado de olvidar, te he tributado millares de ofrendas y votos, te he cantado, he gritado tu nombre una y otra vez desesperado. ¿No sabes acaso lo que es el amor? Pues yo no, pero de nadie lo aceptaría salvo de ti. Magnéticamente, acercas tus labios a mi boca, y yo no puedo resistirme... nos besaremos al fin: era quizás nuestro destino; diremos ahora juntos, en silencio, eternidad... ¡Muerte, Muerte, Muerte!, ¿a dónde te has ido, por qué has huido, por qué me has dejado vivir? He besado un espejo, sólo un frío espejo, lo único que he tenido todo este tiempo, todos estos interminables siglos, frente a mis pasmados ojos, que ahora dejan caer tenues lágrimas, que ahora pueden al fin llorar; el odioso sonido de risas humanas llega, desde abajo, hasta mí.
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